CALENDARIO DE ADCUENTO 2022: 10. EL ÁRBOL DE NAVIDAD ASESINO 2

Estamos muy cerca de un árbol de Navidad. Lo suficiente como para no poder verlo entero. Tiene algunas luces, pero nada más. De fondo una pared está iluminada por los adornos del árbol. El título del relato es: El árbol de Navidad asesino 2.

El árbol de Navidad asesino 2. Imagen libre de licencia: Pexels.

El árbol de Navidad asesino 2 es un relato de terror cómico navideño perteneciente al reto Calendario de adcuento 2022, dentro de Calendarios de adcuento. En este reto voy a publicar un relato navideño cada día de diciembre.

cenefa2

SEGURO, QUERIDA ARIANA, que estás nerviosa y asustada. Lo entiendo. Déjame que siga contándote lo que ocurrió. No es una historia fácil de explicar, temo que en cualquier momento dejes de leer esto y decidas alejarte de mí, creyéndome enajenada. No lo hagas, por favor. Mira a tu alrededor y reconoce que el estado de nuestro salón no es normal. ¿Es esa mancha de la pared de la chimenea una quemadura? Lo es, mi amor. Voy a llegar a eso enseguida.

Cuando entré por la puerta de casa, cargada con el árbol que encontré en la cuneta, mi madre gritó de alegría. «¡Menudo árbol trae mi hija!», exclamó. Ya sabes que cuando hay gente delante, mi madre se convierte en la persona más encantadora y cariñosa del planeta. No vaya a ser que alguien hable mal de ella. Había venido mi tío Maciu con su marido Yogüi, mi hermana y mi cuñado con las niñas y el profesor Eguelton. Ya sabes, cariño, ese tipo tan raro de la universidad, que tiene su despacho lleno de libros sobre alienígenas. Es un viejo amigo de la familia y casi todos los años viene a celebrar la Navidad con nosotros.
      Coloqué el árbol en la esquina, junto a la ventana y mis sobrinas corrieron a por la caja de adornos. Mi padre estaba sentado en su butaca con reposapies, viendo un partido de curling. «Para eso no tienes jaquecas», pensé, pero no dije nada. Me acerqué a la chimenea para entrar en calor y el profesor Eguelton me acercó un vaso de ponche de huevo. Es un hombre encantador, pero se esfuerza demasiado en ser amable.
      Mis sobrinas, Llulia y Dallana, empezaron a decorar el árbol. Le colocaron las luces y esas guirnaldas doradas y plateadas, tan viejas que habían empezado a quedarse calvas y en algunos tramos solo había cordel.
      Mi madre estaba encantada con tanta gente. Estaba pendiente de todo el mundo, incluso de mí. Era amable con mi padre, al que normalmente trata como un instructor del ejército trata a los cadetes. Debe ser agotador mantener esa falsedad durante tantas horas.
      Mi sobrina Dallana, la menor, nos dijo que ya habían terminado de decorar el árbol. Deberías haberlo visto, Ariana, les quedó precioso. Apagamos las luces del salón y encendimos las del árbol. Mi madre se llevó la mano a la boca y, si no la conociera, habría jurado que se emocionó. No sé si es tan buena actriz o realmente tenía los ojos anegados de lágrimas.
      También se llevaron las manos a la boca mi tío y su marido, pero por un motivo muy distinto, Ariana. Yogüi, el marido de mi tío, señalaba hacia mis sobrinas y él sí que tenía lágrimas en los ojos. Temblaba incluso. Miré hacia ellas y me di cuenta de que no era a las crías a las que señalaba, sino detrás de ellas. El árbol se movía, mi amor. Lo sé, sé que vas a pensar que tu novia ha perdido la cabeza. Te estás imaginando visitándome en el hospital psiquiátrico y no te apetece una mierda la idea. Bien, pues déjame tranquilizarte —si es que es afortunado usar esta palabra— diciéndote que esto no es ninguna locura. El árbol se movía. El sonido de las ramas meciéndose inundaba la habitación, como una decena de sonajeros sonando a la vez.
      Mi hermana corrió hacia las niñas, pero algo salió disparado del árbol.
      Parecían tentáculos.
      Eran dos ramas.
      Envolvieron a mis sobrinas por la cintura y salieron disparadas hacia el árbol.
      —¡Mamiiiiii! —gritó Llulia.
      —¡Papáááááá! —secundó Dallana.
      Fue horrible, mi amor. Las niñas desaparecieron entre las ramas del árbol, como si en vez de un solo individuo, fuera un bosque entero y frondoso. Corrimos hacia el árbol y separamos las ramas. El espectáculo fue dantesco: había sangre que burbujeaba y humeaba, jirones de la ropa de mis sobrinas y un ojo colgando de una rama por el nervio óptico.
      Mi hermana se echó a llorar. Yo sentí náuseas y al final acabé vomitando en un rincón. Detestaba a esas dos mocosas, pero no deseaba su muerte, como mucho su ingreso en algún internado lejos de aquí.
