8. El universo en una lágrima.

Quien quiera que cultive la fantasía en el arte está un poco loco. Su problema estriba en hacer interesante esa locura.
François Truffaut

    El príncipe elfo convertido en bruma se deslizó por debajo de la puerta del paritorio. Se materializó delante de los médicos y la madre que hacía esfuerzos para dar a luz, nadie lo veía, pues los humanos adultos no podían percibir a las criaturas mágicas. Su falta de fe les había arrebatado esa facultad. De no ser así, habrían podido ver el rostro más hermoso que la naturaleza hubiera esculpido, su pelo largo y espeso le caía en una melena blanca que le llegaba hasta los riñones. Sus orejas puntiagudas eran hermosas en su extrañeza y sus ojos, exentos de pupilas e iris, tenían un tono azul zafiro, signo de su familia.
    —¡Respira querida, respira! ¡Lo estás haciendo muy bien!
    El elfo miraba al hombre que acababa de hablar. Era joven y, bajo su nariz, descansaba un poblado bigote castaño que le otorgaba una edad que no le correspondía. La boca del príncipe se curvó en una sonrisa al sentir la pasión del hombre. Cualquier otra persona sólo vería un marido nervioso por el nacimiento de su primera hija, pero él, Ernir, último príncipe de la raza de los elfos, hijo de Regvar, veía el amor y la ilusión que el humano desprendía por cada uno de los poros de su piel. Aquel amor anonadaba a Ernir que torcía la cabeza en un ademán de pura atención.
    Se mantenía junto a la pared, observando aquel espectáculo natural. Se apartaba de las enfermeras cuando intentaban pasar, a pesar de que cualquier humano que entrara en contacto con él, le atravesaría como atraviesan el aire que respiran. No le gustaba cuando eso pasaba, le hacía sentir extraño, como un fantasma que en realidad no estuviera ahí. Aquellos pensamientos le habían llevado a protagonizar discusiones con su padre. Pero a sus escasos quinientos años, era un joven lleno de principios.
    —Un último esfuerzo.
    Ernir miró a la madre que apretó con todas sus fuerzas. La mujer era hermosa incluso en la rojez de su esfuerzo. El pelo mojado por el sudor era de un tono castaño oscuro. Ernir quedó prendado por aquella mujer, pero su misión era distinta, no estaba allí por ella, a pesar de lo preciosa que le parecía.
    La doctora cogió al bebé que no lloraba y la llevó a una pequeña camilla para atenderla. Ernir se dirigió hacia ellas y miró con atención la escena. La doctora no hablaba, pero al elfo no le hacía falta que lo hiciera. Se introdujo en sus pensamientos y pudo escuchar todo lo que pasaba por su cabeza: “Tienes que respirar pequeña, ¡respira! ¡No me hagas esto!” Ernir miró al bebé, y luego miró a la doctora que le aplicaba oxígeno mientras le masajeaba suavemente el pecho. Los ojos de la mujer estaban desencajados, y, aún con la mascarilla, Ernir pudo ver el dolor que estaba sintiendo.
    La madre de la niña le preguntaba a su marido si todo iba bien y él transmitía la desazón a la doctora que seguía trabajando, intentando que la pequeña respirase. El hombre del bigote empezaba a desesperarse y Ernir se vio obligado a fundirse con sus pensamientos. Con un leve movimiento mental hizo que el hombre se serenase y obligándolo a girarse hacia su mujer hizo que le dijera:
    —Todo está bien, cariño.
    Después abandonó la mente del padre y se giró hacia el bebé. Acercó sus fríos y finos labios a la frente de la niña y la besó suavemente.
    —Vive amor mío, pues está escrito que serás la dueña de mi destino. Haremos que mi raza vuelva a ser joven y juro que mi amor por ti será inmortal. Esperaré hasta que tus lágrimas contengan el universo y entonces regresaré a tu lado. No lo olvides nunca, espérame y prometo que jamás habrá existido un amor como el nuestro.
    Tras este susurro, se separó de la niña que rompió a llorar haciendo que la doctora soltase un suspiro de alivio. Ernir miró a la mujer con una sonrisa. Su amigo Ketleir decía que los humanos eran seres inferiores carentes de emociones. Salvajes que cazaban por diversión y que se mataban entre ellos. Pero allí, en aquella sala, podía percibir la realidad de la humanidad. La bondad de aquellas personas lo emocionaba, su naturaleza empática hacía que sintiera cada una de sus emociones amplificadas. Se alegraba haber viajado hasta la tierra mortal para conocer a la dueña de su destino.
    La doctora acercó a la niña a sus nerviosos padres que la cogieron con la fragilidad del que sostiene entre sus manos a una delicada mariposa. Los padres sonreían y se miraban el uno al otro completamente invadidos de amor hacia su hija. La amaban, igual que él. Se prendó de la niña y sintió como su corazón latía en un galope. Pidió a la madre que dijera el nombre del bebé en alto, y ella, como si hubiera salido espontáneo dijo:
    —Bienvenida al mundo, Sara…
    Aquel era el nombre del amor, el único que él conocería desde ese momento hasta el día de su muerte. Y hasta ese mismo momento, juraba hacer feliz a la joven Sara, y protegerla de cualquier amenaza que pudiera existir. Sara… jamás el nombre del amor había sido tan hermoso.

    El otoño había llegado a Nueva York con sus matices mágicos. Los árboles de Central Park se teñían de un color ocre que otorgaba a aquel paisaje una belleza difícil de describir. Sentada bajo un árbol, Sara dibujaba en su cuaderno, distrayéndose de vez en cuando con los niños que jugaban a pelota. Tenía treinta años y había cumplido su sueño de vivir en la Gran Manzana. De cría soñaba con pasear por Times Square y asistir a un musical en Broadway. Se había convertido en una mujer atractiva de ojos vivos. Su pelo oscuro y liso enmarcaba una cara larga de nariz respingona que le otorgaba una dulzura inusitada. Sus labios eran finos y hermosos y nunca se los pintaba pues recordaba el comentario de un amigo suyo que le dijo que lo natural era la forma pura de la belleza. Compaginaba el sueño de vivir en Nueva York con su otra pasión, el maquillaje. Su objetivo era montar un estudio, pero para ello, necesitaba seguir trabajando duro. Tenía buenas ideas, y acostumbraba a sentarse en aquel mítico parque a crear diseños nuevos y rompedores.
