7. La belleza de un mundo.

Nada hay bajo el sol, que no tenga solución.
Nunca una noche venció a un amanecer.

Warcry

    Hay gente que teme la muerte. Yo pienso que no se debe temer lo inevitable. No, a mi siempre me ha dado miedo no vivir plenamente. No sé si mi historia le podrá interesar a alguien; si me leerán miles de personas, o tan sólo dos; pero sea como fuere, me apetece contarla.
    Nací un 3 de marzo de 1956, y mi vida parecía alejarse de la normalidad. Mi corazón no se había formado por completo, y no bombeaba suficiente sangre. Mi esperanza de vida no superaba los dieciséis años, o al menos eso les dijeron los médicos a mis padres. Por supuesto, yo no me enteré de esto hasta que mis padres consideraron que era lo suficiente mayor para aceptarlo.
    A los nueve años me llevaron al parque, como tantas otras veces, y como tantas veces jugué a pelota con mis amigos. También, como tantas otras veces, mi aliento se agitaba y mi corazón comenzaba a galopar. Era algo normal, o yo pensaba que lo era, que le pasaba a todo el mundo. Sólo una cosa fue distinta aquel día, mi empeño en seguir jugando a pesar del agotamiento. De pronto, sentí como una flecha invisible me atravesara el pecho y todo mi campo de visión empezó a ensombrecerse.
    Desde la oscuridad de mis ojos cerrados escuchaba la voz de un médico hablar con mis padres. No podía abrir los párpados, no lo conseguía, y las voces llegaban a mis oídos de una forma apagada y lejana. Supe que era un médico porque no entendía nada de lo que estaba diciendo, pero no debían ser buenas noticias ya que mi madre lloraba desconsolada. Me dio rabia no poder abrazarla, pero a la vez, estaba agusto en aquel limbo extraño. Al principio no entendí lo que el médico decía, y tardé bastante en comprender qué era eso que él llamaba “coma”.
    Desde aquel estado lo escuchaba todo, tenía una compañera de habitación de diez años, si mal no recuerdo. Estaba ingresada por un simple catarro, eso era lo que sus padres le decían. Lo bueno, o lo malo de no poder despertar, de estar en coma, es que los adultos no disimulan en tu presencia, se expresan con sinceridad. Una de las veces que mi compañera abandonó el cuarto, seguramente para algún análisis, mis padres hablaron con los de ella. Eran buenas personas, creyentes, siempre usaban expresiones del tipo: “si Dios quiere” o “con la ayuda de Dios”. No entendía muy bien como podían limitarse a esperar la ayuda de un poder divino, pero no era nadie para juzgarles, además no podría haber opinado aunque quisiera. Los padres de la niña dijeron que los médicos habían descubierto que Elia, así se llamaba mi compañera, no producía unas células que, sinceramente, no recuerdo para que servían, aunque por lo visto, eran realmente importantes.
    Es duro escuchar las conversaciones de los adultos, llenas de verdad y sufrimiento. Es curioso lo mucho que aprendí en aquel estado. Mi madre me leía los libros de texto del colegio, esto me hacía gracia, porque de alguna forma, sin que ella lo supiera, o quizá con toda la intención, aquella buena mujer se convirtió en mi profesora particular. Mi madre parecía no sentir admiración por los cuentos infantiles, pues prefería leerme libros de historia. En aquella época, me resultaba increíble las atrocidades de un tal Hitler en Alemania, me apasionaba todo lo relacionado con aquel tirano, lo odiaba con todas mis fuerzas pero a la vez, sentía una admiración objetiva por su historia. Descubrí que a mi madre también le interesaba, me gustó tener algo en común con ella. Por otro lado me maravillaba la lucha de un buen hombre llamado Nelson Mandela. Sin duda, la historia era mi asignatura favorita.
    Mi padre, por otro lado, prefería leerme novelas, recuerdo que una vez me leyó la historia de El Quijote, y me prometió que cuando despertara me lo regalaría para leerlo cada diez años, asegurándome que cada vez que lo leyera descubriría algo nuevo. En aquel momento aquella promesa me pareció una amenaza, ya que, con nueve años, me aburrió excesivamente. No entendía la admiración con la que mi padre leía aquella historia. Tardó un mes en leerme la novela. Lo sé porque al día siguiente, 3 de marzo, cumplí diez años.
    No penséis que aquel día fue aburrido, mis padres me prepararon una fiesta, con regalos y una tarta que debía estar realmente buena, ya que por lo que escuché, no quedó ni un pedazo. Mi madre me regaló una biografía de Abraham Lincoln, ex-presidente de los Estados Unidos, estaba deseando que me lo leyera, si ella lo había escogido, seguro que era apasionante. Mi padre me regaló una radio, no tardé en sentirme enganchado a una radionovela que no consigo recordar, trataba sobre una huérfana que vivía mil y una desgracia. Era increíble como la hacían sufrir.
    Pero volviendo al día de mi cumpleaños, el mejor regalo, sin duda, fue el beso que Elia me dio en la frente. Fue un gran día, descubrí que la oscuridad no era tan horrible. La luz podía existir de formas muy distintas y a mi alrededor siempre había movimiento, lo cual hacía que mi mundo no estuviera en las sombras. Al principio sentí miedo, no sabía qué estaba pasando, por qué no podía abrir los ojos, por qué ante mí sólo estaban las imágenes que mi mente proyectaba en la oscuridad de mis párpados. Pero pronto entendí que aquello no tenía solución, o al menos no una solución inmediata, así que debía aprender a convivir con ello, disfrutar, sacarle el máximo partido a aquella situación. Las enseñanzas de mi madre eran una buena parte, y conocerla mejor a ella y a mi padre era la mejor. Crecer y madurar en un aula vacía, donde sólo escuchaba la voz aterciopelada de las dos personas que más quería, a salvo en mi propio interior, sin las amenazas externas, en parte fue una bendición.

