MUCHIFICCIONES 12: Abriendo el Muchiverso

En la imagen una silueta. Es imposible distinguir si es hombre o mujer, porque solo es una figura negra recortada por la luz de un vórtice luminoso que hay justo detrás de ella. Una especie de portal mágico. El relato se titula “Abriendo el Muchiverso”.

Abriendo el Muchiverso. Imagen libre de licencia: Pexels.

Abriendo el Muchiverso es un relato de ciencia ficción cómica perteneciente a la sección Muchificciones. En esta sección escribiré relatos de temática libre que ocurren en el Muchiverso, mi universo literario. Muchificciones es la sección principal de este blog.

TÍTULO IMAGEN

🔹 Este es unrelato autoconclusivo, pero habla de los eventos que ocurrieron en el relato «Viajeras». Puedes leerlo aquí.

¿ALGUNA VEZ HAS HECHO UN VIAJE MUCHIVÉRSICO Y ULTRADIMENSIONAL y te has quedado atrapada en el lado del cubo del mundo equivocado? ¿No es la cosa más molesta después de que alguien te hable mientras tienes los auriculares puestos? Pues es justo lo que les pasó a Rupiana, Trafasia y Poshka. Lo del viaje muchivérsico y ultradimensional, ¿eh? No lo de los auriculares. Eran las primeras personas que habían conseguido viajar con relativo éxito de un lado del mundo a otro, concretamente del segundo al sexto. Porque no sé si lo sabes, pero el mundo no es redondo, ni plano, ni achatado por los polos y, aunque solo sea porque personalmente carezco de la genialidad que ello conllevaría, tampoco es un disco. No, el mundo es un cubo, con sus seis lados y cada lado del mundo tiene su propio universo, con sus planetas y toda la pesca. También están las distintas dimensiones que comunican con los seis lados y se extienden hasta el núcleo del planeta. Eso es a lo que los expertos llamamos Muchiverso y los no expertos llaman: «¿Eh? ¿Lo qué?».
      El problema con estas tres científicas y viajeras muchivérsicas y ultradimensionales es que antes de viajar del segundo lado del cubo del mundo al sexto y aparecer en Barcelona, Cataluña, España —aunque esto último dependía mucho de a quién le preguntases— no se pararon a pensar en que quizá en aquel universo a nadie le había dado por crear los generadores trifásicos de portales muchivérsicos y ultradimensionales, así que llevaban atrapadas en aquel lado del cubo del mundo exactamente un año.

Rupiana era una joven bajita y rechoncha y desde que vivía en Barcelona, Cataluña, Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-España-Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-No, se había aficionado al café con leche. Estaba sentada en su cafetería de confianza, El cafelito de Gaudí, en una mesa redonda de mármol con patas de hierro forjado situada en el rincón y, además de la taza humeante, tenía la mesa llena de piececitas, tornillos y cosas que si caían al suelo iba a tener que gritar: «¡Que nadie se mueva, se me ha caído una retrotuerca del dos y medio y como no la encuentre no voy a poder volver a conectar el trúculo invertido a la marcapana cúbica!». Todas estas piececitas pertenecían a un cilindro hueco de quince centímetros de metal blanco con una pantalla en el centro, comunmente llamado computadora de pulsera.
      Rupiana tenía los codos apoyados en la mesa y la barbilla encajada entre ambos puños, lo que le levantaba los mofletes y le achicaba los ojos. Observaba las piezas como quien observa uno de esos pasatiempos en los que tienes que encontrar las siete diferencias que hay entre dos dibujos idénticos.
      La puerta de la cafetería se abrió. Rupiana levantó la vista y vio entrar a sus dos amigas. Trafasia era alta y muy delgada y Poshka era enorme y muy musculada. Las miró de arriba abajo. Trafasia vestía una camiseta negra, unos tejanos oscuros y unas deportivas blancas cuyos cordones había cortado porque no se le daba bien eso de atarlos. Poshka, por el contrario, llevaba una camisa color lima con estampado de flores amarillas y naranjas, unas bermudas rojas y unas sandalias de goma azules. Además, llevaba un sombrero de paja y unas gafas de sol con las lentes en forma de girasoles. Rupiana negó con la cabeza y suspiró. En su día se dieron cuenta de que no era buena idea ir por ahí vestidas con su armadura dorada de científicas, llamaban mucho la atención de los nativos de aquel universo, así que tuvieron que mezclarse con la sociedad, pero Poshka no solía acertar y llamaba más la atención con la ropa que elegía que si no se hubiera cambiado nunca.
