MUCHIFICCIONES 1: Malas pulgas

En la imagen vemos el primer plano de un perro de raza indeterminada. Es pequeño, peludo. Puede llegar a recordar a un osito de peluche. Tiene el pelaje negro, con canitas en el hocico chato. El resto de la imagen está en negro, con lo que no vemos nada más que el animal. El relato se titula “Malas pulgas”.

Malas pulgas. Imagen libre de licencia: Pexels.

Malas pulgas es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Muchificciones. En esta sección escribiré relatos de temática libre que ocurren en el Muchiverso, mi universo literario. Muchificciones es la sección principal de este blog.

TÍTULO IMAGEN

Este relato puede contener trazas de:

Pequeña etiqueta en la que se ve un emoji rojo, enfadado, con la boca censurada. Junto a él he escrito el texto: "Lenguaje soez de cojones".

ANTES DE SER LA ZOMBI PROTAGONISTA de una de las mejores novelas que ha dado la fantasía, Andet era una humana que estaba vivita y coleando. La carne no se le caía a cachos, su olor corporal no era especialmente ofensivo —no era peor que el olor de la media—, no le perseguían las moscas y sus ojos se mantenían en su sitio, a buen recaudo en sus cuencas, ninguno de ellos se dedicaba a hacer puenting a la altura de las mejillas. Al menos así era en público y nunca dijo que fuera de otra forma en su intimidad, así que supongo que es algo que podemos dar por hecho, ¿no?
      Andet era una guerrera del imperio sordiano. Bueno, hay que puntualizar que Sord fue un imperio en algún momento de su historia, ahora solo era Sord, aunque lo seguían llamando imperio de la misma manera que cuando un rey muere o abdica, se le sigue llamando su majestad. Mero formalismo.
      Andet bostezó, últimamente lo hacía mucho. Se aburría. La paz es buena para el pueblo, sí, pero no tanto para una guerrera. Cuando no hay guerra, una guerrera solo puede bajar gatitos de los árboles, saludar a la gente con una leve reverencia de cabeza y jugar al solitario —y no, no me refiero a las cartas, ¿vale? La vida de una guerrera es muy solitaria y no debemos juzgar lo que cada cuál hace en la intimidad de su baño, o en la silla de su despacho, o en el váter o una vez en la encimera de la cocina porque fue donde le pilló—. El siguiente bostezo casi le descoyunta la mandíbula, se frotó los ojos con los dedos y siguió abrillantando la armadura en la soledad de su despacho. Esa es otra de las cosas que suele hacer una guerrera en tiempos de paz: pulir, afilar, pulir, afilar y pulir. La armadura estaba tan limpia que podía verse reflejada en ella. Contempló su piel marrón oscuro, su pelo afro, sus ojos negros y sus labios carnosos, el superior un poco más oscuro que su piel y el inferior rojo, y acercó mucho la cara al metal para mirarse el interior de la nariz. Chistó con fastidio, alzó una mano y, usando los dedos índice y pulgar como si fueran una pinza, se arrancó un pelo negro y grueso, provocándose dos lagrimones y un escandaloso estornudo. Volvió a chasquear la lengua al ver que iba a tener que volver a limpiar la armadura, llena de mocos y baba, y se puso a ello.
      La puerta de su despacho se abrió de golpe y a Andet se le cayó la armadura al suelo. El ruido fue terrible, porque aunque le habían aconsejado por activa y por pasiva que decorase el despacho, ella se había negado en redondo, alegando que una guerrera del imperio no necesita abalorios ni distracciones tontas como esas. La acústica y el eco de aquella habitación eran maravillosos. En el umbral de la puerta, tapándose las orejas con las manos, había una joven pecosa con la cabeza afeitada. Tenía los ojos verdes y unas pestañas tan espesas que parecía haberse puesto más máscara de pestañas de la cuenta.
      Andet no la reconoció.
      «Una novata», pensó.
      —¿Es que nadie te ha enseñado a llamar antes de entrar, novata? —dijo recogiendo la armadura del suelo. Pasó un paño por la superficie pulida, echó vaho y volvió a frotarla.
      —¡Sí, señora! —exclamó la soldada. Se le veía incómoda con la armadura—. ¡Disculpe, señora!
      La joven salió del despacho, cerró la puerta tras de sí y dio unos golpes rítmicos con los nudillos. Luego se quedó quieta al otro lado de la puerta. Andet casi podía verla, se la imaginaba esperando y se preguntó cuánto tiempo podría dejarla ahí antes de que volviera a llamar.
      Suspiró.
      —¡Pasa, me cago en todo!
      La puerta se abrió con el mismo ímpetu que la primera vez, porque los modales no estaban reñidos con las emergencias. Eso lo sabía cualquiera.
      La soldada se cuadró, echando la vista al frente, con el puño en el pecho izquierdo y se quedó ahí, muy tiesa, como si hubiera un punto en las paredes desnudas de aquel despacho anodino que ella tuviera que aprenderse de memoria.
      —¿Vas a decirme qué quieres? —preguntó Andet impaciente.
      —¡Señora, sí, señora! Hemos recibido un mensaje de la señora Güich pidiendo que se persone en su cabaña, señora.
      La joven se sacó un papel grueso del guantelete y se lo entregó a Andet. La guerrera lo desdobló y sonrió. En el papel solo ponía:



BEN A MI CASA, CHOCHO


Dobló la nota y la dejó en su escritorio. Se levantó, se colocó el peto pulido encima del gambesón carmesí y alzó los brazos dejándolos en cruz. Al cabo de unos segundos miró a la joven por encima del hombro.
      —¿Te importa?
      La soldada dio un brinco como si aquello se lo hubiera gritado al oído. Corrió junto a Andet y le ató el peto. Luego se apartó, para dejar que su superiora cogiera su espada y se la colocara en la cadera. Andet se puso los guantes negros y carraspeó, mirando a su alrededor en busca de algo.
      «Vale, quizá sí que debería poner un espejo», pensó.
      —¿Quiere que le traiga su montura, señora?
      —¿Por qué? Sé dónde la puse.
      Andet salió del despacho y le pidió a la joven que cerrara la puerta cuando saliera. Aunque en realidad podría dejarla abierta o con un cartel de invitación, nadie se iba a llevar nada, esencialmente porque no había nada que llevarse. A no ser que se hubiera puesto de moda recientemente el robo de escritorios vacíos y sillas de oficina chirriantes.
      Tardó unos quince minutos en abandonar la base. Aquel coliseo era enorme y su despacho estaba en lo más alto. Cuando salió se quedó mirando el edificio y arrugó la cara en señal de desaprobación. Demasiado lujo, demasiado ostentoso, demasiado… demasiado.
      Un grito llamó su atención y luego una salva de improperios. Miró hacia la izquierda y vio que la gente se estaba apartando para dejar paso a algo que iba muy deprisa. «No me jodas», pensó Andet cuando vio acercarse a toda velocidad lo que parecía y, de hecho, era una escoba voladora. Tenía manillar, sillín y tubo de escape por donde salía una especie de humo rosado y chispeante. La cosa se detuvo con un chirrido, como si acabara de derrapar en el aire, justo delante de la guerrera.
      —Te voy a matar, Güich —dijo mirando al cielo—. Sabes que odio volar. No se me da bien.
      La gente se quedó mirando a Andet como si estuviera loca. La verdad es que no da mucha seguridad ver a una guerrera del imperio, con su armadura muy pulida y su espada muy afilada, hablando sola. Lo que la gente no pensó fue que, primero, el problema no es hablar sola, el problema es hablar sola y que la soledad te responda y, segundo, que Andet no estaba hablando sola.

Hagamos una cosa. Cojamos la cámara y ascendamos poco a poco. Ahora estamos a la altura de una farola, ahora a la altura de los ojos de una gaviota posada en dicha farola. ¿La gaviota acaba de apretar para cagar a un centímetro del hombro de Andet? Ignorémoslo, por favor. Seguimos ascendiendo, ¡cuidado con esa paloma! ¡Putos pájaros! No deberían volar mientras van hablando por teléfono. Ahora estamos a la altura del punto más alto del coliseo y ahora seguimos subiendo y subiendo y subiendo. Miramos hacia abajo y vemos a Andet plantada delante de la escoba, mirándonos directamente a los ojos. Menudo efecto, ¿eh? Pues agárrate, que viene una cosa mejor. La imagen se distorsiona y vemos a Andet, pero ahora es como si estuviéramos mirando a través de un cristal no demasiado limpio y ahora a nuestro alrededor ya no hay cielo, sino madera y oscuridad. La madera de las paredes de una cabaña en el bosque de Gábaton, en el centro de Sord y, justo delante de una bola de cristal en cuyo interior vemos una miniatura de Andet, se encuentra Güich.

