Primeras palabras 19: Silla de ruedas

Vemos a una persona a oscuras de espaldas, sentada en una silla de ruedas. Es una imagen que provoca una sensación inquietante, como salida de una película de miedo. El relato se titula: Silla de ruedas.

Silla de ruedas. Imagen libre de licencia: Pexels.

Silla de ruedas es un relato de terror cómico perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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• LA FRASE A AÑADIR ES:


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CORRECTÍSIMO. PASABA YO POR AQUÍ, en medio de una tormenta de órdago cuando un relámpago partió un árbol por la mitad y lo derribó encima del capó de mi coche —explicó Savina a sus amigas plantados en un solar vació—. Sobra decir que casi me meo en las bragas. Salí del coche, intentando cubrirme de la lluvia con mi propia chaqueta de cuero. Maldije, pateé la rueda de mi coche y noté un crujido muy feo en el dedo gordo del pie.
      —¿Y entonces? —preguntó Sarrat, la mejor amiga de la infancia de Savina.
      —Grité: «¡Estupendo! ¡Claro que me he quedado sin coche en medio de la nada! ¡Menudo cliché!».
      Lo que Savina no podía explicarle a sus amigas, porque no lo sabía, era que aquella noche de tormenta, un escritor calvo, gafapasta, sentado en el trono de los dioses, en una torcedura de tobillo del muchiverso que nadie imagina que exista, sonrió como diciendo: «¿Eso te ha parecido un cliché? Pues espérate a ver lo que te espera». Entonces rió de forma maligna y el cielo sobre Savina rugió con un trueno.
      —Me asusté con un trueno —explicó Savina— y eché a correr.
      —Bajo la tormenta de órdago —quiso saber Janna, una buena amiga, aunque no tan buena amiga como Sarrat. A ella la había conocido un día mientras robaban un bidón de cinco litros de aceite de oliva en un supermercado que se había empeñado subir los precios cada vez más.
      —¡Sí, bajo la tormenta de órdago!
      Savina recordó el rayo que iluminó el paisaje y recordó el paisaje, en el que apareció una mansión que ella habría jurado que un minuto antes no estaba ahí. Era absurdo, por descontado, porque todo el mundo sabe que una mansión no se construye tan rápido. Además aquella mansión tenía pinta de estar abandonada y las mansiones abandonadas tienen un aura tenebrosa que solo se consigue con mucha persistencia y dedicándole tiempo.
      —Entré en la mansión —dijo Savina—. Estaba aquí mismo, os lo juro.
      —La mansión encantada estaba en este solar vacío.
      —¡Sí, Janna, sí!
      Janna y Sarrat se miraron y en su mirada había ciertos matices que a Savina no le gustaron, principalmente porque detestaba los matices que la llamaban loca a la cara.
      En realidad daba igual si sus amigas se creían la historia de Savina o no. La mansión existió y Savina entró en ella, porque por muchas películas de miedo que veas, por muchas noticias de desmembramientos y ritos satánicos que leas, siempre hay una parte de ti que dice: «Oye, mira esa mansión. Parece que dentro viva un ejército de espíritus con ganas de matarte y volverte loca. ¿Por qué no entramos a echar un vistazo?»
      Savina entró en la mansión y lo primero que hizo fue saludar. Ningún ente extraño iba a poder llamarla maleducada.
      —¿Holiwis?
      Solo el eco de su voz le respondió con un
      iwis… iwis…
      —¡Se me ha roto el coche y está callendo una tormenta de órdago!
      ago… ago…
      —¡Espero que no les importe que haya entrado en su casa!
      asa… asa…
      —Es una casa muy… —Savina miró a su alrededor. Los muebles estaban podridos, de la lámpara de araña colgaban telas de araña y arañas reales que en más de una ocasión pensaron: «¿Por qué se le llamará lámpara de araña, si las arañas no damos luz? ¿No deberían llamarlas lámparas de luciérnagas?». Savina suspiró y se escogió la palabra que menos le rechinaba—: acogedora.
      ora… ora…
      Savina empezó a subir las escaleras anchas, que se bifurcaban a derecha e izquierda. Ella subió el tramo de la derecha, cogiéndose de la barandilla polvorienta.
      El viento hablaba por los codos a base de silbidos. Solo se entendía con otras corrientes de aire. Se decían cosas como: «Mira, ha entrado una mortal. Pobrecilla…» o «¿Entonces ya has solucionado lo del seguro?».
      La escalera daba a parar a un pasillo largo con muebles tirados aquí y allá —sobre todo allá, porque aquí parecía un lado mucho más ordenado. Más responsable—. Savina anduvo por el pasillo, muy despacio y, de una habitación, cruzando el corredor, introduciéndose en otra puerta, vio a una persona en silla de ruedas. Entonces pasaron dos cosas: la primera fue que el corazón de Savina se puso a hacer las maletas y la segunda que Savina dijo: «¿Señora?».
      El eco, en vez de decir ora, ora, se empezó a reír con una voz aguda y muy estridente, luego carraspeó y dijo:
      Perdón, quería decir ora… ora…
      Savina se acercó a la habitación en la que había entrado aquella persona y su corazón se detuvo en la puerta de la caja torácica, miró el salón y pensó: «Han sido muchos años. Echaré de menos este cuerpo», luego puso la mano en el pomo de la puerta y suspiró.
      En la habitación, completamente vacía, una anciana en silla de ruedas le daba la espalda.
      —¿Señora? —dijo Savina—. Mi nombre es Savina Fraguel Mapet, mi coche se ha averiado cerca de su casa. Espero que no le moleste que haya entrado sin permiso…
      La anciana cogió las ruedas de la silla y giró sobre sí misma hasta que quedó de frente a Savina. Sus ojos estaban cosidos, no tenía dientes y la piel, casi gris, estaba ajustada a su cráneo, marcándole los pómulos y las cuencas de los ojos.
      Savina gritó. Su corazón gritó y antes de que pudiera irse de casa, se desmayó en el pecho de la joven. Savina salió corriendo, seguida por la anciana. Bajó las escaleras de dos en dos y salió al bosque, llorando. Miró a su espalda y vio que la vieja no la seguía. La mansión tenía la puerta abierta de par en par y en su umbral se agolpaba una decena de espíritus, mirándola como un león mira a las gacelas.
      Sonó un trueno, el cielo se iluminó y Savina echó a correr y no se detuvo hasta que se encontró en medio de la carretera, a punto de ser atropellada por una camionera que se había agachado para recoger el burrito que se le había caído en el asiento de pasajero.
      —Y eso es todo lo que pasó —les explicó llorando Savina a sus amigas—. Tenéis que creerme.
      Sus amigas la tranquilizaron, le dijeron que la creían, pero solo para mantenerla distraída de camino al psiquiátrico. Tanto Sarrat como Janna habían visto las suficientes películas como para saber que lo que Savina necesitaba era una camisa de fuerza y una habitación con paredes acolchadas.
      Savina subió al asiento trasero del coche de Sarrat y cuando arrancaban le pareció ver algo, como si la mansión hubiera aparecido un segundo para luego desaparecer de nuevo. Si sus ojos no la habían engañado, en una ventana del segundo piso pudo ver a la anciana de la silla de ruedas haciéndole un corte de mangas antes de evaporarse como el humo de un cigarro.


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