SUS MUERTOS

En la imagen vemos una figura, quizá una persona, cubierta por un velo negro. No se le ve el rostro, aunque se intuyen algunas partes marcadas en la tela, como las cuencas de los ojos o el bulto de la nariz. Incluso así, con la tela, puedes imaginar que lo que hay bajo el velo es una calavera o, mejor dicho, un esqueleto. El relato se titula: "Sus muertos".

Sus muertos. Imagen libre de licencia: Pexels.

ATENCIÓN, ESTE RELATO PUEDE CONTENER TRAZAS DE:

ES NORMAL ACABAR CANSADA DE TU TRABAJO, especialmente si llevas haciéndolo toda tu vida que, por otro lado, se remonta al principio de los tiempos. Es exactamente lo que le pasaba a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), la hija mayor de Sacsé, la diosa creadora.
      Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), siempre había disfrutado de su trabajo. Se encargaba de recoger las almas de la gente que estiraba la pata en todo el Muchiverso. Era agotador, sí, y, en muchas ocasiones, frustrante, pero también era agradable saber que su existencia servía para joder a los humanos. Era frustrante, precisamente, porque a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), no le gustaba la gente. Ella pensaba que había sido un error darles libre albedrío y, si de ella dependiera, se cargaría a toda la humanidad. Total, solía decir, para lo que sirven. Lo único bueno que la humanidad había hecho según Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), fue inventar la televisión, pero luego inventó las plataformas como Nefris, Apeltibí, Eichbioumacs y, en algún momento, decidieron que si querías ver el contenido de siempre sin anuncios, tenías que pagar más. Si eso no merecía la extinción, que bajara su madre y lo viera.
      Una mañana, Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), se despertó con una idea rondándole la cabeza. Abrió los ojos —lo cual tiene mucho mérito si tenemos en cuenta que Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), es un esqueleto descarnado y no tiene globos oculares, ni párpados, si no que solo tiene dos cavidades tan negras como el cielo de la dimensión Mohína, donde vivía—, se levantó de su cama, con su pijama de unicornios decapitados, se hizo un café, porque ella hasta que no se tomaba el café no era diosa de la muerte y se sentó a desayunar. Esa mañana no encendió la multipantalla —un trasto que había hecho para ella su hermana Jatsume, diosa de los inventos, con el que podía ver lo que ocurría en todo el Muchiverso y estar así al corriente de qué humano necesitaba que recogiera su alma y, sobre todo, en qué parte del Muchiverso—.
      Al principio se le hizo raro no encenderla, miraba la pantalla negra, en la que se veía reflejada, y tenía tentaciones de activarla, de investigar lo que pasaba ahí fuera, pero no lo hizo. No pensaba hacerlo. Estaba, como hemos dicho al principio, hasta el coño —y eso que no tenía—.
      Cuando terminó de desayunar se vistió con su túnica negra favorita, se puso la capucha, eligió una guadaña de su armero, abrió un abismo en la puerta principal de la casa, un portal dimensional, y lo cruzó. Cuando salió al otro lado, estaba en el extrarradio planetario. Su madre flotaba en el infinito cósmico.
      Es importante recordar que Sacsé, diosa creadora, no tenía una forma definida, porque era el todo y la nada, la luz y la oscuridad, el agua y el aceite, la cerveza y la cerveza sin alcohol, la… bueno, creo que ya me has entendido. Su aspecto dependía de lo que ella quisiera ser y, aquella mañana, decidió ser Pedro Pascal, un actor muy popular en uno de los muchos universos. Estaba sentada en la nada espacial, aunque la nada se había retorcido de tal forma que se había convertido en un sofá que nadie en su sano juicio sería capaz de ver. Y tampoco querría verlo, pues si uno consiguiera ver a la nada tomando la forma de algo, seguramente se le fundirían los plomos y lo siguiente que diría sería: «¡Juro que la nada se ha convertido en un sofá! ¡Quitadme las manos de encima! ¡No estoy loco!». Sacsé, en su forma de Pedro Pascal, tenía las piernas cruzadas y sujetaba una taza de café humeante.
      —Oh, hola, hija —dijo Sacsé con voz grave y extremadamente sexy al ver aparecer por el abismo a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia).
      —Hola, madre —dijo Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), con aquella voz suya que parecía un pergamino viejo—, ¿de qué vas hoy?
