Mitología narrada 11: El origen de Eileen Davies

[Nota fija]→ «Mitología Narrada» es la sección en la que os presento un personaje mitológico seguido de un relato inspirado en el mismo. ←[nota fija]

•BRUJAS•

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Las brujas, o la visión romántica de las brujas, siempre han sido una figura admirada por los fanáticos de la fantasía y el terror. El halo de misterio que hay a su alrededor es muy atractivo, así como la eterna pregunta de si existieron de verdad o son solo un invento, una excusa para ajusticiar a personas inocentes —en este caso mujeres—. ¿Existían mujeres con poderes? ¿Hacían pociones en calderos? No voy a entrar a debatir tales cuestiones. No es el cometido de este post. Yo solo quiero hablar de la leyenda que existe sobre las brujas.

Ni siquiera queda claro en qué época se originan las brujas. Se habla de que su figura aparece en la Biblia, o que sus primeras apariciones fueron en la Edad Media. Se dice de ellas que son mujeres que han hecho un pacto con el diablo, que han bebido de su sangre y que el mismísimo Tenebroso les ha otorgado sus poderes.

Las leyendas sobre brujas son muchas y muy dispares. En algunas culturas se las retrata como ancianas bondadosas que usan sus poderes para sanar a la gente, para bendecir las cosechas y para proteger a los bebés de las malas energías. Pero las culturas que creen en esta versión cándida de las brujas son minoría en comparación con las que retratan a estas mujeres como seres malvados. En algunas zonas se dice que las brujas roban a los recién nacidos y los matan para hacer pociones con sus restos. En otras se dice que, en algún momento de sus vidas, vendieron sus almas al diablo para conseguir sus poderes. En otras versiones son mujeres que fallecieron, en muchos casos de forma brutal, y regresaron al mundo mortal corrompidas, para atormentar a los vivos. Hay tantas leyendas que, hablar de las brujas, daría para muchos posts.

•EL ORIGEN DE EILEEN DAVIES•

Nota: a partir de ahora todos los relatos de Mitología narrada estarán protagonizados por el mismo personaje. Algo así como una saga de relatos. El personaje es Eileen Davies, a la que creé en la anterior Mitología narrada: (Bogeyman). Hoy os contaré sus orígenes.