      Las dos científicas se acercaron a ella. Trafasia se sentó a su lado y Poshka en la silla de enfrente.
      —Bonita camisa —comentó Rupiana a la grandullona.
      —¿Verdad? —respondió Poshka orgullosa y muy lejos de entender el sarcasmo—. Tú podrías ponerte un poco de color.
      Rupiana llevaba una blusa negra over size que le llegaba hasta los muslos, cubiertos con una falda negra hasta los tobillos y calzaba botas negras de caña alta.
      Se encogió de hombros.
      —La verdad es que me gusta este rollo.
      —¿Rollo? —dijo Trafasia sorprendida.
      —Sí, una chica en el metro me dijo: «¡Buah, pava, me mola tu rollo!» y me señaló entera antes de añadir: «¡Literal!».
      Las otras dos asintieron. Entonces Trafasia se fijó en todas las piezas esparcidas por la mesa.
      —¡Mi computadora de pulsera! ¡¿Qué le has hecho?!
      —La he desmontado.
      —Eso ya lo veo, pero ¿por qué? Es nuestra única fuente de información.
      —Tranquila, sigue funcionando, aunque creo que he desinstalado los juegos sin querer.
      —¡Noooo! ¡Pero si casi había conseguido las bayas para pagarle el chalé en primera línea de mar a ese mapache cabrón especulador!
      —Esto es importante, Trafi —dijo Rupiana—. Creo que he tenido una idea. Creo que…
      —¡MESERA, TRES CAFELITOS! —gritó Poshka levantando la mano con tres dedos extendidos.
      La camarera, una joven rubia muy mona, de nombre Paula, que trabajaba en aquella cafetería para poder pagarse la carrera de bellas artes y así tener que seguir trabajando de camarera, pero con un título universitario, lanzó un gritito en cuanto escuchó la voz de Poshka.
      Poshka y ella eran viejas conocidas. El primer día de su estancia involuntaria en Barcelona, Cataluña, Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-España-Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-No, las tres científicas viajeras entraron en la cafetería y pidieron un caldero del mejor estofado de orco con remolacha que tuvieran y tres jarras de hidrogüisqui. La camarera les explicó que allí solo servían café con leche, chai latte, smoothies y cosas así. Rupiana le dijo que les pusiera cualquier cosa que estuviera caliente y le lanzó un saco lleno de unas cosas parecidas a fichas de póquer, pero de cristal transparente y le dijo que se podía quedar con el cambio.
      —Perdonen —les dijo la tal Paula, que no consiguió cazar el saco hasta que le rebotó en las manos tres veces—. ¿Qué es eso?
      —Eso son quinientos grodans —le explicó Rupiana—. Un dineral.
      —Ya… nosotros es que solo aceptamos euros, ¿sabe usted?
      —¿Qué es un leuro, Trafi? —le preguntó Rupiana a Trafasia por lo bajinis.
      Trafasia tecleó algo en la pantalla táctil de su computadora de pulsera y asintió mientras leía.
      —Parece ser que euro es una de las monedas en curso de este lado del cubo del mundo.
      —¿Qué quieres decir con una de las monedas en curso? ¿Es que hay varias?
      —Según la computadora hay unas ciento ochenta monedas distintas, Rup.
      —¡Ciento ochenta! ¿Para qué tantas? Una moneda mundial lo pone todo más fácil. Esta gente es tonta…
      —Viniendo de tres científicas que se han quedado atrapadas en el lado del cubo del mundo incorrecto…
      Rupiana no respondió, porque hay cosas que no se pueden responder por ser irrespondibles.
      —Verás, maja —dijo Rupiana con voz melosa—, no tenemos euros de esos, pero quinientos grogans no se ganan en un día, ¿eh?
      —Ahá… Miren, lo siento, pero solo aceptamos euros.
      Rupiana se fijó en que Poshka se estaba remangando la manga del neopreno negro que las tres llevaban bajo la armadura dorada de científicas. La gigantona no llevaba demasiado bien eso de que le dijeran que no. Se consideraba una mujer razonable, eso sí, lo malo era que solía razonar con los puños. ¡Y qué puños! Un puñetazo de Poshka se sentía como si un rinocornio montés rayado te diera una coz.
