Al tema 16: Robocalipsis

En la imagen vemos a un androide de cintura para arriba. Tiene forma humana, pero algunas partes de su cuerpo son brillantes. Está fe perfil y de fondo tenemos el espacio. El título del relato es Robocalipsis.

Robocalipsis. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Robocalipsis es un relato de ciencia ficción cómica perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema propuesto por mis seguidores de Twitter.

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Tema propuesto:
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LA TIERRA HACÍA YA SETENTA AÑOS QUE SE HABÍA IDO A LA MIERDA. Los robots, provenientes del planeta Robovita aterrizaron en nuestro planeta y nos invadieron, convirtiéndonos en simples mascotas y a las mascotas en gerentes de bancos, altos cargos del gobierno y, en algún caso puntual, en reyes y reinas*. Los robots gobernaban con mano de hierro, pero solo porque era lo que había. No necesitaban armas, no usaban látigos, les bastaba con mirarte muy fijamente con aquellos ojos de neón y decirte: «Tú verás». La humanidad se vio reducida a una especie mansa que había desarrollado la posibilidad de tumbarse a los pies de sus amos robots, hacerse un ovillo y, de vez en cuando, sacudir la pierna en pleno sueño.
      Pero no todo el mundo había bajado la cabeza. Por suerte para esta historia, porque sino habría que poner aquí el punto y final y darle explicaciones a las lectoras/es. Había un grupo de mujeres que, en un alarde de originalidad nunca visto, se hicieron llamar la Resistencia. Este grupo, liderado por Évenel, una joven demasiado nerviosa para alguien que no había probado nunca la cafeína porque todas las reservas las tenían los androides**, llevaba veinte años luchando contra los robots. Évenel tenía una madre a la que los robots trataban como a una golden retriever y un padre al que alimentaban como a un cerdo vietnamita. Sus abuelos se murieron antes de que ella naciera, por suerte para todos, porque cuando Évenel había visto fotos de su abuelo paterno, siempre pensaba en una de esas cobayas despeluchadas. Nadie quiere ver a un octogenario greñudo corriendo en una rueda gigante y metiéndose reservas de zanahoria en los carrillos.
      La Resistencia estaba reunida. Eran menos de cien, muchas menos que cuando empezaron. Algunas habían muerto, otras habían aceptado que era mejor sentarse en el regazo de un robot que adquirir un nuevo y no deseado orificio en la cabeza. Évenel, vestida con ropa repleta de parches y un pañuelo en el cuello listo para taparle la parte inferior de la cara, miraba a sus compañeras sentada en un puf que ya había perdido casi todo el relleno. Era un grupo joven —o casi—. Miró a los ojos de Xam, alta, delgada y armada con un fusil que le quedaba grande, luego pasó a Rakie, quizá la más joven de la Resistencia, pero con muchas ganas de matar robots.
      —Informe —dijo Évenel en alto, con una voz añeja con toques de roble y frutos rojos.
      Cynan, la resistente más vieja del grupo, dio un paso adelante —esto es claramente una forma de hablar, ya que Cynan iba en silla de ruedas—, se aclaró la garganta y habló con una voz que, de haber sido un color, habría sido el amarillo fosforito:
      —Hemos perdido a cinco resistentes.
      —¿Y el bando de los robots?
      —Uno y tres cuartos.
      Si algo tenían los robots era que tenías que matarlos del todo. No bastaba con que le pegaras un tiro a bocajarro en el pecho o en la cabeza, tenías que hacer eso, llamar a un grupo de chatarreros que llevaran como mínimo una semana sin comer y dejarlo a solas con el robot. Matarlos por fascículos era una torpeza que había costado muchas vidas en el pasado. Un robot puede seguir matando con un agujero en la frente del tamaño de los huevazos de un machista, puede seguir aniquilando aunque le cortes la cabeza y, si por lo que sea no puede hacerlo o simplemente le da pereza, siempre tiene la opción de autodestruirse como último recurso y llevarse por delante a un centenar de personas y varios rododendros.
      —¿Siguen llegando robots del espacio?
      —Sin descanso. Cada vez que matamos a cinco, llegan quince.
      Évenel resopló, miró a las resistentes y negó con la cabeza.
      —No podremos acabar con ellos hasta que no destruyamos la fuente. ¿Cómo avanza la operación Destruir el planeta Robovita?
      Como habrá quedado claro a estas alturas, había tres cosas en las que las resistentes no eran especialmente hábiles: acabar con la amenaza robótica, hacer tortilla de patatas sin que se pegue en la sartén y poner nombres a las cosas. Alguien más apto para esto último habría llamado a aquella operación: «Operación Robomuerte», por ejemplo y a aquel grupo: «La botsistencia» o «Las Matabots».
      Cynan dio marcha atrás y dejó que una compañera con más información hablara en su lugar.
      —Tenemos la nave casi lista —dijo una pelirroja—. Nos falta la última pieza.
