
Una carrerita. Imagen libre de licencia:Pexels.
Una carrerita es un relato de grimdark cómico, eso significa que puede herir sensibilidades sensibles de ser heridas.
⚠️ Advertencia: Ninguna mosca ha resultado herida en esta historia.

ATENCIÓN, ESTE RELATO PUEDE CONTENER TRAZAS DE:



UUNA HOGUERA ILUMINABA A LOS TRES DUENDES: uno de ellos era alto para ser un duende, según le decían siempre, con la camiseta de una banda de rock ajustada a una barriga dura y abultada, el otro, de estatura normal, aunque tan encorvado hacia delante que parecía medir la mitad, delgado hasta el extremo y, el otro, tan gordo que su camiseta, con el dibujo de un personaje de cómic, era incapaz de cubrir toda su barriga y dejaba al descubierto el ombligo peludo y sudoroso. Los tres estaban sentados en el suelo, en un claro del bosque, los tres se calentaban las manos con el fuego de la hoguera, los tres tenían las orejas puntiagudas y narices afiladas y los tres estaban asustados, aunque intentaran ocultarlo.
—Sus digo que la han visto viniéndose pa’cá —dijo el alto para ser un duende, según le decían siempre.
—Eso son tontás —protestó el encorvado—. La ama tié escudos mágicos en por to’as partes. Si una bruja mete el hocico en el pantano… ¡puf! A tomar porculo la bruja y el hocico.
—¡Ja! Ha dicho culo —dijo el gordo, que no tenía muchas luces.
—La bruja no ha entrao en el pantano, caranchoa —dijo el alto para ser un duende, según le decían siempre—. La q’ha entrao es la otra, la que trabaja en pa’ ella. La elfa esa.
—¡Pfff! Una elfa…. Ya ves tú, un alien.
—Pos sí, ya ves tú, un alien. Y dicen que corre como si se le hubiera quemao el culo.
—¡Ja! Ha dicho culo —puntualizó el gordo.
—Pero por muncho que corra —dijo el encorvado— no tié posibilidades de salirse entera. Si de verdá ha entrao en el pantano, esa ya no sale, es alien muerta, te lo digo yo. Y a tó esto… ¿pa’ qué coño ha entrao?
—Por lo que dicen —comentó bajando la voz el alto para ser un duende, según le decían siempre— ha entrao pa’ mangarle el mapa del tesoro a la ama.
—¡Ahora sí que t’has pasao! —El encorvado lanzó una carcajada—. El mapa del tesoro de la ama está en su cuarto, en una vitrina embrujá. Eso no hay diosa que lo abra. Deja de decir tontás.
—¡Ni tontás ni tontós! Me lo ha dicho mi cuñao, que ha visto a uno corriendo en detrás d’una elfa que llevaba en la zarpa el mapa enrollao.
—Tu cuñao, claro, el borrachuzo de tu cuñao.
—¡Pos no, listo, que lleva sobrio desd’hace tres meses!
—Pos hale, se siente, pero ya no está sobrio. Ese s’ha bebío hasta el agua de fregar el suelo. Te digo que es imposible que una bruja entre en el pantano.
—¡Que la bruja no ha entrao!
—Ni la elfa, ni la bruja, ni sus muertos pisaos. ¿Una alien de esas, sola, en un pantano lleno de los nuestros? Le pateamos el culo.
—¡Ja! Ha dicho culo.
El duende gordo intentó cazar una mosca gorda como una uva, pero se le escapó y, mientras se alejaba volando y zumbando, la mosca le enseñó ese dedo que nunca se debe usar para hacer autoestop.
—Tú dirás lo que te dé la gana —continuó el alto para ser un duende, según le decían siempre—, pero que la elfa ha entrao es verdá y que se viene pa’cá también.
La mosca ahora revoloteaba alrededor de la cabeza del alto para ser un duende, según le decían siempre. Este desenfundó un cuchillo con la hoja zigzagueante y, con un movimiento rápido, intentó clavar al insecto en el suelo fangoso. La palabra clave es intentó. La mosca esquivó la puñalada y se alejó de allí, porque ella, donde no la querían, no se quedaba.
—Una cosa que no tié sentío —dijo el encorvado— y es que solo le persiga un duende. No tié sentío.
