6. El caso Grimm.

El crimen hace iguales
a todos los contaminados por él.

Lucano

    Cuando el teléfono sonó en plena madrugada, el detective James Wilde supo de qué se trataba. No era la primera vez que llamaban a aquellas horas. No le costó demasiado espabilarse, llevaba un mes sin dormir demasiado. Justo el tiempo que hacía que aquel maldito caso había comenzado.
    Wilde colgó el teléfono sin inmutarse, ya esperaba recibir aquella noticia como si de una predicción se tratara. Se sentó en el borde de la cama de matrimonio, mirando el lado del colchón donde no hacía mucho dormía su pareja. La tensión de un caso tan horrible, había podido más que el amor que Marcus decía sentir hacia James. Éste intentaba no pensar en ello, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Recordaba, según avanzaba el caso, como había comenzado todo. Lo que parecía un hecho atroz pero aislado, acabó siendo la investigación más dura de sus diez años en el cuerpo.
    Hacía ya treinta días que recibieron un aviso anónimo. Alguien había encontrado el cuerpo sin vida de una cría en el bosque. El mero hecho de saber que una cría había sido asesinada, heló la sangre de todo el mundo. Cuando Wilde llegó al lugar y pasó el cordón policial atado a distintos árboles haciendo un cuadrado que envolvía a una docena de personas que exploraban el escenario, vio una pobre niña de unos diecisiete años. La habían encontrado tumbada boca abajo en el suelo del bosque, vestida con un vestido blanco y una gran sudadera de hombre roja con capucha, su cabello era castaño. Cuando el equipo forense movió el cuerpo vio que en el pecho tenía marcas profundas de garras, como si algún animal grande le hubiera dado un zarpazo. A menos de un metro del cuerpo había una bolsa de plástico llena de comida comprada en algún supermercado de la zona.
    Una vez en el laboratorio, la forense Patrice Goodman, encontró varios pelos correspondientes a un animal. Los análisis del cabello pudieron dilucidar que se trataba de un lobo común. En aquel momento el caso no tuvo más repercusiones, una niña atacada por un animal salvaje, por desgracia era algo normal en aquel lugar.
    Wilde se levantó de la cama, se puso los pantalones tejanos y su calzado deportivo. Odiaba la idea de ponerse uniforme, pensaba, acertadamente, que no se podía perseguir a un sospechoso que huye, vistiendo zapatos. Se enfundó una camiseta blanca con letras azul marino. Las letras caían verticalmente por su pecho derecho y en ellas podía leerse: “Hard Law” (Ley Dura). Se dirigió al baño y encima del lavabo había uno de esos espejos armario donde se guardan las medicinas. Lo abrió, sacó el cepillo de dientes y el dentífrico. Mientras se cepillaba los dientes recordó la primera vez que recibió una llamada a aquellas horas. Hacía tan sólo siete días que habían encontrado el cadáver de la niña en el bosque. Dormía con Marcus cuando el teléfono sonó. Al cogerlo, Wilde recibió la noticia. Habían encontrado a otra chica en el bosque, aquella vez, era una joven de unos diecinueve años. Cuando James llegó, quedó completamente helado. Aquello era de locos, la muchacha había sido hallada en una especie de ataúd de cristal. Estaba boca arriba con los labios pintados de un rojo intenso. Los brazos colocados en postura mortuoria. Ambas manos, a la altura de sus regazos sujetaban un objeto y aquel objeto simple, hizo que la sangre de James Wilde se congelase. Era una manzana mordida.
    —¿Qué está pasando James?
    Preguntó Patrice Goodman.
    —No tengo ni idea Patrice, pero no me gusta nada.
    Fue la franca respuesta de Wilde. Ahora el primer cuerpo volvía a las mentes de todos y cobraba un sentido distinto. Una niña con una sudadera roja, con el pecho desgarrado por un lobo, una bolsa de la compra. El segundo cuerpo era una joven encerrada en un ataúd de vidrio, con el pelo negro como el carbón y unos labios rojos con una vida que parecía una broma pesada del destino. James tuvo una corazonada, supo que cuando el equipo forense hiciera la autopsia encontrarían algún tipo de veneno en la joven.
    Lejos del recuerdo, en su baño solitario, Wilde se enjuagó la boca, se agachó para escupir y al levantarse se golpeó fuertemente en la cabeza con la puerta del armario. La boca se le llenó de un intenso sabor metálico y empezó a ver luces como si de más de una luciérnaga volara por delante de sus ojos. Maldijo en alto mientras se llevaba las manos a la zona golpeada, abrió el grifo y se mojó la cabeza para intentar calmar el dolor.
