4. New Year.

Cien veces he pensado que Nueva York es una catástrofe, y cincuenta veces que es una hermosa catástrofe.
Le Corbusier

    Allí, de pie en medio de Times Square, Sondra se sintió infinitamente pequeña, rodeada de edificios. El ajetreo de la gente le hacía sentirse invisible. Ambos sentimientos, negativos en apariencia, le despertaban un bienestar y una paz extrañas. Por fin estaba allí, por fin había cumplido uno de sus sueños.
    Disfrutaba de las calles adornadas con luces navideñas y las personas ataviadas con abrigos y bufandas. Sondra sentía estar viendo una película, una de tantas que le habían hecho soñar con estar en Nueva York. Siempre había pensado que aquella ciudad guardaba entre sus calles y edificios, el verdadero espíritu de la navidad, y al estar allí comprobó que era cierto. Nunca se había preguntado a que olían aquellas fiestas pero sin duda, ahora podría decir que si la navidad desprendía algún olor, era el aroma de la gran manzana.
    Se recolocó la pesada mochila en su espalda y comenzó a andar sin rumbo, sólo quería impregnarse de aquel sueño cumplido, de aquella esencia única que sólo Times Square poseía. Admirar la belleza de Broadway y ver el edificio TKTS; estar en el mismo lugar en el cual tuvo lugar uno de los besos más famosos de la historia del hombre, o de la historia de la fotografía. El beso al finalizar la segunda guerra mundial, fotografiado por Alfred Eisenstaedt. Sondra tenía muchos motivos por los que quería visitar aquel lugar, adoraba la historia, y era una enamorada de aquel país, aunque curiosamente nunca lo había visitado.
    No sabía si había sido buena idea viajar allí tan repentinamente, pero quería, necesitaba celebrar la navidad de una forma distinta. Lejos de los comentarios negativos y destructivos de su familia. Adoraba su ciudad natal, pero para ella, Barcelona jamás podría compararse con Nueva York, por mucho que le gustase. Simplemente eran dos ambientes totalmente distintos.
    Llevaba tiempo trabajando y ahorrando sin motivo alguno. Simplemente por si surgía algún gasto importante. Pero la situación con su familia era asfixiante y pensó que sería un buen gasto, uno de los más importantes, su bienestar personal. Su mente decía que era demasiado arriesgado, viajar sola a un país tan grande, sin conocerlo. Su corazón le decía que necesitaba hacerlo, y sus amistades apoyaban a ciegas a ese último sentimiento. Fuera como fuese, Sondra había llegado a Estados Unidos con una ilusión renovada y sabía que aquella, sería la mejor navidad de su vida.
    Sondra giró sobre sí misma, embriagándose de la grandeza de aquel lugar. No conocía Nueva York, no sabía dónde ir, había viajado con la intención de dejarse llevar. Quería ver varias cosas, Central Park, Broadway, y muchas otras partes míticas de la ciudad.
    Sondra tenía claro donde iría primero, sacó una guía turística de la mochila y buscó su ubicación. Al encontrarse, le sorprendió ver que la biblioteca de Nueva York estaba muy cerca de allí. Tomó la calle cuarenta y dos; le hacía gracia poder decir aquello que tantas veces había escuchado en las películas, algo tan simple como el nombre de las calles. Cruzó la Sexta Avenida y pronto, a su derecha, pudo ver un gran parque. Sondra no conocía aquel lugar, lo buscó y pudo leer que se trataba del Bryant Park, no lo había oído nunca, pero sin duda lo visitaría más tarde. Algo dentro de ella le pedía a gritos que no se desviase de su destino, deseaba ver la New York Public Library. La guía que había comprado recomendaba mirar el monumento llamado Bryant Memorial, frente a la entrada de la Biblioteca. Hizo caso de la recomendación y le mereció la pena. El Bryant Park le pareció asombrosamente bello, y el monumento también. Leyó la inscripción que rezaba:

William Cullen Bryant
(1794-1878)

