Microficción #123

•¡CÁLLATE!•

Se detuvo un momento, llevaba dos días huyendo y necesitaba descansar. El pueblo al que acababa de llegar parecía deshabitado, no se escuchaba ningún ruido, ni siquiera en la casa en cuya puerta se había sentado para recuperar el aliento.
    ¿Por qué te paras? dijo una voz dentro de su cabeza. Si no te mueves te van a pillar, idiota.
    —Cállate —dijo la niña. Estaba harta de escuchar a aquella voz femenina, adulta, hiriente. Necesitaba que las plantas de sus pies reposaran, necesitaba quitarse la cazadora vaquera, necesitaba encontrar algo que llevarse a la boca.
    Sabes que no voy a callarme. Levántate y sigue andando, hazme caso, joder.
    —He dicho que te calles. Necesito descansar, llevo dos días andando por tu culpa.
    ¿Por mi culpa? Di mejor que gracias a mí eres libre. ¿Quién sostuvo el cuchillo? Yo no tengo manos, querida, fuiste tú. ¿Quién se metió en la habitación de papá y mamá? Yo solo existo dentro de esta cabeza de chorlito que tienes. Fuiste tú la que clavó el cuchillo en ellos. Yo, en cambio, me he limitado a darte consejos, a mantenerte a salvo. ¿Por mi culpa? Si quieres puedes volver, seguro que la policía está deseando echarte el guante.
    —Cállate ya.
    La cría se tapó los ojos con las manos y empezó a sollozar. No podía dejar de pensar en las caras de sus padres, en la confusión. Tampoco dejaba de ver mentalmente aquella mancha de sangre negra por el contraste de la oscuridad del cuarto de sus padres, extendiéndose por la sábana mientras ella sacaba y hundía el cuchillo una y otra vez.
    Muévete, te van a pillar. Vamos, ya llorarás cuando estés a salvo. Ahora mueve el puto culo, si no quieres acabar en una celda. ¡Muévete!
    —¡Cállate!
    No insistas, mocosa, no me voy a callar. No pienso dejarte ahora. Tú me llamaste, ¿recuerdas? Estaba dormida y me despertaste. Ahora no me pidas que me calle, ahora no me pidas que te deje. Vamos a acabar con esto. Muévete, y reza porque nadie se cruce en tu camino, porque como pase eso, vas a llenarte las manos con mucha más sangre de la que ninguna de las dos querríamos.
    —¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!

© M. Floser.

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