CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 11. EL ÁRBOL DE NAVIDAD ASESINO 3

Vemos un árbol solitario, parece un abeto casi sepultado en nieve. El suelo, nevado, parece esponjoso. Al fondo la negrura completa de la noche. El relato se titula: El árbol de Navidad asesino 3.

El árbol de Navidad asesino 3. Imagen libre de licencia: Pixabay.

El árbol de Navidad asesino 2 es un relato de terror cómico navideño perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

cenefa2

BRIZANI ESTABA DESEANDO SALIR a cazar a ese árbol de Navidad que había matado a casi toda su familia. Se maldecía por haberlo recogido en la cuneta, pero, como le había dicho varias veces el profesor Eguelton para tranquilizarla, no había manera de saber que aquel árbol abandonado en la nieve era un alienígena asesino. Porque era exactamente de lo que se trataba, de un alienígena. El profesor Eguelton, apasionado del ocultismo y de los extraterrestres, había encontrado aquella especie alienígena en uno de sus libros. Había convencido a Brizani, su hermana y la madre de estas que le acompañaran a su estudio, donde podría recabar un poco más de información y saber así a qué se enfrentaban y, sobre todo, cómo hacerlo.
      —Aquí está —dijo el profesor Eguelton golpeando un libro polvoriento—. Nativitarbor. Sabía que lo había visto en algún sitio.
      —¿De qué se trata, profesor? —preguntó Brizani.
      El hombre le pasó el libro abierto casi por la mitad. En la página había una ilustración de un árbol de Navidad enorme, con tentáculos y gente sobresaliendo de sus ramas. Brizani sabía que las personas no estaban sobresaliendo, sino que estaban siendo succionadas por las profundidades de aquella cosa. Es lo que le pasó a sus sobrinas y a su cuñado.
      —«Los nativitarbor son una especie alienígena de tipo planta» —leyó Brizani. Miró a su familia y al profesor Eguelton, que le invitaba a seguir, y continuó—: «Agresivos y peligrosos. Se alimentan de otros seres vivos, atrapándolos con sus cepas y sorbiéndolos como fideos de ramen. Una vez en su organismo, el nativitarbor disuelve a sus presas en una sustancia ácida que segrega a través de sus ramas y absorbe su materia. Importante no ponerle luces. Puede usarlas para lanzar rayos láser». Así mató al tío y a papá.
      —¡¿Dice algo sobre cómo matarlo?! —preguntó la madre al borde de un ataque de nervios.
      —Veamos… —Brizani bajó por los párrafos con el dedo—. ¡Aquí! «Al ser criaturas de tipo planta, los nativitarbor son vulnerables al fuego». Por eso cuando le rocié con el espray en llamas salió corriendo. Espera, aquí dice algo más: «Los nativitarbor necesitan sitios fríos y húmedos para descansar». Se fue saltando al bosque que hay cerca de nuestra casa.
      —Hay una cueva —dijo la hermana—. Ahí es donde Llosef y yo nos enrollábamos después del instituto.
      —¡Eipril! —gritó la madre escandalizada.
      —¿En serio, mamá? —saltó Brizani—. ¿Un árbol de Navidad ha matado a casi toda nuestra familia y a ti te escandaliza que tu hija se enrollara con su novio en una cueva?
      La hermana se echó a llorar al recordar a su marido, muerto, succionado por ese nativitaloquesea.
      —No debemos pelear entre nosotros —dijo el profesor Eguelton—. Señora, ¿tiene usted más botes de laca?
      —Sí, siempre tengo de repuesto, por si las moscas.
      —Bien. Vayamos a por los botes de laca y recojamos todo lo que produzca llama: mecheros, velas, cualquier cosa. Luego iremos al bosque a por esa cosa y acabaremos con ella.
      —Perfecto —dijo Brizani.

