2. Olores y sabores

“No existe la muerte, sólo cambian las condiciones de vida.”
Annie Besant

    Marga no podía apartar la vista a pesar de que aquella imagen era repulsiva. No conseguía entender como habían llegado a aquella situación. Su instinto le decía a gritos que huyera, pero su cuerpo, paralizado por el terror, ignoraba aquella orden.
    Sabía que en cuanto aquel ser terminara de devorar al hombre que había matado, iría hacia ella. Lo miraba, con los ojos vidriosos. Aquel monstruo que sin duda en otro tiempo fue un ser humano vivo, ahora arrancaba con sus dientes ennegrecidos la carne del brazo de su víctima. Las nauseas se agolparon en el estómago de Marga que seguía petrificada, asombrada y confusa. ¿Cómo era posible? Aquel macabro espectáculo parecía más propio de una película de terror. Pero no era así, lo que estaba viendo era del todo real, ante ella, de rodillas en el suelo, gruñía en su afán de engullir aquel nauseabundo y pavoroso zombie.
    Marga despertó de su encantamiento al oír tras ella la voz lamentosa de otro de aquellos muertos vivientes. Estaba a tan sólo unos metros, y a pesar de la lentitud de sus movimientos, Marga sintió como una ola de terror recorría su cuerpo. Aquellos malditos estaban por todas partes, parecía una invasión tenebrosa. La ciudad presentaba un aspecto dantesco. Los coches en llamas y los cristales de los escaparates totalmente destrozados. El asfalto se bañaba en sangre, y los cadáveres se contaban por centenares.
    Por fin empezó a correr. El zombie al que había mirado petrificada, le cogió la pierna al pasar por al lado suyo. Marga cayó al suelo, y se asombró de la agilidad de aquellos seres putrefactos. La muchacha golpeó la cabeza del zombie con la suela de uno de sus zapatos. El tacón se le clavó al monstruo en el ojo, pero parecía que no hubiera sentido nada. Ni el más mínimo lamento. Eran inmunes al dolor físico. El zombie no soltaba la pierna de Marga y se acercaba reptando por el suelo, era una imagen increíblemente inquietante. Marga empezó a palpar el suelo buscando algo que pudiera usar para liberarse. Sin apartar su mirada del zombie que iba ganándole terreno, la mano de la chica se encontró con un cristal afilado, un trozo roto de alguna ventanilla. Sin pensárselo dos veces, Marga empezó a acuchillar la cabeza purulenta del zombie. La sangre del muerto viviente salpicó el rostro de la muchacha. Una de las gotas cayó en su globo ocular, una segunda gota entró en la boca de Marga, abierta por la rabia de su ataque. Ya no había nada que hacer, su cuerpo, había sido, infectado.
    El zombie dejó de forcejear, quedó inmóvil, inerte, en el suelo. Marga pudo levantarse, con la idea de huir, huir de un destino fatal. Sin darse cuenta, el resto de muertos vivientes se habían acercado a ella peligrosamente, mientras luchaba por librarse de su adversario. Se llevó el reverso de la mano a la cara para limpiarse la sangre, era demasiado tarde, el líquido ya había entrado en su organismo. Se levantó del suelo y su corazón dio un respingo al verse a pocos centímetros de otro de esos malditos zombies. Pero algo ocurría, las criaturas no le hacían caso. Era como si no pudieran verla, percibirla. Simplemente la ignoraban. El zombie más cercano a ella cambió de rumbo, alejándose de Marga. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué no la atacaban? Fuera lo que fuere, Marga lo aprovecharía. Se apartó lentamente del zombie, por si aquel cambio de actitud era sólo un efecto pasajero de los seres corrompidos. Cuando estuvo lo suficientemente alejada, empezó a correr sin ninguna dirección. Sin saber donde ir ni dónde esconderse.
    Cuando llevaba unos minutos corriendo, y tras habérsele roto los tacones de ambos zapatos y habérselos quitado para ganar velocidad, tuvo que detenerse. Se detuvo en el lateral de una furgoneta, quedando en cuclillas con la espalda apoyada en la puerta. Una vez hubo recuperado el aliento, prestó atención al mundo que la rodeaba. Era todo caótico, los gritos se habían convertido en la banda sonora de aquella ciudad. De todas partes, provenían alaridos de pánico y dolor, juntándose en un eco enloquecedor.
    Marga comenzó a analizar lo que había ocurrido, recordando con lágrimas en los ojos a los amigos que había perdido. Sus amigos, todos ellos, habían sido asesinados por los zombies. Y lo peor de todo era que no sabía cómo había comenzado todo. ¿De dónde habían salido aquellos monstruos horribles? Se preguntaba si, como en las películas de Hollywood, eran producto de un virus creado en algún laboratorio. O si simplemente aquellos muertos vivientes habían salido de sus tumbas para aniquilar a los vivos.
    Mientras reposaba jadeante, Marga miró al cielo. Las nubes estaban tomándolo por completo, como si incluso el sol quisiera esconderse de aquella tenebrosa situación.
    Intentaba recordar algo agradable, pero la sensación de agobio, de miedo y agotamiento, sólo le permitía pensar en aquellos monstruos. Marga quedó ensimismada, presa de su mente, de un recuerdo compulsivo. Tan anonadada que ni siquiera se dio cuenta del zombie que reptaba por debajo de la furgoneta. Quizá si hubiera visto aquella imagen, aquel movimiento lento e incesante del ser putrefacto, su cara cadavérica. Aquellos dientes de un tono amarillento, Marga habría quedado de nuevo paralizada por el terror. En lugar de eso, todo su cuerpo dio un respingo al sentir la mano fría y huesuda del muerto viviente. Sin pensárselo hizo un movimiento fuerte con su pierna, intentando desprenderse de aquella nauseabunda mano, y ésta se separó del brazo del zombie como si fuera un trozo de mantequilla. ¿Cómo unos seres tan frágiles podían ser tan peligrosos y terroríficos? Aquella pregunta se repetía en la cabeza de la chica.
