CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 19. MALAS PULGAS

Imagen casi por completo negra. La luz ilumina a un perro de raza pequeña, no sabría decirte cual. Tiene una cara muy graciosa, el hocico achatado y bastante pelo, parece que tenga bigote, porque el pelaje del hocico lo tiene muy despeinado. Las orejas caídas y los ojos pequeños y negros, como un peluche. El relato se titula: Malas pulgas.

Malas pulgas. Imagen libre de licencia: Pexels.

Malas pulgas es un relato de terror cómico navideño perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

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ESTA NO ES UNA HISTORIA NORMAL sobre la adopción de un perro. Esto es mucho más que eso, esta es la historia de un perro demasiado pequeño para ser tan cabrón. No es una historia de superación, aunque algún personaje intentó superar su propia muerte. Spoiler alert: no lo consiguió. Es una historia navideña, porque la Navidad también puede estar bañada en salsa de sangre con tropezones de vísceras. Es, en definitiva, la historia de Pulgas, un chucho que encontró un hogar en Nochebuena y no solo se meó en él, sino que también se lo cargó.

Las madres de Maguí no podían esperar más, así que le dieron su regalo de Navidad en Nochebuena. Venía con un lacito en el collar, del que colgaba una placa con forma de hueso con el nombre Pulgas grabado. Era un perro pequeño, negro, de esos que parecen morderse el labio superior con los dientecillos inferiores. Tenía ojos pequeños, negros, como los de un muñeco de peluche y cuando caminaba le botaban las orejillas.
      Maguí se echó a llorar en cuanto lo vio. Llevaba mucho tiempo rompiéndoles las pelotas a sus madres, como dirían los japoneses —al menos los japoneses afincados en Argentina—.
      —Feliz Navidad, cariño —dijeron las dos mujeres al unísono, aunque solo fuera para ahorrarme a mí una línea de diálogo.
      El resto de familia: los cuatro abuelos de Maguí, sus tres tíos y tres tías y sus cinco primos, aplaudieron y rieron.
      —¡Muchas gracias! Es super… super… ¡es muy simpático!
      Pulgas miró a la cría, como si estuviera familiarizado con ese eufemismo que los humanos usamos para evitar decir que no tocaríamos a alguien ni con un palo de dos metros en una habitación muy oscura.
      Las cosas como son, Pulgas no era ese tipo de perro que llamaría la atención por su belleza. Pero a diferencia de otros individuos que aunque no destacan por sus atributos físicos, cuando conoces acabas prendándote, Pulgas era feo por fuera y por dentro. Era lo que en el mundo de los videojuegos se conoce como: combo.
      —¿Verdad que es bonito? —preguntó Boni, una de las madres.
      —Es… bueno…, sin duda es. Que no es poco —respondió Maguí.
      El perro carraspeó. Lo que quieras o no, es imposible que no te pille por sorpresa.
      —Me van a disculpar, pero ¿me van a dar un poco de ese pavo?
      Las madres de Maguí se miraron. También lo hizo el resto de familiares, que movían la cabeza como si fueran aspersores, buscando a alguien que dijera lo que todo el mundo estaba pensando: «¿El chucho ha hablado o se me está subiendo el lambrusco?».
      —¿El chucho ha hablado o se me está subiendo el lambrusco? —dijo uno de los abuelos de Maguí, padre de Rellina, la segunda madre de la cría.
      —He hablado, he hablado —aclaró el perro—. En el refugio nos dan mucho pienso, pero joder, ese pavo huele de maravilla. ¿Me vais a dar o no?
      Maguí que, al ser una cría tenía más facilidad para asimilar cosas imposibles —después de todo, hasta hacía no mucho, pensaba que Santa Claus existía—, se puso a la altura de Pulgas y, con voz serena, como si escuchara hablar a los perros todos los días, le dijo:
      —No, Pulgas. Eso es comida de humanos, tú tendrás tu plato de pienso.
      —Entiendo —dijo el perro.
      Maguí miró a sus madres, orgullosa de la diplomacia con la que había llevado todo el asunto. Cuando volvió a mirar al perro, este tenía el hocico arrugado, lo abrió y le pegó un bocado a la cría en el cuello. Le arrancó la tráquea y el salón se bañó de sangre.
      Hubo gritos, sillas cayendo, arcadas, vómitos, gente resbalando con esos vómitos, espaldas estampándose contra el suelo vomitado, llantos, una notificación de WhatsApp de un mensaje en el que alguien había enviado una postal navideña que decía: «¿Sabes por qué se le llama Papá Noel? Porque quien paga los regalos es Papá, no él».
      —¡Mi niña! —gritó Boni—, ¡ha matado a mi niña!
