Titulados 6: Y la caballería no llegaba

La imagen es una ilustración digital, oscura. En ella vemos varios soldados con armaduras medievales, pero no parecen humanos. Sus ojos brillan en la noche y sus caras no se distinguen en la oscuridad. En el cielo despejado podemos ver la luna llena. El relato se titula: Y la caballería no llegaba.

Y la caballería no llegaba. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Y la caballería no llegaba es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Titulados», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos partiendo de títulos que me propongan las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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TÍTULO PROPUESTO:


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POCAS COSAS IMPRESIONAN MÁS que encontrarte delante de un ejército de zombis vestidos con armadura. Sobre todo si estás sola con tu compañera de guardia y sois las únicas que impiden a esa horda entrar en la ciudad y empezar a destripar a diestro y siniestro. Es exactamente lo que les ocurrió a Rollana y Zorgan, dos soldadas que cobraban el sueldo mínimo y a las que ni siquiera se les permitía robar material de oficina.
      En las puertas de Kejidupán, la ciudad más poblada de la península, las dos mujeres cambiaban el peso de un pie al otro, mientras miraban el ejército estático y el centenar de ojos brillantes en la oscuridad.
      Había cierta inquietud, las cosas como son.
      —Y dices que has llamado a la caballería, ¿no? —preguntó Rollana, la más grande de las dos.
      Medía cerca de dos metros y tenía unos brazos a los que te podías abrazar y con los que, una vez abrazado a ellos, podría levantarte como quien levanta una garrafa de agua de ocho litros.
      —Por cuerno y por teléfono —respondió Zorgan—. También he enviado un cuervo, una paloma y a un tipo que corre muy deprisa si es para alejarse del peligro.
      —Bien, bien… Entonces no hay de qué preocuparse, ¿eh? La caballería vendrá y se encargará de esos zombis.
      Zorgan ladeó la cabeza e inspeccionó las filas enemigas como si acabara de darse cuenta de que estaban ahí y quisiera hacerse una idea de cuán jodidas estaban.
      —Son muchos zombis —dijo, asumiendo que en una escala del uno al diez, estaban jodidas como para no poder volver a sentarse en la puta vida—. La caballería debería ser muy numerosa.
      —Pero eso ya lo gestionan ellas, ¿no?
      —Supongo, supongo. La verdad es que no sé cómo funciona. Pero bueno, deben estar al caer, ¿verdad?
      —Claro, claro. Si les has llamado…
      —Por cuerno y por teléfono. También he enviado un cuervo, una paloma y a un tipo que corre muy deprisa si es para alejarse del peligro.
      —No, si ya…
      Los zombis no se movían.
      Los zombis parecían muertos.
      Los zombis siempre parecen muertos. Es lo que tiene ser zombi.
      En lo alto de la muralla alguien asomó la cabeza y chistó a Rollana y Zorgan. Las dos mujeres dieron un bote y se llevaron la mano al peto de la armadura. Miraron hacia arriba con cierta tirantez y vieron a Praliaga, una compañera del ejército, asomándose tímidamente.
      —Perdón, ¿os he asustado? —preguntó Praliaga.
      —¡Claro que no! —dijeron Rollana y Zorgan al unísono, con una voz más aguda de lo que habrían querido.
      —Oh, pues ha parecido que os asustabais.
      —Pues no ha sido así. ¿Qué cuernos quieres, Pral?
      —Venía a preguntaros si siguen ahí los zombis esos.
      Rollana y Zorgan se miraron, luego miraron a Praliaga y, por último, miraron el ejército de muertos vivientes.
      —¿Lo dices por esos de ahí que parecen zombis, seguramente huelan como zombis y muy probablemente destripen como zombis? —preguntó Rollana, asegurándose de darle a sus palabras todo el sarcasmo que supo.
      —Sí, exactamente por esos lo digo, Rollana —respondió Praliaga, rascándose la cabeza libre de yelmo. La verdad es que no se le daba especialmente bien entender el sarcasmo—. Qué pregunta más estúpida.
      —Ahí siguen, Pral —dijo Zorgan.
      —¿Habéis llamado a la caballería?
      Las dos mujeres frente a la puerta se miraron, resoplaron y dijeron a la vez:
      —Por cuerno y por teléfono. También hemos enviado un cuervo, una paloma y a un tipo que corre muy deprisa si es para alejarse del peligro.
      Praliaga asintió satisfecha.
      —Entonces seguro que viene. Es la caballería, tiene que venir.
      Zorgan se encogió de hombros.
      —En realidad no tengo tan claro que vaya a venir… La última vez que llamamos a la caballería fue para que nos bajaran a un gato del Árbol de la vida.
      —Sí… y la anterior para que bajaran a la Anciana Sabia —añadió Rollana.
      —Y si no recuerdo mal, también tuvieron que bajar al hechicero supremo —dijo Zorgan pellizcándose el mentón.
      —Hay que ver la de cosas que se quedan enganchadas en ese árbol —convino Praliaga—. Si me preguntáis, creo que habría que talarlo.
      Rollana y Zorgan dieron un respingo al escuchar a su compañera, hicieron la señal de Sacsé, la diosa creadora y miraron al cielo, dejándole claro que ellas no tenían nada que ver con aquella hereje y que, de hecho, nadie le había preguntado.
      Se quedaron las tres en silencio, mirando a la lejanía, a aquellos puntos luminosos en la oscuridad, a aquellos ojos que las contemplaban de vuelta y que si seguían tan lejos era solo porque nadie les había ordenado todavía que atacaran.
      La noche era fría y tenía pinta de que se iba a alargar hasta el día. Cosa que siempre pasaba pero que, la mayoría de veces, a ellas tres las pillaba en la cama, durmiendo a pierna suelta. Pasaban los minutos y las horas, los corazones de las soldadas estaban cada vez más inquietos, ellas cada vez estaban más cansadas y la caballería no llegaba.

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