    Es curioso cómo llegué a añorar cosas tan triviales como las lentejas de mi madre. Jamás me habían gustado, incluso recuerdo que en ocasiones mis padres me obligaban a comerlas y me impedían abandonar la mesa hasta haber rebañado el plato. Yo lloraba desconsolado porque el sabor de aquella comida me horrorizaba. Pero ahora en aquel momento, en aquel desesperante limbo, habría dado cualquier cosa por volver a saborear aquellas legumbres.
    Mis padres no solían poner la televisión de la habitación salvo excepciones muy claras. Acontecimientos importantes. No viví muchos pero recuerdo uno de los más decisivos en la historia del mundo. Corría el año setenta y cinco, lo que significaba que llevaba diez años en coma. España se paralizó y agolpó a los televisores esperando una noticia que para muchos sería motivo de júbilo y para otros una inmensa pena. Todo el país estaba pendiente de si Francisco Franco, al que llamaban “el generalísimo” — y del que mi madre me había hablado y leído multitud de artículos — fallecía.
    El 20 de noviembre, el presidente del gobierno, Arias Salgado comunicaba la muerte del dictador. Fue sensacional vivirlo en aquel estado. No recordaba la cara del dictador pero mi madre me lo había descrito como “un hombre desagradable, de voz chillona cuyas palabras y cuyo ego superaban su estatura.” Me divirtió mucho aquella descripción, y en mi mente se dibujó el hombrecillo que tantos dolores de cabeza habían provocado a mis padres.
    No tenía claro en qué me beneficiaba a mi la muerte de aquel hombre, pero sentí una inmensa alegría — aunque esté mal decirlo — al escuchar la voz de Salgado, entrecortada por las lágrimas. Mi padre decía que aquel “era el perrito amaestrado de ese maldito enano”. Las calles estallaron en una celebración general. Mi padre quería ir corriendo para unirse a la multitud, pero mi madre le frenó.
    —¿Dónde te crees que vas?
    —¡Hay que celebrarlo, mujer!
    —De eso nada, habrán demasiados salvajes ahí fuera, no todos saben celebrar las cosas con civismo, así que te quedas aquí con tu familia.
    Yo adoraba a mi madre, la quería con locura. Ella no era consciente de que por las noches la oía llorar. Decía sentirse en un barranco emocional — cosa que al principio no conseguí entender —. Pero aquella increíble mujer no se rindió nunca, jamás se dio por vencida. Y aquella muerte tan significativa, le daba fuerzas renovadas para seguir luchando. Es curioso como el fallecimiento de una persona, puede marcar el destino de todo un país. Franco había dejado este mundo y yo estaba en un punto intermedio, empapándome de aquel punto de inflexión, “¡el inicio de una nueva España!” dijo un celador de voz grave y perfume cargante.
    Los días siguientes, el hospital se vio sumido en una avalancha de pacientes. Las manifestaciones se volvieron violentas y los manifestantes recibieron la carga de compañeros y la de los Grises. Cuando no ves lo que ocurre, cuando sólo escuchas tu entorno, y ese entorno está acelerado, sientes una desesperación gigantesca. Una sensación de vértigo invadía mi pecho. Las enfermeras corrían de aquí para allá, hablando entre ellas. Se generaban grupos de mujeres que cuchicheaban sobre lo que ocurría en urgencias. Los hombres también se reunían, pero para mi fortuna no se molestaban en susurrar. Gracias a aquello escuché que el mayor miedo de los españoles era que aún con la muerte del dictador, las cosas siguieran igual. Que Franco hubiera dejado todo perfectamente ideado para que su dictadura perdurares de la mano de Arias Navarro.
    No me gustaba la política, pero por desgracia, no podía levantarme de la cama y salir de la habitación. Aunque en aquel momento, no habría encontrado ningún sitio donde librarme del tema más importante hasta el momento.