Güich apagó la bola de cristal, sonrió con malicia y se frotó las manos. Era una mujer gorda y bajita, llevaba un vestido pin up rojo cereza y un delantal negro pastel. ¿Qué pasa? Existe el negro pastel, es el mismo tono que un bizcocho que se te ha olvidado en el horno. Calzaba botas militares con puntera de hierro y una suela de diez centímetros. Güich era la mejor amiga de Andet desde que tenían uso de razón y… ah, sí, Güich era una bruja.
      Corrió a la puerta y la abrió justo en el momento en el que la escoba frenaba bruscamente delante de la cabaña, con una Andet sudorosa, despeinada y pálida que se abrazaba al manillar como si se lo quisieran robar.
      —Hola, amiga —dijo Güich.
      Andet abrió los ojos, que había mantenido apretados, y vio volutas luminosas flotando delante de su cara. Miró a su alrededor. Estaba en el bosque de Gábaton. ¿Cuánto había tardado en recorrer los veinte kilómetros que había entre la base y la cabaña de su amiga, un minuto? No, no había sido tanto.
      Se bajó de la silla y tuvo que hacer un esfuerzo abismal para no caer al suelo. Le temblaban las piernas y sus rodillas parecían negarse a hacer su trabajo.
      —Odio las escobas voladoras, Güich. Las odio con todas mis fuerzas. Las odio con mis fuerzas y con las fuerzas de mis compañeros.
      La bruja abrazó a su amiga, le palmeó la espalda cubierta por el peto pulido y le quitó hierro al asunto diciendo:
      —Hoy casi no estabas abrazada al manillar. La próxima vez será mejor, ya verás.
      Andet se apartó de ella, le señaló con el índice y dijo muy seria:
      —No va a haber próxima vez, Güich, no me jodas. Si quieres verme vendré a caballo, como las personas normales.
      Güich lanzó una pedorreta.
      —Caballos… por el amor de Sacsé, Andet, eso está anticuado. Tardarías una eternidad.
      —¡Es solo media hora!
      —En media hora un ivol te invade una ciudad pequeña.
      Andet suspiró.
      —¿Qué coño es un ivol?
      La bruja golpeó el hombro de su amiga y empezó a caminar hacia la casa.
      —Esperemos que nunca llegues a saber lo que es un ivol, chocho.
      Entraron en la cabaña. Andet miró a su alrededor. El suelo estaba lleno de cosas que idealmente no deberían estar en el suelo: ropa tirada por todas partes, revistas, periódicos y algo de comida. Las puertas de los armarios colgaban de los goznes y había una lámpara rota. La guerrera no le dio importancia, había aprendido a no juzgar la forma de vivir de su amiga y lo conseguía casi siempre, excepto aquella vez que pisó un ojo de tritón y explotó bajo su bota. Aquella vez sí que le dio un sermón sobre la limpieza, la importancia de que los armarios tuvieran puertas útiles y, ya que estaba, sobre el sistema de almacenamiento por orden alfabético. Pero Güich era un alma libre, que, según mucha gente que la conocía, era un eufemismo de persona bastante dejada para las tareas del hogar, las cosas como son.
      —Siéntate dónde puedas, Andet.
      Ella miró a su alrededor. La verdad es que tenía muchas opciones. Podía sentarse, por ejemplo, sobre esa columna de periódicos viejos, o sobre esa montaña de bragas usadas. Incluso podía sentarse en… ¿acababa de ver un unicornio cruzando el pasillo en dirección al cuarto de baño? Sacudió la cabeza, había aprendido también a no hacer preguntas dentro de esas cuatro paredes. Las respuestas solían generar más preguntas y esas segundas preguntas solían ser del tipo: «¿Eh?» o «¿Por qué?» o «¿Pero eso es posible?».
      —No importa, no estoy cansada —dijo con toda la diplomacia del mundo. Cogió un libro que estaba tirado en el sofá. Estaba encuadernado en piel, la portada era completamente lisa y en el lomo podía leerse: «El poder de los amuletos, una cosa muy loca». Se encogió de hombros y volvió a dejar el libro donde lo había encontrado—. ¿Por qué querías verme? Por cierto, has escrito mal “ven”, va con uve.
