Microficción 228: Una historia rara

Primer plano de una taza de café colocada en la cafetera, cae el café y provoca una salpicadura en la taza. El relato se titula: Una historia rara.

Una historia rara. Imagen libre de licencia: Pexels

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Una historia rara es un relato de fantasía urbana cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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EL SONIDO de la cafetera se mezclaba con el de los platos, tazas y cubiertos, y el olor de café inundaba el lugar, porque era una cafetería y habría sido un poco raro que oliera a butifarra amb mongetes i una mica d’alioli, ¿no te parece?
      Era un sitio amplio, iluminado con lámparas de araña que colgaban de techos altos. Había una pianola en la que una mujer vestida con traje interpretaba su propia versión de Para Elisa, de Beethoven que, por alguna extraña razón, sonaba como Jonathan, de Kamelo Punto Semos. El suelo estaba sucio y pegajoso, lleno de migas de cruasanes, sobres de azúcar blanco y moreno, y palitos de madera de los que se usan para remover el café. En algunas mesas se apostaba dinero en partidas ilegales de Uno y en otras se comerciaba con cosas que en otros lugares nadie se atrevería a comerciar, pero que en una cafetería no había problema, porque todo el mundo sabe la clase de lugares que son las cafeterías.
      De todas las mesas del local nos vamos a concentrar en una larga que estaba ocupada por cinco mujeres, sentadas en ambos lados de la mesa, como si se estuvieran viendo las caras en el campo de batalla. Las tres sillas de uno de los lados estaban ocupadas, de izquierda a derecha —o de derecha izquierda, depende desde dónde mirases o si tenías dislexia— por una mujer menuda, vestida con una sudadera completamente negra y muy ancha, y con el pelo largo cubriéndole la cara. A su lado otra, gorda y alta, vestía gabardina y sombrero marrones, debajo del abrigo una camisa con el cuello abierto asomaba por un chaleco negro. Pasaba su brazo por el hombro de la de la sudadera y hablaba con la que había a su lado: negra, de unos setenta años, con varias cicatrices en la cara, una de ellas le cerraba el ojo derecho. Ésta vestía con un traje negro con camisa y corbata del mismo color. Tenía el pelo blanco, corto y de punta. En el otro lado de la mesa, justo delante de la joven menuda, una mujer musculosa, vestida con armadura negra llena de muescas. Posaba los pies, cruzados, en la esquina de la mesa. Tenía la silla un poco girada y le daba la espalda a una preciosa joven asiática que vestía camiseta de Lax’n’Busto bajo una chaqueta de cuero con pinchos afilados que iban desde los hombros hasta los puños de las mangas. Todas llevaban armas, aunque, a decir verdad, en aquel lugar no había nadie que no llevara entre una y diez armas, porque, como ya he dicho, era una cafetería.
      —¿Alguien quiere otra ronda? —dijo la de las cicatrices. Tenía una voz grave y un marcado acento de Tarragona.
      —¿No hemos bebido demasiado? —dijo con voz tímida la de la sudadera negra.
      —¡¿Estás insinuando que tengo un problema con la bebida?!
      —No he dicho eso.
      —Cálmate, Shonia, no ha dicho nada de eso —dijo la de la camiseta de Lax’n’Busto.
      —Que te follen, Llaura. Siempre la estás defendiendo.
      —No necesito que me defienda nadie —la voz de la de la sudadera seguía pareciendo tímida, pero había un matiz que parecía querer decir: «Te podría sacar el bazo por la boca y metértelo por el coño tan fuerte que te lo volvería a colocar en su sitio».
      —¿Eso es una amenaza, Marza?
      Shonia empezaba a encenderse. Se levantó de la silla para enfentrarse a Marza, que ni se había molestado en mirarla. La de las cicatrices iba a decir algo más, pero se detuvo cuando la de la armadura, todavía con los pies sobre la esquina de la mesa, sacó un puñal y lo clavó en la madera, atravesando un par de sobres de sacarina vacíos que había tirados. Shonia tragó saliva, la del puñal la miró, sonriendo, sin decir nada. Esencialmente porque era muda. La de la cicatriz se sentó y bajó la cabeza.