    Un leve trueno le sacó de su ensimismamiento y comprendió que era el momento de regresar a casa. Compartía piso con una chica llena de vitalidad. Era afroamericana y, a menudo, Sara practicaba con ella sus nuevos diseños. Sara conoció a Shantal en un chat internacional antes de viajar de Barcelona a Nueva York para dejar su vida atrás. El rostro de Shantal era hermoso en su totalidad. Sus ojos grandes, redondos y negros con espesas pestañas sólo eran el comienzo. Su nariz, característica de sus raíces étnicas, le otorgaba personalidad, y sus gruesos y perfilados labios eran deseados por cualquier hombre que los mirase. El color de su piel era de un tono chocolate lleno de sensualidad, sensualidad que acompañaba con su cuerpo grueso y lleno de curvas exuberantes. Sara quería con locura a su amiga por la personalidad arrolladora que poseía. Era desenfadada, sincera y no le importaba lo que los demás pensaran. Era un buen contraste con la actitud decaída que Sara tenía cuando llegó a la ciudad hacía un año. Pero sin duda, el optimismo se contagiaba, y Shantal había sembrado la semilla de aquella actitud suya en su compañera de piso.
    Volvió a casa, cerca de la Grand Central Station, un piso pequeño pero que ella adoraba como todo lo que había en aquella ciudad. Y, después de todo, no estaba demasiado tiempo en casa, así que le daba igual el tamaño. Tenía dos habitaciones, que eran justo las que necesitaban, y el salón, a pesar de que no cabían demasiados muebles, tenía el tamaño necesario para reunirse con los amigos para hacer sus amadas cenas japonesas. “¿Qué tendrá preparado hoy la loca de Shantal?” pensaba Sara. Llamaba cariñosamente “loca” a su amiga, pues siempre la decía que en una época llena de negatividad, ella parecía una loca a ojos de los demás. La primera vez que le dijo aquello, Shantal le comentó que entonces “loca” era un maravilloso alago. Cada viernes, la chica preparaba la cena, era una norma exquisita que tenían en aquella casa. Al menos un día a la semana se juntaban ambas amigas solas para comentar la semana. No se veían demasiado, Sara estaba muy ocupada maquillando en sesiones para darse a conocer, y Shantal estudiaba historia del arte y trabajaba como camarera en un restaurante de Harlem para pagarse la carrera. Al principio, cuando empezaron a hacer aquellas cenas, cada una preparaba un plato típico de su tierra natal. Pero pronto llegó el momento en el que pedían aquellos platos que tanto les había gustado a la una de la otra. Sara le pedía a Shantal sus deliciosos Mac and cheese, unos macarrones con queso que a Sara la volvían loca. Shantal, por su lado, le pedía a Sara sus originales albóndigas con Coca-cola. La primera vez que la chica las hizo, su compañera de piso puso una cara de desconfianza, pero cuando las probó se enamoró automáticamente de aquel sabor. No era una receta suya, un amigo de Barcelona se las había enseñado a hacer porque, al igual que a Shantal, la encantaban.
    Pronto llegó al portal del bloque de pisos donde vivía. Le encantaba, sin duda, merecía la pena vivir allí por ver cada día aquella fachada de piedra blanca. Subió las escaleras, pues no le gustaba ocupar el ascensor. En el último piso vivía un hombre que iba en silla de ruedas y le gustaba saber que no sería ella la que le impediría usar el elevador. Ella vivía en el cuarto piso y ya estaba acostumbrada a subir aquella escalera de caracol con escalones color lavanda asestada de ventanas que filtraban la luz dorada del otoño. Todo en aquel lugar era motivo de inspiración. Un mes antes había diseñado un maquillaje inspirado en, precisamente, aquella luz. La diseñadora que la contrató quedó maravillada con la frescura de aquella chica catalana.
    Cuando sacó las llaves del bolso para abrir la puerta, ésta se abrió de golpe y Shantal la cogió del brazo gritando y riendo sin parar. Sara, que estaba acostumbrada a que su amiga la sorprendiera con aquellos ataques de alegría, se dejó arrastrar al interior del piso. Shantal llevó a Sara al salón y la empujó para que cayera sentada en uno de los pufs marroquíes que habían comprado ya que no podían meter sillones en aquella adorable caja de zapatos. Shantal daba saltitos y sacudía las manos emocionada. Sara se limitó a mirarla sonriente, dejándola que se expresase libremente. Su amiga tenía veintisiete años y, a pesar de ser una chica realmente madura, su espíritu era joven y se resistía a crecer.
    —¡Shantal! — dijo Sara riéndose —. ¿Me vas a contar qué te pasa?
    —¡He aprobado, he aprobado!
Shantal había hecho los exámenes finales de la carrera.
    —¡Felicidades!
    —¡Soy licenciada, cielo, licenciada!
    Y volvió a dar saltitos y a emitir gritos agudos hasta que se dejó caer en el puf marroquí que había al lado de su amiga. Respiraba profundamente debido al esfuerzo.
    —¿Se lo has dicho a Will?
    Shantal no respondió y Sara entendió que había hecho una pregunta que no debía.
    —Shantal, ¿todo bien?
    —El muy cerdo se ha liado con su ex.
    —Lo siento mucho cariño.
    —¿Sabes lo que te digo? Que le jodan, hoy es nuestra noche y quiero que celebremos mi licenciatura.