    El engendro siguió avanzando a pesar de aquella truculenta amputación, y se puso en pie delante de la muchacha aterrorizada. Una oleada de calor seguida de un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Todo ocurría demasiado deprisa, a pesar de la lentitud de aquellos seres. Marga sintió más miedo que en toda su vida. Cuando de pronto un disparo desgarró el cielo y el zombie cayó al suelo. La chica se quedó mirando al monstruo y vio que seguía moviéndose, un gran charco de sangre se había creado en el suelo, el líquido salía de su pierna que había sido cercenada por el disparo.
    —¡¿Está bien?!
    Preguntó una voz, haciendo que la mujer saliera de su hipnosis. Marga miró en dirección a la voz y vio a un chico corpulento, empuñando un rifle. Estaba subido en el capó de un coche.
    —¡Sí, estoy bien. Gracias!
    El chico se acercó a Marga y, cuando estuvo a pocos centímetros, sacó un revolver de la parte trasera de su pantalón y sin pensarlo dos veces apuntó el cañón a la cabeza del zombie que estaba tumbado en el suelo y disparó.
    —Son ellos, o nosotros… hay que dispararles en la cabeza.
    —A… a… ¿a cuántos ha matado?
    —A decir verdad, este es el primero.
    De pronto, a su espalda, el zombie al que acababa de disparar, se puso en pie con una velocidad impropia de aquellos seres. Su cráneo tenía un gran agujero sangrante producido por el calibre del arma, pero parecía que aquel abominable ser no sintiera nada. Rodeó el cuello del chico con sus brazos pútridos, y clavó sus asquerosos dientes en la yugular del hombre. Un chorro de sangre salió disparado con fuerza por los aires y el zombie cayó junto con el salvador de Marga. Aquel ser ya había conseguido su objetivo, su presa estaba siendo engullida y Marga por fin, consiguió desprenderse de sus miedos. Cogió el rifle y la pistola del suelo, y salió corriendo. Pudo haber disparado contra el monstruo ahora que estaba desprevenido. Pero pensó que aquel muchacho ya estaba muerto, y que las balas serían un tesoro demasiado preciado como para desperdiciarlas.
    No muy lejos de allí, en un descampado, pudo ver una pequeña cabaña, le pareció un buen sitio para esconderse. Estaba situada en una amplia explanada y por las ventanas tendría una visión periférica del lugar. Si se acercase un zombie, ella, podría verlo.
    Corrió hacia la puerta, y pegó su espalda contra la pared exterior. Acercó su cara a una de las ventanas para intentar ver el interior, pero la OSCURIDAD era absoluta. Se colocó el rifle en la espalda, acomodándolo con su correa en el hombro y sujetó con manos temblorosas el revolver. Sujetó el pomo de la puerta y comprobó si estaba la cerradura echada. Estaba de suerte, no era así, la puerta se abrió con un chirrido que helaba la sangre, y la luz fue tomando presencia en la estancia poco a poco. No quedó iluminada del todo, pero lo suficiente como para inspeccionarla.
    Entró con el pulso cada vez más agitado. La techumbre de aquella cabaña era como de latón, frío y oxidado con pequeños orificios. Marga pudo ver una mesa con platos, en éstos había una especie de potaje florecido. ¿Cuánto llevaba aquella comida allí? El olor era repugnante, pero era aún peor la imagen de las cucarachas recorriendo la mesa de madera. El corazón de Marga se aceleraba con cada paso que daba. Sentía verdadero terror, pensaba que en cualquier momento sería atacada por uno de aquellos zombies.
    Las ventanas estaban cubiertas por unas cortinas de flores. Se acercó a una de las ventanas para correr la cortina y dejar que la luz entrara aún más. De pronto la puerta se cerró y Marga, presa del pánico, apuntó con el revolver a la puerta y apretó el gatillo sin pausa sin que sonara ningún disparo. Sólo se escuchaba el chasquido constante del arma. Cuando se detuvo, quedó paralizada en la oscuridad. Por los agujeros del latón del tejado se filtraban pequeñas columnas de luz. La respiración de Marga dominaba por completo el lugar. Era una respiración ahogada, agitada, aterrada. Su arma no se había disparado, y aquella falta de seguridad le creó una sensación mayor de desesperación. Cuando consiguió controlarse, buscó a tientas la cortina que había visto delante suya segundos antes y cuando la encontró tiró con fuerza de ella, arrancándola del pasador. La luz entró en la casa, y Marga se vio sola, nada había ocurrido. La puerta se habría cerrado golpeada por una corriente de aire.
    La chica miró el arma y se preguntó porqué no se había disparado. Sin duda no era por el seguro, ya que el chico la acababa de disparar. Empujó el bombo de las balas abriéndolo, y vio que no había ni una sola bala en aquella rueda. Furiosa lanzó el arma contra una de las ventanas. Su vida había dependido de aquel arma, y estaba descargada. Si en aquel momento hubiera entrado algún zombie, ella ahora estaría muerta. Aquel pensamiento la agobió y se echó a llorar con un ataque de pánico. Su cabeza empezó a darle vueltas y se tuvo que sentar en el suelo. Se obligó a respirar hondo, ya que se negaba a perder el conocimiento. Si lo hacía, quizá no despertase jamás. Podía haber uno de aquellos asquerosos monstruos en cualquier sitio.
