CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 17. LA DESCENDIENTE DE KRAMPUS

En la foto vemos el primer plano de lo que parece un demonio, con la cara roja y barba, tiene dos cuernos que salen de las sienes y la piel, como cuero curtido, muy pegada al cráneo, haciendo que se le marquen los huesos. Tiene ojos verdes, casi fluorescentes, y las pupilas son dos rendijas verticales. No se ve nada más, el resto de la imagen es negra. El título del relato es: La descendiente de Krampus.

La descendiente de Krampus. Imagen libre de licencia: Pixabay.

La descendiente de Krampus es un relato de fantasía cómica navideña perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

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PARA EMPEZAR ESTE RELATO HABRÍA que explicar qué es Krampus. Bien, en algunos mundos del vasto y absurdo muchiverso, Krampus es la versión maligna de Santa Claus. Si el gordo barbudo representa la bondad, la generosidad y los refrescos carbonatados, Krampus representa la maldad, la avaricia y los smoothies detox. Krampus es un demonio tan antiguo como pedirLE el taladro a tu vecino y no devolvérselo nunca. ¿A qué se dedica? Básicamente a secuestrar niños que se han portado mal durante el año. En realidad, si lo pensamos bien, le hace el trabajo sucio a Santa, aunque al hacerlo él mismo entra en un círculo vicioso porque, según los mandamientos del muchiverso, el secuestro no está bien visto, así que al hacer su trabajo, Krampus se ve irremediablemente incluido en la lista de niños malos de Santa Claus y nunca recibe regalos.
      Con el paso de los siglos, Krampus ha secuestrado a suficientes niños como para llenar quinientos estadios de fútbol. Todos están a salvo, en la Dimensión Mohína, situada girando a la izquierda en la tercera desdoblación multidimensional, y la verdad es que les va mucho mejor de lo que nunca les habría ido en la Tierra. Por ejemplo, allí nunca envejecen, al menos no físicamente. Todos mueren, porque es el círculo de la vida, pero todos llegan a la muerte en condiciones físicas óptimas. No es lo mismo morir de viejo pudiendo levantarte del sofá sin hacer ese gruñido que indica que ya has llegado al punto de no retorno en el que los niños te dicen: «¿Señora (o señor), puede pasarme la pelota?», que morir de viejo preguntándote dónde narices has dejado la dentadura postiza que, por otro lado, llevas puesta. Otra ventaja de la Dimensión Mohína es que todos los que van a parar allí, tienen una carrera y ejercen. Ninguno ha estudiado medicina para acabar sirviendo copas a borrachos y limpiando sus vómitos por el salario mínimo.
      Además hay ciertos casos en los que vivir en la Dimensión Mohína, puede ser todavía más beneficioso. Este es, por ejemplo, el caso de Brioni, una joven que, en realidad, no se puede considerar que fuera una niña mala, sino más bien que hizo cosas terribles para que Krampus se fijara en ella y la secuestrara, para dejar así de vivir con su tía Hibisco, una bruja que le obligaba a aprender brujería, cuando lo único que Brioni quería era ser una vividora. Krampus, que por lo general solo le tiene cariño a su propia maldad y a los pepinillos en vinagre, ve en Brioni a la hija que nunca había querido tener, pero que una vez que la tienes dices: «Bueno, probemos, siempre estoy a tiempo de meterla en un bidón de ácido». Brioni es lo que en algunas dimensiones poco dadas a andarse por las ramas llamarían una psicópata peligrosa a la que habría que encerrar y tirar la llave al fondo del océano pendular. Quizá eso es lo que más le gusta a Krampus. Cuando fue a por ella la encontró delante de la casa de su tía, con un bidón de gasolina y una caja de cerillas. Krampus le tocó el hombro y le preguntó qué hacía. La cría lo miró sin alterarse lo más mínimo, miró el camino de combustible que entraba por la puerta principal de la casa y se dividía en varios afluentes que recorrían las distintas habitaciones, se encogió de hombros y dijo: «Esperarte». Krampus la cogió de la mano, en vez de meterla en el saco que cargaba a su espalda, como al resto de niños y juntos se alejaron. Brioni se detuvo, volvió al rastro de gasolina, cogio la caja de cerillas e intentó encender varias, pero el aire se las apagaba. Krampus le entregó su zippo, con una sonrisa aterradora. La cría lo tomó con una sonrisa psicópata, mucho más aterradora que la del demonio, lo encendió y lo lanzó al pequeño charco en el que desembocaba el río de gasolina y vio como las llamas se estiraban y reptaban por el suelo, como una serpiente de fuego que acabaría metiendo la cabeza en la cocina, husmearía el aire cargado de gas y luego diría: «Oh, oh…» antes de que todo explotase.
      Desde entonces, Krampus le ha enseñado a Brioni todos los secretos del negocio. Incluso la norma más importante de todas: No se asesina a Santa. Es una norma importante, porque si desaparece el viejo, desaparece la Navidad, la lista de niñas y niños a los que secuestrar y, en definitiva, se acaba el negocio. No se pueden permitir eso, especialmente con los quinientos campos de fútbol a los que alimentar y todas esas facturas que tienen que pagar.
      Esta norma no siempre ha existido. La puso el viejo demonio un año que Brioni, haciendo uso de la puerta intradimensional, se plantó en el taller de Santa con una ballesta y le disparó. Santa Claus recibió la flecha en el hombro, por suerte, y se recuperó en unos pocos días. Pero la bronca que se llevó Krampus por culpa de su hijastra fue de muérdago. Que si «Así me pagas todo lo que he hecho por ti», que si «No me esperaba esto de ti», que si «¡Pensaba que éramos amigos, Krampusito!», a lo que el demonio solo pudo bajar la cabeza y decir: «Sí, Santa» o «Claro, Santa» o «No me llames así, sabes que lo odio». Cuando regresaron a la Dimensión Mohína, Krampus le hizo escribir en un papel a Brioni «No se asesina a Santa» cinco mil veces. Era la primera y la última vez que el demonio castigó a su hijastra, a la que quiere con locura y de la que, aunque ese día no lo reconoció porque los ánimos estaban algo caldeados, está enormemente orgulloso. Hace mucho tiempo que perdió la cuenta de las veces que él mismo ha soñado con matar a ese hijo de putero.


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