El grupo se quedó quieto delante de la casa de las mujeres, con tres mochilas llenas de botes de laca nuevos. Por una vez, el empeño de la madre de Brízani y Eipril por acabar ella sola con la capa de ozono, iba a servir de algo. Llevaban tambien un hacha y un machete de cocina, de los que usan los carniceros para cortar conejos por la mitad como si fueran barras de mantequilla.
      —Si alguien tiene miedo —dijo Brizani— que se quede en casa. Iremos el profesor Eguelton y yo.
      El profesor miró a la joven y se preguntó por qué descartaba que él pudiera tener miedo. Le ofendió. No es que lo tuviera, claro está, pero le habría gustado tener la oportunidad de tenerlo. No sé si me explico.
      Como nadie se echó para atrás, se adentraron en el bosque. No había vuelto a nevar desde la primera parte de esta historia, así que pudieron seguir el rastro. Eran huellas circulares, dejadas por el tronco del árbol al hundirse en cada salto. Había alguna hoja suelta. Seguramente el árbol estaba herido, de cuando Brizani le achicharró las ramas con la laca y el mechero.
      El rastro terminaba en una cueva, tal como había dicho Eipril.
      —De acuerdo —empezó el profesor Eguelton, poniéndose delante de la cueva, dándole la espalda a la entrada—, es posible que ese nativitarbor esté herido y furioso. Tenemos que ir con cuid…
      Un tentáculo larguísimo salió de la oscuridad de la gruta, se enredó en el tobillo del profesor y tiró de él, haciendo que cayera de boca al suelo, La nieve se llenó de sangre y el hombre fue arrastrado a las profundidades, de las que salieron solo los gritos espeluznantes de dolor, desmembramiento, abrasión y disolución.
      —¡Mierda! —exclamó la madre—. ¡Con lo atractivo que era!
      —¡Mamá! —dijo Eipril—. ¡Papá acaba de morir!
      La madre no dijo nada, pero en su silencio dejó claro que lo suyo con el profesor Eguelton venía de lejos.
      —Vamos a matar a esa cosa —dijo Brizani.
      Cogió un bote de laca, le quitó el tapón y apuntó el pitorro hacia un mechero largo de cocina. Lista para usarlo como si fuera un lanzallamas.
      Se adentraron en la cueva. Habían tenido el detalle de cojer unas linternas de esas que se colocan en la cabeza, como los mineros, pero sin el casco. Las paredes circulares de la gruta estaban congeladas, el suelo también y resbalaba un poco.
      —¿Cómo de profunda es esta cueva? —susurró Brizani.
      —No mucho —informó Eipril tras ella—.. Deberíamos toparnos con esa cosa pron…
      Ante ellas se alzaba el nativitarbor, pero no tenía el tamaño que ellas conocían. Era mucho más alto, debía medir dos metros y su diámetro era absurdo.
      —Mierda… —dijo Brizani.
      Un tentáculo salió disparado hacia ella y la lanzó por los aires, haciendo que se golpease contra la pared. Cayó al suelo sin respiración.
      —¡Brizani! —gritó su hermana.
      —Fu-fu-fu… —intentaba decir Brizani sin aliento.
      —¡No es momento para cantar villancicos, hija! —gritó la madre.
      —Fuego…
      —¡Ah!
      La madre y la hermana encendieron los mecheros y luego dispararon espray. Dos llamaradas horizontales de laca se encontraron, convirtiéndose en una sola, enorme, que impactó de lleno en el árbol. La criatura lanzó un alarido ensordecedor y empezó a revolverse.
      Desde el suelo, Brizani vio algo entre las ramas. Tuvo que enfocar la vista, porque el golpe la había aturdido un poco, y se dio cuenta de lo que era. El nativitarbor tenía la mochila del profesor Eguelton enredada entre las ramas.
      —¡Apuntad a la mochila! —gritó—. ¡A la mochila!
      Se levantó, se quitó la mochila y la lanzó al árbol, dejándola a los pies del ser. Buscó su bote de laca y su mechero en el suelo y se unió a su familia en el ataque. Los tres chorros de fuego se desplazaron hacia la izquierda, uniéndose. La mochila del profesor Eguelton se incendió y con ella se empezaron a prender fuego las ramas en ella enredadas.
      —¡Corred! —dijo Brizani—. ¡Va a explotar!
      Su hermana y su madre salieron corriendo, seguidas por ella misma. El suelo resbalaba demasiado como para ir deprisa, pero consiguieron salir de la cueva justo en el momento en el que la mochila del profesor Eguelton y la de Brizani, llenas hasta los topes de botes de laca, estallaban y hacían pedazos el nativitarbor. Las tres mujeres salieron despedidas por la onda expansiva que apestaba a gas y laca, y cayeron en la nieve, al aire libre, donde esperaba una mujer joven, vestida con un abrigo de cuadros escocés y unas orejeras rosas.
      Brizani miró desde el suelo, tumbada boca arriba, y vio el rostro de Ariana del revés. No pudo reprimir las lágrimas, pensaba que no iba a verla nunca más. Se levantó y la abrazó.
      —Mi amor…
      Ariana le devolvió el abrazo, mientras miraba por encima del hombro de su novia la entrada derruida de la cueva.
      —Lo que decías en tu carta en las dos partes anteriores de este relato, ¿era cierto?
      Brizani se separó de ella y asintió. No podía hablar.
      —Entonces toda tu familia…
      —Solo quedan ellas dos —dijo Brizani—. Solo quedamos nosotras.
      Empezó a nevar. Ariana se colocó el brazo de su novia por encima del hombro y la ayudó a caminar. Volvían a casa después de una noche terrible. A pesar de haber acabado con la amenaza, no podían sentir que hubieran vencido. Habían perdido a mucha gente. Demasiada.
      Cuando se estaban alejando un tentáculo casi carbonizado salió de la cueva y se aferró a la pierna de Brizani. La arrastró por el suelo y sus seres queridos —junto con la madre— se lanzaron al suelo para ayudarla. No es tan fácil acabar con un nativitarbor. No en vano es una de las razas alienígenas más antiguas del universo.

— FIN —


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