    Poco a poco su respiración empezó a regularse. Marga pudo volver a ponerse en pie. La habitación le daba vueltas, pero le daba igual. Tenía que moverse, tenía que inspeccionar la cabaña que por suerte era pequeña. No debía medir más de tres metros cuadrados, y con la cama, la mesa y la cocina de butano parecía aún más pequeña. También había un pequeño armario. Frente a la cama había un pequeño escritorio. Marga se acercó y vio un telégrafo. Se preguntaba si funcionaría, aunque no le serviría de nada, ya que no sabía usarlo. También había una botella de cristal vacía. Un trapo de tela y un puñado de bujías.
    Marga miró todo aquello asombrada, no entendía nada. En la pared, colgado de un clavo, había una pintura de una playa. Era un cuadro inquietante, pues el cielo estaba ennegrecido por lo que parecían nubes de tormenta. ¿Quién pinta un cuadro tan lúgubre? Marga veía más lógico pintar una imagen idílica.
    En la cama habían dos papeles. Marga los cogió y empezó a examinarlos. Uno de ellos parecía una hoja arrancada de un manual de instrucciones. Empezó a leerlo y vio que eran instrucciones de un osciloscopio. ¿Quién tiene unas instrucciones de algo así en su cabaña? Marga no sabía realmente ni lo que era. Nunca había oído hablar de un aparato así. El otro papel era una hoja impresa de alguna página web. Marga empezó a leerla y vio que eran instrucciones para fabricar un cóctel molotov. Decía que para su fabricación era necesario una botella, un trapo, aceite o gasolina y objetos para usar como metralla, como clavos, tornillos, o bujías. Cuando la chica leyó esto último miró asombrada al escritorio. Quien estuviera viviendo allí, estaba a punto de fabricar una bomba casera, sin duda para defenderse de aquellos seres. Marga buscó lo que iban a usar para prender la mecha, abrió el armario y vio una botella de plástico llena de un líquido amarillento. Destapó la botella y acercó con cuidado su nariz. No tuvo que acercarla mucho para notar el olor de la gasolina.
    La chica sintió un gran alivio, podría crear ella misma aquella bomba, sin duda podría utilizarla en un momento de desesperación. En el armario había también un cuchillo largo, Marga lo cogió, era un cuchillo jamonero, pero estaba tan afilado que su punta ya no era redondeada si no puntiaguda, parecía un puñal. La chica lo dejó encima de la cama y siguió mirando el armario. Había ropa, una camiseta negra y unos pantalones vaqueros. Marga se quitó la ropa y se puso la que había encontrado. Los pantalones le iban estrechos así que decidió cortarlos convirtiéndolos en unos shorts tejanos. En el armario, en una estantería inferior pudo ver un aparato. Era una especie de monitor con botones. Jamás había visto aquello y no sabía lo que era pero supuso, por su ignorancia, que las instrucciones que había encontrado serían de aquel aparato. Así que aquello era el osciloscopio. Mientras seguía inspeccionando el armario, un ruido alertó a la chica. El mero hecho de escuchar un sonido, fuera cual fuere, le ponía en tensión. Al principio no distinguió el tañer de las campanas del campanario de la ciudad pero luego respiró hondo y pensó que era bueno aquel sonido. Necesitaba saber que hora era. Tras la tercera campanada Marga volvió a su labor. Cuando de pronto se quedó quieta, pensando. ¿Sólo eran las tres? No podía ser, el día estaba demasiado avanzado, la luz del sol empezaba a atenuarse y, aunque las nubes lo ocultaban, sin duda era más tarde. Encontes, ¿por qué sólo tres golpes de campana? El campanario estaba automatizado, no había lugar a errores, a no ser que alguien hubiera golpeado tres veces la campana a propósito. Sin duda eso era lo que ocurría, alguien había subido al campanario y había lanzado un mensaje de auxilio desde el único lugar que podría ser escuchado y visto desde toda la ciudad.
    Marga sintió que debía dirigirse hacia el campanario. Si había alguna posibilidad de encontrar supervivientes, tenía que arriesgarse.
    La chica buscó algo con lo que poder transportar todo lo que había encontrado en la cabaña. En el armario encontró una mochila mugrienta de color caqui con diversas chapas contradictorias. Habían algunas con el símbolo de la paz, otras muchas con fotografías de armas blancas y de fuego. Marga pensó que quien fuera el o la que viviera allí, parecía padecer un caso claro de bipolaridad. Metió las bujías envueltas en el trapo dentro de un bolsillo pequeño que había en el interior de la mochila. Cogió la botella de gasolina y la volcó para asegurarse de que estaba bien tapada y no se derramaba el líquido. Cuando vio que era seguro, la metió dentro de la mochila envuelta en la camiseta que se había quitado instantes antes. El cuchillo lo acomodó en unas tiras que dejaban un espacio en el lateral de la bolsa. Era un sitio perfecto para desenvainarlo si era atacada por algún zombie.
    Cuando colocó la mochila en su espalda, se sintió aliviada al comprobar que no pesaba apenas. Un peso excesivo le impediría defenderse o huir del ataque de uno de aquellos monstruos. Se acomodó el rifle en el hombro y pensó que necesitaba un arma más pequeña, aunque no tenía ni idea de dónde podría encontrarla. Ella era camarera, jamás había tenido que comprar o directamente empuñar una pistola.