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El caballo bufó inquieto cuando una rama crujió a escasos metros de distancia. No era un animal asustadizo, a no ser que le hicieran caminar por bosques con peor fama que mala, y aquel bosque podía presumir de tener la fama más espantosa de toda Inglaterra. Los cascos sonaban amortiguados por la alfombra de hojas húmedas que cubría el suelo. Los árboles estaban desnudos, con las ramas retorcidas como dedos artrósicos. Otro caballo avanzaba al paso a menos de un metro tras el primer animal. También protestó al escuchar la rama, pero nunca sabremos si lo que en realidad intentaba hacer era preguntarle a su compañero si había escuchado ese ruido.
    Sobre los caballos se mecían dos personas, sobre la segunda montura había un hombre alto, delgado, vestido con un tarje estrecho negro, un bombín y unos guantes a juego. Los pies, enfundados en botas de caña alta, se posaban dentro de los estribos de la silla de montar. Bajo la nariz puntiaguda y afilada, un ridículo bigote rubio pasaba desapercibido por el tono pálido de su piel, los ojos azules, de pestañas espesas, miraban la silueta bamboleante de la persona que montaba al otro caballo: una mujer joven, de unos veinte años, más alta que él, con el pelo rojo intenso recogido al estilo pompadour1. Vestía una camisa blanca con el cuello alzado, rodeado por un pañuelo del mismo color, con lazada. Sobre la camisa lucía un chaleco corto, negro. La parte de abajo estaba cubierta por un pantalón beige que se metía en unas botas de caña alta como las suyas. La camisa la llevaba remangada, dejando al descubierto los antebrazos finos y pálidos.
    —Parece que lloverá —dijo la mujer de repente, sobresaltando a los caballos, que la miraron como diciendo «no hagas eso, mujer, que casi me cago del susto».
    —¿Usted cree, señorita Eileen? —el hombre, con voz nasal por el resfriado que había cogido cabalgando por aquel bosque, miró hacia arriba para ver el cielo que, desde su perspectiva, parecía estar a punto de ser apuñalado por las ramas de los árboles—. Parece despejado.
    —Créeme, Alistair, va a llover.
    —Si usted lo dice…
    La mujer detuvo su montura y la de Alistair se chocó de morros contra ellos. Ella se giró y miró al hombre con sus preciosos ojos azules y el rostro salpicado de pecas.
    —¿Se puede saber qué te pasa hoy?
    Alistair se sintió incómodo, no estaba acostumbrado a que la persona a la que servía se dirigiera a él de aquella forma. En todos los años que llevaba trabajando de mayordomo, y eran unos cuantos teniendo en cuenta que llevaba trabajando desde muy joven, sus superiores solo se dirigían a él para pedirle algo. Pero aquella chica era distinta, no le pedía que le llevara té y pastas, a no ser que le apetecieran mucho una taza de té y unas pastas bien dulces, por lo general le pedía que le llevara la espada, alguna estaca, cuerda, puñales y un arsenal que el hombre transportaba en la alforja que colgaba en el lateral de su caballo.
    —Discúlpeme, milady.
    —¡Déjate de miladys! Llevas toda la mañana protestando, ¿qué pasa?
    —Es solo que…
    —¡Habla, Alistair!
    La voz de la mujer se amplificó por el eco del bosque.
    —Es solo que sigo sin entender por qué hacemos esto.
    —Es necesario —respondió ella.
    —Pero esto es algo que debería hacer un…
    —Un… ¿hombre? —la voz de la mujer tenía un tono claro de «como digas eso otra vez te rebano el cuello» que no se podía pasar por alto—. ¿Es por esa tontería que ha dicho el sastre mientras me probaba el traje? Es un cerdo, seguro que esta noche pensará en mis medidas mientras monta a su mujer.
    —No diga esas cosas, señorita Eileen, por favor, no son propias de…
    —¿De una dama? Alistair, si quisiera ser una dama, ahora mismo no estaría en este bosque, ¿no crees? Y no necesito un hombre que me salve, me sé cuidar sola. De hecho no necesito a un hombre en mi vida, la verdad es que me sentiría mejor con la compañía de esa preciosa joven que hemos visto al salir de la sastrería. ¿Te acuerdas? Tengo que averiguar cómo se llama.
    —Ya sabe lo que piensa su padre de eso de bromear sobre que le gustan las mujeres.
    —¿Quién está bromeando, Alistair? —dijo Eileen haciendo que el caballo volviera a avanzar—. No es algo como para llevarse las manos a la cabeza, la verdad. ¿A ti te gustan las mujeres, Alistair?
    —No creo que deba responderle a eso, milady.
    —Alistair…
    —S-s-sí, señorita Eileen, me-me gustan las… las mujeres.