    Entró en la cocina y se sirvió un café en un vaso para llevar, parecido al que ponen en las cafeterías. Salió de casa y se subió a su coche. Colocó el vaso al lado del cambio de marchas. Mientras conducía le vino a la mente la peor de las llamadas. Sin duda fue cuando todo empezó a encajar de una forma retorcida y siniestra. Tan sólo siete días después de encontrar el ataúd, recibieron la llamada de una anciana, diciendo que un hedor terrible provenía del piso de al lado. La mujer era la casera del piso, y tras varios días llamando a la puerta para que alguien hiciera algo con aquel olor insoportable , decidió hacer uso de su propia llave. Cuando abrió la puerta quedó completamente perpleja, alguien había levantado un muro de ladrillos que tapiaba la puerta, era imposible entrar allí.
    La policía usó una gran maza metálica para echar abajo aquel muro y cuando Wilde entró en el piso encontró, atada a una silla frente a una ventana tapiada igual que la puerta, el cadáver de una chica. Tenía un largo cabello rubio que colgaba casi hasta llegar al suelo. El cuerpo presentaba una avanzada descomposición, por lo que debía llevar muerta varios días, de ahí el horrible hedor que profería.
    —Es tal como tu pensabas James.
    James Wilde había aventurado que se trataba de un asesino en serie que dejaba a sus víctimas emulando los personajes de los cuentos de los Hermanos Grimm. La primera sin duda era Caperucita, la segunda, Blancanieves, envenenada con cianuro. La tercera víctima era Rapunzel, recluida en un lugar donde nadie podría llegar fácilmente, con su larga melena dorada. Había muerto de inanición, atada y amordazada en aquella silla. Las patas de la silla estaban atornilladas al suelo, para que la mujer no pudiera balancearse y romperla.
    James estaba harto de aquella angustia permanente. Odiaba aquel caso que la prensa había bautizado como: “El Caso Grimm”.
    Cuando el detective aparcó el coche, se encontró en un barrio de esos por los que nadie querría pasear de noche. Había efectuado varias detenciones en aquellas manzanas. Olía a pollo rito — pero no en un sentido apetitoso —, parecía más que aquellas calles estuvieran impregnadas en aceite sin cambiar. Era nauseabundo. Un coche patrulla esperaba aparcado en medio de la calle, frente al portal de un edificio.
    —Detective, es en la sexta planta. No hay ascensor.
    —Que desconsiderado es el asesino, matar a alguien en un sexto sin ascensor, ¿no agente?
    El hombre miró a Wilde con furia. Todo el mundo odiaba el sarcasmo del detective. Desde que se iniciara aquel caso, su carácter se había agriado aún más, y aprovechando el caso, le habían apodado “el enano gruñón”. Eso a James le daba igual, había decidido que cuando acabara con aquel caso, dejaría el cuerpo.
    Subió sin excesivo esfuerzo, estaba en forma. Cuando llegó al sexto piso encontró una puerta abierta, con un agente uniformado postrado en medio, como un cancerbero cualquiera. Wilde enseñó su placa, y el agente se apartó dejándole pasar.
    James exploró el lugar con la mirada, buscando a la víctima, cuando un agente le señaló una puerta al final de un largo pasillo.
    —Salga fuera si tiene que vomitar, no quiero que contamine la escena del crimen.
    El agente le hizo caso, salió corriendo de allí y Wilde se dirigió a la puerta del pasillo. Allí estaba Patrice, inspeccionando el cuerpo de una preciosa joven rubia tumbada en la cama boca arriba. Sus manos cruzadas encima de su viente.
    —La Bella Durmiente — dijo Wilde —. ¿Somníferos?
    —Así es, hemos encontrado un bote de ellos completamente vacío. A veces odio este trabajo.
    —Yo he llegado a un punto en el que lo odio siempre, Patrice, no te preocupes.
    Patrice se sintió aliviada al oír esas palabras del detective. Se sentía mal por pensar algo así. Siempre había dicho que cuando dejase de amar ese trabajo, se dedicaría a otra cosa, pero ahora sentía un compromiso con aquello que hacía. Le parecía egoísta rendirse, dejar de ayudar a aquellas víctimas porque su ánimo desfalleciese.
    Wilde miró el rostro de la chica tumbad en la cama. Era realmente hermosa, como si realmente fuera una princesa embrujada por el hechizo de una bruja. Sin duda, era el caso que más odiaba de su carrera, y deseaba, con todas sus fuerzas, atrapar a la persona que estaba haciendo aquello.