    Cuando estuvo lista, se dirigió a la puerta, respiró hondo, cargándose de valor para volver a salir a aquel infierno más propio de una película de terror que de la vida real. Luego giró el pomo de la puerta y salió al exterior. La luz era cada vez más tenue, tenía que darse prisa. Oteó el horizonte en busca del campanario y lo localizó sobre la línea de edificios. Una oleada de terror sacudió el cuerpo de Marga al ver que tenía que volver por la zona más infestada de zombies. Era como si el destino le estuviera gastando una broma macabra. Podía ir por otro camino, pero sabía que era más largo, y nadie le aseguraba que fuera más seguro.
    —Más vale malo conocido…
    Tras decirse esta frase emprendió su camino. Se alegró profundamente de que los zombies no hubieran llegado hasta la cabaña. Tenía unos metros de tranquilidad. Empezó a correr en dirección al lateral de un coche donde se resguardó unos segundos para comprobar si había peligros acechando. Pudo ver un grupo de zombies desperdigados. Uno de ellos parecía haber encontrado una presa. ¿Cómo era posible, si la zona estaba desierta? Ante aquel macabro espectáculo, Marga pensó que si aquellos seres seguían cazando a gente, era porque aún habían supervivientes, y la idea de dirigirse al campanario recobró fuerzas. Junto al zombie que devoraba a aquella persona, habían dos engendros más, ambos andaban a un pasó desesperadamente lento, con la cabeza encarada al cielo y una mirada que hacía mucho tiempo dejó de tener brillo.
    Aprovechó la situación para correr hacia la esquina de un edificio. Pegó la espalda en la pared y asomó la cabeza para ver si la calle era segura. Dentro había un contenedor de basura al cual corrió para ocultarse. Su respiración estaba agitada, la adrenalina le dominaba, y por primera vez desde que empezó todo aquello, la sensación no era de miedo, si no de una hiperactividad extrema. Eso era bueno, sin duda, los nervios la mantendrían alerta.
    Un grito desgarró el aire. Era una voz infantil, y Marga quedó helada. No podía imaginarse a un monstruo de aquellos asesinando a un niño o una niña. Decidió postergar la llegada al campanario y corrió en dirección al grito. Las súplicas de auxilio provenían de una tienda cercana. Era una ferretería. Marga descolgó el rifle de su hombro y lo empuñó. No tenía ni idea de como podía saber si estaba cargado, así que esperaba que lo estuviera. Pasó al otro lado del mostrador. Las súplicas se convirtieron en sollozos sonoros que venían del almacén. Era una tienda pequeña, y el almacén estaba separado por una cortinilla de bolas. Al entrar vio a un niño de no más de quince años, tumbado en el suelo boca arriba, y un asqueroso zombie sobre él. El niño forcejeaba con el zombie y parecía que empezaba a perder sus fuerzas. El monstruo era más fuerte y el crío empezaba a ceder. Marga apuntó con el arma, pero tenía miedo de que su puntería resultara nefasta. Jamás había disparado y no sabía si era buena haciéndolo. Seguía apuntando, esperando un instante de seguridad cuando de pronto el crío le vio y con la ayuda de sus piernas empujó al zombie de tal forma que lo separó de él en un acto desesperado. Marga aprovechó y en una milésima de segundo rezó porque hubiera una bala en la recámara. Apretó el gatillo y el zombie cayó fulminado en el suelo.
    —¿Estás bien, chico?
    El niño asintió.
    —Levántate, corre.
    —Pero si ya le has dado. Le has disparado en la cabeza. Está muerto, ¿no?
    —No… no es como en las películas. Antes han disparado en la cabeza a uno de estos monstruos y aún así ha conseguido atacar a un hombre. ¡Corre!
    El chico se levantó al oír aquella declaración tan espeluznante. Marga miró a su alrededor y tuvo una idea. Hizo que el niño se apartara y cuando lo hizo, empujó una gran estantería. Con un inmenso esfuerzo consiguió que la estantería cayera encima del zombie. No sabía cómo matar a aquellas bestias demoníacas, pero sin duda, aquello podría frenarlo.
    —¿Cómo te llamas, chico?
    —Me llamo Emanuel…
    —De acuerdo, Emanuel, tenemos que salir de aquí.
    Marga explicó al crío su intención de llegar al campanario. Le dijo que sin duda había alguien allí, que necesitaba ayuda. Emanuel sintió una renovada esperanza. Marga se fijó en la camiseta que llevaba Emanuel. Era una camiseta negra con el logotipo del grupo Guns n’Roses. Le hizo gracia ver a un crío tan pequeño con una camiseta como aquella.
    —¿Te gusta el rock?
    —¿Eh?
    —La camiseta…
    —Ah, no, me la regaló mi padre… a él sí que le gustaba.
    Marga entendió que aquella manera de hablar de su padre en pasado, significaba que ya no estaba vivo y prefirió no seguir indagando. La mujer miró a su al rededor y se vio rodeada de herramientas útiles. Destornilladores grandes y contundentes. Vio una sierra eléctrica, y durante un instante contempló la posibilidad de llevársela, pero comprendió que aquello pesaba demasiado y sólo le restaría velocidad, así que renunció a ella.
    Al pasar frente a un pequeño espejo que había colgado de un gancho, se detuvo a mirar el reflejo. Le costó reconocerse, era como si su rostro, que en otro tiempo había sido dócil y angelical, se hubiera tornado feroz, salvaje. Su atención se centró en su ojo izquierdo. Una mancha roja ocupaba gran parte del blanco y su pupila estaba muy dilatada. De pronto vino a su mente el primer zombie… su sangre salpicándola al ojo. ¿Tendría algo que ver? Un desasosiego se instaló en el interior de Marga. Quizá había visto demasiadas películas de terror, o quizá su desánimo era justificado.