      —El núcleo nuclear… —dijo Évenel, que llevaba temiendo ese momento desde que asumió el mando estando todavía en la cuna.
      En su caso, cuando llevaba pañales, le daba miedo el robot del saco y el momento en el que la Resistencia tuviera que ir en busca del núcleo nuclear. El motor que daba energía a la nave nodriza de los robots. Una tarea complicada, sobre todo si tenemos en cuenta que en veinte años de existencia, las resistentes no habían conseguido recuperar siquiera un distrito invadido por aquellas máquinas bebecafés.
      —Exacto. Ha llegado el momento de ir a por él.
      Évenel miró de arriba abajo a la resistente que le hablaba: tenía gafas, una bata de científica y el pelo recogido en un moño. Era guapa, jodidamente guapa. No tenía la piel sucia, ni las manos callosas. No había luchado nunca. Évenel había llegado a una conclusión enervante en su corta vida: son aquellas que no se tienen que preocupar de coger un arma e intentar matar a un enemigo mientras este mata a diez de tus amigos, quienes están más dispuestas a emprender misiones suicidas.
      —Es peligroso —dijo Évenel sin alterarse—. Ahora más que nunca. La base de los robots está más custodiada que nunca. Además tienen a todos esos humanos guardianes. ¿Has intentado alguna vez saltar una valla y te has encontrado cara a cara con una caseta de perro gigante en la que descansa un luchador de sumo? ¿Has caminado de puntillas para no despertarlo? ¿Has pisado una rama seca y has visto como el luchador de sumo sale a toda pastilla de la caseta y empieza a perseguirte con la firme intención de desenroscarte la cabeza del cuerpo?
      —No…
      —Yo tampoco y quiero que siga así. —Évenel miró a Xam—. ¿Cuántas mascotas humanas tienen ahora los robots en su guarida?
      Xam miró hacia arriba y pareció calcular una fórmula complicadísima que no paraba de darle decimales.
      —Unas ciento cincuenta.
      —Ciento cincuenta mascotas humanas, de las cuales un cuarenta por ciento está entrenada para intentar que nadie entre por la puerta principal y un sesenta por ciento para asegurarse de que el otro cuarenta no falla en su misión. Por no hablar de los… ¿cuántos robots hay ahora en ese sitio, Xam?
      —¿Qué día es hoy? —preguntó la joven.
      —Qué se yo, ¿viernes?
      —Si tenemos en cuenta que puede que sea viernes, la diferencia horaria y que hoy en el comedor tenemos albóndigas de calcetín desparejado con salsa de betún… unos mil doscientos cincuenta y cuatro y medio.
      El medio robot solo tenía la parte inferior del cuerpo y eso le había convertido en un especialista pateador.
      —Ahí lo tiene, profesora. Mil doscientos cincuenta y cuatro y medio robots más ciento cincuenta mascotas humanas con el cerebro completamente lavado, contra… —Évenel hizo un recuento aproximado de las miembras de la Resistencia que quedaban en vivas—, ¿cuarenta y cinco resistentes? No se me dan especialmente bien las matemáticas, pero yo diría que la balanza se decanta por los robots en un muchocientos por ciento. Si quiere ir usted misma, llamar a la puerta y pedirles amablemente que le dejen un ratito su núcleo nuclear para hacer una escapadita rápida a su planeta natal y poder destruir la puta cadena de montaje de la que salen, tiene vía libre, profesora. Pero no me diga que envíe a mis mujeres a morir mientras usted se queda aquí leyendo un cómic de Mortadelo y Filemón. ¿Estamos?
      La de la bata blanca bajó la cabeza. Estuvo a punto de decirle que el cómic que estaba leyendo actualmente era una compilación de tiras cómicas de Mafalda, pero sus estudios avanzados le hicieron ver que no era una buena idea.
      Évenel resopló. Si seguían así no habría manera de destruir a esas putas máquinas. Enviar a alguien a Robovita era esencial para salvar el mundo, luego ya se preocuparían de mandar a todas las mascotas humanas a terapia para superar la ansiedad por separación y otros muchos problemas evidentes, pero si no podían llevar a cabo la operación Destruir el planeta Robovita, no habría nada que hacer. Luego se preguntó qué mascota sería si los robots la capturasen. A ella le gustaba verse como una leona, aunque seguramente acabaría ejerciendo de ornitorrinco, sea lo que quiera Diosa que sea lo que hacen los ornitorrincos.

Nota del autor (usease yo mismamente)
(Pulsa en los asteriscos para volver al texto)

* Cabe destacar que, en lo que concierne a la gestión del mundo llevada a cabo por las antiguas mascotas, las cosas mejoraron considerablemente. La economía alcanzó unas cotas sorprendentemente altas que no se habían visto nunca y las guerras se terminaron en todo el mundo. En realidad todo se reducía a un único problema: los humanos no solemos rascarnos la panza entre nosotros y eso hace que estemos irascibles todo el día.
** Era muy común escucharle a un robot la frase: «Yo es que hasta que no me tomo mi cafelito no soy máquina de matar venida del espacio exterior».

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