Microficción 244: Exigencias divinas

En la imagen, casi por completo oscura, vemos de manera muy sutil y de frente las formas de un sillón de una plaza y unas piernas de mujer, una cruzada sobre la otra. No lleva calzado. La pierna cuyo pie toca el suelo tiene una pulsera de bolas en el tobillo. No se ve nada más, el resto de la mujer queda sumida en la oscuridad. El título del relato es Exigencias divinas.

Exigencias divinas. Imagen libre de licencia: Pexels.

Exigencias divinas es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

cenefa2

CUANDO VEDIL ENTRÓ EN LA GUARIDA se abrazó a sí misma y se frotó los brazos. Hacía un frío de mil demonios o de dos gigantes de hielo especialmente inquietos. Vedil sabía lo que significaba aquella temperatura. Era en parte culpa suya —un cincuenta por ciento era culpa suya y el otro cincuenta por ciento era culpa de su curiosidad desmedida, lo que acababa dando un cien por ciento de culpa, siempre que se te dieran bien las matemáticas y el cálculo no te diera decimales o, mucho peor, un haiku—. Esa maldita curiosidad que le había llevado a abrir el libro de invocaciones de su tatara-tatara-tatara-tatarabuelo por parte de padre, en cuya cubierta, cerrada con cadenas, alguien había grapado una nota en la que ponía: «No abrir, criaturas cabronas dentro». El primer hechizo que encontró y que leyó en voz alta, porque a Vedil solo se le daba bien leer en voz alta, ya que su voz interior era analfabeta, fue el conjuro invocador de la diosa Mab-Lu, la misma que la esperaba en el sillón de cuero, con las piernas más largas que Vedil hubiera visto jamás, cruzadas.
      LLGS DMSD TRD, MSR MRTL dijo la diosa con una voz que recordaba a un cubito de hielo afónico por haber estado gritando durante dos horas en el último concierto de Rosalía.
      El idioma divino es complicado de entender para las mentes mortales, porque los dioses, en su infinita sabiduría, no vieron necesario incluir vocales en su bcdr, que es lo que obtienes si le quitas las susodichas a abecedario. Para facilitar la lectura será mejor activar el traductor automático a partir de ahora.
      —¿Cómo decís? —preguntó Vedil.
      HE DICHO QUE LLEGAS DEMASIADO TARDE, MÍSERA MORTAL.
      —Oh, ya entiendo. Alguien ha debido activar el traductor automático a partir de este momento. Menudo alivio.
      ¿TRAES LO QUE TE PEDÍ?, preguntó Mab-Lu.
      Vedil se descolgó la mochila de la espalda, la posó en el suelo con sumo cuidado*, la abrió e introdujo la mano en ella.
      —Creo que sí. Teniendo en cuenta que no os entendía —dijo con cierto rintintín mirando a la cámara, como si pretendiera que cierto escritor se sintiera culpable por no haber activado el traductor automático antes— y que me tuve que conformar con un croquis bastante mal… perdón, mi señora, fantásticamente bien dibujado… diría que sí que lo tengo todo.
      »Veamos… ¿un corazón de jabalí? —preguntó Vedil con mucha precaución, entrecerrando los ojos como si esperase recibir una divina colleja mientras extraía el corazón de la mochila. Mab-Lu asintió satisfecha, posando sus dos docenas de ojos, repartidos aquí y allá por todo su cuerpo, en el órgano sangrante—. Menos mal. Qué más… ¡oh! Tengo un mechón de pelo de la nuca de un calvo que no acaba de aceptar que está perdiendo el pelo y se deja melena en la nuca y las sienes. Este fue el más difícil de entender. ¿Es correcto? Uf… gracias a Diosa. Perdón, mi señora, gracias a usted, única diosa entre las diosas que no existen porque sino usted no sería la unic… ya, sigo. También he traído un sándwich de cangrejo. He supuesto que después de muchocientos años encerrada en ese libro, tendríais un poco de gusa.
      Mab-Lu miró el triángulo que Vedil sujetaba en su ensangrentada mano. Había oído hablar de eso a lo que los humanos llamaban sándwiches. Cogían cuadrados de pan, les ponían todo tipo de alimentos embadurnados con mayonesa, y luego los cortaban en diagonal. Algunas veces hacían lo que ellos llamaban vegetal de pollo o vegetal de atún, lo que siempre despistaba a Mab-Lu que, hasta aquel momento, habría jurado que los pollos y los atunes salían de huevos y no de la tierra. Nunca se salía de un sueño eterno sin aprender algo nuevo.
      PODRÍA COMER, dijo al fin la diosa con más curiosidad que apetito.
      Vedil le tendió el sándwich de cangrejo. SUPONGO QUE ES UN VEGETAL DE CANGREJO, pensó Mab-Lu. Cuando lo probó sintió un placer extraño, los sabores de aquella cosa diminuta que sujetaba con su enorme mano, eran casi orgásmicos. Puso todos los ojos en blanco y lanzó un gemido de placer.
      —¿Os gusta?