    Pronto volvió en sí, y recordó su objetivo. Se dirigió a la entrada de la ferretería y echó un ojo afuera, temía que el disparo hubiera alertado al resto de zombies. No tenía claro cuán inteligentes eran. Por suerte parecían no serlo en exceso, pues ninguno de aquellos monstruos había acudido al estruendo. Miró a uno y otro lado, pensando cómo podía hacer lo que estaba proponiéndose. El campanario aún estaba demasiado lejos, y parecía que los zombies se multiplicaban según pasaba el día. En una esquina cercana pudo ver un bar.
    —Emanuel, ven, aprisa…
    Cuando el crío se acercó, Marga le hizo mirar a aquella esquina.
    —Podemos coger algo de comer y de beber. Lo necesitaremos.
    Emanuel asintió, no quería decirlo, pero estaba hambriento. Así pues, esperaron hasta estar convencidos de que era seguro salir y corrieron con todas sus fuerzas hacia el bar. Cuando entraron, Emanuel se tuvo que abrazar a Marga protegiendo su rostro en el vientre de la mujer. El suelo, las mesas, las paredes, todo el bar estaba ensangrentado. Por el suelo habían botellas de sifón rotas, y cuyo líquido se mezclaba con la sangre.
    —Chico, no te alejes, podría haber uno de esos monstruos…
    Tras decir esto, Marga comenzó a observar su entorno. En una mesa situada al fondo del local, la mujer pudo distinguir un bolso. Corrió hacia él con la esperanza de encontrar las llaves de un coche. Nunca había conducido y sin duda, aquel era un buen momento para aprender. Abrió el bolso y empezó a buscar dentro desesperándose por la cantidad de cosas que la propietaria había introducido en él. Cuando se hartó de rebuscar cogió el bolso y lo volcó en la mesa. Algunas cosas rodaron por la superficie y cayeron al suelo. Un pintalabios, algunas monedas, cosas que a Marga no le hacían ninguna falta. Rápidamente detuvo un cilindro metálico que estaba a punto de caer también. Era un pote de laca, Marga lo observó con atención y pronto se vio a sí misma utilizándolo como una especie de lanza llamas. Sólo necesitaba algún mechero para prender el gas. El pote era pequeño, perfecto para llevarlo de viaje. Marga se lo guardó en el bolsillo del pantalón, metiéndolo a presión pues aún siendo pequeño, era demasiado redondo para un pantalón tan ajustado.
    En el bolso también había un teléfono móvil. Marga sintió una alegría inmensa. Por fin algo bueno le ocurría, podría pedir ayuda a alguien de fuera de aquella odiosa ciudad. Marga cogió el móvil y la desesperación volvió a acomodarse en ella al ver que el aparato estaba apagado. No podría usarlo aunque lo pusiera en marcha, ya que no sabía cual era el código de desbloqueo… todo aquello parecía una macabra broma del destino.
    —Eh, aquí hay un portatil…
    Emanuel abrió ordenador y éste se puso en marcha, por suerte sólo estaba suspendido, nadie lo había apagado.
    —¿Crees que podríamos conectarnos a internet, chico?
    —No lo tengo claro, si hubiera algún servidor disponible sí…
    —Inténtalo, ¿vale? Yo voy a buscar algo para comer.
    A Emanuel no le gustaba la idea de quedarse solo en aquel local. Sentía que en cualquier momento podría entrar uno de esos apestosos muertos vivientes. Pero sin duda, no era un buen momento para la debilidad, debía ser fuerte, así que asintió dejando que Marga se dirigiera a la cocina.
    Cuando la mujer entró en la cocina se quedó horrorizada al ver en el suelo un cuerpo totalmente quemado. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar, pero no lo consiguió. Tras sucumbir a sus náuseas, Marga contempló el cadáver tapándose la nariz con la mano. A juzgar por las malformaciones en sus extremidades, aquel era uno de esos malditos zombies. Por fin había descubierto la forma de matarles, ¡había que quemarlos! Marga vio algo clavado en la frente del zombie quemado, se acercó para verlo de cerca. Era una un destornillador. Nunca se habría imaginado ver uno clavado en la frente de un demoníaco muerto viviente.
La mujer se centró en lo que había ido a hacer, buscó comida que no tuviera que preparar. El tiempo era demasiado valioso. En la despensa encontró algunos bollos rellenos de crema y chocolate. Los cogió todos y se dirigió de nuevo al local. De pronto vio como algo corría hacia ella, y la lanzó al suelo. Marga se defendió por instinto, forcejeando con un zombie. Era pequeño, su piel era pálida como la de un muerto y sus ojos grisaceos exentos de vida. Marga se quedó completamente helada al ver el logotipo de Guns n’Roses en la camiseta de aquel monstruo.
    —Emanuel…
    Marga empujó al crío con su pierna lanzándolo por los aires. Éste se puso en pie con agilidad. Todavía no se había convertido del todo, por ese motivo conservaba la agilidad de su juventud, pero su alma estaba ya totalmente corrompida, no reconocía a Marga, y su sed de sangre era inmensa. Por suerte para Marga, era más fuerte su sadismo que su fuerza. La mujer corrió hacia la cocina, seguida por el chico que se golpeó contra una mesa al resbalarse con la sangre del suelo. Marga buscó algo en la cocina que pudiera ayudarla, y sólo encontró un grandioso cuchillo, no le gustaba aquella opción, debería tener demasiado cerca al monstruo para utilizarlo. En la encimera vio un soplete de cocina y se sintió aliviada. Sentía mucho tener que hacer aquello, era tan sólo un niño, pero tenía que hacerlo, allí se imponía la ley del más fuerte.