      Por lo general Rupiana intentaba calmar los accesos de rabia de su amiga, pero estaba muy cansada, tenía frío y no se sentía muy contenta desde que… bueno, desde que se había quedado atrapada en un universo que no era el suyo y no tenía forma de volver a casa, así que simplemente se apartó y dejó que Poshka razonara con la camarera.
      La gigantona cogió a Paula por la pechera de la camiseta, la levantó lo suficiente como para que lo único que tocara el suelo fueran las punteras de sus zapatillas deportivas y empezó a zarandearla mientras le decía:
      —¡NO! ¡ME! ¡TOQUES! ¡EL! ¡COÑO! ¡CON! ¡LOS! ¡EUROS! ¡ESOS! ¡MESERA! ¡Y! ¡ACEPTA! ¡LOS! ¡QUINIENTOS! ¡GROGANS! ¡QUE! ¡TE! ¡ESTAMOS! DANDO! —Ella misma se dio cuenta de que quizá había sido muy dura con la muchacha, que después de todo solo estaba haciendo su trabajo, así que añadió—: ¡POR! ¡FAVOR!
      La zarandeó tan fuerte que, desde el punto de vista de Rupiana y Trafasia, la camarera parecía tener tres cabezas. De repente ya no parecía humana, ahora parecía una glutnac tricéfala de cola bífida. Cuando Poshka la soltó, la camarera se tambaleaba tanto que casi cae al suelo. Estaba despeinada y con la camiseta completamente arrugada.
      Desde entonces todo lo que tomaban aquellas tres corría a cuenta de la casa y cada vez que Paula escuchaba la voz de Poshka se crispaba.
      Poshka se volvió hacia Trafasia y Rupiana, que la estaban mirando con la boca abierta.
      —¿Qué pasa? ¡Oh! ¿Queríais algo más? Se lo puedo pedir…
      —Rup estaba hablando, Posh —le dijo Trafasia.
      —Oh, perdón, perdón. ¿Qué decías?
      Rupiana suspiró.
      —Decía que he tenido una idea. Creo que podría instalar un generador trifásico de portales muchivérsicos y ultradimensionales en la computadora de pulsera.
      Trafasia y Poshka se miraron sonrientes.
      —¿En serio?
      —Creo que sí.
      —¡Pero eso es genial! —dijo Trafasia—. ¿Podremos volver a casa?
      —Bueno, en teoría sí. Pero…
      La camarera les sirvió los tres cafés. Una cantidad importante de los cuales terminó en los platillos sobre los que descansaban las tazas por el tembleque que tenía la pobre. Estar cerca de Poshka siempre le provocaba eso.
      —“Pero” ¿qué, Rup?
      Rupiana iba a contestar, pero la voz de Poshka la interrumpió e hizo que la camarera soltara un grito y se abrazara a sí misma.
      —¡Mesonera! ¡Tráeme un muflitukin de esos que me gustan! —Las demás la miraban con mala cara—. Perdonad… ¡Mesonera! —la camarera, que estaba alejándose de la mesa de aquellas tres a grandes zancadas, dio un brinco, chocó con un compañero e hizo que la bandeja que llevaba, llena de cafés, cayera encima de una clienta—, ¡Que sean tres muflitukins de esos que me gustan! Ya está, perdonad. ¿Decíais?
      —Rup decía que puede conseguir que volvamos a casa —le explicó Trafasia.
      Poshka las miró por encima de las gafas de sol con forma de girasoles como si acabaran de decir una estupidez tan gorda como que en una pelea a muerte entre un krigon escupefuego y un lagartonejo de nueve colas y media pandillero, ganaría el krigon escupefuego.
      —¿Y para qué querríamos hacer eso?
      —Estás de broma, ¿verdad, Posh? —dijo Trafasia—. ¿No echas de menos nuestro hogar?
      —¿Cuál, Trafi? ¿Ese en el que la comida suele tener varios tentáculos y siempre intenta matarte incluso cuando está ya cocinada y emplatada? ¿Ese en el que hay cien abismales asesinos por cada ciudadano? ¿Ese en el que somos el último mono? ¿Ese hogar, Trafi? ¿Te refieres a ese? Mira dónde estamos. Aquí nos respetan…
      —Nos temen —puntualizó Trafasia.
      —… aquí somos alguien…
      —Las locas que dan miedo —explicó Rupiana.
      —… tenemos amigos.
      Rupiana y Trafasia se miraron.