      El perro lamió el charco de sangre de Maguí y vio de reojo al abuelo al que él conocería desde entonces como Abuelo Lambrusco, acercándose a él con un periódico enrollado. El Abuelo Lambrusco levantó el periódico y lanzó un golpe vertical. Pulgas detuvo el periódico con la boca y empezó a mover el cuello. Los pies del viejo se separaron del suelo y empezó a volar por los aires de izquierda a derecha, como un abanico, golpeándose la espalda contra el suelo a un lado, despegando y aterrizando al lado contrario. La caja torácica del Abuelo Lambrusco se destrozó, el viejo reventó por dentro y se quedó en el suelo, muerto para siempre.
      —¡Mi padre! —gritó Rellina—, ¡ha matado a mi padre!
      Yerri, el cuñado de Boni, tío de Maguí, le intentó dar una patada al perro, pero Pulgas le mordió la espinilla y con un movimiento seco del cuello, le arrancó la pierna a la altura de la ingle. La sangre bañó el suelo, haciendo que su esposa, que corría hacia Pulgas armada con el cuchillo de trinchar el pavo, resbalara, cayera de espaldas y viera desde el suelo como el cuchillo caía sobre su cabeza.
      Boni y Rellina se abrazaban y se vomitaban la una a la otra en la espalda. La madre de Boni, que todavía no ha salido en la historia, pero que llevaba un rato conmocionada por todo lo que estaba pasando, con las manos en la boca y llorando a mares, pensó: «Qué pena, con lo bonito que era el vestido de mi hija», pero luego se dio cuenta de lo cruel que era ese pensamiento y tuvo otro: «No es para tanto. A lo mejor con un poco de gaseosa se quita».
      Pulgas estaba ahora comiéndose el muslo de Yerri. Disfrutándolo tanto que no vio a Boni. La mujer lo cogió por debajo de las patas delanteras, lo alzó en vilo y lo puso contra la pared.
      —¡¿Por qué haces esto, maldito monstruo?!
      Pulgas tragó un trozo de pierna y se habría encogido de hombros si hubiera sabido hacerlo.
      —No me habéis dado pavo. Tengo hambre. Soy un perro… tengo que comer.
      —¡Has matado a mi hija!
      —¿Me vas a dar pavo?
      —¡NO!
      Pulgas golpeó las sienes de Boni con sus dos patitas delanteras y la mujer lo tuvo que soltar para sujetarse con fuerza la cabeza. El perro saltó al pecho de Boni, la tiró de espaldas y empezó a morderle por el esternón. En pocos segundos tenía la cabeza dentro del torso de la mujer y le empezó a comer los órganos vitales.
      Rellina tiró del rabo del perro, que gritó de dolor, pero se revolvió y le lanzó un bocado a la muñeca de la mujer que, de repente, se encontró con que su brazo se terminaba a la altura del reloj. Rellina levantó el brazo, con el codo flexionado, se sujetó el antebrazo y vio como una fuente de sangre ascendía del muñón y caía como una lluvia roja.
      —¡Es un demonio! —gritó Rigan, la madre de Boni, que llevaba rato pensando que no le parecía justo no tener diálogo.
      El perro se subió a la mesa, corrió por ella y se lanzó contra Rigan, haciendo que se tropezase y cayera hacia atrás, atravesando la ventana y quedando ensartada en la valla de madera puntiaguda dos pisos más abajo.
      Los cinco primos de Maguí salieron corriendo, porque el instinto de supervivencia les dijo: «Me gustaría sobrevivir a esto, no quiero morir en Navidad».
      El padre de Boni apareció con una escopeta. Su esposa, Lora, aplaudió.
      —¡Bien hecho, tesoro! —gritó la mujer—. ¡Mata a ese hijo de putero!
      —¡Señor, no lo haga! —gritó Rellina.
      —¡Déjame, Relli, voy a mandar a ese comemierda al infierno!
      —¡No, señor!
      El hombre apretó el gatillo, pero no ocurrió nada.
      —¡Es una pistola de mentira! —gritó Rellina, que empezaba a estar muy pálida y ya veía doble.
      Pulgas corrió hacia el hombre, le quitó la escopeta con la boca y empezó a sacudirla. Consiguió golpearle en la sien con tanta fuerza que el hombre se cayó de lado, se golpeó la otra sien con una silla y se partió el cuello. Pulgas corrió entonces hacia Lora, saltó hacia ella por dentro de la falda y la atravesó en vertical, entrando por su entrepierna y saliendo por el hombro derecho, partiéndola en dos mitades que cayeron una hacia la derecha y otra hacia atrás. El perro estaba bañado en sangre, con el pelaje pegajoso. Solo quedaban él y Rellina. Los demás habían huido.
      —¿Por qué haces todo esto? —dijo Rellina llorando—. ¡Perro malo!
      El perro sonrió. Le encantaba que los humanos dijeran esas cosas, le ponía cachondo.
      —No es nada personal, humana. Es que no me gusta el pienso.
      Rellina iba a gritar, pero Pulgas saltó y le arrancó la cara de un bocado, dejando a la vista el interior del cráneo y parte del cerebro, que sería un delicioso aperitivo antes de atacar al pavo.


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