    Tras ella, Emanuel la observaba con una sonrisa pérfida en su cara que había comenzado a pudrirse. A Marga no le dio tiempo a sacar el pote de laca de su bolsillo, Emanuel se le echó encima y tuvo que esquivarlo. Marga comenzó a correr hacia una salida de emergencia que daba a un callejón. No tenía tiempo de comprobar si el exterior era seguro, saldría a toda prisa abalanzándose contra la puerta que se abrió de golpe y ella se dio de bruces contra el muro del callejón. Marga vio como Emanuel corría hacia la salida y golpeó con su pierna la gran puerta metálica tan fuerte que se cerró con un golpe sordo. Marga miró ahora el callejón y vio a varios zombies que se acercaban a paso amenazante. No podía entrar en el bar, Emanuel estaría esperándola. Se decantó por subir a la escalera de incendios del callejón.
    Saltó con fuerza para sujetarse a la escalera, y la trepó hasta que sus pies tomaron contacto con el metal. De pronto un alarido furioso y salvaje le heló la sangre. Marga miró al callejón y vio a Emanuel corriendo hacia ella. Aquella imagen le aterró. Su rostro ya no tenía nada de niño, y Marga deseaba en parte que se convirtiera en uno de aquellos zombies patizambos que no suponían ninguna amenaza a larga distancia. Marga corrió por la escalera de acero, subiendo a toda prisa. Cuando de pronto perdió el equilibrio al verse atacada por un zombie a través de la ventana de uno de los pisos. Marga sintió como su corazón empezaba a galopar dentro de su pecho. Esquivó al monstruo y siguió subiendo, seguida por Emanuel. Por fin, tras unos desesperantes minutos, consiguió llegar a la azotea. Allí decidiría que hacer.
    Se acercó al borde de la azotea para comprobar si era factible un salto al edificio siguiente. No estaba segura de poder dar un salto así. No parecía demasiado grande, pero quizá sus ojos la engañaban. Tras ella un lamento hizo que se girase. Era la ausencia de Emanuel, era su zombie, por fin convertido totalmente en muerto errante. Sus pasos ya habían perdido la velocidad, y habían adquirido aquella lentitud tenebrosa. Aquello no tranquilizaba a Marga que estaba atrapada en la azotea de un edificio, sin poder ir a ningún sitio. La decisión era evidente, tenía que saltar, no podía hacer otra cosa. Se acercó ligeramente a Emanuel, para poder coger carrerilla y tras respirar hondo corrió hacia el borde alejándose del zombie que ya alargaba sus brazos para intentar capturar a la mujer que saltó con todas sus fuerzas, rezando, en aquel instante, para que sus piernas tuvieran la potencia necesaria para llegar al otro lado.
Marga rodó por el suelo de la siguiente azotea, y pudo ponerse en pie a salvo de Emanuel que lanzó un rugido rabioso al aire. Marga sintió que aquel sonido tétrico era poético, pues significaba que ella estaba a salvo. Cuando estuvo en pie miró a su al rededor. Tuvo una idea, la forma más segura de llegar al campanario. Oteó los alrededores para encontrarlo, y cuando lo hizo, asombrosamente cerca de allí, Marga tomó la decisión, iría a través de las azoteas. Era la decisión correcta.
Se puso en marcha, corriendo y buscando los puntos más seguros para saltar de una azotea a otra. El esfuerzo era inmenso, pero sin duda merecía la pena el cansancio si con ello estaba a salvo de los ataques de aquellos asquerosos seres. En su último salto, Marga apoyó mal el tobillo y se lo torció cayendo al suelo de espaldas. Lanzó un grito de dolor pero por suerte sólo fue el dolor del impacto, no se lo había roto. Se levantó sin apoyar el tobillo dañado y sintió como su espalda comenzaba a humedecerse. Se quitó la mochila y comprobó que la botella de gasolina que llevaba en ella se había abierto por la caída. Debía lanzar aquella mochila pues era peligroso viajar con ella, podía incendiarse con el menor contacto con una chispa, no quería arriesgarse a ello.
    Marga lanzó la mochila por la azotea y al hacerlo quedó completamente congelada por el terror. Había llegado al campanario, se alzaba frente a ella, en una plaza enorme. Lo había conseguido, su objetivo estaba cumplido, y sin embargo, Marga no sintió alegría, sólo terror, el terror de quien se asoma al precipicio y ve una horda de zombies rodeando su punto de llegada. No era capaz de calcular el número de aquellos seres. Decenas, centenares, quizá miles y puede que millares… todos gruñiendo en un susurro desquiciante que se amplificaba por el eco de la plaza. La luz del sol se había tornado de un tono rojizo al comenzar a ocultarse tras los edificios, y aquel fulgor sangriento que iluminaba la plaza del campanario, hizo que Marga se diera cuenta de algo… su esfuerzo había sido inútil, era imposible entrar, era imposible esquivar a aquel ejército infernal.

    El logotipo del grupo de rock Guns n’Roses descansaba orgulloso en la camiseta de aquel crío. El chico, en cambio, estaba completamente asustado. Solo, en aquella ciudad infestada de muertos vivientes. De seres nauseabundos que seguramente le impedirían dormir durante el resto de sus días. Intentaba recordar la voz de su madre, su querida madre a la que había escuchado por última vez hacía tan sólo un par de horas. Intentó recordar aquel sonido buscando en los archivos de su memoria alguna conversación banal.
    —¡Emanuel ven a cenar!
    —¡Un poco más mamá!
    —¡Emanuel, deja la consola y ven a cenar!
