CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 15. HO, HO, HOY NO

En la foto vemos a Santa Claus, con su gorro y sus pantalones sujetos con tirantes negros. En la parte de arriba viste una camiseta interior de tirantes blanca. Está planchando su abrigo. De fondo se ve un árbol de Navidad y una librería. El título del relato es: Ho, ho, hoy no.

Ho, ho, hoy no. Imagen libre de licencia: Pexels.

Ho, ho, hoy no es un relato de fantasía cómica navideña perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

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MUCHAS VECES LE PREGUNTARON SI SE ARREPENTÍA de haber entrado en aquella casa, pero ella siempre decía que solo puedes arrepentirte de las decisiones que no tomas. Luego aclaraba que la frase la había leído en una taza. Muchas de sus enseñanzas, de sus principios, venían de frases impresas en distintas superficies. Cada vez que le preguntaban por aquella noche del 24 de diciembre de 2022 recordaba a la gente a la que perdió en esa casa, gente que llevaba mucho tiempo con ella, y entonces tenía que matizar la respuesta:
      —No, definitivamente no me arrepiento. Si lo llego a saber lo habría hecho antes.
      Porque si algo hay que aclarar de Narima, es que era una de esas personas a las que les cuesta abandonar un grupo de WhatsApp y que prefiere esperar a que alguien aniquile a todos sus miembros. No era que le dieran miedo los enfrentamientos, sino más bien que le daban mucha pereza. ¿Que tenía que enfrentarse a alguien? Pues se sacaba el hacha y se solucionaban las cosas de forma diplomática —los hachazos pueden ser muy diplomáticos si sabes cómo darlos—, pero si podía evitar desenvainar a Cortacojones, mejor que mejor.
      No, no se arrepentía de lo ocurrido, además el trabajo se hizo y como fue la única superviviente de la noche, toda la recompensa fue para ella. Cien mil ruloks a dividir entre una sola persona… era mucho mejor que dividirlos entre diez. Al menos eso le habían contado. La verdad era que a Narima no se le daban bien los números, los veía como a esos orcos que se acercan a ti con malas intenciones, ¿sabes? Los ves venir de lejos y piensas: «Dudo que quiera felicitarme por mi ascenso».
      La noche del 24 de diciembre de 2022, también llamada la noche D —D de del 24 de diciembre de 2022, claro está—, Narima, junto a otros nueve asesinos de los llamados con mala baba, de los que no te matan con un tiro entre las cejas, sino despellejándote como si fueras un plátano, entraron en la casa de Santa Claus. El objetivo era claro: robar la esfera de la Navidad, la que guardaba el espíritu navideño año tras año. El cliente de Narima y los Segavidas, un tal Krampus Lopez de la Cova, había sido claro al respecto:
      —Robad la esfera y matad al viejo.
      Santa Claus estaba en su estudio-librería, planchando la chaqueta roja. Levantó la cabeza y se encontró con la decena de intrusos.
      —¿Os habéis perdido? —preguntó mientras cogía el puro que descansaba en el cenicero y le daba una buena calada.
      Tenía la barba más espesa que Narima hubiera visto nunca y un bigote amarillento por la nicotina.
      —Hemos venido a matarte —dijo una tipa calva tras Narima.
      Se llamaba Máxmara y la llamaban la Calva. Aunque es cierto que quien la llamaba así no vivía para volver a hacerlo y, si lo hacía, tenía que acostumbrarse a vivir sin lengua.
      —¿A matarme? —Santa le dio una calada al puro y miró al grupo. Arqueó una ceja y asintió con aprobación—. Diez personas. —Miró un reloj de pared en la entrada del estudio y volvió a asentir—. Me queda media hora. Suficiente.
      Alguno de los Segavidas se miró desconcertado. No era la reacción que se espera en una situación así.
      Santa se acercó a un paragüero del que sobresalía un bastón grande, blanco, con una franja roja en espiral. Era una réplica de uno de esos bastones de caramelo. Lo cogió y volvió a la tabla de planchar, apoyando el bastón en cada paso.
      —¿Qué es eso? —preguntó un tal Trónapes, al que nadie llamaba porque todo el mundo pensaba que era un poco pesado.
      —¿Esto? Solo es el bastón de un pobre anciano —respondió Santa, con el puro colocado en la comisura de la boca. El humo le cerraba un ojo.
      Ditasea, una Segavidas alta, delgada, con cresta roja y la piel cubierta por completo de tatuajes, dijo: «A la mierda. Tengo hambre y se me está congelando el coño», a pesar de que llevaba varias capas de ropa. Corrió hacia Santa, desenvainó dos espadas cortas que llevaba en las caderas y dio un tajo en equis.