      —¿Alguna sabe dónde está Yudiz? —dijo la asiática, para destensar un poco el ambiente. Mirando a sus compañeras de mesa, pero también a unos tipos dos mesas más allá que se habían puesto muy rígidos, con una de sus manos en las pistolas y la otra en sus chai latte.
      —Debe estar al caer —dijo la que se sentaba entre la de las cicatrices y la de la sudadera.
      La puerta se abrió y en el umbral apareció una joven muy alta y delgada. No se le distinguía, la luz del exterior recortaba su silueta.
      —Hablando de la reina de Roma —dijo la mujer gorda.
      Las cinco alzaron el brazo para saludar a la recién llegada, pero ésta no se movió hasta que cayó de rodillas al suelo y luego se desplomó, quedando bocabajo.
      Las de la mesa larga se levantaron a la vez, tirando las sillas al suelo, y corrieron hacia la tal Yudiz. La primera en llegar fue Marza, que se había movido a una velocidad absurda. Se arrodilló junto a la recién llegada y le dio la vuelta. Tenía la camiseta blanca llena de sangre. Le levantó la prenda justo en el momento en el que llegaban sus compañeras, y lo vieron. Por lo visto había contraído una enfermedad mortal llamada Diez navajazos en pecho y abdomen.
      —¡Yudiz! —gritaron al unísono.
      La joven acuchillada tosió y expulsó algo de sangre.
      —¡¿Qué te ha ocurrido, Yudiz?! —preguntó la de las cicatrices.
      —Creo que la han acuchillado —respondió Marza sin apartarse el pelo de la cara.
      —¡Eso ya lo veo!
      Yudiz abrió la boca para decir algo, pero no le salía la voz. Marza acercó el oído a la boca de la moribunda y asintió a lo que escuchaba.
      —¿Qué ha dicho? —preguntaron las otras cuatro.
      —Me ha preguntado si hemos bebido mucho café.
      —¡Mierda! —exclamó Shonia—. ¡Pero dile que te explique quién le ha hecho eso?
      —Ya se lo has dicho tú, Shonia. Tiene puñaladas, no sordera.
      —¡Maldita sea!
      Iba a enfrentarse de nuevo a Marza, hasta que la de la armadura le miró directamente a los ojos y negó con la cabeza.
      Un camarero se acercó al grupo para preguntarle si su amiga estaba bien y si necesitaban una tirita o algo. Las cinco mujeres le miraron y luego miraron los orificios del vientre de Yudiz y se dieron cuenta de la estupidez de ese camarero.
      —¡¿Para qué coño queremos una tirita, idiota?! —estalló Shonia, que cada vez dejaba más claro que había tomado algún café de más (concretamente unos diez por encima de la dosis recomendada).
      —¡Exacto! —gritó Marza, por primera vez de acuerdo con la de las cicatrices—. ¡¿No ves que tiene varias puñaladas?! —Miró a Yudiz y contó los orificios—. ¡Necesitamos diez!
      El camarero salió corriendo. Algunas miembras del grupo se miraron entre sí, no tanto por la estupidez de pedir tiritas para unas puñaladas, sino por el asombro de que aquellas dos se hubieran puesto de acuerdo.
      Yudiz cogió de la pechera a Marza y tiró de ella para acercarla a su boca. Marza giró la cabeza y le ofreció su oreja.
      —Rusé…
      Luego murió, como en las pelis.
      —¿Yudiz? —dijo entre lágrimas Marza. Le empezó a palmear la cara y a mecerla. Como si haciendo eso fuera a conseguir despuñalarla o desmatarla—. ¡No me dejes, Yudiz!
      Pero Yudiz ya la había dejado, porque tenía otras cosas que hacer, en otro mundo lleno de fantasía, almas y donde puedes comer todas las croquetas que quieras sin engordar. Eso sí, las croquetas serían de Nocilla, porque en el infierno, sitio al que iban a ir todas las personas que había en esa cafetería, no se estilaban las croquetas de pollo, ni las de jamón, ni las de bacalao, ni siquiera las de boletus.
      —¡No, no, no! —gritó Marza haciendo gala de todos los tópicos cuando alguien muere en una escena de este tipo. Alguien pediría explicaciones a cierto calvo con gafas, acomodado en una dimensión paralela en la que las cafeterías no eran un lugar pernicioso, sino un sitio en el que sentarse cómodamente a escribir, por este despropósito de muerte, pero el calvo se limitaría a encogerse de hombros y a decir: «Es lo que hay».
