CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 21. MUSIC BRAIN S. A.

La foto es un primer plano de las teclas de un piano. Solo eso. El relato se titula: Music Brain S. A.

Music Brain S. A. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Music Brain S. A. es un relato de ciencia ficción cómica navideña perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

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EL REGALO ESTRELLA DE ESAS NAVIDADES fue el piano de la empresa Music Brain S. A. El motivo principal de que sus pianos y, en general, sus instrumentos musicales se vendieran como churros bañados en chocolate, pero ese chocolate que después no te hace ir corriendo al váter, fueron sus precios. La empresa bajó todos los precios, como si se hubieran propuesto firmemente ir a la quiebra en una semana. Incluso la familia de Bruc, que por lo general tenía que ahorrar todo un año para tener el privilegio de ser considerada pobre, pudo comprar un precioso piano de cola. La propia empresa lo introdujo por la ventana, sin coste añadido, y lo afinó.
      Bruc estaba encantada con su regalo de Navidad. Siempre había querido un piano de verdad. Sabía tocar, había aprendido con una de esas aplicaciones de móvil y multitud de tutoriales de Yutuf.
      Esa Navidad iba a ser de las mejores de su vida. Se sentaría, haría crujir sus dedos y tocaría todos los villancicos que le pidieran.
      Pero si algo nos ha enseñado la saga de Solo en casa es que las cosas no son siempre como se esperan, ¿verdad?
      La Nochebuena llegó y Bruc ya estaba preparada. Se había vestido elegante, no para compartir la cena con su familia, sino para su concierto personal. Estaba encantada, sus mejillas sonrojadas por los nervios y el ligero pudor que le daba aquello. Sus ojos brillantes de la ilusión.
      —¡Toca Noche de paz! —gritó su padre Jou.
      Bruc sonrió, miró a toda su familia, cerró los ojos, cogió aire y luego lo soltó como si pretendiera apagar todas las velas de cumpleaños del mundo o derruir una casa de ladrillos con tres cerditos particularmente repelentes dentro.
      Cuando abrió los ojos, sus dedos ya rozaban las teclas. Empezó a tocar y le resultó cómodo, natural, como si aquel piano llevara en la familia desde antes de que ella naciera, como si hubiera crecido acariciando sus teclas. Eran un mismo ser. Se concentró y se dejó llevar. Las notas resonaban por todo el salón y su familia la miraba embelesada, pero ella no lo notó, porque se había metido tanto en el papel de pianista profesional, que solo existía ella, el instrumento y un flujo constante de melodía.
      Cuando acabó la canción suspiró y sonrió a su familia. Nadie aplaudió, nadie habló. De hecho estaban de pie en medio del salón, uno junto a otro mirando a la nada.
      —¿Alguna otra petición? —preguntó Bruc eufórica.
      Nadie respondió.
      —¿Tan mal he tocado?
      Desde su punto de vista había estado sensacional, pero claro, siempre podía ocurrir ese fenómeno que le ocurre a algunas personas cuando se presentan a un casting porque creen o les han hecho creer que cantan como los ángeles, en vez de como un gato al que le han pisado un juanete.
      Silencio total.
      Bruc se levantó del banco y se acercó a su familia. Su padre Jou no la miró, seguía con la vista al frente, igual que su padre Maic. Sus abuelos, los padres de Jou, también miraban a la nada, como la tía Meril.
      —¿Papá? —movió la mano delante de los ojos de Jou, hizo lo mismo delante de los de Maic—. ¿Qué os pasa? Me estáis asustando.
      La familia de Bruc reaccionó, como si de repente hubieran escuchado un sonido muy fuerte en el aire. Giraron sobre sus talones y caminaron en fila de a uno hacia la puerta principal.
      —¡¿Dónde vais?! —preguntó Bruc—. ¡Papá, papá, vais en pijama!
      Luego tuvo que admitir que aquello era lo de menos, pero es una de esas cosas que te salen de forma espontánea. Como cuando alguien se cae y no puedes evitar decirle que tenga cuidado, aunque ya no puede caerse más de lo que se ha caído.
      Bruc se puso un abrigo y siguió a su familia. Intentó detenerla, pero ya habían entrado en el ascensor —lo cual no deja de tener su mérito, porque era un ascensor pequeñísimo de los que cuando alguien se tira un pedo el gas decide salir de esa lata de sardinas porque se agobia—. Bruc no pudo entrar así que bajó corriendo las escaleras de tres en tres. Estuvo a punto de partirse la crisma en varias ocasiones.
      Llegó a la planta baja y se colocó entre su familia y la puerta que daba a la calle nevada.
      —¡Parad! —gritó Bruc, pero su familia no tenía mucha intención de hacerle caso.
      El grupo siguió caminando y la cría tuvo que apartarse para que no la tirasen al suelo. La familia entera salió a la calle y fue entonces cuando Bruc entendió que había sido hipnotizada. ¿Por qué lo supo? Muy sencillo, porque nadie se abrazó a sí mismo ni se frotó los brazos, nadie se sopló en las manos y nadie dijo: «Joder, hace frío, ¿eh?». Claramente eso solo podía ser cosa de hipnosis, pero ¿quién los había hipnotizado? Eso lo sabremos en la segunda parte de esta historia.

Continuará…


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