    El peor capítulo de mi vida tuvo lugar en abril de 1986. Llevaba diecinueve años en coma y estaba en casa. El hospital no podía mantener una cama ocupada para alguien que no sabían si despertaría. En lugar de eso, dispusieron de dos enfermeras que se turnaban para cuidar de mi.
    Ya había cumplido los treinta años. Viví un extraño romance con una de las enfermeras. Se llamaba Elda, cuando hacía el cambio de turno, su compañera Sofía le decía frases del tipo:
    —Despídete de tu príncipe azul, mañana le vuelves a ver.
    Elda siempre respondía lo mismo.
    —¡Calla Sofi, te va a escuchar!
    Sé que sentía vergüenza por su tono de voz. Cuando pasas tanto tiempo teniendo como única conexión con el exterior el oído, aprendes a apreciar ciertos matices.
    Elda era encantadora, y su voz, suave y melodiosa, siempre entonaba canciones que yo jamás había escuchado, pero que me encantaban. Disfrutaba mucho con su compañía, con su olor, con el sonido de sus pasos al entrar en mi habitación. Cuando aparecía, mi corazón se agitaba.
    El cinco de abril de aquel año, mi madre entró en la habitación mientras Elda me limpiaba — cosa que me daba mucha vergüenza — mi madre le pidió a mi enfermera que saliera del cuarto para dejarnos solos un segundo. Lo siguiente fue lo más duro que he escuchado nunca.
    —Hijo mío, no sé si me escuchas. Quiero creer que así es, siempre lo he querido creer. Si me escuchas, tengo algo importante que decirte.
Su voz se quebró y empezó a sollozar. Tardó unos segundos en seguir, unos segundos que se me hicieron eternos.
    —Tu padre ha sufrido un infarto.
    Aquellas séis palabras resonaron y martillearon mi cerebro. Mi padre había muerto, y mi madre estaba totalmente destrozada. Quería abrazarla, quería besarla y decirla que todo saldría bien. Quise llorar, lo necesitaba, y quizá lo hice, ¿quién sabe? Fue el momento en el que más detesté estar en coma, mi madre me necesitaba y yo no podía estar con ella. Ni si quiera podía hacerla saber que la había escuchado y que no estaba sola.