—Mi cuñao dice que cuando la elfa mangó el mapa, saltaron toas las alarmas y pa’llá que se fueron, pa’ ver qué había pasao. Me dijo eso y me dijo que se viene pa’cá.
—¡Pa’cá, pa’cá, pa’cá! Ya lo has decío tantas veces que, si fuera verdá, ya se habría venío pa’cá hace muncho. ¿Ánde está? Yo no la veo. ¿Tú la ves, gordinflas?
El gordo estaba buscando la mosca y hacía rato que no prestaba atención a la conversación aquella, aunque en realidad no suponía ninguna diferencia con cuando le prestaba toda su atención.
Se hizo el silencio. El alto para ser un duende, según le decían siempre, no sabía qué más decir. El encorvado era de esos duendes que siempre quieren tener la razón y, si por lo que sea no la tienen, la fabrican poniéndole el cuchillo en el cuello al otro y diciéndole: «¡Dime que m’h’esquivocao si ties cojones, caranchoa, alégrame el día, malosmuertos!».
El gordo estaba ahora tumbado panzarriba, en el sentido más amplio de la palabra panza. Silbaba una cancioncilla que habría podido ser pegadiza o irritante si supiera silbar. Solo soplaba y escupía en el proceso y la poca baba que no se llevaba la leve brisa, caía y le rociaba la cara, dejándosela perlada de unas gotas de saliva con olor a culo.
«¡Ja! Ha dicho culo», pensó el gordo mirando a la cámara.
El alto para ser un duende, según le decían siempre, decidió que le estaba entrando hambre. Se levantó y se acercó a las sombras, en el borde del círculo de luz que creaba la hoguera, se agachó, cogió una mochila roja muy vieja y agujereada en varias zonas y de su interior sacó un objeto de unos treinta centímetros envuelto en papel de aluminio. Volvió a la hoguera, se sentó, apartó el papel de aluminio y dejó al descubierto un bocadillo de basilisco al que su marido se empeñaba en llamar vegetal de basilisco porque tenía tomate en rodajas y lechuga.
—¿Y la mayonesa? —le preguntó en una ocasión—. ¿Y el huevo duro? ¿Y el basilisco? Na’ d’eso es vegetal, cipote.
A lo que su marido le dijo simplemente que comiera y callase o que se hiciese él mismo la comida para el trabajo.
Antes de que preguntara al encorvado y al gordo si querían un cachico, el gordo se incorporó, con las fosas nasales muy abiertas y salivando.
—¿Es hora de zampar? —preguntó.
—Sí… ¿quieres?
El gordo asintió enérgicamente. El alto para ser un duende, según le decían siempre, partió un trozo y se lo dio. El gordo lo cogió, lo olió y se relamió. El alto para ser un duende, según le decían siempre, miró al encorvado y le señaló con el resto del bocadillo. El encorvado se encogió de hombros, dejándole claro que aceptaría un trozo, pero solo por hacerle un favor, que él ni hambre tenía. El alto para ser un duende, según le decían siempre, partió otro trozo y estiró el brazo en dirección al encorvado. Cuando este estiró el suyo para coger la comida se escuchó un grito:
—¡Pararlaaaaaaaaaaaa!
Los tres duendes miraron hacia donde venía la voz, y de la espesura de los árboles, emergiendo de la oscuridad que había más allá del círculo de luz de la hoguera, apareció una elfa alta, de piel gris, con los ojos completamente negros, sin iris ni pupilas, y el pelo rubio, lacio y revuelto por la carrera. En la mano llevaba un papel enrollado. Vestía una sudadera negra y vaqueros.
La elfa no tuvo tiempo de reaccionar, se chocó con los brazos extendidos del alto para ser un duende, según le decían siempre, y del encorvado, tiró el bocadillo al suelo, luego saltó, para no caer al fuego de la hoguera, y se estrelló contra el duende gordo que estaba llevándose el bocadillo a la boca justo en ese momento.
La elfa rodó por el suelo, el duende gordo quedó tumbado panzarriba, el bocadillo del duende cayó al suelo, también el mapa enrollado. La elfa lo recogió rápido, se puso en pie y echó a correr como si nada.
Tras ella iba un duende ni muy alto ni muy bajo, ni muy delgado ni muy gordo. Un duende normativo, por así decirlo. Jadeaba y sudaba a mares.