    Sondra agradeció en aquel momento las nuevas tecnologías, sacó su smartphone y buscó información de aquel hombre en Internet. Era un poeta, periodista y crítico. La chica se tomó un momento para leer un artículo sobre aquel a quien alguien decidió erigir un monumento.
    Cuando terminó de leer, miró con admiración aquella estatua y luego se fijó en el precioso edificio que se alzaba tras el Bryant Memorial. Allí estaba la New York Public Library, era uno de sus sueños. A sondra le encantaba leer, pero no se limitaba a una simple afición, ella amaba la literatura, y sin duda, aquel lugar, era una visita obligada.
    Cuando Sondra entró en aquel lugar emblemático de la ciudad, no pudo evitar sobrecogerse. Había visto miles de fotos, aquel hall lleno de columnas y arcos, con una luminosidad espectacular; pero presenciar tanta belleza en persona… no podía dejar de mirar los grandes ventanales, las arañas que colgaban del techo para iluminar la grandiosa estancia. El suelo impoluto, simplemente se enamoró de aquel lugar.
    Cuando se empapó de la belleza de aquellos techos altos, de aquellas paredes de piedra. Subió unas escaleras, y se encontró en una gran estancia, llena de mesas largas de color caoba con sillas que a pesar de ser de madera parecían extremadamente cómodas. En cada mesa habían cuatro lámparas igual de bellas que el resto de la biblioteca. Y en los extremos de las mesas descansaba un letrero que rogaba silencio. Sondra quiso vivir en Nueva York sólo para poder hacer caso cada día de aquellos letreros. Sondra cayó en la cuentan de que su teléfono no había sido silenciado. Le quitó el volumen, y siguió andando.
    Una chica joven se quedó mirando a Sondra, estaba estudiando, y de vez en cuando levantaba su mirada del libro de texto para mirar a la turista.
Las paredes de la sala estaban llenas de libros, se acercó a uno de los laterales, sin dejar de ser observada por la estudiante. Sondra sentía como su corazón se aceleraba, no podía creerse que estuviera allí, que estuviera acercándose a una de las estanterías de libros. Hizo algo que siempre había dicho que haría si llegase a aquel lugar maravilloso. Siempre había dicho que algún día se acercaría a una de las estanterías, cerraría los ojos, y posaría su mano en un libro al azar, y que luego compraría ese libro y sería su libro favorito. Así pues, cerró los ojos, levantó el brazo, y tras mantenerlo alzado un segundo, posó su dedo indice sobre el lomo de un libro. Su respiración se aceleró, acababa de tocar el libro que quizá marcaría su vida. Abrió los ojos y en su precioso rostro se dibujó una sonrisa al leer el título de una novela que siempre había querido leer pero que, por una cosa u otra, jamás había leído. Esa novela era “The Picture of Dorian Gray” de Oscar Wilde. Sondra cogió el libro y lo sostuvo en su mano, era una preciosa edición, con una ilustración del cuadro de Dorian Gray que a Sondra le pareció maravillosa.
    La chica seguía mirando desde la mesa, Sondra pensó que quizá le había molestado, se miró a sí misma pensando que quizá, su aspecto era extraño, pero tan sólo su gran mochila y la mirada ilusionada que exhibía le delataba como turista. Dejó el libro y tras un rato paseando entre aquellas paredes, empapándose de la belleza que aquel templo de sabiduría le regalaba, decidió seguir su camino. Fue extraña la sensación de pena que invadió el pecho de Sondra al abandonar la New York Public Library, pero no podía quedarse allí eternamente.
    Empezó a caminar por la cuarenta y dos y allí, delante suyo, vio la Grand Central Station. A la chica le sorprendió ver que en Nueva York, todo estaba cerca, como reunido en unas cuantas manzanas. Se preguntó si de ahí venía el nombre de “La Gran Manzana”. Cuando estuvo a punto de entrar a la Grand Central Station, un aroma le obligó a detenerse. Era un olor dulce, cálido. Como si le llamase, Sondra empezó a seguir aquel aroma. Pudo imaginarse un humo, un rastro de perfume atrayéndola. A escasos metros de la estación central pudo ver un precioso cartel sobre una puerta de cristal. El cartel rezaba “Foods&Books” sólo con leer el nombre, Sondra se llenó de ilusión. Era una cafetería en la cual vendían libros, había oído hablar de aquellas cafeterías/librerías. Una pareja salió del local y al abrir la puerta todo el aroma a café recién hecho golpeó a la turista que no pudo negarse a responder a aquella llamada deliciosa.
    Cuando entró en la cafetería se sintió rodeada de una calidez que jamás había sentido. Era extraño decir que en España, las cafeterías no tenían aquel ambiente. Escuchó el silbido del vapor que calentaba la leche. En el mostrador había un expositor de pastas con un aspecto apetecible. La gente charlaba en las mesas, éstas rodeadas de estantes llenos de libros. Sondra se acercó, no sin mirar los suculentos bollos que descansaban en los platillos de porcelana de las mesas, y los cafés humeantes. Cuando llegó a uno de los estantes, cogió el primer libro que vio, y se fijó en que su precio era de veinte dolares. Sondra se dirigió al mostrador y le preguntó a la chica si tenían “The Picture of Dorian Gray” en stock, la chica con un fuerte acento neoyorkino le dijo que esperase un segundo y se lo miraría en la tras-tienda. Sondra se pidió un café expresso y un suculento bagel, que era una especie de brioche con forma de donut. El bagel se abría y se le solía poner queso de untar.
    Se sentó en una mesa redonda de mármol con silla de madera. El primer sorbo de aquel delicioso café solo fue superado por el primer bocado a aquel sabroso brioche. La camarera se acercó a Sondra con dos libros en la mano. En la izquierda sostenía una edición de bolsillo y en la derecha un grueso libro con tapas duras. La española eligió la segunda edición y le hizo una petición que le sonrojó. Sondra explicó que estaba en Nueva York de visita, que era su sueño desde que tenía consciencia. Y le preguntó si podría hacerle el favor de escribirle una dedicatoria, lo primero que se le ocurriera. Por supuesto antes de nada le pagó el libro que costó veinticinco dólares, el café y el bagel.
    La camarera le sonrió y aceptó la curiosa petición de Sondra. Se llevó el libro y dejó que su clienta siguiera disfrutando de su merienda. Saboreó cada bocado y cada sorbo, no sabía si eran imaginaciones suyas, si aquel café era realmente el mejor que había probado nunca, o si simplemente, todo en Nueva York sabía mejor; el caso es que Sondra disfrutó de aquel instante. Luego se levantó y se dirigió al mostrador donde la camarera que le había atendido le esperaba con su nuevo libro, con “The Picture of Dorian Gray” dedicado. Sondra abrió el libro, y pudo leer:

Take this book as a one way ticket towards your new life’s journey. May its pages be your master and its letters stir up heaven and earth of your inner world.

Courtney.

(Toma este libro como un billete sin vuelta al viaje de tu nueva vida. Que sus páginas sean tus maestras, y que sus letras remuevan el cielo y la tierra de tu mundo interior.

    Sondra se emocionó con aquella dedicatoria y agradeció, de la forma más sincera que pudo, aquel precioso detalle de la desconocida. Pegó el libro a su pecho cerrando los ojos, y supo que aquel viaje había sido una grandísima idea.
    Cuando Sondra salió de “Foods&Books” con su nuevo libro, con aquella dedicatoria tan especial, guardado a buen recaudo, hizo lo que iba a hacer antes de entrar en la cafetería. Se dirigió a la Grand Central Station. Antes de hacerlo admiró la belleza del edificio cuya fachada tomaba un color crema precioso, con unos grandes ventanales. Sondra pudo ver en lo más alto de la fachada sur de la estación, las estatuas de Mercurio, Minerva y Hércules sobre el lujoso reloj con cristales Tiffany. La chica había estudiado bien la arquitectura de Nueva York, amaba aquel lugar de una forma asombrosa y ahora que estaba allí, lo empezaba a amar más aún.
    Cuando se hubo empapado bien de aquella belleza esculpida en piedra caliza, Sondra entró en la estación. Su corazón se encogió al ver aquel lugar, aquel techo alto, abovedado, con un color verde. Del centro de este colgaba una bandera estadounidense. Las barras caían en vertical, y Sondra se preguntó el porqué de aquella bandera colgada de aquella manera. En uno de los laterales de la estación, y colgada de dos columnas, se presentaba la bandera americana tal como la chica conocía. Con las barras horizontales. Sondra había estudiado también la historia de aquella bandera. Siempre había sabido que las estrellas simbolizaban los estados que componían Estados Unidos, pero jamás había sabido qué eran las barras. Le sorprendió descubrir que simbolizaban las trece colonias inglesas que se independizaron del reino unido. Aquella tierra nunca dejaba de asombrarla y maravillarla.
    Sondra tardó cerca de quince minutos en salir de la estación. Cuando lo hizo tomó Park Avenue con su guía turística puesta en el mapa de Nueva York. Ya había llegado el momento de ir a uno de los sitios que más deseaba ver. No abandonó aquella avenida hasta que se encontró con la calle sesenta y séis. En aquel cruce giró a su izquierda y pronto se encontró con el precioso Central Park. Sondra recordó por una de sus pelis favoritas que cerca de aquel parque había una heladería llamada Serendipity pero quería ir por partes; primero andaría por aquel sitio precioso. Sabía que no podría recorrerlo por completo, pues era un parque colosal. Le pareció curioso que hasta que no estuvo allí, en aquel parque legendario, con aquella hierba nevada; no fue consciente realmente de que estaba en Nueva York. Le asombró la magia de las películas, pues gracias a ellas sentía que conocía aquel lugar.
    Estaba encantada de estar allí, e hizo algo que siempre había querido hacer pero que, por la escasez de nieve que había en su Barcelona natal, nunca había podido. Se quitó la mochila, la dejó en la nieve de Central Park, y se tiró de espaldas al suelo con los brazos en cruz. Luego abriendo las piernas y cerrándolas a la vez que juntaba y separaba sus brazos de su tronco, formó una figura en la nieve parecida a un ángel. Sondra miró a su al rededor por si alguien se le había quedado mirando pero no, aquello era Nueva York, allí la gente vivía en sus propios y ajetreados mundos. La chica era realmente feliz, sin duda, sabía que aquel año que estaba apunto de empezar, sería inolvidable, y no se le ocurría un lugar mejor que Times Square para comenzarlo.

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