Microficción #180

En la imagen vemos la silueta de un ciervo en un valle, está mirando hacia arriba, hacia la copa de un árbol que le da sombra. El título del relato es "¡Que ya se han ido!".

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Mientras un grupo de personas pedían la cabeza de su presidente por aprobar una ley que les prohibía usar el Necronomicón para invocar a un dúo cómico-demoníaco para las fiestas del pueblo, en la otra punta del mundo, lejos de la civilización, en la ladera de la montaña Fufukaka, un ciervo rojo miraba fijamente el trasero enfundado en un tejano que colgaba de una gruesa rama que brotaba del aún más grueso tronco de un árbol centenario. El culo iba unido a un cuerpo que se bifurcaba, como todos los cuerpos vistos desde el culo: a un lado dos piernas largas, terminadas en sendos pies enfundados en sendas zapatillas deportivas, al otro un torso cubierto por una camiseta de algodón negro, con sus pertinentes brazos, manos, pechos, cuello y cabeza. La que se abrazaba a la rama era Urku, una estudiante de brujología y cazadedemoniología.
    —¡No te quedes mirando! —dijo la joven estudiante—. ¡Ve a por alguien!
    —¿A por quién voy a ir? —dijo una voz grave que parecía provenir de detrás del árbol pero que, tras un segundo vistazo, se descubría que venía del ciervo rojo.
    —¡Yo qué sé! A por la rectora.
    El ciervo suspiró, o hizo el equivalente cérvido a un suspiro, que sonó parecido a una pedorreta. Miró a su alrededor, luego volvió a fijarse en el trasero y dijo:
    —Puedes bajar, Urku.
    —¡No pienso bajar después de lo que ha pasado!
    —¡Que ya se han ido!
    —¡No te creo!
    Urku se refería al incidente con los espíritus que había visto unos minutos antes. Espíritus horribles, que no paraban de pedirle cosas. Porque Urku, a parte de una estudiante terrible, era la única de aquella zona que podía ver y hablar con los espíritus —claro que era algo que acababa de descubrir en aquella excursión que pretendía ser un pícnic tranquilo en la montaña—. El primer espíritu que había visto era el de un señor mayor, redondo, bajo, que tenía la cabeza inclinada hacia un lado, con el cuello doblado en un ángulo mortalmente anormal. El hombre la miró, abrió mucho los ojos y la boca, y se acercó corriendo —aunque sus pies no tomaban contacto con el suelo por diez centímetros—. Le pidió ayuda, le preguntó si había visto El Queso, con mayúsculas. Luego el espíritu de una niña caminó hacia ella con el torso inclinado hacia atrás en un ángulo de noventa grados, como si estuviera jugando al baile del limbo y estuviera a punto de ganar. La miró y le preguntó por El Queso. Hubieron muchos otros espíritus, incluso el espíritu de unas hermanas siamesas, unidas por el costado izquierdo, pero dobladas por la unión hacia atrás, tocándose espalda con espalda, como un libro completamente abierto cuya portada y contraportada se juntan. La miraron y, al unísono, le preguntaron si había visto pasar por allí El Queso. Urku decidió entonces encaramarse a la rama del árbol y dejar pasar a aquel ejército de espectros deformados, descendiendo la ladera de la montaña.
    —¡Busca a la rectora!
    —¿Para qué narices quieres a la rectora, Urku?
    —Necesito que me expli… que me… ¡necesito que me explique qué es lo que he visto!
    —¡Te lo explico yo! Has visto a un grupo de espíritus que murió en esta misma montaña y cuyas almas se han quedado atrapadas. Murieron, sí, practicando el deporte más peligroso que ha inventado tu especie: la persecución del Queso que cae rodando ladera abajo. Muchas son las personas que mueren practicando esa tontería. Se caen, se rompen el cuello, o la espalda, se quedan ensartados en ramas rotas, se tropiezan y se clavan piedras en la cabeza. Lo veo constante mente, Urku, y a pesar de la cantidad de gente que tu especie pierde, siguen practicando ese maldito deporte. Pero ya puedes bajar.
    —¡No voy a bajar! ¡Me da miedo!
    —¡Que ya se han ido!

3 comentarios en “Microficción #180

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