    —Falta algo…
    —¿A qué te refieres, James?
    —La primera víctima tenía la bolsa de la compra, la segunda tenía una manzana, la tercera su larga melena…
    —Por cierto, el asesino puso extensiones a esa víctima para llegar a la largaría del personaje.
James Wilde lanzó un pesado suspiro ante aquel desagradable dato.
    —Como te decía — continuó James, haciendo notar que aquel dato le daba la razón —… aquí falta algo… ¿me puedes hacer el favor de examinar los dedos de la víctima?
    —¿Los dedos? ¿Qué debo buscar?
—Es la Bella Durmiente, ¿no? Tiene que haber algún pinchazo, seguramente en el dedo índice.
    Patrice Goodman hizo caso sin pensarlo. Conocía la inteligencia de James, y sus corazonadas no debían caer jamás en el olvido.
    La forense cogió la mano izquierda de la mujer, y apretó uno por uno todos los dedos, haciendo que la piel se tornara blanca por la presión. No encontró nada. Luego cogió la mano derecha y al apretar el dedo índice de la víctima, pudo diferenciar un pequeño punto rojo.
    —¡Aquí está, James! Una pequeña punción en el dedo índice de la mano derecha.
    James Wilde miró automáticamente al suelo nerviosamente, como si buscase algo que hubiera caído. Se colocó unos guantes de látex que Patrice le ofreció y empezó a inspeccionar la cama ante la atenta mirada de su compañera.
    Cuando acabó con aquella minuciosa inspección, sacó su linterna del bolsillo del tejano. Se agachó y empezó a mirar debajo de la cama.
    —¿Qué buscas, James?
    El detective no respondió. Siguió buscando, y en uno de los movimientos de su linterna, vio como el haz de luz rebotaba en algo metálico haciendo que su superficie emitiera un destello. James alargó la mano y cogió aquel objeto. Se levantó del suelo y estiró el brazo con el objeto sujeto por su índice y su pulgar en dirección de Patrice.
    —¡Una aguja!
    Exclamó Patrice.
    —Tiene sentido del humor… estoy deseando reírme con él cuando le cace…
    James Wilde entrevistó a los vecinos, aún a sabiendas de que no conseguiría nada. Aquel asesino era como un espectro, nadie lo veía. El caso más claro era el asesinato de Rapunzel, ¿cómo era posible que hubiera tapiado puerta y ventanas sin que nadie le hubiera visto? Wilde sentía cierta admiración por aquel psicópata. La admiración que, bajo su criterio, todo investigador debe sentir. El odio te ciega, la admiración te hace pensar como la otra persona.
    Cuando terminó de entrevistar sin éxito, como ya sabía, a los vecinos, volvió a la comisaría. Tenía que informar a sus superiores. Algo que detestaba hacer. Para él, los mandamases eran personas más preocupadas por su imagen que por resolver los crímenes. A pesar de su corta edad, ya le habrían propuesto un suculento ascenso. Dejar las calles y centrarse en los asuntos más… burocráticos. James, por descontado, lo rechazó. Tenía claro que el día que no pudiera investigar en primera línea, dejaría el cuerpo.
    —¿La prensa ya se ha enterado del último asesinato?
    —La prensa se entera antes que nosotros, capitán. Pero no les dio tiempo a subir a la escena del crimen.
    —¡Maldita sea! Este asunto se nos está yendo de las manos James… ese maníaco está riéndose de nosotros, ¡y lo peor es que se lo estamos permitiendo!
    —Es inteligente, no deja pistas.
    —¡¿Es inteligente?! ¡¿Y en todo este maldito cuerpo no hay ningún policía con cerebro?!
    James quiso gritarle, mandarlo al diablo. Sacar la placa y la pistola y tirarlas a la mesa del capitán Norris. Pero se contuvo, no podía permitirse el lujo de perder ese caso. Quería cazar al asesino.
    —¿Puedo ayudarle en algo más, capitán?
    —¡No me vaciles, Wilde! ¡O será su cabeza la que ruede!
    —Descuide, lo hará de todas formas.
    Con aquella afirmación, James Wilde, abandonó el despacho de su corpulento jefe. No dudaba que en otro tiempo fuera un agente capaz, fuerte y joven; pero la vida sedentaria de los despachos habían deformado aquella realidad lejana. Ahora parecía que un infarto asomara en su pecho en cada exaltación.
    —¿Todo bien, detective?
