Microficción #98

(Imagen libre de licencia de: Drippycat)

Sueño

Cenefas

Me sigo preguntando si es un sueño o si estoy realmente en presencia de ese ser. No recuerdo haberme acostado y no sé si estoy en la cama respirando profundamente, roncando, mientras en lo más profundo de mi psique me paro delante de él, que me mira fijamente con esos enormes ojos.
    —¿Quién eres? —le pregunto, aunque mis labios no se mueven a pesar de que mi voz se escucha por todas partes, rebotando en paredes que no consigo ver—. ¿Dónde estoy?
    No responde.
    Miro a mi alrededor, intentando que mi vista traspase la penumbra que nos envuelve. Luego miro al personaje, bajito, como un crío de no más de trece años. Su cara es una calavera, pero a la vez parece tener piel. Su carne se mezcla con el hueso de forma extraña y tiene el rostro repleto de runas que no entiendo, esculpidas en el cráneo.
    —¿Por qué no me respondes? —vuelvo a preguntar. Ahora sé que es un sueño por la voz, por la estancia y por la presencia.
    —¿Quién crees que soy? —responde la criatura, y al hacerlo doy un respingo. No esperaba que se dirigiera a mí y tampoco esperaba aquella voz de ultratumba, aspirada y afónica, como el rugido del suelo antes de un terremoto.
    No sé qué responderle, no tengo ni idea de quién es.
    —Tú me llamaste —de repente parece mucho más comunicativo—, ayer, antes de desmayarte sobre un charco de cerveza y whisky en la barra de aquel tugurio.
    —¿De qué estás hablando? Ayer no estuve en…
    No puedo acabar la frase, las imágenes de la noche anterior me vienen en tropel: mi entrada triunfal en la discoteca tras dejar sin conocimiento al portero, el momento en el que me senté, poniendo la pistola encima de la barra como si fuera una tarjeta de presentación, y la mirada asustada de las camareras, con menos ropa de la que un hombre con una hija más o menos de su edad quisiera ver.
    No entiendo, al recordar la escena, por qué no llamaron a la policía. Empecé a beber, hasta que, efectivamente, me desmayé. No recuerdo haber hecho ninguna llamada.
    —No te llamé.
    —Lo hiciste. Mientras bebías dijiste que querías que todo acabara. No dejabas de repetirlo, una y otra vez. Querías que todo terminara, querías irte del mundo en el que vives.
    —Entonces, ¿eres la Muerte? —pregunto en el sueño, sin darle más importancia a lo que acaba de decirme el ser. Es algo propio de mí, así que me lo creo.
    —¿La Muerte? No, no soy la Muerte, aunque me cae bien esa cría. Yo no vengo a matarte, Douglas, vengo a ofrecerte un trabajo…
    —¿Un trabajo? ¡Ya tengo un trabajo!
    Hay un silencio espeso, en el que el crío con voz de trueno se limita a respirar. Con cada inhalación la oscuridad se comprime, parece querer aplastarnos, y con cada exhalación se expande y nos libera.
    —No vuelvas a interrumpirme, muchacho, o desearás que sea la Muerte la que te visite —hace una pausa para dejar que su promesa, que no amenaza, surta efecto—. Quiero ofrecerte que trabajes para mí y hagas algo interesante con tu vida. Dejarás de existir en tu mundo y te unirás al mundo de las sombras. Solo tienes que hacer una cosa: matar a quien yo te diga, cuando yo te diga y… bueno, la forma la dejo a tu elección.
    Espero unos segundos, para asegurarme de que no seguirá hablando.
    —No soy un asesino.
    —¿Y qué eres? Ahora mismo eres un cuerpo vacío, tirado en un callejón, congelándote de frío. Estás en Nueva York, en pleno invierno, cubierto de nieve. Si no te hubiera traído a aquí, morirías en unas horas. Te puedo dar otro cuerpo y poderes que jamás has soñado. ¿Qué me dices?
    —Es absurdo. Estoy en mi cama, esto es un sueño.
    —Si tú lo dices. Te estoy dando la oportunidad de ser tú mismo, de escapar de ese mundo mediocre en el que vives, que dejes de robar bancos, que dejes de follar con putas. Te estoy dando una nueva vida. Lo único que tienes que darme a cambio, es tu lealtad.
    Silencio. Más incómodo que los anteriores. La extraña criatura se lleva las manos a la cabeza, solo para apoyarlas, y dejar los brazos en jarra. Espera una respuesta inmediata. ¿Realmente me estoy muriendo en la vida real? Entonces… supuestamente esto no es un sueño. Puedo decir que no, pero no quiero morir, aunque sea absurdo pensar que realmente estoy hablando con una criatura más propia de una novela de Neil Gaiman que con un ser real. No, no quiero morir y, por si acaso esto no es un sueño, tengo clara mi respuesta.
    —Lo haré, trabajaré para ti.

© 2017 M. Floser.

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