Las tres palabras #13

En la imagen se ve a una joven de espaldas, con una mochila verde a la espalda. De la mochila sobresale una botella de agua. Ella lleva el pelo recogido en una coleta y delante de ella se puede ver un bosque espeso.

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[Nota fija]→ «Las tres palabras» es una sección dentro de «Ejercicios de escritura». Así mismo, este ejercicio ha sido extraído del blog «CabalTC» de David Olier. En esta sección haré relatos incluyendo tres palabras generadas automáticamente.

Palabras a añadir:

PROFESORA 1
HOMBRE 2
ROSCA 3

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Hoy el día ha amanecido fresco y despejado. El sol se estrella sobre las hojas de los árboles altos, e ilumina el bosque con colores verdes y proyecta sombras que se mecen con el aire como ancianas en sus mecedoras mientras sacan brillo a sus escopetas y a sus hachas. Llevo mi chaqueta enrollada a la pierna, es un viejo truco que aprendí de mi profesora1 de Supervivencia. La prenda roza las plantas y se impregna de rocío. Agua potable con solo escurrir la chaqueta. Las botas de suela gruesa aplastan las ramas secas y la hojarasca. Noto el bulto moviéndose dentro de mi mochila, a mi espalda y se que Irwin se ha despertado.
    —Buenos días, bello durmiente —por suerte he superado mi afonía. Los últimos días de lluvia me han destrozado y el gripazo me ha tenido tirada en una cueva, con fiebres altas y alucinaciones.
    —Buenoj díaj, mij cojonej —dice una voz doble, grave y aguda, como si dos personas hablaran a la vez. De la mochila brota una cabeza negra, peluda y con cuernos. Por un lado podría decirse que parece un gato, con ojos verdes de mirada intensa y pupila alargada, por otro lado… no—. Veo que ya te encuentraj bien.
    —Como una rosa, Irwin. Creo que aquella planta que me diste me ha dado la vida.
    —Puej mira que bien. Yo me alegro, en jerio. Pero una coja, Marichocho, no podiaj encontrarte como una roja un poco máj tarde. ¿Qué hora ej?
    —Ni idea, ¿las siete?
    —¡Laj jiete! ¿Pero dónde vaj a ejtaj horaj?
    —A casa, Irwin, hoy sé que voy a encontrar el camino de vuelta a casa.
    —No ej por dejanimarte, pero…
    —No digas nada. Verás como lo consigo.
    —Vale, vale, no digo nada, pero te lo digo todo.
    Irwin es un buen amigo, creo, aunque lo cierto es que me ha intentado matar en varias ocasiones. Cuando cortó la cuerda que tenía que mantenerme a salvo mientras escalaba aquella pared escarpada, cuando me metió un escorpión en el saco de dormir, o cuando me dijo que podía bañarme tranquila en aquel estanque «totalmente libre de todo peligros así como animales carnívoros, etcétera». Pero también me ha ayudado mucho, aunque ahora mismo no recuerdo nada concreto. El caso es que no se puede juzgar a un pez por su capacidad para freír huevos y servírtelos sobre una tostada ni muy quemada ni muy blanca, ¿no? Pues eso mismo me lo aplico yo con Irwin. Es un demonio, su historia quizá os la cuente en otro momento, pero el caso es que es normal que un demonio sea un poco travieso. Además, tengo la teoría de que si quisiera verme muerta, ya lo estaría hace tiempo. No, él solo quiere jugar, solo que con su forma de jugar nunca sabes cuándo será la última partida.
    Me detengo, jadeando, saco la botella de agua de mi mochila, llena del rocío del día anterior, quito el tapón de rosca3 y le doy un buen trago. El sabor no es el ideal, tiene un ligero gusto a sudor, pero al no disponer de ningún supermercado en el que comprar agua mineral, y teniendo en cuenta que no sé dónde cojones está el río, habrá que conformarse.
    —¿Me daj agua?
    —No.
    —Avaricioja.
    —La última vez que te di agua luego me confesaste que no tienes necesidad de beber y que solo querías joderme, Irwin.
    —Ají te ahoguej.
    Aquello lo ha dicho mientras bebía y, como suele pasar con sus maldiciones, ha funcionado: el agua se ha debido despistar y se ha ido por un lado que no es el acostumbrado, y he empezado a toser y a boquear. Irwin se ha reído y ha esperado unos segundos —muy largos— antes de golpearme la espalda. Vomito, solo agua, y vuelvo a respirar, roja, con el cerebro latiéndome del esfuerzo, y las venas de las sienes y del cuello a punto de explotar.
    —¡NO VUELVAS A HACER ESO, HOMBRE2!
    Irwin empieza a reírse a carcajadas otra vez.
    —Silencio —digo, pero no porque me molesten sus risas, sino porque he oído algo—. Silencio, Irwin, no digas nada, creo que he oído algo.
    —Jí, a ti, ahogándote.
    Pero no, no ha sido eso. Lo que he escuchado es mucho más terrorífico que la propia idea de morirme ahogada por un sorbo de agua y la maldición de un demonio que vive dentro de mi mochila, lo que he escuchado es algo profundo, enorme, que viene hacia nosotros y, dicho sea de paso, no parece venir dispuesto a tomarse un té con pastas. No sé si se me entiende.
    —Creo que un dinosaurio, Irwin.
    —¿Lo creej? —dice el demonio a mi espalda dejando de reírse, alzando la cabeza hasta que sus ojos se topan con los del tiranosaurio, cuya cabeza, enorme, está cubierta de plumas—. Algo me dice que ejtaj en lo cierto.

2 comentarios en “Las tres palabras #13

  1. ¡Hola! Al empezar a leer, me pareció que tu estilo había cambiado mucho. Destaco lo siguiente: “…el sol se estrella sobre las hojas de los árboles altos…” y “…proyecta sombras que se mecen en el aire como ancianas en sus mecedoras…”.
    Dos, quisiera saber ¿por qué la joven debía llevar al demonio Irwin en su mochila, si ha intentado matarla varias veces? Yo lo hubiese botado bien lejos.
    Tres, ¿qué les ocurrió tras toparse con el tiranosaurio? Ojalá le dieras una continuidad. Es un gusto leerte.

    • ¡Hola! Gracias por leerme y por comentarme. Me alegra mucho que te gusten esas partes del texto. Sobre tus preguntas, en realidad no hay un motivo, me gusta, en estos relatos cortos del blog, que seáis las lectoras/es quienes piensan en esos “por qué”, ¿están ligados por una maldición y por eso no pueden separarse?, ¿lleva ella tanto tiempo sola en la selva que la idea de separarse de la única compañía le aterra? Lo que quieras, jejejeje. Sobre el final ocurre lo mismo, ¿tú qué quieres que ocurra? ¡Gracias de nuevo!

¡Dime algo, no seas asinas!

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