      —¿Qué amigos? —preguntaron al unísono.
      —¿Cómo que qué amigos? Mira, la mesonera…
      —Paula —corrigieron las otras dos.
      —Lo que sea. Ella y yo nos llevamos genial.
      —Te tiene pánico, Posh —dijo Rupiana.
      —¡Bobadas! ¿No os habéis fijado en cómo me mira siempre que me sirve algo?
      —Sí, con pánico.
      —… y cómo le tiembla la voz cuando está cerca de mí…
      —Es por el pánico.
      —… Yo creo que le gusto…
      —Sí, si es que es una masoca a la que le gusta el pánico.
      —Además, aquí no hay abismales.
      —Pero hay reyes —dijo Trafasia.
      —Ningún sitio es perfecto…
      Una cosa importante a saber sobre el Muchiverso es que el sexto lado del cubo del mundo es el único en el que todavía existe la monarquía. En algunos lados, como en el primero o el cuarto, existió en algún punto de la historia, pero la gente se hartó de los reyes y se deshizo de ellos. En el primer lado del mundo, por ejemplo, la gente sentó cómodamente a los monarcas en catapultas enormes repartidas por todo el mundo y los lanzaron por los aires. En el cuarto los reyes simplemente fueron amenazados con inventar una cosa llamada guillotina si no se iban por las buenas. Hubo un rey que se negó —porque gilipollas hay en todos los lados del cubo del mundo— y lo usaron como ejemplo: le cortaron la cabeza con un cuchillo de untar mantequilla mientras decían: «Lo bueno de la guillotina es que será mucho más rápida que esto y el decapitado sufrirá menos, pero os hacéis una idea, ¿no?».
      —Lo siento mucho, pero yo no pienso volver —dijo Poshka—. Me voy a quedar aquí a vivir…
      Justo en el momento en el que Poshka decía eso llegó la camarera con tres muffins rellenos de yogurt y arándanos. Los ojos se le abrieron de par en par. «¡¿Que esa salvaje de mierda piensa quedarse?! ¡Y una polla como una olla!».
      —¿Os váis a casa? —preguntó tratando de dotar a su voz de cierto tono de… no-hay-nada-mejor-que-el-hogar
      —Es la idea —respondió Rupiana mientras volvía a armar la computadora de pulsera—, pero me falta un elemento para poder hacer que funcione el nuevo generador trifásico de portales muchivérsicos y ultradimensionales. Sin él, no hay manera de saltar a otro lado del cubo del mundo, porque hay que mandarle un mensaje a la computadora receptora y generar un choque tubular reflectado que retuerza los pezones del espacio-tiempo-dimensional, ¿sabes?
      Paula no había entendido más que palabras sueltas. Un portal por aquí, un generador por allá, unos pezones colándose más allá… pero nada que tuviera sentido.
      —¿Y qué elemento es ese?
      —Uf, es muy complicado de explicar para una persona que no está versada en la ciencia —dijo Rupiana con una sonrisa de medio lado mirando a sus compañeras en busca de una altivez cómplice que no llegó—. Resumiendo… necesito un sistema de conexión inalámbrica, dentro de un área determinada, entre dispositivos electrónicos para acceso a una cosa que los expertos llamamos El interné.
      La muchacha se las quedó mirando.
      —20BizcochosDeLimonY1MediaLunaDesesperada —dijo de pronto.
      —¿Cómo dices?
      —20BizcochosDeLimonY1MediaLunaDesesperada —repitió.
      —Ya veo lo que ha pasado —comentó Rupiana, que ya tenía la computadora de pulsera armada—. Te has puesto nerviosa al no entender la jerga científica. Es normal, nada de qué avergonzarse. Verás, lo que necesito no son veinte bizcochos de limón y lo que sea una media luna desesperada. Aunque seguro que está todo delicioso, ¿eh? —Esto lo dijo mirando a Trafasia y Poshka como diciendo: «Pobrecita, hay que quererla igual»—. Digamos que lo que necesito es poder conectar el generador trifásico de portales muchivérsicos y ultradimensionales a una… una… a una red invisible. Sí, eso es. Una red invisible que sirve para… que es para… A ver, en todos los mundos civilizados debería de haber unas ondas que flotan por el aire y sirven para conec…
      —Nosotros a eso lo llamamos WiFi —le interrumpió Paula que, al ser mujer y habitante del sexto lado del cubo del mundo, estaba más que acostumbrada a la condescendencia y había aprendido a cortarla por lo sano—. Nuestra red es la que pone El_cafelito_de_Gaudí y la contraseña es 20BizcochosDeLimonY1MediaLunaDesesperada. Todo junto. Con el veinte y el uno en números, mayúscula en las letras que dan inicio a cada palabra y sin tilde en limón.