    Sara admiraba a Shantal. Su actitud. Había visto a mucha gente que usaba el optimismo como máscara para ocultar su desdicha, pero ella no, aquella mujer era optimista de verdad. Se levantó y corrió a la cocina.
    —¡Tengo una sorpresa!
    Sara no se había percatado hasta aquel momento de que todo el piso olía a los mac and cheese de Chantal. Sus ojos se cerraron y no pudo ni quiso evitar un suspiro de placer.
    —¡Ya huelo tu sorpresa! — gritó Sara para que su amiga le escuchara —, ¡huele genial!
    —Oh, no es esa. Es algo que sé que te encanta…
Shantal salió de la cocina pidiéndole a su amiga que cerrara los ojos. La catalana le hizo caso y la afroamericana le dejó un plato en el regazo y cuando Sara abrió los ojos vio un pedazo de tarta de zanahoria.
    —¡Shantal! ¿Lo has hecho tú?
    —Sé lo mucho que te gusta, y aunque no deberías comer nada ahora, ¡qué narices! Pruébala.
    Estaba deliciosa. A Shantal se le daba muy bien la cocina. Llevaba cocinando desde los nueve años. Y hasta el momento, Sara no había probado nada cocinado por ella que no le hubiera parecido exquisito. Pero la tarta de zanahoria parecía de otro mundo.
    La noche pasó entre risas, comida y copas de vino. Brindaron por la licenciatura de Shantal y por, según palabras textuales de la chica: “¡los cerdos que se acuestan con sus ex!”. La velada había sido inolvidable, como todas las que pasaba con Shantal. Cuando se fue a dormir, tras recoger y limpiar los platos, dejó a Shantal disfrutando de su última copa de vino y un nuevo pedazo de tarta.
    Entró en su cuarto, estrecho, con una cama de metro cincuenta y una ventana que acostumbraba a abrir para que la brisa se filtrara y le ayudara a dormir más cómodamente. No tardó en quedarse dormida, y aquella noche, como casi todas las noches desde su infancia, soñó con el extraño personaje. En el sueño, una gota caía en un charco que empezaba a ondularse con un fulgor mágico. En medio de las ondas, un ser alto y estilizado, con los ojos sin pupilas, el pelo largo y unas orejas puntiagudas, con su ropa majestuosa y una cara esculpida en belleza, aparecía como si levitase por encima de la superficie acuática. El personaje extendía su mano y Sara sentía como se aproximaba a ella. Su expresión calmada de pronto se volvía dura y empezaba a gritar pero ella no escuchaba nada, sólo le veía mover los labios en una mudez desesperante. Entonces él empezaba a zarandearle y a mover los labios pero, en aquella ocasión, Sara podía leer en aquel movimiento su propio nombre. Aquella noche, sin embargo, algo cambiaba en el sueño que había repetido durante años, la voz del extraño hombre se volvió sonora y sentía como exclamaba su nombre. “¡Sara!” Escuchaba, y volvía a repetirse una y otra vez.
    —¡Sara, despierta, corres peligro!
    La joven despertó en el piso, y vio la cara del hombre de sus sueños justo delante de ella de pie junto a la cama. Saltó de un respingo y se quedó sentada con la espalda apoyada en el cabecero de la cama, se tapaba instintivamente con la sábana, como si temiera que el intruso viera su torso a pesar de estar cubierto por una camiseta. Respiraba con agitación al ver a aquel ser allí. ¿Cómo era posible?
    —¿Qui-quién eres? ¿Qué quieres?
    —No hay tiempo, Sara, tienes que venir conmigo.
    —¿¡Quién eres!?
    Él suspiró, y al entender que no conseguiría sacarla de allí, decidió ceder:
    —Mi nombre es Ernir, soy el príncipe de los elfos.
    —¿De qué manicomio te has escapado? ¿Cómo has entrado aquí? Ahora me dirás que te has teletransportado…
    —En realidad, he subido por la escalera de incendios — dijo Ernir señalando a la ventana —, es peligroso dormir con la ventana abierta. Podría colarse algún psicópata.
    Sara miró al teléfono móvil que descansaba en la mesilla de noche.
    —Vamos, Sara, si fuera un asesino, no te dejaría llamar a la policía delante de mi. No hay tiempo para esto, sabes que es cierto, llevas soñando conmigo desde que tienes uso de razón, e incluso antes de tenerla ya lo hacías, sólo que no lo recuerdas.
    Sara sabía que aquello era cierto. Pero no entendía lo que ocurría. ¿Cómo iba a creer que estaba hablando con un príncipe élfico en su piso de Nueva York? Aunque no conocía a mucha gente cuyos ojos fueran totalmente azules, o sus orejas parecieran puntas de flecha. Y aquel pelo, incluso aquel pelo era sobrehumano.
    —¿Qué quieres de mi?
    —Protegerte, y llevar el universo a la fuente de la luz.
    —¿El universo?
    —El universo que se esconde en tus lágrimas. Por favor, si quieres que te lo explique, si quieres que tu amiga no sufra, ven conmigo.
    Ernir extendió su mano y Sara la miró. No sabía qué hacer. Por algún motivo creía al intruso, pero ¿ir con él? No era tan fácil.
    —Dime ¿por qué debería de sufrir Shantal?
    —Ketleir.
    —¿Qué es Ketleir?
    —Ketleir es… era mi amigo. Pero pronto la oscuridad le dominó, y… Sara, te explicaré todo, pero esto es urgente. Tenemos que irnos, ahora.
    Sara no pensaba aceptar sin que le diera explicaciones, pero pensó en Shantal, y en que la amenaza parecía real. No sabía cuánto había de cierto en todo aquello, pero por lo que estaba viendo, un elfo oscuro se dirigía hacia allí, y su amiga corría peligro.
    —De acuerdo… pero prométeme que Shantal no correrá peligro.
    —Puedes estar tranquila — dijo Ernir aliviado porque la humana aceptara —, Ketleir nos seguirá a nosotros. Quiere impedir que el universo llegue a la fuente de la luz. Tú y yo correremos peligro, tu amiga estará a salvo, y te prometo por mi honor, que tú también lo estarás.

