Titulados 5: La soledad de las mariposas

En la imagen nos situamos a la espalda de una mujer alta, delgada. Está delante de una vitrina llena de mariposas disecadas. La foto es oscura, la única luz proviene de la vitrina.

La soledad de las mariposas. Imagen libre de licencia: Pexels.

La soledad de las mariposas es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Titulados», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos partiendo de títulos que me propongan las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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TÍTULO PROPUESTO:


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COREN ENTRÓ EN LA GUARIDA de su ama. La encontró revisando la gran vitrina en la que guardaba su colección de mariposas. Era una colección impresionante, la verdad, siempre y cuando a una le gustasen ese tipo de cosas. A ella no le iban demasiado, lo cierto es que prefería coleccionar fracasos amorosos. Era una colección mucho más sufrida, desde luego, pero no parecía costarle demasiado añadir nuevos elementos.
      —Siéntate, Coren —dijo la ama sin girarse—. ¿Has oído hablar de la soledad de las mariposas?
      Coren se sentó en un sillón de cuero, delante de ella había otro sillón, idéntico y, entre los dos, una mesa baja de hierro sobre la que reposaba una campana de cristal vacía.
      —S… —empezó Coren—, no —concluyó.
      —¿Sno?
      —No, señora Gaia. Quiero decir… no he oído hablar de la… ¿la soledad de las mariposas, dice? No he oído nunca tal cosa. ¿Se sienten solas las mariposas? Fíjate, tenemos mucho en común entonc…
      —Silencio. Tu verborrea me provoca ganas de atravesar un cerebro con un lápiz.
      —No lo haga, señora Gaia, eso le dolería.
      —He dicho un cerebro, no mi cerebro.
      —Oh… —Coren meditó al respecto y llegó a la conclusión de que aquello era lo que debían llamar matices. Se llevó el dedo índice y el pulgar pegados por las yemas a la comisura de la boca y se recorrió los labios—. Chitón —dijo—. Punto en boca. Cremallera y listo.
      Gaia se giró y miró a Coren con esos ojos rojos suyos que brillaban como si fueran de neón.
      —Perdón, señora Gaia.
      —La soledad de las mariposas es un concepto. Una… teoría. Como la teoría del caos. ¿La conoces, Coren?
      —¿Es esa que dice que si se estrena una serie en Los Ángeles, California, un tipo en Barcelona, España, publicará un tuit quejándose de que le han destrozado la infancia?
      —Es correcto —admitió Gaia sorprendida.
      Coren hizo un gesto de orgullosa victoria.
      —La teoría de la soledad de las mariposas dice que si una mariposa se siente sola, pueden ocurrir cosas terribles a su alrededor.
      —¿Eso dice? Fíjate tú.
      Gaia abrió la vitrina y cogió una mariposa delicadamente. Era un espécimen precioso, con las alas negriazules. Cerró la vitrina y se alejó de ella. Se acercó a Coren y sonrió sin dejar de mirar la mariposa. Juntó los labios y sopló suavemente, expulsando una brisa delicada. Coren pensó que quién fuera mariposa y tragó saliva.
      El azul de las alas del insecto emitió un impulso de luz y entonces ocurrió: primero fue un espasmo, luego las alas se sacudieron y, por último, la mariposa volvió a la vida.
      —¡Hala! ¡¿Cómo ha hecho eso, señora Gaia?!
      En cuanto lo dijo se sintió estúpida. Era Gaia, la diosa de la Tierra, la madre Naturaleza. Preguntarle a Gaia cómo le había insuflado vida a una de sus criaturas era tan absurdo, obvio y decepcionante como preguntarle a un adolescente por qué pasaba tanto tiempo encerrado en el lavabo.
      Gaia alzó la tapa de la campana, posó la mariposa en la base y la encerró.
      —Cuando una mariposa se siente aislada, su soledad se convierte en energía negativa —explicó Gaia—. Esa energía negativa provoca que la realidad y la causalidad se vuelvan locos y se retuerzan.