      Sin esperar a que le respondieran, dejó los muffins en la mesa y se fue. No pudo evitar encogerse de miedo cuando Poshka gritó: «¡Mi muflitukin!». Se giró y vio que la grandullona alzaba uno de los muffins como si fuera el pequeño Simba siendo presentado ante la sociedad animal africana.
      Rupiana, cabizbaja y avergonzada, encendió la computadora de pulsera. La pantalla se puso verde, sonó un ¡pito-patín! y apareció un prado de césped segado y un cielo azul despejado con varios iconos.
      —Uf, menos mal, sigue funcionando —dijo Trafasia.
      —¡Claro que sigue funcionando, la he montado yo! Bien, ahora voy a conectar la computadora de pulsera al sistema de conexión inalámbrica, dentro de un área determinada, entre dispositivos electrónicos para acceso a El Interné…
      —¿Quieres decir al WiFi —dijo Trafasia y tanto ella como Poshka se echaron a reír.
      Algunos trozos de muflituki de yogurt con arándanos salieron disparados de la boca de Poshka y cayeron en el café de un señor calvo y gafapasta que se sentaba en la mesa de al lado, escribiendo en su portátil un relato que publicaría ese mismo mes en su blog. El hombre no se dio cuenta y le dio un sorbo a la bebida.
      —¡Madurad! —espetó Rupiana completamente roja.
      Deslizó el dedo desde la parte superior de la pantalla hacia abajo y se desplegó una solapa digital con varios símbolos. Uno de ellos parecía un abanico compuesto por tres arcos superpuestos. Pulsó y apareció una ventanita con varios nombres: Livebox-4587, iPhone_X_487, Consigue tu propia güifi gorrón de mierda y en la parte alta, en primera posición, El_Cafelito_de_Gaudí. Pulsó en él y apareció un cuadro de texto sobre el que podía leerse Contraseña:.
      —Esto… —dijo Rupiana—… ¿Cómo ha dicho que era la contraseña?
      Poshka ni siquiera había prestado atención. Durante todo el rato que la mesonera había estado hablando, ella se había limitado a mirar los muflitukis de yogurt con arándanos que llevaba en la bandeja.
      Trafasia, que era famosa en algunos círculos por su sorprendente memoria, suspiró y dijo de carrerilla:
      —20BizcochosDeLimonY1MediaLunaDesesperada. Todo junto. Con el veinte y el uno en números, mayúscula en las letras que dan inicio a cada palabra y sin tilde en limón.
      —Cierto, cierto.
      Rupiana tecleó deprisa en el teclado táctil y luego pulsó Intro. La pantalla mostró una mano pixelada con el dedo pulgar hacia arriba y el texto: «Está conectada, Trafasia».
      Rupiana miró a sus amigas con una sonrisa de oreja a oreja. Trafasia tenía la boca abierta, expectante, y Poshka cerrada, con los carrillos hinchados de muflituki de yogurt con arándanos.
      —Estamos conectadas —dijo Rupiana—. Ahora solo tengo que mandar el mensaje para que se abra el portal muchivérsico y ultradimensional y podremos volver a casa.
      —¡Gue he disho gue yo no goy a ijme! —exclamó Poshka con la boca llena.
      —¡No seas ridícula Posh! —dijo Rupiana mientras redactaba el mensaje para que la computadora receptora pudiera generar un choque tubular reflectado que retorciese los pezones del espacio-tiempo-dimensional—. ¡Tenemos que volver!
      —¡Gue no! ¡Gue he disho gue no y ejgue no!
      —Anda. Anda. Ya verás como cambias de opinión…
      El mensaje estaba redactado. En él ponía:

RETORCER PEZONES ESPACIO-TIEMPO-DIMENSIONALES. CORDENADAS: SEXTO LADO DEL CUBO DEL MUNDO. BARCELONA, CATALUÑA, DEPENDE-DE-A-QUIÉN-LE-PREGUNTES-ESPAÑA-DEPENDE-DE-A-QUIÉN-LE-PREGUNTES-NO.