    Los sentimientos de los elfos desprendían un olor peculiar, o quizá sería más correcto decir que el cuerpo de los elfos desprende olores en cada uno de sus sentimientos. Olores imperceptibles para los humanos pero que, el elfo oscuro que había llegado a la ciudad, percibía en el aire neoyorquino. Sus ojos negros desprovistos de pupila empezaron a brillar con una excitación sádica, su sonrisa pérfida mostraba unos colmillos afilados amenazadoramente. Su piel tomaba un color canela y parecía estar cubierta de cicatrices. La cara afilada, llena de esas grietas protuberantes, era tan hermosa como la del príncipe, y aquella maldad le otorgaba un atractivo frío y arrebatador. Su pelo blanco reluciente brillaba bajo la luz de la luna llena. Ketleir abrió las fosas nasales de su afilada nariz que apuntaba hacia el cielo y, aspirando profundamente, pudo notar el contraste de olores de la ciudad y de aquel callejón en el que se encontraba. Su concentración le permitió ignorar el olor a orina y el de la polución reinante y, en cambio, volcó su sentido en el olor dulce y afrutado del amor.
    Ketleir siguió el halo de perfume que se elevaba cruzando las finas columnas de vapor que manaban de las alcantarillas. Al elfo le pareció absurdo que alguien con su clase y de la clase de Ernir, seres divinos, ¡dioses entre mortales! Tuvieran que andar por aquellas sucias y bárbaras tierras. Ketleir miró hacia una ventana en la que se proyectaban leves sombras en movimiento. Eran dos figuras, pudo ignorar una de ellas, pero la otra, podría haberla reconocido incluso con los ojos cerrados. Aquella silueta alargada sin duda era la de su antiguo amigo. El elfo oscuro empezó a susurrar unas palabras en su idioma natal mientras miraba al suelo y, bajo sus pies, empezó a girar el aire en un pequeño torbellino que le comenzó a alzar de forma mágica.
    Ernir notó como el viento cambiaba de dirección y la energía de Ketleir se alzaba a tan pocos metros de distancia que le resultaría difícil escapar. Le extendió la mano a Sara que percibió la angustia y algo parecido al terror en el rostro del intruso y supo que debía dejar sus dudas aparcadas. Tomó la mano del elfo y le sorprendió la frialdad del tacto; la piel de Ernir parecía un témpano de hielo. Sintió el impulso de apartarla por la sorpresa, pero se contuvo. El ser le sonrió al entender que se había controlado para no perder un tiempo valioso.
    —Está aquí. Ahora debes hacerme caso.
    Sara asintió a pesar de que no tenía ni idea de lo que significaba aceptar aquella condición.
    —¿Tienes miedo a las alturas, Sara?
    —No…
    —Es un alivio…
    —Y eso, ¿por qué?
    Cuando Sara hizo aquella pregunta, la cabeza de Ketleir había llegado a la altura de la ventana. Parecía como si el elfo hubiera ascendido en un elevador invisible. Ernir miró a su enemigo y luego miró a su amor que tenía los ojos abiertos como platos. Entonces la humana notó algo extraño en la habitación, el aire se movía, o quizá era ella, no podía asegurarlo. Pero vio como el pelo de Ernir y el suyo propio empezaban a flotar y a moverse enérgicamente y, después, con un fuerte tirón que el elfo hizo de su mano, la arrastró hacia la ventana y ambos saltaron a una velocidad tal, que Sara casi no pudo ver como Ernir golpeaba a Ketleir con su puño y lo lanzaba con violencia a un contenedor de basura que había en el callejón. Sara y su compañero alzaron el vuelo surcando el cielo de Nueva York. Sino hubiera sido por la estupefacción de la humana, y su terror al hecho de que volaba cogida de la mano de un extraño hombre; podría haberse maravillado con la belleza de aquel paisaje. Nueva York se encontraba iluminada con aquel contraste de edificios negros y puntos luminosos de amarillos y naranjas. El agua que rodeaba a la ciudad se teñía de pequeños fulgores reflejados. La luna llena era enorme, la más grande que Sara hubiera visto jamás.
    —¿¡Estás bien!?
    El fuerte torrente de aire que golpeaba contra ellos al desplazarse les obligaba a alzar la voz. Y los ojos de la mujer se mantenían cerrados por la fuerza del viento.
    —¡No puedo abrir los ojos!
    —¡Tranquila cielo, enseguida desciendo! ¿¡Estás bien!?
    —¡Sí, pero no vuelvas a llamarme “cielo”, me llamo Sara!
    Ernir sonrió ante aquel comentario. Incluso en una situación como aquella, seguía manteniendo su carácter intacto. No tenía miedo y, si lo tenía, no lo mostraba. Acababa de ver un elfo oscuro y había sido arrastrada por una ventana. Volaba a varios metros de altura, a pesar de que no podía verlo por su falta de costumbre a aquella velocidad, pero aún así, se mostraba imperturbable.
    —¡¡¡Eeeeernir!!! — la voz grave, como de ultratumba fue lo único que alteró a la chica, intentó ver que ocurría pero sus párpados seguían pegados por el viento. A pesar de aquella incapacidad, entendió que se trataba del ser maligno que había visto hacía poco —, ¡¡¡Eeeeernir!!!
    El príncipe elfo atrajo a Sara hacia él, rodeando su cintura con su cuerpo y la mujer notó el fuerte torso de Ernir. Lo abrazó, pues entendió que aquella era la mejor forma de estar a salvo. Le resultó curioso sentir que, a pesar del tacto frío de su piel, Ernir emitía una calidez extrema. En el refugio del torso del elfo, Sara pudo abrir los ojos y ver que estaban paralelos al suelo y que a los pies de Ernir, a una distancia cada vez menor, Ketleir volaba con los brazos pegados a sus costados.