    El otoño de 1995 fue especial para mi. Había vivido hechos históricos desde la oscuridad de mi estado inconsciente. El golpe de estado quedó grabado en mi recuerdo como uno de los acontecimientos más extraños. Las voces de Tejero retransmitidas por televisión con aquella orden amenazadora que pasaría a formar parte de una de las frases más conocidas de España, se tatuó a fuego en mis pensamientos.
    La muerte de mi padre seguía en las mentes de mi madre y la mía. Sin duda aquel recuerdo nos acompañaría para siempre. El momento en que más me acordé de él, fue durante las olimpiadas de Barcelona, en 1992. Yo no lo vi, obviamente, pero tan sólo escucharlo me pareció magnífico. Mi madre lo vio, colocó una televisión en mi cuarto y sintonizó las olimpiadas para que yo las escuchara. Alegaba que si estuviera despierto, seguramente no me lo perdería.
    Recuerdo la emoción que sentí cuando Antonio Rebollo disparó la flecha encendida hacia el pebetero. El silencio sepulcral que precedió al éxtasis de la consecución de aquella proeza, se me antojó eterno. Quería gritar, decir: “¡¡Que alguien me diga que está pasando!!”. Fue realmente emocionante poder vivir aquello. Como no podía ver las competiciones, tendía a imaginarme realizando aquellas pruebas. Era consciente de mi edad, pero el último recuerdo que tenía de mi mismo era el de los nueve años, así que era la imagen con la que me veía compitiendo. Era extraño, y frustrante, pero a la vez, al imaginarme corriendo, saltando, nadando, luchando, y vitoreado por aquella multitud de personas, sentía como el rubor se acumulaba en mis mejillas.
    En aquel momento aprendí que me podía imaginar a mi mismo viviendo las situaciones que se representaban en sonidos a mi alrededor. Era consciente de que quizá tardaría en volver a ver la cara de otra persona, así que me imaginaba que era yo el que las vivía. Aquello no siempre era bueno, recuerdo la ansiedad que sentí cuando ETA atentó contra el Hipercor de Barcelona. Me imaginaba allí, entre aquella pobre gente y mi corazón se aceleraba. Las máquinas conectadas a mí empezaban a pitar, dejando claro que mi pulso estaba agitado. Las enfermeras se tuvieron que ocupar y mi madre pasó la noche en vela fruto de la combinación de aquella noticia tan catastrófica y mi crisis.
    Aquel otoño fue el más especial, como he dicho antes. Los vecinos tenían montado un buen folclore en la calle. Se celebraban las fiestas del barrio, y los petardos resonaban en el eco de aquellas callejuelas estrechas. A mi lado, escuchaba el leve tintineo de las agujas que usaba mi madre para hacer punto. Era un sonido agradable, o al menos a mi me relajaba. Mientras se enfrascaba en aquella labor, solía entonar alguna cancioncilla que había escuchado cuando era pequeña. Me gustaba que mi madre hiciera punto, porque se olvidaba de todo.
    La voz que siempre había escuchado lejana, empezó a acercarse, o quizá era yo el que se acercaba a la voz. Empecé a notar como mis párpados temblaban, y mis ojos se vieron azotados por la luz de la habitación, se me llenaron de lágrimas y durante unos instantes, aquella luz tan anhelada, pareció ser una tortura y, a la vez, me emocionaba el hecho de que después de treinta años en coma, volviera a estar consciente. Parpadeaba rápidamente para poder deshacerme de la acumulación de líquido. No podía mover el brazo, la falta de costumbre hacía que aquella labor fuera realmente complicada. Movía los dedos, y cuando pasado un momento mis ojos se acostumbraron a aquella nueva situación, giré la cabeza levemente y vi a mi madre. Su cabello tenía un color plateado, y su rostro era el vivo reflejo del sufrimiento. Me odié por ser partícipe de aquel dolor.
    —Lo siento…
    Mi madre dio un respingo al escuchar mi voz. Yo también me sorprendí, no esperaba que fuera tan grave, era la primera vez que escuchábamos aquel sonido.
    —¿Hijo?
    —Lo siento mamá, siento haberte hecho sufrir…
    Mi madre lanzó las agujas y el ovillo al suelo y se abalanzó sobre mi para abrazarme y besarme por toda la cara. Me costaba moverme pero me negué a desaprovechar aquel momento. Me esforcé, puse toda mi atención en los músculos de mis brazos y conseguí, con gran esfuerzo, rodear a mi madre. Fue, sin duda, la sensación más maravillosa de aquellos últimos treinta años, y quizá, por su trascendencia, la mejor de mi vida.
    —¿Me perdonas?
    —No tengo nada que perdonarte hijo, nada…
    —Lo escuchaba todo, gracias por los libros, gracias por no abandonarme nunca.
    Ambos lloramos sin reparos, y nos apretábamos el uno contra el otro, como si temiéramos que algo nos separase. Tras un larguísimo y encantador rato, le pedí a mi madre que me hiciera un favor. Intenté levantarme pero mis piernas estaban débiles.
    —¿Puedes traerme un espejo?
    Cuando lo hizo, apreté la parte de cristal contra mi pecho, y suspiré con miedo de ver mi rostro. Pero vencí al miedo y me miré. Tenía la cara afilada y el mentón firme con un pequeño hoyuelo en la barbilla. Mi cara estaba perfectamente afeitada.
    —Elda te afeitaba, se le daba mejor que a mi, me daba miedo cortarte.
    Sabía que Elda se encargaba de aquello, olía su perfume mientras la cuchilla pasaba suavemente por mi piel. Elda siempre me ha cuidado, incluso hoy, cuando ya llevamos más de diez años casados, ha cuidado de mi de una forma increíble. Esta es mi historia, viví treinta años de coma, y sin duda, lejos de ser una experiencia traumática, fue una gran oportunidad de ver la belleza de un mundo.

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