      —¡Bah! Ortografía… ¿quién tiene tiempo para esas cosas? Ven, corre, tengo que enseñarte algo.
      Andet siguió a su amiga hasta una puerta. Nunca se había fijado en ella, estaba debajo de la escalera que llevaba al piso de arriba. ¿Cómo era posible que hubiera estado en aquella casa millones de veces y no hubiera reparado en aquella puerta? Güich puso la mano en el pomo y Andet dio un par de pasos hacia atrás y sujetó la empuñadura de la espada.
      —¿Qué haces? —quiso saber Güich.
      —Bueno, vas a abrir esa puerta, ¿verdad?
      —Ehm… ¿sí?
      —Ya, bueno. La experiencia me ha enseñado a que cuando se abre una puerta cerca de ti suele salir algo con ganas de arrancarte la cabeza.
      Güich lanzó una carcajada. Era verdad, podía al menos recordar diez momentos a lo largo de su amistad con Andet en los que había pasado algo así.
      —Tranquila, no hay peligro.
      Güich giró el pomo, pero Andet no soltó la espada. La bruja abrió la puerta y dejó al descubierto una alacena que habría estado completamente vacía de no ser porque en el suelo, sentado, había un perro bastante feo que las miraba fijamente.
      —Es un perro —dijo Andet.
      —¿En qué lo has notado? —se burló su amiga—. No es exactamente un perro.
      La guerrera miró a su amiga y no dijo nada. Otra cosa que había aprendido era a no gastar energía, a veces una mirada podía conseguir más en Güich que mil palabras. La bruja se la quedó mirando y sus ojos se abrieron.
      —Oh, ya, claro. Perdona, a veces pienso que la gente vive en mi cabeza. —Por suerte no era así. Vivir en la cabeza de Güich era lo más cerca que alguien estaría jamás de intentar calcular la raíz cuadrada de azul—. Ese perro es en realidad un ladrón.
      Andet sonrió.
      —¿Te ha robado el hueso de jamón del cocido?
      —No… quería robarme mi ejemplar del Yuyunomicón.
      Un trueno sonó en el exterior a pesar de que el cielo estaba despejado y el sol brillaba con fuerza.
      Andet sintió como se le secaba la boca. El Yuyunomicón era y es uno de los objetos más peligrosos del Muchiverso. Escrito por Abadaya Cientovolando, la hechicera loca, contenía entre sus páginas hechizos para revivir a los muertos, hechizos para rematar a los vivos, hechizos para invocar a las diosas primogénitas y una receta de pollo al chilindrón que quedaba espectacular. Miró al chucho y luego a su amiga.
      —¿Para qué quiere un perro pulgoso un ejemplar del Yuyunomicón?
      Un segundo trueno cruzó el cielo azul, libre de nubes.
      —Es que no era un perro cuando me lo ha intentado robar, chocho. Era un hombre, grande, musculoso, de brazos como robles y cara lampiña.
      —¿Cómo es una cara lampiña?
      —Ni idea, pero seguro que la suya lo era.
      Andet miró de nuevo al perro. Sí, sus ojos… aquellos ojos que la miraban decían muchísimas cosas, una de ellas era: «¿Me tiras una pelota o un palo, por favor? Yo iré, lo recogeré y te lo traeré de vuelta. Podemos hacerlo varias veces, verás qué risas» y la otra era: «No me merezco esto».
      —¿Qué le has hecho, Güich?
      —Nada, solo le lancé el hechizo Lucslaic y lo transformé en chucho, luego sí que intentó robarme el hueso de jamón del caldo, el muy cabronazo. Buen instinto, Andet. No has perdido facultades en ese despacho tuyo. Bravo.
      —¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó Andet ignorando aquello último.
      —Pues… no sé, ¿investigar? Alguien le ha mandado para que me robe mi ejemplar del Yuyunomicón.
      El cielo rugió de nuevo.
      —Eso no lo podemos saber, porque lo has convertido en perro.
      —¡Venga ya, Andet! ¿Sabes lo peligroso que es ese libro en malas manos?