    —¡¡¡No pienso permitir que lleves el universo a la fuente!!! ¡¡¡Te mataré a ti y a esa furcia humana, si es necesario!!!
Sara sintió deseos de golpear a aquel ser nauseabundo. ¿Quién era él para insultarla? Pero entendió que aquella batalla se le escapaba de las manos.
    —¿¡No vas a parar, Ernir!? ¿¡No vas a entregarme a la mortal!? ¡¡De acuerdo, entonces tendré que deteneros yo mismo!!
    Ketleir flexionó el brazo y abrió levemente el puño encorvando los dedos en una garra. Sara vio, o le pareció ver, como en la palma de su mano, atrapada entre sus dedos, se acumulaba una pequeña bola de energía. Entonces, el elfo oscuro extendió el brazo bruscamente en dirección a ellos y la bola salió disparada con furia. Sara gritó a Ernir para que tuviera cuidado, pero el príncipe ya había esperado aquel ataque. Torció el cuerpo para girar a la derecha y la bola de energía pasó rozándoles. Entonces, Sara vio en su mente una imagen suya sujetándose con más fuerza a Ernir y, sin saber por qué, imitó a su imagen mental. Ernir hizo que Sara se situara a su espalda y ésta rodeó el pecho del elfo con sus brazos mientras sus piernas se convertían en un cinturón al rededor de las caderas del príncipe mágico. Entonces Ernir se detuvo en seco extendiendo sus brazos y se quedó parado en el aire. Sus manos empezaron a verse rodeadas por pequeños tornados y todo fue tan rápido que a Ketleir no le dio tiempo a reaccionar. Ernir lanzó contra su enemigo varios torrentes de aire, apuntándole con la mano derecha, las fuertes corrientes impactaron en él y lo desestabilizó. Entonces Ernir juntó las manos y Sara, por encima de los hombros del elfo, pudo ver como un fuerte tornado horizontal surcaba el espacio entre ellos y Ketleir.
    El elfo oscuro fue arrastrado por la corriente giratoria y Ernir aprovechó para retomar la marcha con más velocidad aprovechando el despiste de su enemigo. Sara volvió a cerrar los ojos víctima de la rapidez del vuelo, pero notó como descendían por la presión que se agolpaba en su frente. La sangre se acumulaba en su cabeza por la posición en la que se encontraba. Sintió como se mareaba, sus ojos le ardían y le latían las sienes, cada vez notaba el mundo más lejos, los sonidos llegaban a ella de forma casi onírica. Tenía miedo de desmayarse pero no podía hacer mucho por evitarlo.
    Con un último esfuerzo, Sara consiguió abrir los ojos y sintió un profundo terror al ver como se acercaban al suelo peligrosamente. Quiso gritar, quiso soltarse de aquel majadero que no hacía más que ponerla en peligro. Miró la cara de Ernir y su expresión era pétrea. Entonces, entendió que aquel era el fin, se resignó pues, a diferencia del elfo, ella no podía volar, y no podía salvarse. Cerró los ojos con fuerza, como si intentase amortiguar el golpe, pero aquel golpe nunca llegó. Sara volvió a abrir los ojos y vio como atravesaba el suelo, era extraño, difícil de explicar, simplemente veía el asfalto por dentro, como si estuviera en él, ¡como si fuera parte de él! Más tarde pudo ver la tierra de la misma forma, y llegaron a las cloacas, cuyas paredes también atravesaron. Sus ojos se cerraron de nuevo, pero esta vez, fue la desconexión de su consciencia la que le obligó a hacerlo.
    Sara no pudo ver cómo, con su forma gaseosa, fueron más allá de los túneles del metro, y cómo, en lo más profundo de la tierra, allá donde los mitos hablan de un núcleo ardiendo, se encontraba el lugar más extraño que nadie hubiera visto jamás. El verdadero núcleo de la tierra, un submundo reducido, un pequeño planeta dentro del planeta. Un desierto de piedra en el que no se sentía ni calor ni frío. Ernir posó con suavidad a Sara en la tierra que había frente a un profundo cráter y la miró con dulzura. Era hermosa y por fin estaban a punto de cumplir la profecía, el universo de sus lágrimas volvería a la fuente de la vida.
    Cuando los ojos grandes de Sara se abrieron, lo primero que vieron fue el rostro de Ernir delante de ella. Sus ojos zafiro mostraban preocupación en su extraña frialdad expresiva. Sara sintió como su corazón latía con más fuerza. ¿Quién era aquel ser? ¿Por qué le hacía sentir aquellas cosas tan intensas? Llevaba toda su vida soñando con él y por alguna extraña razón ahora estaban juntos. ¿Estaría soñando? Lo dudaba y no tenía claro si prefería que aquella fuera una fantasía onírica o la maravillosa realidad.
    —¿Estás bien, mi amor?
    —Sara…
    —Perdona, no puedo evitarlo. Estamos conectados desde hace años, desde tu nacimiento. Mis labios tocaron tu frente, mi voz acarició tu oído y me instalé en tus pensamientos. Llevo tanto tiempo esperando a que el universo despertara dentro de ti… entiende que me cueste controlar las emociones.
    Sara quedó pensando en aquellas palabras. Su intención era responderle de alguna forma brusca, pero recapacitó; la voz del elfo estaba llena de calidez, de dulzura. La amaba como nadie la había amado jamás.
    —Ernir… ¿a qué te refieres con que llevas mucho tiempo esperando a que el universo despierte dentro de mi?
    —Te prometí que te lo contaría todo — suspiró Ernir para buscar la mejor forma de contárselo —, mi mundo se muere. Los elfos estamos en peligro de extinción porque la fuente de la vida se ha secado. Sin la fuente de la vida, Sertmir, mi pueblo, empezará a marchitarse y todos los que vivimos allí, moriremos.
    —¿Por qué no os marcháis a otro sitio?
    —Los elfos sólo podemos sobrevivir en las tierras bañadas por la fuente de la vida, y Sertmir es el último lugar bañado por la fuente.