      Hubo lágrimas. Lloraron las cinco amigas y un tipo enorme, con un tatuaje en el brazo en el que ponía: «Muerte a los gatitos, amor de madre», que era particularmente sensible para estas cosas.
      —¿Qué ha dicho, Marza? —preguntó la de las cicatrices con la voz quebrada.
      —Rusé, ha dicho Rusé
      Las amigas se miraron. La de la armadura hizo una serie de gestos con la mano que significaban: «Rusé la ha matado». Las demás asintieron. Shonia se levantó, excitada, pero esta vez no por el café, o al menos no solo por el café, miró a su amiga muerta y la puerta.
      —¿Qué vas a hacer, Shonia? —preguntó la joven asiática.
      —Voy a matar a Rusé, Llaura. Voy a coger a esa hija de Satanás, y le voy a dejar el cuerpo como un escurridor.
      —Es como un colador, Shonia —corrigió Marza.
      —¿Cómo dices?
      —Que es Le voy a dejar el cuerpo como un colador.
      Shonia miró a las otras cuatro, con la boca abierta, ellas asentían como diciendo: «Tiene razón, tía».
      —¿Qué más da? Los escurridores también tienen muchos agujeros, ¿no? Es el punto de mi frase, lo pone aquí, ¿ves? —Shonia sacó una hoja de papel doblada de un bolsillo trasero de su pantalón y señaló una línea en la que ponía: «Voy a matar a Rusé, Llaura. Voy a coger a esa hija de Satanás, y le voy a dejar el cuerpo como un escurridor».
      En su dimensión, el calvo dejó la taza de café en el platillo de porcelana y se llevó la mano a la frente, suspirando. Se le estaba atragantando la historia y no sabía muy bien cómo salir del callejón sin salida en el que se había metido. ¿Cómo cerrar una historia en la que sus protagonistas cuestionaban frases enteras y discutían entre ellas? Se pellizcó el tabique nasal, se masajeó las sienes y volvió a suspirar.
      Shonia guardó el papel de nuevo en el bolsillo del pantalón y dijo:
      —¿Alguien me va a acompañar? Esa cabrona tiene que pagar por lo que le ha hecho a Yudiz.
      Las cuatro amigas se levantaron, se secaron las lágrimas —igual que el tipo enorme del tatuaje— y asintieron. No dijeron lo de: «Cuenta con mi espada, y cuenta con mi arco y con mi hacha», esencialmente para evitarse problemas de copyright, pero el mensaje se escondía en las miradas de odio y se sobreentendía.
      Se dispusieron a salir del local, cuando el camarero les llamó la atención.
      —¡Hay que pagar la cuenta!
      Porque era cierto que aquellas cinco mujeres habían perdido a su amiga, pero si cada vez que alguien muere en una cafetería sus colegas se largaran sin pagar, el sector acabaría en quiebra.
      El calvo, en su dimensión, había terminado el café hacía rato, miró el número de palabras que tenía la historia y se desesperó. Necesitaba que dejaran de aparecer personajes o, al menos, que dejaran de hacer lo que les diera la gana. Pensó largo y tendido en cómo cerrar el relato, pero como no se le ocurría nada, recurrió a la psicología inversa y decidió que iba a continuar la historia y convertirla en una novela de mil páginas.
      Un tipo alto, de los que habían estado jugando al Uno, se levantó de su mesa y le dijo al camarero:
      —¡Holiwis! De su cuenta me encargo yo, cari. Id, y vengad a vuestra amiga, corazones. Apuñalad a esa cabroncilla, pero hacedlo siempre con una sonrisa. ¡Adiosito!
      Las cinco amigas sonrieron, asintieron y salieron de allí como alma que lleva al diablo. La cafetería se sumió en un silencio. El camarero estuvo a punto de iniciar una subtrama en la que se tenían que encargar del cadáver de Yudiz, pero el calvo, en su dimensión, hizo como si el personaje no existiera, acercó el dedo al punto y, con una sonrisa de satisfacción, lo pulsó para cerrar la historia. «Mierda de relato», pensó el tipo, pero al darse cuenta de que él mismo estaba iniciando una subtrama, se reprendió, cerró el portátil y se largó de allí.

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