Las tres palabras 5: Justo a tiempo

[Nota fija]→ «Las tres palabras» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del blog «CabalTC» de David Olier. En esta sección haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente.

Palabras a añadir:

Pez 1
Fosas 2
Ciencia 3
•JUSTO A TIEMPO•

¿Cuánto llevo aquí? Ya ni me acuerdo. Es lo malo de ser un criminal inmortal, la cadena perpetua es eterna. Ingresé en esta prisión poco después de que se construyera, he visto morir gente (tanto presos como carceleros e incluso alcaides). No envejezco, no puedo. No cambio ni un ápice. Lo único que cambia en mí es este deseo casi asfixiante de acabar con la vida de todos los que me rodean. Quizá lo haga cuando la paciencia se me termine.
    Nunca me acostumbraré a estar entre rejas, aunque lleve tanto tiempo encerrado. Me siento como un pez1 fuera del agua. Y para colmo, cada nueva generación es más nauseabunda que la anterior. Cada vez que llegan nuevos presos pasa lo mismo, se dividen, sin quererlo, en tres grupos: los cobardes, que serán objetos sexuales de los veteranos. Los que pasan desapercibidos, esos llevarán una vida medianamente decente, y los que creen que son la puta reencarnación de Al Capone. Esos suelen ser los que más ruido hacen y, para qué engañarnos, los que hacen que mi autocontrol se vea sometido a prueba constantemente. No quiero matar, aunque pueda hacerlo, no quiero empeorar esto, si es que eso es posible.
    Prefiero sentarme en la sombra, leer algún libro de ciencia3 ficción de la librería, y dejar que el tiempo pase. Que pase como si yo no estuviera. Eso es lo que yo prefiero, pero la vida es una zorra que me la tiene jurada desde que le vendí mi alma al diablo. No va a permitir que me relaje, no va a permitir que viva en paz conmigo mismo. No, ella tiene otros planes y, generalmente, esos planes incluyen a alguno del tercer grupo de nuevos presos que creen que es buena idea atacarme en las duchas, o en el patio.
    Cómo no… justo a tiempo, como si lo hubiera invocado, ahí viene uno de esos idiotas. Enorme, como un toro, con las fosas2 nasales tan abiertas que creo que me cabría todo el dedo índice. Quizá lo pruebe cuando le deje inconsciente, de alguna forma tengo que divertirme. ¿Cuánto debe medir ese cabrón? Por lo menos dos metros. Y de ancho más o menos lo mismo. Le tiembla la papada y su cabeza pelada tiene un tatuaje tribal que le cubre la mitad de la calva, desde la frente hasta la nuca. Tiene un bigote largo, descuidado, que le hace parecer una morsa. Su tamaño no ayuda a que la sensación sea menor. Ahí viene, perfecto. Tengo que dejar que me pegue una vez, sino no se activarán mis poderes. Es un riesgo, pero supongo que por eso el demonio puso esa cláusula en el contrato. Levanta el puño y lo descarga sobre mí, parece un meteoro, solo que más lento y grasiento. Me da en la mandíbula y me lanza hacia la reja. Me mareo, me da vueltas el mundo, pero noto como el calor se enciende en el centro de mi pecho y se esparce por todo mi cuerpo. El mundo cambia, se vuelve luminoso, como si tuviera unas gafas especiales, todo se vuelve azul, brillante, lento, y soy capaz de ver hasta al más diminuto ácaro a varios metros de distancia. Me giro y veo al mastodonte parado. No, no es exactamente eso, él sigue moviéndose a la misma velocidad, soy yo el que se mueve más deprisa, mucho más deprisa. Las gotas de su sudor flotan en el aire, reflejando la luz anaranjada del atardecer. A lo lejos veo un guardia también parado, sujetando un silbato con la boca abierta. En unos minutos (aunque para él serán segundos) tocará el silbato para detener al mastodonte, pero ya será tarde, se lo encontrarán tendido en el suelo y a mí tumbado lejos, en una sombra, siguiendo con la lectura de mi libro.
    Apreto el puño y lo descargo sobre el vientre desnudo del seboso, y su grasa se mueve creando ondas, como si acabara de lanzar una piedra en un estanque de agua en calma. Un segundo golpe, este en el rostro, crea el mismo efecto y su mandíbula inferior se desplaza hacia el lado. Alzo la mano abierta y le golpeo la nariz con la parte anterior de mi palma. El tabique se rompe y aprieto el puño con fuerza para descargar el último golpe, de nuevo en la mejilla, esta vez con todas mis fuerzas, para dejarlo inconsciente en el suelo, boca arriba. Cae de forma lenta, empieza a girar en el aire, flotando, y yo me alejo de él. No pienso esperar a que caiga, prefiero seguir leyendo. Cuando estoy lo suficientemente lejos, me siento a la sombra, me concentro en el calor que siento por todo el cuerpo, y hago que desaparezca. El tiempo, con un chasquido que solo escucho yo, vuelve a la normalidad. El guardia toca el silbato con todas sus fuerzas y echa a correr hacia donde me encontraba hacía un momento. Lo que se encuentra es que el gordo cae dando una vuelta sobre sí mismo en el aire, y golpea el suelo con violencia. Está inconsciente y yo sigo con mi vida inmortal en esa prisión. La alarma suena, justo a tiempo, es hora de comer.

© M. Floser.

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