      Mab-Lu volvió a gemir. Vedil se excitó, porque las diosas tienen ese efecto en las personas. Son capaces de provocar un cosquilleo en las zonas pudientes a cualquiera que se encuentre cerca. También son capaces de hacer que quieras arrancarte un brazo y abracearte** con él hasta quedar inconsciente. Los dioses tienen unas capacidades de lo más llamativas.
      ¿QUÉ ES ESTO BLANCO QUE MASTICO?
      —Debéis referiros al huevo duro, mi señora.
      Mab-Lu dijo sin palabras, solo moviendo los labios, ¡¿HUEVO DURO?!, mientras señalaba el sándwich. Aunque para ser justos, lo que sus labios pronunciaron fue ¡¿HV DR?!. «Bendito traductor automático», pensó Vedil.
      ¿Y ESTO OTRO TRANSPARENTE?
      Vedil estiró el cuello con el ceño y la boca fruncidos en expresión clara de interrogación. Luego abrió los ojos y dijo:
      —Eso que os coméis es el envoltorio de papel film, mi señora. Deberíais apartarlo y… bueno, si os gusta, disfrutad.
      La humana volvió a concentrarse en la mochila. Sacó una cruz dorada.
      —¿Esta es la cruz que buscábais? —dijo mientras Mab-Lu se chupaba los siete dedos de cada mano.
      ¿EL QUÉ? AH, LA CRUZ. SÍ, SÍ. MUY BONITA. OYE, ¿ESTO DE AQUÍ ES LO QUE LLAMÁIS LECHUGA?
      Vedil dejó la cruz en el suelo con un cuidado moderado, más parecido a un boxeador mal alimentado que a un luchador de sumo.
      —Esto… sí, eso es lechuga. También he encontrado el Libro de las Palabras Silenciadas.
      Mab-Lu miraba el trocito de sándwich que le quedaba como si entre las rebanadas de pan de molde se ocultara un mensaje.
      —¿Mi señora?
      —¿QUÉ COSA?
      —El Libro de las Palabras Silenciadas. Lo he encontrado.
      BIEN POR TI, MÍSERA MORTAL. OYE, HACE MUCHOS SIGLOS ESCUCHÉ HABLAR DE UNA COSA QUE VOSOTROS, LOS HUMANOS, LLAMÁIS TAKOYAKI. ¿TODAVÍA EXISTEN?
      Vedil miró a la diosa a sus ojos, lo que implicaba que moviera los suyos como si estuviera leyendo la descripción de un cuadro particularmente grande.
      —¿Los takoyaki?
      SÍ, SÍ. UNAS BOLAS DE PULPO… NO SÉ CÓMO SE HACEN, PERO EN DIVINIA DICEN QUE ESTÁN DE MUERTE. ¿EXISTEN O SE HAN EXTINGUIDO?
      Vedil meditó unos segundos. Creía haber visto takoyaki en la carta de algún restaurante japonés, pero nunca los había probado.
      —Creo que sí existen, mi señora.
      Mab-Lu suspiró y las partes pudientes de Vedil se estremecieron y empezaron a decirle a la mujer que esa situación era insostenible.
      DECIDIDO, MÍSERA MORTAL. PARTIMOS EN POS DE LOS SUSODICHOS TAKOYAKIS.
      —Pero mi señora, ¿qué me dice de la conquista del mundo y la aniquilación total de los humanos?
      En cuanto lo dijo se arrepintió. No estaba de acuerdo con aquel objetivo. La parte en la que Mab-Lu dominaba el mundo le daba igual, ya estaba dominado por ciertos humanos que no hacían más que tomar decisiones estúpidas, pero lo de aniquilar a la humanidad no le llamaba tanto la atención, aunque solo fuera por la parte que le tocaba. Pero es que se había tirado tres días buscando todos esos objetos y ahora no pensaban usarlos.
      LUEGO, LUEGO. AHORA TENGO HAMBRE. ¿POR DÓNDE EMPEZAMOS A BUSCAR LOS TAKOYAKI? ¿DÓNDE PASTAN? ¿O SON VEGETALES COMO LOS POLLOS, EL ATÚN Y EL HUEVO DURO?
      —¿Los takoyakis, mi señora? Se encuentran en los restaurantes japoneses. Solo hay que sentarse y pedirlos.
      PEDIRLOS…
      Mab-Lu no estaba familiarizada con esa palabra. Imponer, ordenar, compeler, obligar, eran algunas a las que estaba más acostumbrada.
      —Sí, se levanta así el brazo, con el dedo extendido, y se dice: «¡PERDONA!», entonces viene alguien y te dice: «Sí, qué desea», y le pides lo que quieras. Luego, dependiendo de cómo se lo hayas pedido, esa persona te lo traerá con más o menos cantidad de escupitajos. A eso se le llama hostelería.
      HSTLR…
      Perdón, se ha desactivado el traductor automático. Déjame ver si lo soluciono… vaya, me dice que mi periodo de prueba ha terminado y que si quiero seguir traduciendo debo pagar… ¡hala! Mira qué hora es…, yo he quedado en…, bueno…, tengo que ir a ese sitio en el que… en el que se hace esa cosa…, esa cosa que se pone del revés y entonces…, Bueno, fin y eso, ¿no?

Nota de un servidor.
(Pincha en los asteriscos para regresar al texto)
* Se dice sumo cuidado porque, al igual que los luchadores profesionales de sumo, es un cuidado muy grande. No confundir en ningún caso con zumo cuidado, que es un zumo de frutas al que se ha mimado, vigilado y consentido para que crezca sano y lo más alejado de la perversa realidad del mundo y que, cuando le toque salir ahí fuera, ya verá, ya.
** Si golpearse con una porra se denomina aporrearse, es lógico pensar que si alguien pudiera golpearse o, en su defecto, golpear a otra persona con un brazo, esto debería ser llamado abracearse.

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