      —Como mi tío Nedat cuando se come tres platos de fabada. Tiene esos retorcimientos que usted dice —corroboró Coren.
      Gaia no supo cómo responder a eso, pero por suerte la mariposa empezó a hacer eso del retorcimiento de la causalidad. Sus alas empezaron a desprender una especie de bruma negriazulada, espesa, que poco a poco invadió la campana.
      —Eso también lo hace mi tío Nedat cuando se come tres platos de fabada.
      La bruma ocupó por completo la campana, presionó el cristal, que empezó a crujir hasta que lo rajó. La tapa estalló en mil esquirlas y la bruma empezó a derramarse por la mesa, cayendo al suelo como si tuviera el espesor de un…, bueno, de un plato de fabada. Cuando el humillo tocó el suelo, se levantó un viento cálido que azotó a Coren y a Gaia, volcó una lámpara, un paragüero con sus paraguas y varios funkos de La venganza de Andet, la ópera prima de un visionario.
      Gaia se inclinó hacia delante y volvió a soplar sobre la mariposa. El viento cesó, la bruma se fue disipando, como absorbida por el suelo, y la mariposa se quedó quieta. Gaia la cogió, regresó a la vitrina y la devolvió a su sitio, con el resto de especímenes.
      —¿Qué ha sido eso? —preguntó Coren intentando arreglar el estropicio de su pelo, aunque solo fuera para poder ver qué narices tenía delante.
      —Una demostración de que la teoría de la soledad de las mariposas es correcta.
      —Ya… —Coren se sintió incómoda, porque ahora iba a hacer una pregunta que podía enfadar a su ama. Se armó de valor, meditó bien las palabras que pensaba utilizar y se lanzó al vacío sin paracaidas. Resopló y preguntó—: ¿Y?
      Gaia rio. En realidad no, fue un resoplido por la nariz acompañado por un “hum”.
      —«¿Y?» —imitó—. Si no la hubiera detenido, la energía negativa de la mariposa habría echado abajo este edificio.
      —Bien hecho entonces. Pero no entiendo a qué viene este empeño suyo con las mariposas, señora Gaia.
      —Claro que no lo entiendes. Por eso tú eres solo una humana y yo una diosa. Mira mi colección, Coren. ¿Cuántas mariposas dirías que hay?
      Coren las señaló con el dedo.
      —¡Ni se te ocurra contarlas, maldita mortal! —estalló Gaia no sin motivos—. ¡Hay exactamente mil trescientas!
      —¡Enserio!
      No era una pregunta y a la vez sí. Era algo que hacían mucho los adolescentes de esa época. A Gaia le sacaba de quicio.
      —Imagina que repartimos las mariposas por las ciudades de todo el mundo y las dejamos solas —dijo la diosa—. Dime, Coren, ¿qué crees que ocurriría?
      La humana abrió la boca y alzó la mano, como diciendo: «¡A mí, profe, que esta me la sé!».
      —¿Las ciudades acabarían destruidas?
      —Exacto. Toda esa cosa que los humanos llamáis civilización quedaría arrasada.
      Coren no tenía claro que aquello fuera bueno. Para empezar ella era humana y, hasta donde ella sabía, formaba parte de esa civilización.
      —Pero… —empezó—. ¿Por qué quiere destruir las ciudades, señora Gaia?
      —Por el mismo motivo que los humanos habéis destruido la naturaleza durante toda vuestra existencia. Por simple capricho.
      Coren frunció los labios, torció la boca —cosa que hizo que se le hincharan las fosas nasales— y asintió lentamente. No podía rebatir un argumento como ese.
      —Entonces, ¿se quiere vengar de los humanos? —preguntó sin saber si quería conocer la respuesta.
      —No soy una diosa vengativa, Coren.
      —Uf… menos mal. Por un momento he pensado que…
      —Lo que yo quiero es devolver el equilibrio a la Tierra.
      —Oh…
      Coren se sintió, así de repente, desanimada. Siempre se había considerado una urbanita y no se imaginaba viviendo en la naturaleza. Aunque, si lo pensaba con cierta perspectiva, y haciendo uso de un instinto de supervivencia que no sabía que tenía, debía reconocer que vivir en la naturaleza siempre sería mejor alternativa que no vivir.

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