Rupiana suspiró. Miró a sus amigas. Trafasia asentía, sin cerrar la boca. Poshka negaba enérgicamente, sin poder abrir la suya sin que se le escapara algún trozo de muflituki de yogurt con arándanos.
      Y le dio a enviar.
      La ventana del mensaje en la pantalla se dobló con una animación que parecía una hoja de papel plegándose tres veces, se metió en un sobre digital y desapareció por el margen derecho de la pantalla.
      —¡Ya está mandado! Ahora solo tenemos que esperar a que la computadora receptora lo reciba y genere un portal muchivérsico y ultradimensional para volver a casa.
      Rupiana cogió la taza de café, se apoyó en el respaldo de su asiento, se cruzó de piernas y dio un sorbo. El sorbo de la victoria. ¿Era cosa suya o de repente ese café le sabía a gloria? Estaba a punto de volver a casa. Podría ver de nuevo a Lurma, su preciosa ayudante, y podría suspirar por ella en secreto, sin atreverse jamás a decirle que quería pasar con ella el resto de su vida. Podría volver a pasear por las calles de su ciudad, infestadas de insectos del tamaño de aquel edificio que vieron nada más llegar a Barcelona, Cataluña, Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-España-Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-No y que llamaban Sagrada Familia. Volver a comer los platos típicos de su hogar, como el puchero de fango y ojo de tritón o las gachas de sangre de gamusino. No volvería a tomar café… De pronto le embargó una sensación extraña. ¿Realmente Poshka tenía razón en querer quedarse allí? Desde que estaban en Barcelona, Cataluña, Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-España-Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-No, no se habían enfrentado a ninguna amenaza más allá de aquel pobre idiota que intentó robarle el saco de grogans a Poshka y que, después de que su amiga le razonara varias veces en la cara, seguramente cambió de profesión. Sí, lo de la monarquía era una mierda, pero aparte de eso, el sexto lado del cubo del mundo no estaba tan mal. ¿Tan descabellado era lo que sugería Posh?
      Sus pensamientos se interrumpieron cuando delante de ellas, flotando, apareció una brecha. Como si el aire tuviera una herida muy fea y de difícil cicatrización. La fisura se ensanchó y se ensanchó, hasta que adquirió la forma de un círculo de un metro de diámetro. En el interior se veía un vórtice luminoso que se hundía creando un túnel cuyo final se perdía en la inmensidad de la nada muchivérsica y ultradimensional.
      La gente saltó de sus asientos y se reunió en las paredes y la barra del fondo de la cafetería. Paula estaba temblando, pálida y pensando que tenía que buscarse otro trabajo.
      —¡Ha funcionado! —gritó Trafasia.
      Poshka había escupido su muflituki de yogurt con arándanos y los trozos fueron absorbidos por el portal.
      —¡Posh, no seas cerda! A saber dónde van a parar esos perdigones…
      —Joder, Rup, lo siento —dijo Poshka—. Es que… sinceramente dudaba que fuera a funcionar. Has condensado el generador trifásico de portales muchivérsicos y ultradimensionales en la computadora de pulsera de Trafi. ¡Eres una genio!
      —Está mal que yo lo diga, pero…
      —¡Una puta genio!
      —A ver, la verdad es que…
      —¡Pero no pienso irme!
      —¡Posh! —gritó Rupiana cuando vio que Poshka cogía la computadora de pulsera y se levantaba de la silla—. ¡No hagas el idiota! ¡Dame la computadora!
      Rupiana estaba saltando, porque Poshka tenía la mano con la que sujetaba la computadora completamente alzada y era incapaz de alcanzarla.
      —No pienso irme. Me gustan los muflitukis de yogurt con arándanos.
      —¡Tenemos que volver a casa, Posh! —Dijo Trafasia que levantaba y bajaba la cabeza siguiendo los saltos de Rupiana—. Díselo, Rup.
      —Pues es que…
      Rupiana dejó de saltar para mirar a Trafasia. Poshka no bajó el brazo, pero también se quedó mirando a su amiga.
      —¿“Pues es que”? ¿“Pues es que” qué, Rupiana Lugaritma Rigonomera?
      Joder, cómo odiaba Rupiana que usaran su nombre completo.
      —Pues es que… quizá Poshka tiene razón, Trafi.
      —¿La tiene?
      —¿La tengo? Digo… ¡Claro que la tengo!
      —Trafi, ¿qué nos espera en casa?
