CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 20. LA OBSERVADORA

Imagen muy oscura, pero vemos un gato negro tumbado sobre una mesa de madera maciza. El gato mira hacia la derecha de la imagen, pero no todo de perfil, parece que está ocurriendo algo fuera de plano. El relato se titula: La observadora.

La observadora. Imagen libre de licencia: Pixabay.

La observadora es un relato de fantasía cómica navideña perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

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SI LE PREGUNTARAN A FELI, la gata de Berlina Maleficium, qué había ocurrido exactamente la noche del 24 de diciembre, posiblemente no respondería. No es que los gatos no sepan comunicarse con los humanos. Saben, pero eligen no hacerlo porque, según ellos, no tenemos nada importante que aportar. Nos ven como lo que por otro lado somos: una especie inferior que solo existe para alimentarlos y luego, por favor, dejarlos tranquilos.
      No obstante, algo ocurrió.
      Berlina Maleficium, una de las brujas más temidas del continente Contrahecho y parte del extranjero, había teñido toda su ropa negra de rojo. Incluido el sombrero picudo, al que le había cosido un pompón blanco en la punta.
      El caldero, que normalmente funcionaba a pleno rendimiento creando venenos y pociones cambiaformas, ahora se estaba usando para hacer ponche de huevo, espeso y apetecible. Si hasta le había puesto una luz roja, intermitente, al palo de la escoba y las cerdas estaban abarrotadas de cascabeles y campanillas.
      —No me mires así, Feli —dijo la vieja nariguda a la gata cuando esta le echó un vistazo largo al atuendo que llevaba—. Han matado al viejo gordo y nadie parece estar dispuesto a sustituirle. No nos interesa que todos esos niños se queden sin regalos. No nos conviene que los niños sean infelices.
      Feli maulló.
      —Los niños tristes son más amargos, Feli. Ya sabes que no tolero bien el sabor amargo. Si hasta me repugna el café, aunque le ponga cinco cucharadas soperas de azúcar. Así que esta noche yo voy a entregar los regalos.
      Feli no dijo ni miau. Se formó una imagen mental de la vieja bruja, montada en su escoba, cargada con un saco enorme, colándose por las chimeneas de las casas y dejando bajo los árboles de Navidad cajas llenas de juguetes hechos por ella misma. Los había estado viendo durante semanas: dinamita, ballestas, espadas… incluso había encargado varias copias del Yuyunomicón y las había envuelto. Sería, cuanto menos, divertido ver a todos esos mocosos humanos invocando dioses y demonios tan antiguos como las palabras malsonantes, que se inventaron al principio de los tiempos, cuando la diosa creadora se dio un golpe en el dedo pequeño del pie con el canto de una mesa de noche que acababa de inventar y lanzó una serie de improperios que hasta entonces no se habían escuchado nunca, pero que perduraron en el espacio y el tiempo.
      Era una gata del Averno y si algo le gustaba era ver el mundo arder, así que se limitó a observar y no alertó a Berlina sobre el error que estaba a punto de cometer.
      —Ya casi lo tengo todo, Feli. Estoy nerviosa, como cuando convertí a mi primer príncipe en escarabajo pelotero. Era el examen final en la academia de brujería, ¿sabes?
      Feli maulló.
      —Ya sé que te lo he contado mil veces, pero… ¡bah, da igual! Eres muy desagradable cuando te lo propones.
      Maullido.
      —Lo que tú digas.
      Berlina cogió su abrigo recién teñido de rojo, su varita mágica hecha con madera de ent, le dio una sacudida y en el salón apareció un saco gigantesco, de más de tres metros de altura.
      —Debo reconocerte, Feli, que nunca me había parado a pensar en lo poderoso que era el gordo. ¿Sabes la cantidad de magia que hace falta para cargar todo esto? Y él lo hacía cada año. Es una pena lo que le pasó. Su propia mujer… En fin.
      Berlina tocó el saco con la punta retorcida de la varita y este empezó a levitar, se desplazó en el aire y se situó detrás de la escoba, que ya esperaba en horizontal, a medio metro del suelo. La bruja se colocó unas gafas que parecían de buceo, se sentó en el sillín de cuero de la escoba y apretó con fuerza el manillar.
      —¿Seguro que no quieres venir, Feli? —preguntó alzando la voz para que se le escuchara por encima del ronroneo de la escoba ya encendida—. Puedo echarte un conjuro para que se te encienda la nariz. ¿No quieres ser mi Rudolph?
      Feli bufó, enseñando los dientes y Berlina le sonrió. Le dio gas a la escoba con un movimiento de muñeca y le guiñó un ojo a su gata.
      —Nos vemos mañana. No me esperes levantada, ¿vale? Ah, casi se me olvida… —Berlina carraspeó y luego, muy seria y poniendo la boca en una O exagerada dijo—: ¡Ho-ho-ho! ¡Feliz Brujidad!
      Lanzó una carcajada histérica, de las que Feli conocía y con las que se sentía a gusto, soltó el freno de la escoba y salió volando de la casa de madera. El gigantesco saco la siguió, se atascó en la puerta y con un sonoro «¡Plop!» pasó por ella aunque pareciera imposible. La puerta se cerró y Feli se quedó sola en casa.
      —Mortales… —dijo con una voz que parecía diseñada para presentar un programa de radio sobre cine de autor—, qué criaturas más extrañas.
      Se fue hacia la chimenea y se tumbó, hecha un ovillo, para empezar a roncar en menos de lo que se tarda en contar hasta diez cadáveres colgados de las ramas retorcidas del árbol de la muerte en la dimensión Mohína.


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