      —¿Hum?
      Muerte señaló a su madre de arriba abajo con la mano que no sujetaba la guadaña.
      —¡Oh! Es un humano del sexcentésimo sexagésimo sexto universo, se llama Pedro Pascal. ¿Te gusta?
      A pesar de que a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), le repugnaban todos los humanos, tenía que reconocer que aquel aspecto tenía su aquel.
      —No está mal. Oye, madre, quería comentarte algo. Una idea que he tenido.
      —Me encantan tus ideas. Siempre me distraen. ¿Te acuerdas cuando creaste aquella enfermedad que mató a miles de humanos en uno de los universos? ¿Cómo la llamaste?
      —Peste negra —respondió Muerte.
      —¡Eso! Fue muy divertido. O aquella vez que hiciste que aquel tipo en el universo seis fuera decapitado por la rama de un árbol en medio del bosque cuando no había nadie cerca para escuchar si producía algún sonido. O esa otra en la que hiciste que un científico loco se equivocara y, en vez de crear una bomba fétida, creara una bomba nuclear que mató a millones de humanos en el quincuagésimo universo. ¡Esa fue la monda! Tienes unas ideas maravillosas, hija mía. Siempre he dicho que eres la más lista de todas.
      —Ya sabes lo que dicen los humanos, madre.
      —¿Qué tienes que esperar dos horas después de comer para meterte en el agua?
      Muerte negó con la capucha.
      —¿Qué si no tienes drogas a mano puedes chupar un sapo?
      —No, madre. Dicen que más sabe el demonio por viejo, que por demonio..
      —¡Pfff! Menuda tontería. ¿Eso dicen? Si el demonio no fuera demonio, no podría ser viejo, así que no tiene sentido. Piénsalo, hija. Si el demonio no fuera no sería, así que no podría ser. ¿Lo entiendes? El demonio sabe por viejo y es viejo porque es demonio. Eso lo sabe todo el mundo, hija. Pero vamos, vamos, dime qué idea has tenido. ¿Quieres otra pandemia mundial? Hace mucho que no hacemos ninguna. ¿Un apocalipsis zombi? Si tu idea es la Tercera Guerra Mundial en el sexto universo, tengo malas noticias para ti, hija, los humanos de ese universo están a punto de adelantarte por la derecha.
      —No es nada de eso, madre.
      —¿Entonces?
      —Se me había ocurrido… —Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), habría deseado tener saliva para poder tragarla en ese momento. Pensó que si había una situación que permitía tragar saliva, sin duda era esa. No le daba miedo su madre, ni mucho menos, porque, aunque Sacsé era el ser más poderoso del Muchiverso, con muchísima diferencia, era buena por naturaleza. Ni siquiera obligó a sus hijas a comerse la coliflor cuando eran pequeñas (entre otras cosas porque todavía no se había inventado la coliflor). Lo que le pasaba a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), era que, entre las diosas, nunca se había planteado lo que ella estaba a punto de plantear. Suspiró y decidió decirlo del tirón, como quien se arranca de cuajo una tirita, aunque ella no sabía nada sobre eso. Si le arrancas una tirita a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), dará igual a qué velocidad lo hagas, sería como quitar un trozo de cinta aislante de una tubería de cobre—. Se me había ocurrido tomarme unas vacaciones, madre.
      Sacsé-Pascal se la quedó mirando con aquellos ojos entrecerrados y una media sonrisa que habría podido derretir la mantequilla.
      —¿Vacaciones?
      Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), asintió con la capucha.
      Su madre dio un sorbo a la taza de café y meditó sobre ello.
      —¿Eres consciente de las consecuencias que tendría que te tomaras unas vacaciones?
      Muerte asintió.
      Sacsé-Pascal se la quedó mirando.
      Las consecuencias de que Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), se tomara unas vacaciones, por muy merecidas que fueran, eran considerables. Por un lado, la muerte dejaría de existir, eso significaría que los humanos no morirían. Pero no solo eso. La muerte está directamente ligada a la vida. Hay un equilibrio muerte-vida. Si los humanos dejan de morir, a la vez dejan de nacer. Esto es una forma que tiene el Muchiverso de impedir que los humanos se caigan por los bordes del mundo. Porque quizá no lo sepas, pero la tierra no es redonda, ni achatada por los polos, la Tierra es plana. Bueno, no exactamente plana, la Tierra es cóncava, como una cuchara sopera.