      —¿La familia? ¿Los amigos? ¿La gloria de haber inventado el generador trifásico de portales muchivérsicos y ultradimensionales de pulsera? ¡Seremos heroínas! ¡Pondrán nuestros nombres a una calle! ¡Quizá hasta a alguna rotonda muchivérsica y ultradimensional! Chicas, saldremos en los libros de historia.
      —Trafi, este lado del cubo del mundo es más agradable que el nuestro —dijo Rupiana—. Posh tiene razón.
      Poshka bajó la guardia porque no estaba acostumbrada a que Rupiana le diera la razón y, en consecuencia, también bajó el brazo, cosa que Trafasia aprovechó para coger la computadora de pulsera e intentar quitársela. La palabra clave es intentar. Trafasia tiró de ella, pero los dedos de Poshka, gruesos y musculosos, se aferraban a la computadora como si siempre hubieran formado parte del propio metal blanco.
      —¡Suéltala! ¡Quiero volver a mi casa!
      —¡Estate quieta, Trafi! ¡Te vas a hacer daño!
      —¡He dicho que la sueltes!
      Empezaron a forcejear. Trafasia tiraba de la computadora de pulsera. Poshka la sujetaba sin esfuerzo y Rupiana, por su lado, tiraba del brazo de Trafasia para que soltara el aparato.
      Paula se fijó entonces en que aquella cosa flotante que había aparecido de la nada se estaba haciendo más pequeña y entendió que fuera lo que coño fuera aquello, era su única esperanza para librarse de esas tres locas. Corrió hacia ellas y empezó a golpear con ambos puños la espalda dura de Poshka.
      —¡Iros de aquí!
      Puede que alguien al leer esto tenga tentaciones de decirme: «Se escribe idos, inculto». Seamos sinceros, no es muy común que la gente lo diga bien, así que sigamos con la historia y no me toques las narices.
      —¡Iros a vuestra casa!
      —¡Mesonera, estate quieta! —dijo Poshka—. ¡No es el momento de darme un masaje!
      —¡Quiero que os vayáis! ¡Quiero que os vayáis a la mierda!
      —¡Trafi, suelta la computadora! —dijo Rupiana entre gruñidos de esfuerzo
      —¡Y una mierda! ¡Quiero volver a casa!
      —¡Mesonera, si insistes, dame más a la izquierda! ¡Justo ahí! ¡Gracias!
      Paula se acercó al cilindro hueco que sujetaban aquellas dos idiotas, lo rodeó con fuerza y le dio un bocado al reverso duro de una de las manos de Poshka. La gigantona aulló de dolor y soltó la computadora de pulsera. Trafasia, que seguía tirando con todas sus fuerzas, de repente se vio lanzada hacia atrás al quedar la computadora libre de la fuerza absurda de su amiga. Giró sobre sí misma, haciendo a su vez girar a la camarera, chocó contra la mesa, los muffins de yogurt con arándanos saltaron y volaron hacia el portal, que los engulló y solo le faltó relamerse. La computadora de pulsera se le resbaló de las manos a Trafasia y Paula, con los ojos muy abiertos en una mueca de sorpresa, salió despedida hacia el vórtice, sujetando ella sola un cilindro hueco con pantalla que ni siquiera sabía para qué coño servía.
      —¡Nooooooooo! —gritó Rupiana a cámara lenta—. ¡EL GENERADOR TRIFÁSICO DE PORTALES MUCHIVÉRSICOS Y ULTRADIMENSIONALEEEEEEEEES!
      —¡Mi casaaaaaa! —se le unió Trafasia—. ¡Quiero volver a mi casaaaaaaaa!
      —¡Los muflitukiiiiiiiiiiiiis! —dijo Poshka—. ¡El portal se ha comido los muflitukiiiiiiiiiiiiiis!
      —¡Se dice muffiiiiiins! —se oyó decir a la voz de Paula, que ya había sido engullida por el vórtice, y luego añadió—: ¡Imbéciiiiiiiiiiil!
      El portal se cerró y, durante unos segundos, quedó en el aire una línea luminosa, una cicatriz vertical, brillante, que desapareció con la misma facilidad con la que apareció.
      Trafasia cayó al suelo de rodillas, llorando. Rupiana y Poshka se sentaron en sus asientos.
      —No puede ser… —dijo Trafasia desde el suelo—. La hemos perdido…
      Poshka miró a Rupiana y luego, con un gruñido, se acercó a Trafasia, le puso la mano en el hombro y le dijo:
      —Era una buena chica, pero no sirve de nada lamentar su pérdida…
      Trafasia la miró con odio.