    —Y ¿por qué Ketleir quiere impedirlo? También es elfo…
    —Es un elfo oscuro. Su corazón corrupto, su magia negra, hacen que pueda sobrevivir. No necesita la fuente de la vida, pues renunció a su vida y a su alma.
    —¿Y los demás? ¿Por qué no os hacéis oscuros?
    —Sara, muchos de nosotros (por suerte, la mayoría) preferimos morir con pureza que vivir con oscuridad.
    —¿Pero qué tengo que ver con eso? Yo no soy elfa…
    —La profecía dicta que la vida volverá a fluir de las lágrimas de aquella ajena a todo. Y que mi corazón pertenecerá a aquella que vuelva a hacer girar el universo. Hace treinta años nació la salvadora, tus lágrimas contienen el universo entero. Tus ojos… tus hermosos ojos, no sólo sirven para que mi aliento se detenga, sirve para que todo lo demás se reanude.
    Sara se sonrojó. No estaba acostumbrada a que nadie le dijera aquellas cosas. Ernir hablaba con un tono noble pero cercano. Era un príncipe, elegante y refinado, pero a la vez no se elevaba moralmente por encima de ella. Eran iguales a pesar de sus diferencias.
    —Sé — empezó el elfo —, que no puedes amar a un elfo, que hasta hace poco no sabías que existíamos. Pensabas que éramos mitos. No te culpo, y no me importa, mi amor me hace feliz y si tengo que vivir eternamente con este amor no correspondido… será la inmortalidad más deliciosa de la historia.
    —Ya te amo…
    —¿Cómo dices?
    —Bueno, llevo toda mi vida soñando contigo. Tu rostro, tus ojos. La sensación que tenía en esos sueños era maravillosa. Te tenía presente mientras comía y mientras trabajaba. Cuando me mudé a Nueva York, temía dejar de soñar contigo, como si el cambio de aires fuera a hacer interferencias en esos sueños llenos de pasión contenida. De alguna forma, me enamoré de ti y durante años hemos mantenido una relación en un mundo paralelo que sólo tenía lugar por la noche. Me enamoré de un sueño que ha resultado ser una realidad. Es extraño, y tengo que asimilarlo, pero llevo deseando que fueras de verdad desde que tengo uso de razón.
    Ernir se acercó a Sara y acarició con el reverso de su mano la mejilla de la chica de una forma tan suave que ella sintió como el vello se le erizaba. El elfo posó la mano en la mejilla de su amada y sin prisas, disfrutando de cada segundo y cada centímetro, se acercó poco a poco hasta que los labios de ambos se unieron en un beso mágico. Sara notó el tacto frío de la boca de Ernir, pero incluso en aquella frialdad, encontró un sentimiento lleno de matices. Sus ojos se cerraron y deseó que aquel beso durara eternamente. Los labios se acariciaban, y las lenguas se abrazaban felices por conocerse.
    —Espero no interrumpir…
    Los enamorados dejaron de besarse y dirigieron sus miradas hasta el punto donde había sonado la voz. Allí una columna de bruma azul eléctrica se acumulaba y empezaba a solidificarse componiendo una figura. Poco a poco, los brazos, las piernas y aquella cabeza con orejas puntiagudas de Ketleir se formaron. Sara no había visto aquel fenómeno todavía, y, a pesar de que pensaba que ya nada podría sorprenderla, aquello era una excepción. No podía creerse que los elfos pudieran convertirse en humo, que pudieran viajar arrastrados por el viento.
    —¿Pensabas que ibas a poder despistarme, Ernir? Esperaba mataros antes de que llegáseis aquí, pero me contentaré con hacerlo ahora.
    —¡Ketleir, déjame salvar nuestra tierra!
    —¿Nuestra tierra? Ese agujero lleno de cobardes no es mi tierra. Soy un nómada de los mundos mágicos. ¿¡Que te permita salvarlo!? ¿Y qué hacen los elfos en Sertmir mientras tú estás en este sucio mundo de mortales? ¡Que se salven ellos! ¿No te das cuenta? Únete a mi y conquistaremos los siete mundos.
    —Sabes que eso no ocurrirá jamás.
    —Lo sé — dijo Ketleir extendiendo el brazo. La mano del elfo oscuro empezó a brillar y la magia élfica hizo que en la palma de la mano estallara un fulgor de luz que se convirtió en una espectacular espada cuya hoja era recta, rectangular, sin punta y de aleación élfica de color negro –… pero no cambia nada, con tu ayuda o sin ella, invadiré Sertmir y corromperé los espíritus de todos tus amados elfos. Mi ejército arrasará el mundo, y recordará a la horda de orcos que atacó la tierra media.
    Ernir imitó a Ketleir extendiendo su brazo y, al igual que su enemigo, hizo que en la palma de su mano apareciera una espada. El arma de Ernir brillaba con belleza, era elegante y de un color plateado que parecía un espejo. A simple vista parecía que aquella espada no pudiera rivalizar con la brutalidad del arma del elfo oscuro.
    —No quiero matarte Ketleir, por la amistad que nos ha unido durante tantos años. Pero si amenazas a mi pueblo, acabaré con tu miserable vida corrupta.
    Ketleir no respondió, y se lanzó al combate blandiendo la espada. Sara se sorprendió con la velocidad del elfo oscuro. Ernir alzó su espada poniéndola en horizontal para detener la acometida de su rival. El sonido de las hojas al chocar resonó en aquel lugar con un eco estremecedor. Ketleir lanzó una serie de estocadas contra Ernir que detenía todas sin esfuerzo. La pose del elfo oscuro dejaba clara su naturaleza brusca y bárbara, mientras el príncipe se mantenía recto y no perdía su elegancia en ningún momento. De pronto, Ernir cambió el ritmo de aquel ataque y tras esquivar una brutal descarga de Ketleir, golpeó con la empuñadura el rostro del elfo oscuro. La mijilla de Ketleir empezó a sangrar con in icor azulado.