      Que los humanos no mueran es una jodienda, porque si ahora, con vidas efímeras, son capaces de hacer cosas tan terribles como iniciar guerras, destruir el medioambiente o ponerle alioli a la paella, imagina lo que conseguirían siendo inmortales. Muerte, diosa de la Muerte (valga la redundancia), sabía todo esto. No había nada de su trabajo que se le escapara. Era experta en lo suyo. Pero seguía necesitando unas vacaciones.
      —¿Y aunque lo sabes, quieres vacaciones?
      Muerte volvió a asentir.
      —¿Te haces cargo de que lo mejor de crear vida es acabar con ella? Somos un buen equipo, hija. Yo los creo, tú les recoges cuando ellos se terminan a sí mismos.
      Claro que se hacía cargo. Presentarse frente a un muerto era su razón de ser. Le encantaba cuando los humanos tardaban en asimilar que habían estirado la pata. No le gustaba tanto esa conversación recurrente que solía darse cuando los humanos la ven:
      —¿Eres la Muerte? —solían preguntar.
      —Culpable de los cargos —acostumbraba a responder ella.
      —¿Estoy muerto?
      —No estaría aquí si no fuera así.
      —No puede ser, debo estar soñando.
      Sí, definitivamente esa era la parte que menos echaría en falta de su trabajo. Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), miró a su madre y suspiró.
      —Solo sería un mes, madre. Necesito descansar un poco. Estoy al borde de cometer un muchicidio.
      Sacsé-Pascal pensó en ello. No le interesaba un muchicidio. No tenía claro qué era, pero supuso que sería mucho más que un genocidio, porque de no ser así, no sería necesario inventarse una palabra.
      Dejó la taza de café en una porción de la nada que se retorció para tomar la forma de una mesilla invisible, cruzó los dedos de ambas manos y se quedó un rato mirando a su hija.
      —Está bien, hija —dijo al cabo de un rato. Había aprendido ese truco en un libro sobre liderazgo. Consistía en quedarse muy quieta, mirando a su subordinado un buen rato y no decir nada hasta que notabas que la persona que está a tu cargo se sentía tan incómoda que había entendido quién mandaba ahí—. Puedes tomarte unas vacaciones, pero solo de un mes. Luego no vengas con: Ay, mami, es que necesito más días, porque eso no va a pasar. ¿Sabes cuántas semanas he tomado yo de vacaciones desde que empecé a crear cosas?
      —¿Ninguna?
      —¡Exacto! Pero como soy todobondadosa, te concedo el caprichito, hija. Puedes tomarte unas vacaciones.
      —Gracias, madre.
      Sacsé-Pascal cogió la taza y le dio un buen sorbo. Luego contempló a su hija.
      —¿Y qué vas a hacer? —preguntó.
      —La verdad es que no me lo he planteado, porque pensaba que me dirías que no. Supongo que viajaré. También me pondré al día con las últimas series que estoy viendo. Quizá empiece a escribir un libro. Mataré el tiempo, ya sabes.
      —Eso iría en contra del espíritu de unas vacaciones, ¿no crees? —Sacsé esperó a que su hija se riera del chiste. No ocurrió—. ¿No lo has pillado? Porque eres Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), si matas el tiempo estando de vacaciones… Bah, da igual. Puedes irte, hija.
      —Gracias de nuevo, madre.
      —De nada, de nada. Ve… Que yo te bendiga.
      Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), giró sobre sus talones de hueso y se dirigió al abismo por el que había llegado allí. En su cara, oculta en las sombras de la capucha, había dibujada una sonrisa. Vale, es cierto que, al ser una calavera descarnada, siempre había una sonrisa en su rostro, pero hay una diferencia entre la sonrisa perpetua de un esqueleto y la sonrisa del alma. Bueno, técnicamente las diosas no tienen alma propiamente dicha, pero… bueno, que estaba jodidamente contenta, ¿vale? Ahora solo tenía que pensar qué iba a hacer con todo ese mes libre. Seguramente iría a las playas cristalinas de Pratchettlandia. Joder, tenía que comprarse una de esas túnicas de color lima con florecillas naranjas, unas gafas de sol y unas chanclas de goma, no podía ir de vacaciones con la ropa de trabajo, eso lo sabía todo el mundo. ■

Esta imagen es mi firma. Se ve mi cara (soy un hombre de 40 años, blanco, calvo, con gafas de pasta negra y perilla y llevo una nariz de payaso). La cara la tengo en un marco circular y junto a ella aparece mi nombre, M. Flóser y un enlace que te lleva, al pulsarlo, a un árbol de enlaces en lo que encontrarás todos los sitios donde aparezco.

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