    —¡Sólo un poco más, por favor!
    —¡Te dejo hasta que cosa la pernera del pantalón de tu padre!
    —Vale mamá, gracias!
    Era curioso como sólo conseguía recordar aquella conversación. Al chico le daba rabia haber olvidado la voz de aquella persona tan importante para él.
    Acababa de escuchar dos disparos amplificados por el eco de aquellas calles en esencia vacías. A pesar de su corta edad, entendió que donde habían disparos, habían seres humanos vivos. Estaba a salvo, aquellos malditos zombies no habían matado a todos. Con energías renovadas por el optimismo de poder encontrar a nuevas personas, empezó a correr rezando, aún sin creer en ningún dios, para no toparse con ningún zombie.
    Giró en un callejón que por suerte estaba vacío, a excepción de una rata que parecía estar exenta de temor. Emanuel envidió a aquel roedor, quería no sentir miedo, porque nunca antes había sentido tanto pavor. De detrás de uno de los contenedores que habían en el callejón salió una de esas criaturas endemoniadas. Era una mujer, y por un instante recordó lo que le había pasado a su familia.
    Recordó aquella mañana cuando se levantaron sus padres, su hermana mayor y él para hacer una pequeña excursión a la playa. Estaban contentos, prometía ser un día excepcional. La carretera estaba totalmente desierta, así que su madre estaba contenta. Odiaba conducir con tráfico. Su padre estaba medio dormido en el asiento del acompañante. Su hermana en el asiento de atrás pulsaba frenéticamente los botones de su Blackberry. Y él se limitaba a mirar por la ventanilla. Le gustaba contemplar el paisaje, aunque algo en la línea del horizonte le perturbó. El cielo, por alguna extraña razón tomaba un color liláceo en la lejanía.
    Su hermana le acercó una bolsa llena de frutos secos, y él la rechazó pues acababa de comerse el último datil que había, y era lo único que le gustaba. Cuando llegaron a la ciudad, el panorama era dantesco. Parecía que un huracán hubiera azotado aquel lugar. Los coches volcados y decenas de cadáveres esparcidos aquí y allá. Había un policía que llevaba puesto el chaleco anti-balas y Emanuel, horrorizado, pudo ver la pistola del hombre tirada a escasos centímetros de él.
    De pronto, la madre del chico apretó con brusquedad el pedal del freno para evitar llevarse por delante a una mujer que había en medio de la carretera. Estaba de espaldas al coche, y se tambaleaba. El padre del muchacho, que había despertado por la brusquedad de la frenada, la miró pensando que quizá sería una yonqui. Claramente no había tenido tiempo de ver el panorama que ofrecía aquella ciudad. La madre de Emanuel tocó el claxon, y la zombie se giró poco a poco. Todos los pasajeros del coche sintieron como el corazón les daba un vuelvo al comprobar que aquella mujer no era una drogadicta, y seguramente ya no era ni si quiera humana. Sin mandíbula inferior, sin ojos en aquellas cuencas negras y profundas. Emanuel sintió el impulso de vomitar pero se contuvo, no supo bien porqué.

    De vuelta al callejón la zombie tropezó, dejando constancia de la torpeza que la muerte le había otorgado. Emanuel se asustó, y de un respingo saltó hacia atrás golpeando su pequeña espalda contra el muro de ladrillo. El dolor del golpe hizo que reaccionara, y antes de que la muerta viviente pudiera agarrar su pie desde el suelo, el niño echó a correr sin mirar atrás.
    Tenía que llegar hasta el lugar de los disparos. Necesitaba encontrar a alguien más con vida. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Y se obligó a sí mismo a seguir deseándolo, solo aferrándose a ese pensamiento podría conseguir que se hiciera realidad. Tenía que sobrevivir a aquel día sacado de la pesadilla más truculenta.
    El callejón terminó y Emanuel se vio en una calle principal, llena de aquellos asquerosos engendros. Le costó sobremanera no lanzar un grito desgarrador al aire impulsado por el terror. Por suerte consiguió reprimirlo. No tenía claro si aquellos monstruos podrían oír. Estaban muertos, eso lo sabía por el centenar de películas que existían sobre zombies, pero no apostaría su vida a aquellos datos ficticios.
    Se detuvo un momento, mirando al rededor para asegurarse de que ningún zombie le hubiera visto. Parecía estar de suerte, aunque aquel concepto, el de la fortuna, le pareciera en aquellos momentos un chiste malo. Emanuel había perdido a toda su familia a manos de unos monstruos que él sólo creía que eran posibles en la pantalla. Volvió a mirar su entorno, buscando un sitio donde ir. ¿Dónde habían sonado aquellos disparos? El crío deseó que volvieran a sonar, dándole una pista sobre a dónde dirigirse.
    No se dio cuenta de lo mucho que había tardado en moverse, y tras él, del callejón salía patizamba aquella muerta viviente que casi le caza. Su cerebro se activó rápidamente y empezó a correr alejándose de allí. Mirando a un lado y al otro de la calle, buscando un sitio donde esconderse. De pronto, como caída del cielo, como un regalo en la noche de reyes, apareció una ferretería. Corrió hacia la puerta rezando — aún sin saber bien cómo hacerlo — para que estuviera abierta. Y pareció que la providencia estaba del lado de los niños, pues la puerta cedió dejando espacio para aquella estancia regada por la luz tenue de la calle. Cerró la puerta de cristal tras él, y se apartó, alejándose de la exposición al exterior. En la protección de una estantería llena de bombillas de bajo consumo, Emanuel se dio unos segundos para respirar hondo. Poco después dejó de jadear. Mientras notaba como su respiración se iba normalizando, miró la estancia. Era una ferretería, lo sabía porque había acompañado varias veces a su padre a una para comprar tornillos. Sin duda ahora la situación era muy distinta. Ahora no iba a comprar ninguna herramienta, iba a sobrevivir.