    —¿Lo ves? Entonces puedes entenderme perfectamente.
    Alistair resopló incómodo, le costaba tener ese tipo de conversaciones. Él era parte del servicio, nunca había hablado tanto, y mucho menos había respondido a preguntas tan personales como aquella.
    Se detuvieron en un claro del bosque, los árboles los rodearon en una circunferencia perfecta. Miraron al cielo y luego se miraron el uno al otro. La luna llena estaba en el centro mismo del círculo, presidiendo un cielo repleto de estrellas. Alistair miró a su alrededor, a los árboles.
    —Qué claro tan curioso, es totalmente redondo. La naturaleza es caprichosa.
    —Esto no es obra de la naturaleza, Alistair.
    La joven se apeó del caballo y, en cuanto lo hizo, el animal salió disparado al galope. La montura de Alistair se encabritó, hizo que el hombre cayera al suelo de espaldas y se perdió por entre los árboles, siguiendo a su compañero.
    —¿Estás bien, Alistair? —dijo Eileen acercándose rápidamente al hombre. Le tendió el bombín, que se le había caído, y se agachó a su lado.
    —Sí, milady, las hojas han amortiguado la caída.
    —Eso no son hojas…
    Alistair miró con el ceño fruncido a la joven mientras se colocaba el sombrero. La mujer miraba el suelo, él hizo lo mismo y vio, iluminado con la luz de la luna llena, un suelo de cenizas sobre el que estaba tumbado. Eileen se puso de pie y miró a su alrededor.
    —Algo ha quemado los árboles.
    —¿Algo?
    La joven iba a responder, pero un potente rugido proveniente del cielo la interrumpió. La luna, en cuestión de segundos, quedó oculta tras un manto de nubes negras, que se iluminaron y descargaron un relámpago que surcó el cielo. Era de un color azul eléctrico, y parecía un árbol de luz plantado por los dioses, brotando de las nubes, creciendo imponente con sus ramas fulgurantes, desnudas, que se estrellaron contra el suelo a escasos metros de donde la joven y el hombre se encontraban. El estallido levantó las cenizas del suelo y provocó unas chispas que iluminaron el rostro de Eileen.
    —¡¿Estás bien, Alistair?!
    La joven miró al hombre y este, con un rostro desencajado por el terror, señaló tembloroso a algo tras ella. Eileen se giró y vio, saliendo de entre los árboles, a una mujer ataviada con un vestido negro. Tenía la piel verduzca y las uñas negras. El pelo le caía por la cara y solo dejaba a la vista parte de una boca sonriente de dientes amarillos, torcidos y unos ojos brutalmente blancos de iris grises que la miraban con mucha atención. Tenía la cabeza ligeramente ladeada, y su cuerpo se mecía de un lado a otro en un movimiento cadencioso e hipnótico. Los brazos colgaban inertes delante de la falda larga.
    —¿Quién eres…?
    Antes de que Eileen terminara la frase, la mujer desapareció de donde estaba y apareció justo delante de ella, cogiéndola por el cuello y alzándola del suelo con una sola mano. La mujer de piel verde apretaba los labios y respiraba fuerte.
    —Eileen Davies…
    La voz de la mujer parecía un susurro agónico, como si fueran las últimas palabras de una persona moribunda. El olor que salió de su boca, en cambio, hacían pensar que la agonía había terminado hacía años, y aquel cuerpo había fallecido y algo en su interior se había podrido.
    La mujer de piel verde movió la cabeza e hizo que su cuello crujiera. Puso los ojos en blanco, como embriagada por un placer repentino, y husmeó el aire cerca de Eileen.
    —¿Por qué me buscas, Eileen Davies? —la mujer acercó a la joven a escasos centímetros de su pestilente cara y le olisqueó la mejilla—. ¿Estás jugando a ser cazadora?
    Alistair, cuando consiguió superar el espanto de ver a aquella criatura, se levantó del suelo, cogió una rama gruesa y atacó por la espalda a la mujer. No consiguió golpearla. Sin siquiera mirarle, una mano verde, veloz, se cerró sobre la rama, deteniendo el ataque con una facilidad insultante. La mujer soltó a Eileen, que cayó al suelo, se centró en Alistair y, ejerciendo más presión con su mano, destrozó la rama como si fuera una simple astilla.
    —Alistair Dunn, el sirviente fiel.
    Alistair cayó de culo cuando la rama se partió y se quedó sentado, mirando como la mujer abría la mano y dejaba caer los trozos de madera.
    —¡¿Cómo conoce mi nombre?!