    Dijo una joven agente en prácticas. Era una chica hermosa, y sentía una fuerte atracción hacia James. Lo que ella no sabía era que sus posibilidades con él eran inexistentes.
    —Sí, tranquila Sophie, el jefe está alterado, creo que alguien se ha comido su último donut.
    Respondió con un guiño, provocando que Sophie Ballard se deshiciera en una sonrisa pueril. James se dirigió hacia el ascensor y pulsó el botón que le llevaba al parking. Allí cogió su coche y se marchó a casa. Necesitaba pensar en todo lo ocurrido y prefería hacerlo en la comodidad de su hogar. Lejos de aquellos chupa-sangre que se hacen llamar “policías veteranos”.
    Cuando llegó a casa, media hora después de salir de la comisaría, se dirigió a su cuarto para cambiarse de ropa y ponerse cómodo. Se sentó en el borde de la cama y se quitó el calzado deportivo. Quedó un minuto inclinado hacia delante, con sus codos apoyados en las rodillas, y sus manos cubriéndole la cara. Pensaba en todo lo que había ocurrido en su vida en aquel último mes. El Caso Grimm, Marcus, el capitán Norris.
    Sintió como la furia iba creciendo en su interior y, en un ataque de cólera, cogió una de sus zapatillas deportivas y la lanzó con fuerza a un lado del cuarto. Ésta golpeó una caja de cartón que había junto al armario, detrás de la puerta del dormitorio. James se dirigió a la caja, era de la mudanza de su ex-pareja. La cogió, alzándola a pulso del suelo. Y cuando se disponía a ponerla sobre la cama, el fondo de la caja cedió y todo lo que había dentro cayó al suelo.
    James Wilde miró el contenido de la caja, desparramado por el suelo. Algo le llamó la atención entre todos los trastos. Se agachó para cogerlo y lo sostuvo en su mano con los ojos abiertos como platos y su corazón rugiendo como el motor de un Ferrari.
    No podía creer lo que estaba viendo. El libro que tenía en sus manos hizo que el pulso se le agitara. Era un tomo grueso de cuentos completos de los Hermanos Grimm.
    —Marcus…
    James Wilde cogió el teléfono y llamó a la comisaría, pidió que pasaran la llamada a Lucy Jackman, informática de la policía.
    —Dígame detective.
    —Hola Lucy, necesito que busques la localización de un móvil, por favor.
    —Claro, deme un segundo.
    El detective le dio el número de móvil de Marcus. Lucy Jackman le pidió que esperase. Con el teléfono descansando entre su hombro y su oreja James Wilde se sentó en el borde de la cama. Estaba desconcertado, no podía ser posible que Marcus fuera el asesino.
    —¿Detective?
    —¡Sí! Dime Lucy.
    —No he podido encontrar la localización del móvil, parece estar apagado.
    —Vale, muchas gracias Lucy.
    —Lo siento mucho.
    —No, no te preocupes.
    Wilde colgó el teléfono. Cogió el libro y lo abrió. Sus ojos volvieron a abrirse como platos al ver los cuentos de Caperucita,     Blancanieves, Rapunzel y La Bella Durmiente publicados en el mismo orden en el que aparecieron las víctimas. Todos tenían una gran cruz en todas las páginas, quedando completamente marcados. Siguió pasando páginas hasta que llegó al siguiente cuento. Volvió a coger el teléfono y repitió el mismo proceso que en la misma llamada.
    —Dígame detective Wilde.
    —Lucy ¿puedes mirarme si han denunciado la desaparición de dos niños en las últimas cuarenta y ocho horas cerca de la zona en que hemos encontrado la víctima de hoy?
    —Claro, deme un segundo.
    James pudo escuchar como Lucy Jackman tecleaba enérgicamente los datos.
    —Detective Wilde, ayer denunciaron la desaparición de dos hermanos.
    —¿Un niño y una niña?
    —Así es, pero… ¿cómo lo ha sabido?
    —Porque sé cual es el siguiente cuento. Voy hacia allá, ahora te cuento.
    James Colgó el teléfono y se puso el calzado deportivo. Bajó corriendo a la calle mientras hacía una nueva llamada.
    —¡Capitán, sé cual será el siguiente cuento!
    —¿Estás seguro? Si vuelve a escaparse ese cabrón te sacaré del caso Wilde.
    —¡Cállese joder! ¡El siguiente cuento es Hansel y Gretel!
    James colgó con rabia el teléfono. Cada día detestaba más a aquel hombre. Corrió hacia el coche y arrancó el motor. Colocó en el capó una sirena de policía extraible y la encendió para librarse del tráfico.