    En la soledad de la ferretería, su cabeza volvió al inicio de todo aquello.
    —¡Acelera cariño!
    —¿Pero qué es eso?
    —¡No lo sé, joder, pero no pienso averiguarlo!
    De pronto la ventanilla del padre reventó, y una mano cadavérica le agarró del cuello. Y, como si fuera una simple pluma, le sacó de golpe del coche a través del hueco que había dejado el cristal.
    Emanuel hizo un esfuerzo por dejar de recordar aquella matanza. Intentó olvidar la pérdida de su familia en manos de aquellos seres. Y sobretodo, el tormento que suponía para él haber conseguido huir. Ser el único superviviente de su familia. Y todo para que otra muerta viviente le diera caza en aquel sucio y frío callejón.
    Emanuel lanzó un último soplido ahogado antes de recuperar la normalidad de su respiración. Allí estaría a salvo, a no ser que los zombies supieran abrir puertas. Aquella duda hizo que el chico se angustiara. Realmente no sabía nada de aquellas criaturas, y no sabía lo que eran capaces de hacer.
    Miró a través del cristal de la puerta asomando tan sólo la cabeza, vio a tres zombies femeninos y uno masculino. Deambulaban sin rumbo alguno, sin ningún objetivo. Y el chico apartó la cabeza para no arriesgarse a ser visto por aquellas bestias.
    Empezó a mirar a su alrededor, inspeccionando la ferretería. No sabía exactamente cuánto rato podría quedarse allí. Sin comida, sin ningún tipo de suministro. Sólo herramientas, que quizá podrían servirle para defenderse. Aunque aquella idea le aterraba. ¿Enfrentarse contra aquellos monstruos? Era la idea más espantosa que se le pasaba por la mente. En una esquina vio varias cajas tiradas por el suelo con tornillos esparcidos. Sus sentidos se alertaron al instante. Algo había pasado allí. No debía confiarse. Encima del mostrador encontró una gran lima de hierro macizo. La cogió para protegerse. En sus manos tenía el tamaño de un puñal. Pasó al otro lado del mostrador, donde había una abertura en forma de puerta, con una cortinilla de bolas de madera.
    De pronto, el sonido estridente del tañer de campanas alertó a Emanuel, e hizo que girara sobre sí mismo. Las campanas sonaron y el chico volvió a sentir como su respiración se agitaba. Cuando pudo relajarse al comprender que el sonido no podría hacerle daño, volvió a girar en la dirección de la puerta. Y su pequeño corazón dio un vuelco al verse ante uno de aquellos malditos zombies. Todo pasó tan rápido que a duras penas tuvo tiempo de esquivarlo. Emanuel cayó de espaldas, y el engendro, que se incorporó para hincarle el diente al niño cayó encima de él. El chico empezó a golpear el cráneo del zombie con el mango de madera de la lima. Pero aquel salvaje parecía no sentir nada. El monstruo era extremadamente fuerte y las fuerzas del niño comenzaban a escasear. Consiguió apartarlo con sus piernas, pero el zombie volvió a la carga consiguiendo clavar sus dientes en el vientre del chico. Emanuel lanzó un alarido al aire, y comenzó a pedir ayuda instintivamente, aún sabiendo que nadie podría ayudarle. Siguió forcejeando con el zombie, y de pronto vio a una mujer en la puerta del almacén. Empuñaba un arma y apuntaba dubitativa al zombie que el niño tenía encima. Emanuel hizo fuerza con sus piernas para levantar al monstruo y acto seguido un gran estruendo sonó en aquella pequeña ferretería y el crío notó como el zombie dejaba de luchar contra él.
    Los oídos de Emanuel pitaban por el fuerte estruendo. Con una fuerza salida de la adrenalina, apartó el cadáver de encima suyo y se puso en pie. Vio como los labios de una chica preciosa se movían, pero el pitido de sus oídos no le dejaban entender lo que decía.
    De pronto vio como la chica intentaba derribar una gran estantería sobre el zombie. Emanuel se quedó quieto, observando. Una oleada de dolor le recorrió el cuerpo tomando como punto de partida la mordedura de aquel nauseabundo ser.    
    —¡Ya está muerto, le has disparado en la cabeza!
    —No chico, hace un rato vi como un hombre disparaba al cráneo de una de estas cosas y aún así se levantó y le mató. ¡Esto le frenará!
    Cuando la estantería cedió, Marga cogió el brazo de Emanuel y le hizo salir de allí. El chico empezaba a sentir como su frente se entelaba de sudor frío, y sus ojos le ardían. También empezó a notar el sabor metálico de la sangre. No sabía qué estaba pasando, pero le dolía cada parte de su cuerpo. Las extremidades parecían ser estiradas por diez hombres, a punto de desencajarse.
    Corrieron hacia un bar que parecía el escenario de una matanza, y en realidad lo era. La chica le pidió que se quedara allí mientras ella iba a la cocina a buscar algo de comer y allí, de pronto, Emanuel empezó a ver como el paisaje se oscurecía. Como su consciencia se iba apagando. Y el sabor metálico se hizo más intenso. Supo, por instinto, lo que significaba aquello. Estaba pagando el precio de la mordedura, y sin duda, aquello era lo que ocurría cuando la muerte se hacía presente. Cuando la vida se escapaba de tus manos, cuando empezabas a convertirte en uno de esos seres. Uno de esos zombies.

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