    —Hum… yo lo sé todo, mortal —el rostro de la mujer se difuminó, como si estuviera desenfocado y, un instante después había cambiado de color y de rasgos. Ahora era una mujer de mediana edad, con arrugas en el rabillo del ojo. Tenía las ojeras muy marcadas, y los labios secos, con heridas. A los ojos les faltaba vida, tenían una mirada apagada, y eran de un color marrón demasiado pálido—. ¿Cómo estás, Alis? —dijo la mujer con una voz muy distinta a la que había estado usando. No solo era más clara y fuerte, sino que definitivamente pertenecía a otra persona—. ¿No reconoces a tu esposa?
    —¡Tú no eres mi esposa!
    El rostro de la mujer volvió a su aspecto normal, verde, con pústulas y el pelo sucio. Ahora tenía una expresión de odio.
    —¡No soy tu esposa, perro, si lo fuera ya estarías muerto! —se crujió el cuello de nuevo y recuperó la serenidad—. Eso da igual, no vais a salir de este bosque.
    Se agachó para coger a Alistair igual que había cogido a Eileen y, cuando lo levantó del suelo, el hombre vio por encima del hombro de la criatura a la joven, tras ella, sacándose un puñal envainado de la bota derecha. Los ojos del mayordomo se abrieron como platos cuando Eileen se levantó a toda prisa, desenvainó el puñal y se lo clavó en el cuello a la mujer hasta la empuñadura de plata. La mujer verde lanzó un alarido agudo, ensordecedor, y se tiró al suelo, dejando a Alistair libre. La mujer sujetó la empuñadura del puñal y lo estrajo de un tirón limpio. El corte empezó a sangrar, pero no era sangre roja, era un líquido amarillento que llenó el lugar de un olor a resina tan intenso que se hizo desagradable.
    —¡Puta, roñosa y estúpida humana! —la voz era muy aguda, histérica—. ¡¿Qué te crees que haces?! ¡¿Crees que puedes matarme con un puñal inmundo?! ¡Te mataré por esto, y luego mataré a tu familia!
    —Cállate la boca, bruja. No vas a matar a nadie. Vas a morir aquí y ahora.
    —¡Un simple puñal no puede matarme!
    —¿Y uno con la hoja envenenada?
    La bruja miró el puñal que aún sujetaba en la mano con los ojos muy abiertos. La hoja humeaba y apestaba a algo que no conseguía diferenciar.
    —¿Qué me has hecho? ¡¿Qué me has hecho?!
    —Lo que te merecías. ¿A cuántos niños has matado, bruja? El pueblo ha dictado sentencia, y yo la he ejecutado.
    Hubo un momento de silencio en el que la bruja trató de asimilar lo que había ocurrido. Parecía que había comprendido que su muerte era inminente. Por alguna razón aquello la tranquilizó y le arrancó una sonrisa que se convirtió en una carcajada irritable.
    —¿Te gusta jugar a las cazadoras, Eileen Davies? —la sangre amarillenta empezó a caerle por la comisura de la boca— ¿Te crees muy lista? ¡¿Quieres seguir jugando a las cazadoras, perra humana?! ¡Que así sea! ¡Toma paciencia, Eileen Davies, y mira como el tiempo pasa sin que tú envejezcas, condenada a cazar criaturas mientras todos tus seres queridos envejecen y mueren! ¡Tú y tu sirviente, Alistair Dunn! ¡Os maldigo! ¡Os maldigo con la peor de las crueldades! ¡Os maldigo con la inmortalidad!
    La piel verde de la bruja empezó a agrietarse y a caerse a trozos que se convertían en ceniza antes de tocar el suelo. La risa estridente acompañó el terrible espectáculo hasta que lo único que quedó de la bruja fue la ropa, tirada en el suelo de aquel claro del bosque.
    Eileen y Alistair, confusos, se miraron el uno a la otra con el corazón encogido. Eileen miró el puñal que ahora descansaba en el suelo, luego miró a Alistair y cogió el arma. Abrió la mano y empezó a respirar muy deprisa.
    —¿Qué está haciendo, señorita Eileen?
    La joven acercó la punta del puñal a la palma de la mano y se hizo un corte.
    —¡No!
    Alistair corrió hacia ella, le quitó el puñal y lo tiró al suelo. Cogió la muñeca de Eileen y vio espantado como las venas de la palma de la mano, surcada por una herida larga, se teñían de negro y se marcaban peligrosamente a través de la piel pálida.
    —¡¿Por qué ha hecho eso?! ¡Dígame qué veneno tenía el arma! ¡Señorita Eileen!
    —Alistair… mira.
    El mayordomo volvió a mirar la mano de Eileen y sus ojos se desorbitaron al ver como la herida empezaba a cerrarse, las venas volvían a la normalidad y del corte manaba un líquido grisáceo. En un abrir y cerrar de ojos, la mano de Eileen estaba como nueva, como si nunca se hubiera cortado. Alistair miró a la joven que le devolvió la mirada, luego ambos miraron el puñal del suelo y, por último, la ropa de la bruja, tirada de cualquier manera. El destino de aquellas dos personas había cambiado para siempre.

1: Podéis haceros una idea de cómo es y cómo se hace el peinado al estilo pompadour en este vídeo de la youtuber Avanti Morocha.

© M. Floser.

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