      Santa alzó el bastón y detuvo las espadas como si nada. Cogió la cresta de Ditasea y le estampó la cabeza contra su rodilla. Cuando la mujer cayó al suelo, Santa tiró del extremo curvo del bastón y descubrió una hoja brillante y muy afilada. El bastón era una espada, que descargó sobre la cabeza de Ditasea, en vertical, la atravesó y se clavó en el parqué.
      —Nueve personas —dijo Santa.
      Trónapes, poseedor de un gran mazo de guerra, se lanzó a la batalla para vengar a Ditasea, de la que hacía años que se había encrushado. Santa esquivó el mazazo, como un adolescente esquiva la ducha. Le dio una patada en el pliegue de la rodilla e hizo que Trónapes se arrodillara. Cogió la espada por el mango curvo con las dos manos y le cortó el cuello a Trónapes.
      —Ocho personas.
      Algunos Segavidas se dieron cuenta de que lo mejor era atacar entre varios, así que tres de ellos: Caler, alta y musculosa, Nomaw, pequeño pero rápido y Lletep, un tipo raro al que le gustaba mirar fotos de pies, desenvainaron sus armas y corrieron hacia el viejo.
      Santa se vio rodeado y tuvo que admitir que no podría matar a los tres a la vez. Metió la mano en el bolsillo y sacó una bola brillante, de las que se cuelgan en el árbol de Navidad, la lanzó al suelo y estalló en mil pedazos, liberando una nube de humo espeso que envolvió a los tres intrusos y a él mismo.
      Se escucharon toses, se escucharon «¿Dónde se ha metido?», se escucharon tajos, se escucharon chorros de sangre saliendo disparados hacia el suelo y se escucharon cabezas rodando. Es un sonido muy característico, algo como «¡Pom!», seguido de un «plat-plat-plat».
      —Cinco personas —dijo la voz del viejo desde la nube de humo. Salió de ella, llevándose hebras de bruma adheridas a los hombros. Tenía la cara cubierta de sangre.
      No esperó a que nadie más tomara la iniciativa. Corrió como si no tuviera la edad que Diosa quisiera que tuviera, y empezó a cortar, clavar, rajar y, en algunos casos muy curiosos, peinar a sus enemigos que, según él, eran de ese tipo de jóvenes que no se saben arreglar.
      Se quedó quieto en medio del estudio, llevó la hoja de su espada a la vaina y la empezó a enfundar muy despacio. Cuando la guardó del todo, con un «¡clin!», los cuerpos de los Segavidas empezaron a desmoronarse, como un castillo de naipes, dejando solo a Narima en pie.
      —Una persona.
      Narima miró a su alrededor. La decoración había cambiado mucho, ahora había cadáveres por todas partes. Incluso uno colgado de cualquier manera de una viga vista del techo.
      —Nos habían dicho que eras solo un viejo chocho —dijo Narima.
      —No deberías creer a ese payaso de Krampus, chiquilla
      Aquello pilló por sorpresa a Narima.
      —¿Cómo sabes…?
      Santa se encogió de hombros.
      —Todos los años me manda un grupo de sicarios y todos los años se lo devuelvo en trocitos.
      —Era una misión suicida —dijo Narima y se dejó caer al suelo de rodillas.
      —No te lo tomes como algo personal, muchacha. Krampus está desesperado y para él todo esto son… negocios. Ahora estate quietecita mientras te corto la cabeza, ¿vale?
      Santa desenvainó su espada, la alzó por encima de su cabeza y cuando iba a lanzar la estocada final sobre la nuca de la mujer, notó un dolor muy agudo, un tirón y un retorcimiento en la entrepierna. Miró y vio que Narima, sin siquiera levantar la vista del suelo, le había cogido por las pelotas. Narima giró la muñeca noventa grados. La voz de Santa se agudizó como la de los niños demoníacos que cantan villancicos.
      El hombre tuvo que soltar la espada, que se clavó en el suelo de madera. Estaba rojo, las venas de la sien se le marcaban. Su cara, en contraste con la barba, podía recordarte a las fresas con nata.
      Narima soltó los testículos de Santa, pero solo para poder golpearlos con fuerza. El puñetazo hizo que Santa se cayera al suelo de rodillas, con las manos en la entrepierna.
      Narima se levantó, cogió la espada de Santa y sonrió.
      —Mi nombre es Narima. No es chiquilla ni muchacha. —Santa Claus levantó la cabeza para mirarla. Tenía la espada alzada como él la había tenido unos segundos antes. Pero a diferencia de él, ella no tenía unos puntos débiles tan accesibles y evidentes—. Ahora, chiquillo, estate quietecito mientras te corto la cabeza, ¿vale?
      Narima decapitó a Santa con mucha facilidad. «Buena espada», pensó. «Me va a venir de coña para cortarle el cuello a ese cabronazo de Krampus». Todo apuntaba a que hoy iba a morir, pero como diría el propio Santa Claus:
      —Ho, ho, hoy no, hijo de putero.
      Y escupió al suelo antes de meter la cabeza del viejo en una bolsa.


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