      Andet estuvo a punto de decirle que no tenía claro que sus manos fueran las mejores del mundo para tener un ejemplar de ese libro.
      —Andet, si alguien va detrás del Yuyunomicón —trueno— tenemos que descubrir quién es.
      Andet resopló por la nariz. Miró al perro, se puso en cuclillas y trató de rascarle la cabeza. El chucho le lanzó un bocado y, con una voz grave que claramente solo puede tener una persona de cara lampiña, dijo:
      —¡Métete las manos en el coño, hija de putero!
      Andet apartó la mano y por un breve segundo se preguntó cómo sabía aquel perro o, mejor dicho, aquel ladrón convertido en perro, lo que ella hacía cuando jugaba al solitario.
      —Sí, eso te quería decir. Tuve que encerrarlo ahí porque no dejaba de gritarme y de intentar morderme. Iba a hacer que le desapareciera la boca, ¿sabes? Pero con todo el tema del maltrato animal no me he atrevido, me daba miedo que la gente censurase este relato.
      —Has hecho bien, Güich, la gente está a la que salta. —Meditó un segundo. Podía sacar la espada, pero eso también haría que la gente dejara de leer la historia—. ¿Cómo vamos a sacarle la información?
      —Puedo lanzarle el hechizo Espil de ti, eso le haría hablar por los codos. Bueno, si tuviera codos. Ya me entiendes.
      —Hazlo. Yo voy a por café. Si vamos a meternos en esto, necesitamos tener energía.
      Güich vio como su amiga se dirigía a la puerta de entrada.
      —¿Dónde vas? Tengo café en la cocina.
      Andet miró el salón desordenado y recordó vagamente el estado de la cocina. Su mente había eliminado los recuerdos de esa parte de la casa, pero le venían flashes de un caldero enorme en el centro de la cocina y muchos platos llenos de comida seca acumulándose en el fregadero.
      —No te preocupes, voy un momento a la ciudad, lo hacen muy bueno y no me cuesta nada.
      —¡Llévate al menos la escoba voladora! —dijo a gritos.
      Entonces vio como la mano de Andet se asomaba por el marco de la puerta con el dedo que nunca se debe usar para hacer autoestop levantado.
      Güich se encogió de hombros y negó con la cabeza. No conseguía entender que su amiga se hubiera vuelto tan pija. Con lo rico que le quedaba el café en el caldero. Si además le había quedado algún poso de poción, le daba un toque exótico de lo más interesante y era divertido averiguar el efecto que podía provocar.
      Miró al perro y puso una mueca de asco. Cerró la puerta de la alacena. El perro no ladró, pero solo porque gritó: «¡Sácame de aquí, brujamierda!». A Güich no le afectaban los insultos, además, si acababa hartándose, siempre podía lanzarle una buena maldición, de esas que hacen que te quedes en coma si te pinchas con una aguja o que todo lo que toques se convierta en oro. Puede no parecer una maldición hasta que el pobre desgraciado al que se la echas tiene que ir al baño con mucha urgencia y entonces se encuentra con que su polla, de repente, vale un dineral.
      Güich se sentó en el sofá, sobre un montón de ropa que no estaba sucia, pero tampoco demasiado limpia, y se dispuso a estudiar el libro de amuletos. Nunca se sabe cuándo puedes necesitar tener conocimientos de magia talismánica para posibles secuelas de relatos…

En la imagen se me ve a mí dentro de un marco redondo. Salgo con gafas de pasta negras y una nariz de payaso. La foto es en blanco y negro excepto la nariz, que resalta en rojo. Además aparece el texto "¡Interactía!" y debajo los símbolos de like, comenta y comparte.

Recuerda que tienes disponible mi novela corta La venganza de Andet:

Imagen que muestra mi novela en tapa blanda y en Kindle.

Suscríbete para estar al corriente de mis relatos:

¡Coméntame o morirá un gaticornio!

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.