    —Siempre has sido demasiado impetuoso, Ketleir. Luchas como un salvaje, y como un salvaje piensas que la fuerza es tu mejor aliada.
    —¡No me des lecciones!
    Ketleir atacó de nuevo a Ernir que le esquivó y le golpeó el vientre con la rodilla. El elfo oscuro quedó de rodillas en el suelo tosiendo e intentando respirar. El golpe del príncipe había sido violento y el aire se le escapó por completo de los pulmones.
    —No te doy lecciones, Ketleir. Ya no… te he dado muchas oportunidades. Te he permitido volver a ver la luz demasiadas veces, y todas ellas me has rechazado. Has amenazado a mi pueblo y lo peor de todo, has amenazado a la mujer que amo.
    Ernir posó la hoja de su espada en el cuello de Ketleir. Éste miró a la humana que contemplaba la escena horrorizada.
    —¿Vas a matarme con tu humana mirando? ¿Vas a ser un asesino a ojos de tu amada mortal?
    Ernir miró a Sara con ojos aterrados. Tenía razón, si mataba a Ketleir delante de ella sería un asesino. No podía permitirse ese lujo, no podía perder el respeto de Sara. Sus ojos lo miraban y Ernir se preguntó qué estaría pensando.
    —¡Te vas a convertir en un asesino delante de tu amada!
    Ernir apartó la espada y Ketleir se levantó de un salto y golpeó brutalmente el rostro del príncipe con un puñetazo que le lanzó al suelo. Del labio de Ernir empezó a manar un hilo de sangre roja.
    —¡Heroes! ¿Por qué sois tan predecibles? Deberías haberme matado, porque ahora, tu querida humana va a sufrir las consecuencias de tu decisión.
    Entonces, Ketleir se volvió bruma, se mantuvo suspendido en el aire y ante el rostro aterrado de Ernir, se lanzó en dirección a la humana. Sara abrió la boca asustada y el humo élfico aprovechó para introducirse dentro de ella. El cuerpo de la mortal empezó a brillar y sus ojos se volvieron negros perdiendo el marrón verdoso de sus pupilas.
    La mujer se levantó y empezó a andar de una forma masculina y tosca. Sonreía con frialdad y su rostro lleno de dulzura había mutado a una crueldad aterradora. Las palabras de Ketleir salieron de los labios y la voz de Sara:
    —¿Ves, Ernir? Tendrías que haberme matado.
    Cuando estuvo cerca del elfo, le dio un punta pie en la barbilla. Al hacerlo, Ketleir sintió una punzada de dolor en la cabeza y tuvo que llevarse las manos a las sienes. Se sacudió para librarse del dolor.
    —Pobre, pobre Ernir… apalizado por el amor de su vida — Ketleir hizo que el cuerpo de Sara se agachase y recogiera la espada negra —. Tranquilo, esta tortura acabará pronto.
    Alzó el arma por encima de su cabeza. Ernir cerró los ojos. No podía atacar a Ketleir mientras estuviera dentro del cuerpo de Sara. Prefería morir que atacar a aquella imagen. Había fracasado, su misión había fracasado. Se disculpó con todo su pueblo y con Sara, por haberla metido en aquello. Ketleir le mataría a él, y luego mataría a su amada Sara.
    Aquel pensamiento, la imagen del elfo oscuro arrebatándole la vida a Sara, hizo que su corazón se desquebrajara. Ketleir descargó la espada contra la cabeza de Ernir, pero se detuvo a pocos centímetros. El príncipe elfo alzó la mirada y vio el filo de la hoja negra a escasos centímetros de su rostro. La espada temblaba y el rostro de Sara estaba rojo del esfuerzo que Ketleir estaba ejerciendo para bajar el arma. Las sienes de la mujer estaban ocupadas por venas latentes y el tabique de su diminuta nariz se arrugaba por la fuerza que su cuerpo estaba haciendo.
    —¿Qué… ocurre? No… puedo.
    “¡NO LE MATARÁS!” — la voz de Sara sonó con un eco suave – “¡NO LO PERMITIRÉ!
    —¿Cómo… lo has… hecho?
    “¡NO MATARÁS A ERNIR!
    Ernir miraba la escena asombrado. Sara había sido capaz de mantener su voluntad. Había resistido la posesión. Ketleir había ocupado su cuerpo, pero no había podido ocupar su consciencia.
    La espada seguía temblando por el esfuerzo evidente que estaba haciendo Ketleir por tocar a Ernir con la hoja afilada del arma negra. El príncipe elfo se levantó tranquilamente y la mirada de Ketleir a través de los ojos de Sara le seguían.
    —Me das pena, Ketleir. Acostumbras a juzgar a todo el mundo. “Los cobardes de nuestra raza” y “los sucios mortales” ¿Sabes lo mejor de todo? Que siempre te equivocas.
    Ernir le quitó el arma de las manos ayudado por la consciencia de Sara que aflojó sus dedos. Cuando se hizo con ella la tiró al suelo oyendo el ruido metálico al impactar en la superficie pétrea. Sara empezó a reír, pero aquella risa pérfida no correspondía a la dulce voz de la mujer.
    —¿En serio crees que necesito un arma? ¡Soy Ketleir, rey de los elfos oscuros! Y juro por mi honor que te destruiré, de una u otra forma.
Sara empezó a brillar de una forma amenazadora. Su cuerpo emitía un fulgor blanquinoso.
    —¡Despídete de tu amada!
    “¡ERNIR, QUEMA!
    Y de pronto un fuerte estallido invadió el lugar y lanzó por los aires al príncipe elfo que dio de bruces contra el suelo después de salir despedido a más de seis metros. Perdió la consciencia unos instantes y, cuando la recobró, abrió los ojos de golpe y sólo pudo pensar en Sara. Le daba igual todo lo demás, sólo le importaba lo que le habría ocurrido a Sara. Su corazón sintió una angustia ensordecedora que le obstruía la garganta. Se levantó a toda prisa y empezó a mirar a su alrededor con la cara desencajada. Allá donde mirara veía el desierto subterráneo.