      —¡Me refiero a la puta computadora de pulsera! ¡Hemos perdido la única posibilidad real de volver a casa! ¡Nos hemos quedado atrapadas en este lado asqueroso y monárquico del cubo del mundo!
      Poshka no pudo evitar sonreír. Miró de reojo a Rupiana y vio que también estaba sonriendo. Así que no volverían a comer nunca más bocadillo de higadillo de ghoul, ¿no? Vaya… qué pena… Tendrían que buscar un sustituto a la altura. Miró a la barra, repleta de gente apiñada y aterrorizada y, con su mayor sonrisa gritó:
      —¡Mesoneras, un muflituki de yogurt con arándanos! —Luego miró a sus amigas, a Rupiana, sentada con expresión feliz y a Trafasia, que se sacudía en el suelo por los sollozos, y se golpeó la frente—. ¡Perdón, que sean tres muflitukis de yogurt con arándanos!

Paula estaba de rodillas sobre un jardín de rosas negras. Miró a su alrededor. No parecía estar en Barcelona, Cataluña, Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-España-Depende-De-A-Quién-Le-Preguntes-No. Estaba en un sitio negro —y no, no es una forma de hablar, todo en aquel lugar era negro: el césped, los árboles, el cielo, las nubes, hasta parecía haber un sol, pero como era negro, pasaba completamente desapercibido en el cielo negro—. Junto al jardín de flores negras había una casa de madera negra, con ventanas negras, puerta negra y una chimenea negra de la que salía humo negro.
      —Disculpa, ¿puedes dejar de aplastar mis rosas…? —dijo una voz profunda tras Paula.
      La muchacha miró las flores bajo ella y se levantó como un resorte.
      —Disculpe —empezó a decir—, no sé muy bien donde est…
      Paula miró a la persona que le había hablado, pero solo para descubrir que no era una persona en absoluto. Delante de ella se alzaba una figura de dos metros, vestida con una bata negra de estar por casa con capucha puesta. Su cabeza, dentro del hueco de la caperuza, era un simple cráneo desnudo que le miraba con las dos cuencas oculares vacías.
      —¡Aaaaaaaaaaah! —dijo Paula, no sin cierta razón—. ¿Qué eres? ¡No me comas!
      —No como comida basura, tranquila —dijo el ser con tono anodino—. Y sobre lo de qué soy… Soy Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia). Y tú eres… Paula, ¿verdad? Paula López Barrios.
      Paula, que era muy de hacer las cosas en orden, estuvo a punto de volver a gritar, pero en vez de eso dijo:
      —¿Me conoces?
      —Yo conozco a todos los seres vivos de todas las dimensiones, de todos los mundos, de todas partes, querida. Lo que desconozco es por qué sigues pisando mis rosas.
      —¿Eres la Muerte?
      Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), suspiró.
      —Soy Muerte, no La Muerte. No soy como La Jessi, El Jonathan o La Lore. ¿Entiendes?
      —¿Dónde estoy?
      —¿Aparte de sobre mis rosas? Estás en la Dimensión Mohína, también llamada Mundo Abismal. Estás en el jardín de mi casa y, no me puedo creer que tenga que repetir esto, estás sobre mis rosas.
      —E-e-e… ¿estoy muerta?
      Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), suspiró de nuevo, lo cuál no deja de tener mérito si recordamos que es un esqueleto viviente y que no tiene pulmones. Miró a Paula López Barrios de arriba abajo y se detuvo en los pies de la humana, que seguían aplastando sus flores.
      —No, no estás muerta, muchacha, pero lo estarás si no dejas de pisar mis rosas. Anda, ven, que te preparo un café con leche. ¿Tienes hambre?
      Paula se dio cuenta de que la tenía. Dejó de pisar las flores y siguió a Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia).
      —La verdad es que sí. ¿Qué tiene para comer?
      Muerte, diosa de la muerte (valga la redundancia), la miró por encima del hombro con la eterna sonrisa característica de las calaveras y dijo:
      —Pues acabo de hornear unos muflitukis rellenos de crema.
      Paula se detuvo en seco, con un tic en el ojo, se dejó caer en el suelo, lejos de las rosas negras, y se echó a llorar desconsoladamente. Qué harta estaba de todo, joder. ¡Qué harta!

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