      Mi cuñado llevó a mi hermana con mi madre y cuando todos intentábamos relajarnos, otra rama salió del árbol, se enroscó en el tobillo de mi cuñado y lo arrastró. Nos tiramos al suelo mi tío, el profesor Eguelton y yo, le cogimos por las muñecas y tiramos de él, pero el árbol nos arrastraba a los cuatro como si no pesáramos nada. Los ojos de mi cuñado se abrieron del todo cuando su piel se resbaló de nuestras manos y perdimos el contacto. Clavó las uñas en el suelo y dejó arañazos en la madera. Las puedes ver y sabrás que no me estoy inventando nada. El árbol succionó a mi cuñado como un espagueti a la boloñesa.
      Mi hermana corrió hacia el árbol, pero el profesor Eguelton la detuvo.
      —¡No vayas, es peligroso! —gritó.
      Mi hermana intentó zafarse, pero el profesor es un hombre grande y en buena forma. El árbol expulsó la corbata de mi cuñado, todavía con el nudo hecho, cubierta de sangre.
      El marido de mi tío apareció en el salón con un hacha. No sé de dónde coño la sacó. Lanzó un grito furioso y corrió hacia el árbol con el arma alzada. Una de esas ramas salió de entre las hojas como un látigo, le acertó en el pecho y mi tío voló hacia la pared y la atravesó. El golpe fue terrible, le hundió la caja torácica y le detuvo el corazón.
      El árbol ya llevaba cuatro muertes, mi amor. Mi tío se echó a llorar y empezó a insultar al árbol. Insultos que nunca había escuchado, pero que en un momento como aquel, me parecieron acertados. Entonces una de las luces que mis sobrinas le habían puesto al árbol empezó a iluminarse con mayor intensidad. Algo estaba a punto de pasar, mi amor. De la bombilla salió disparado un rayo de luz, como un láser, que atravesó la estancia en una fracción de segundo y, de paso, le atravesó la cabeza a mi tío. Su cara mutó a una máscara de asombro. No había dolor, no había miedo, ni rastro del enfado que tenía hasta ese momento. Solo sorpresa y luego cayó a plomo en el suelo. No sangró, la herida se cauterizó en el mismo instante en el que se produjo.
      —¡Qué coño es eso! —gritó mi madre.
      Otra bombilla empezó a encenderse con un brillo que pasó del amarillo cálido al blanco nuclear. Cogí lo primero que pillé —la bandeja de plata donde mi madre había colocado los turrones— y lo usé como escudo. El rayo de luz salió desviado hacia la pared y la quemó.
      El partido de curling se terminó, mi padre se levantó y dijo:
      —¡¿Qué es todo ese escándalo?! ¡No hay quien vea la tele tranquilo! Digo… ¡hacéis que me duela más la cabeza!
      —¡Papá, apártate! —gritó mi hermana.
      Pero ya era tarde. Mi padre solo tuvo tiempo de girarse antes de que un rayo le agujereara el pecho a la altura del corazón.
      —Due… le… —dijo mi padre antes de morir.
      Mi hermana corrió hacia el cadáver de nuestro padre e intentó reanimarle. En momentos así uno se olvida del funcionamiento básico del cuerpo humano y no se para a pensar que uno no puede vivir con un piercing en el corazón.
      Una rama se enredó en el antebrazo de mi hermana y empezó a tirar de ella. Mi hermana ancló los talones de las botas en el suelo e inclinó el cuerpo hacia atrás, quedando completamente en diagonal y haciendo fuerza para escapar.
      —¡Ayuda! —gritó.
      Salí corriendo del salón, me dirigí al baño y rebusqué entre los armarios. Cogí un bote de laca, el mechero de la cocina y corrí hacia el salón, donde el profesor Eguelton y mi madre intentaban liberar a mi hermana.
      —¡Apartaos! —grité poniéndome a su altura.
      Cuando me vieron dieron un salto. Encendí el mechero delante del bote de espray y disparé un chorro que se incendió cuando entró en contacto con la llamita. Un fogonazo impactó en la rama del árbol y ¡diosa de mi vida, mi amor! El árbol lanzó un alarido. ¡Te lo juro! Soltó a mi hermana y en la parte del brazo en la que se le había enroscado, tenía llagas como si se hubiera quemado la piel con aceite hirviendo. Una de las luces del árbol se empezó a iluminar, pero no me dejé amedrentar. Disparé otro chorro de laca y una llamarada salió disparada hacia el árbol. Le impactó y le dolió. Lo sé porque volvió a quejarse. El árbol se vio arrinconado y cuando me hice ilusiones de que iba a conseguir acabar con él, empezó a moverse del sitio con pequeños saltos. En uno de ellos atravesó la ventana y lo vimos alejarse por la nieve, metiéndose entre los árboles del bosque que tenemos ahí enfrente.
      Iba a correr tras él, con el bote de laca en una mano y el mechero de cocina en la otra, pero el profesor Eguelton me detuvo.
      —Espera, Brizani —me dijo—. No puedes ir tras eso tú sola, tenemos que trazar un plan.
      Lo miré, miré a través de la ventana y supe que tenía razón. Dudaba mucho que pudiera acabar con ese árbol armada solo con un mechero de cocina y un bote de laca a punto de vaciarse.
      Eso es lo que puedo contarte en esta carta, mi amor. Cuando llegues y me leas ya habremos salido en busca de ese hijo de putero. Si no regreso, recuerda que te quiero y que eres lo mejor que me ha pasado jamás.

¿Seguirá continuando?


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