—¡Sus muertos pisaos! —exclamó deteniéndose, se encorvó hacia delante, posó las manos en la rodilla y trató de recuperar el aliento—. ¡¿Por qué no la habéis parao, acarajotaos?!
Pero no se molestó en esperar a que sus compañeros le respondieran. Echó a correr, ignorando que su corazón no entendía qué estaba pasando ahí fuera, por qué corrían, de quién huían, ¿les perseguía algo? ¿Un dragón? ¿Un dinosaurio? ¿Un cobrador de impuestos? ¡¿Qué?!
Los tres duendes volvieron a quedarse solos en el claro. El alto para ser un duende, según le decían siempre, miró al encorvado con una sonrisa de suficiencia.
—Pos al final sí que era verdá que se venía pa’cá, ¿eh? —dijo, saboreando el momento. Seguramente el encorvado le pondría el cuchillo en el cuello por eso, pero daba igual, pensaba disfrutarlo.
—¡Oye! —dijo la voz del gordo—. ¡Esto no es mi bocatadillo!
Los otros dos lo miraron. El gordo, de nuevo sentado, miraba a su alrededor, mientras sujetaba algo en alto. El alto para ser un duende, según le decían siempre, miró al encorvado. El encorvado miró al alto para ser un duende, según le decían siempre.
—¡Me pinchas y no me sale sangre, gordinflas! —dijo el encorvado.
—¡¿De ánde has sacao eso, cipote?! —preguntó el alto para ser un duende, según le decían siempre.
—¿Lo cuálo? —quiso saber el gordo. Miró lo que tenía en la mano: un papel enrollado—. ¿Esto? Se l’ha caío a esa moza tan salá…
La elfa corría y corría. Le ardían los músculos de las piernas y el pecho. No sabía cuánto más iba a poder seguir así. Correr en aquel terreno enfangado era una tortura y encima ese puto duende no le dejaba en paz. Esperaba que su jefa le compensara por el esfuerzo. Ojalá compartiera con ella el tesoro…
Miró su mano, al mapa del tesoro que sujetaba con fuerza, y sintió como la temperatura de su cuerpo descendía en picado. Lo que tenía en la mano, espachurrado, con la mayonesa escurriéndose entre sus dedos largos y finos, era un trozo de bocadillo que ni siquiera tenía buena pinta.
Se quedó pensativa, confusa, como si alguien le hubiera preguntado cuál era la raíz cuadrada de azul. Luego pensó en los duendes de la hoguera. «¡Mierda! —pensó—. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!». Se planteó volver y enfrentarse a esos tres duendes raros que estaban descansando frente al fuego, pero justo en ese momento el que la perseguía apareció de entre los matorrales.
—¡Ajá! ¡T’he pillao, alien!
La elfa resopló, tiró el bocadillo, se limpió la mano llena de mayonesa en el pantalón y echó a correr.
En la hoguera el alto para ser un duende, según le decían siempre, y el encorvado saltaban alrededor del gordo y le palmeaban la espalda.
—¡D’esta nos coronamos! —dijo el encorvado—. ¡Esa elfa! ¡Esa alien de mierda! ¡Es tonta, es tontísima!
El alto para ser un duende, según le decían siempre, reía a carcajadas.
—¡Lo es! ¡Lo es!
—¡La ama nos v’ascender!
—¡Seguro! ¡Seguro! ¡Y tó por la elfa esa tonta’l culo!
—¡Ja! Ha dicho culo…
El duende alto para ser un duende, según le decían siempre, dejó de saltar, se quedó mirando al gordo y, a riesgo de recibir un cuchillazo en el cuello, tiró de la manga del duende encorvado.
—¡¿Qué coño quiés?!
El alto para ser un duende, según le decían siempre, no respondió, se limitó a señalar al gordo, que había desenrollado el mapa y estaba limpiándose las manos llenas de mayonesa y que aprovechó también para sonarse los mocos.
El gordo se los quedó mirando. Echó un vistazo tras él, por si había alguien digno de la atención de esos dos, y volvió a mirar a sus compañeros.
—¿Qué sus pasa? —preguntó mientras hacía una bola con el mapa y lo tiraba al fuego de la hoguera. ■
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