    Condujo a toda velocidad, con miles de pensamientos en su mente. No podía creerse que Marcus fuera el asesino de los Hemanos Grimm, pero la prueba era evidente. Mientras conducía recordó algo; la familia de Marcus tenía una pequeña casa en el bosque. Su instinto le decía que sin duda estaría allí. Allí debería encontrar a los dos hermanos desaparecidos. Dio un golpe de volante y con una fuerte derrapada, cambió de sentido. Varios coches tuvieron que esquivarle para no chocar e hicieron sonar el claxon.
    Cuando James Wilde estuvo a pocos kilómetros, apagó la sirena para no llamar la atención de Marcus. Introdujo el coche en el bosque y lo ocultó entre los árboles poniendo encima ramas y hojas. No quería que el sol brillara en la chapa o los cristales y emitieran algún destello que pudieran alertar al asesino. Cuando terminó con su labor, buscó la casa, estaba a pocos metros de distancia. Se acercó corriendo sigilosamente, medio encorvado para ser lo menos visible posible. Su corazón se agitó, se tumbó en el suelo, oculto tras un grueso tronco caído. Miró agazapado a la casa, esperando algún movimiento en el interior, algún ruido. Sacó el teléfono de su bolsillo y lo puso en silencio para que nadie le delatara si le llamaban. Se levantó y corrió hacia la fachada de madera de la casa. Subió al porche y comprobó si la puerta principal estaba abierta. No podía entrar sin una orden de registro, a no ser que se encontrase con la puerta abierta.
    Cuando estuvo a punto de dirigirse hacia la puerta trasera escuchó un golpe seguido de gritos de niños. Aquello le permitía entrar por la fuerza. Dio un paso atrás, sacó su pistola y con suma firmeza golpeó con la suela del zapato la puerta en la zona del pomo haciendo que la cerradura reventara.
    Entró con el cañón del arma hacia delante, de pronto, de una puerta salió corriendo una niña rubia y tras ella Marcus con un cuchillo en la mano.
    —¡Marcus, quieto!
    El hombre cogió agilmente a la cría y la usó de escudo humano. Se puso de cara a James y colocó la hoja del cuchillo en el cuello de la niña.
    —Suéltala…
    —No, mejor suelta tú el arma.
    —Eso no va a ocurrir.
    —Que pena, entonces creo que morirá…
    —No, si la matas con el cuchillo nadie podrá ver tu obra.
    —Vamos James, no soy uno de esos grillados a los que puedas engañar. ¿Sabes lo fácil que es secuestrar un niño? Si no es esta, será otra.
James sintió nauseas. ¿Cómo era posible que alguien con quien había compartido su vida, hablase de una forma tan fría y despiadada?
    —¿Por qué haces esto Marcus?
    —¡Quería que me prestaras atención! ¡La misma que prestas a los criminales que persigues!
    —¿Por eso has hecho todo esto?
    —¡¡¡No le quites importancia!!! ¡¡¡Esto es una obra de arte!!!
    Marcus apretó el cuchillo contra el cuello de la niña y una gota de sangre empezó a descender por su piel. James apretó con fuerza la culata del arma.
    —Marcus, no dudaré en dispararte… ¡sueltala!
    —Dime una cosa, ¿cuál te ha parecido la mejor? Blancanieves… fue especialmente difícil construir ese ataúd de cristal, pero el resultado fue bueno, ¿no crees?
    —¿Qué vas a hacer con los niños?
    —Si estás aquí habrás adivinado que son Hansel y Gretel, ¿no? Sólo tenía que buscar un buen horno y…
    —¡Estás loco!
    —¡¡¡No me insultes James, o te juro por Dios que le rebano el cuello!!!
    Mientras decía esto, Marcus apartó el cuchillo del cuello de la niña y lo apuntó en dirección a James. La cría aprovechó y mordió con fuerza la mano de su captor. Éste la soltó y la cría corrió en dirección a James. Marcus lanzó el cuchillo con fuerza hacia la pequeña pero James la apartó de la trayectoria. El cuchillo se clavó en el hombro del detective y en pocos segundos vació el cargador en el pecho de Marcus. La sangre manó del brazo de James. Marcus cayó en el suelo creando bajo su cuerpo un oscuro charco de sangre. Los ojos del detective se humedecieron al ver a su ex-pareja en el suelo. Pero por fin, tras un largo mes de tortura, de repugnancia había conseguido capturar al asesino y aquella odiosa pesadilla se había acabado.

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