    Los potentes oídos de Ernir percibieron un leve sonido, un susurro débil. “Ernir…” era la voz de Sara. El elfo empezó a correr en la dirección correcta y vio que la voz de su amada provenía del profundo cráter. Ernir quedó en el borde del profundo agujero y pudo ver a Sara tumbada boca arriba en el centro. Bajó corriendo con el pecho desbocado y se deslizó sobre sus rodillas para quedar junto a su amada. Tenía el rostro lleno de heridas que sangraban profusamente. La ropa de la humana estaba completamente ensangrentada.
    —Ernir…
    —Mi amor…
    Sara tosió y su rostro se contorsionó en una mueca de dolor.
    —Lo siento mucho Sara. No debería haberte traído, nunca debería haber venido a ti.
    —Habríais muerto…
    —Prefiero mi muerte a la tuya.
    A Sara le costaba respirar y hablaba con dificultad.
    —Si no hubieras venido… no te habría conocido.
    —Quizá eso no habría sido tan horrible. Habrías vivido, habrías encontrado el amor y tu vida estaría a salvo.
    —Ernir… he podido encontrar el amor en multitud de ocasiones — hizo una pausa para toser —… pero recordaba un sueño… un amor real y a la vez ficticio… tú presencia, aún en sueños, hacía que todos los demás hombres quedaran eclipsados — sus ojos empezaron a humedecerse —. Y mi vida nunca habría estado a salvo sin conocer la sensación de encontrarte. Gracias por venir, príncipe Ernir…
    A Ernir se le saltaron las lágrimas y cayeron en la mejilla de su amada que se había empezado a bañar con lágrimas propias. El líquido de ambos se unieron y empezaron a caer al suelo. Cuando las lágrimas de los dos hicieron contacto con la tierra, ésta empezó a temblar. Ernir miró a un lado y a otro y no comprendió que pasaba, volvió a mirar a Sara cuyos ojos se habían cerrado y su respiración detenido. Ernir estalló en un llanto desconsolado y se abrazó a su querida Sara. No podía aceptar ni creer que se hubiera marchado. A pesar de lo que le había dicho la humana, seguía sintiéndose culpable por lo que le había ocurrido.
    El temblor se hizo más intenso y de repente, el suelo estalló liberando una serie de columnas de agua al rededor de los enamorados. El agua empezó a caer en una lluvia agradable y Ernir levantó a Sara del suelo. El cráter empezó a llenarse ante el asombro del príncipe. No tardó el agua en cubrirle hasta la cintura y dejó a Sara flotando en la superficie mientras él la acompañaba ascendiendo poco a poco con el nivel del agua hasta que el cráter se hubo llenado por completo.
    —Lo has conseguido mi amor.
    Ernir sintió profundamente que Sara no viviera para ver cumplida aquella misión. El desierto subterráneo empezó a brillar y del suelo agrietado por el calor comenzó a brotar la hierba. El lugar se bañó de verde y luz. Los árboles crecieron gracias a la magia, y poco a poco, aquel núcleo desprovisto de vida, se volvió un edén subterráneo.
    —Es hermoso…
    El cuerpo de Sara se iluminó y empezó a perder su consistencia hasta que desapareció en un brillo contenido pero cegador. Y en el aire, justo encima del elfo, un punto de luz apareció agrandándose hasta crear una circunferencia del tamaño de una naranja. Pronto, la figura de Sara apareció en una imagen etérea. Su cuerpo desnudo no se diferenciaba, se ocultaba bajo el brillo.
    “Ernir, no te sientas mal…
    —No entiendo nada.
    “Yo ahora lo entiendo todo. Ahora que no soy de ningún sitio, siento la sabiduría de todas partes. El universo no se encontraba en mis lágrimas, si no en las lágrimas de ambos, en nuestro amor. La fuente de la vida se ha llenado y yo viviré en ella para toda la eternidad.
    —No quiero que nuestro amor perdure así.
    “El amor no es físico Ernir, aunque no podamos tocarnos, nuestro amor viajará con nosotros allá dónde vayamos. Prométeme una cosa: vive la vida por mi.
    —Te lo juro mi amor.
    Acto seguido, Sara desapareció como si jamás hubiera existido. Ernir escuchó una tos grave y entrecortada cerca de allí. Salió del agua y se aproximó al lugar del que provino el ruido. Sobre la hierba, Ketleir sangraba abundantemente y se debatía entre la vida y la muerte. Su rostro lleno de cecatrices estaba cubierto de la sangre azulada característica de los elfos oscuros.
    —Sigues vivo…
    —No… no por mucho tiempo.
    —Incluso ahora, no te deseo la muerte.
    —Sigues… sigues siendo débil Ernir… no deberías… no deberías perdonarme la vida.
    —No te equivoques, Ketleir. Lo que has hecho es imperdonable. Has atentado contra nuestra raza, y has matado a la mujer que amaba. No te deseo la muerte, pero tampoco pienso ayudar a que vivas. Cada uno se labra su destino, y el tuyo es abandonar el mundo. Mira a tu al rededor viejo amigo — Ernir sonrió con tristeza —. Te has empeñado en corromper a nuestra raza y has olvidado por qué somos seres puros. Este lugar, su belleza y la belleza de las razas de los siete mundos. Despreciabas a los humanos, y ha sido una humana la que te ha vencido. Te compadezco Ketleir, crees que eres el rey de los elfos oscuros, pero ser el rey de una raza inexistente es como no ser nada. Muere con ese convencimiento, el convencimiento de no ser nada.
    Ernir le dio la espalda y empezó a alejarse.
    —¿¡Y tú qué eres, Ernir!? ¿¡El príncipe de los elfos!?
    —No… yo simplemente soy libre. ¿Y tú? ¿Lo eres?

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