Microficción 242: El piano asesino

En la imagen vemos las teclas de un piano pero desde su altura, es decir, como si fuéramos críos. Las teclas negras sobresalen como montañas. El título del relato es "El piano asesino".

El piano asesino. Imagen libre de licencia: Pixabay.

El piano asesino es un relato de terror cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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EL PRIMER CUERPO QUE APARECIÓ fue el de Francisco. Lo encontraron partido en dos en la sala del piano. La parte inferior estaba tirada en el suelo, sobre un charco de su propia sangre, mientras que la parte superior yacía en la caja del piano, encharcándola. Fue Laura, una adolescente que no debería haber estado allí, la que lo encontró y enseguida llamó a todo el mundo a gritos, unos gritos que ella pretendía que sonaran así: «¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡No conozco más sinónimos!», pero que en realidad sonaron así: «¡AAAAAAAAAAAAAAH! ¡AAAAAAAAAAAAAAH!» —A arriba, A abajo—.
      Cuando sus amigos llegaron a la sala del piano y vieron el estropicio, hincharon los carrillos y luego descargaron sendas cascadas de vómito. Es una reacción normal que generalmente no aparece en este tipo de historias en el cine. Normalmente en las películas de este estilo, cuando aparece un cadáver desmembrado sobre su sangre, los protagonistas —adolescentes como los que ocupan este relato solo que interpretados por personas de cuarenta años— se limitan a decir cosas como: «¡Oh, Dios mío!», «¡Cielo santo!» o, en algunos casos en los que el personaje se empeña en demostrar por qué motivo es repetidor desde hace más de cuatro años, «¿Está muerto?». Pero la reacción normal cuando encuentras a tu amigo descuartizado en la sala de piano de esa casa de la que todo el mundo en el pueblo dice que está encantada, pero que tú, por el motivo que sea, no quieres creerte, es echar la papilla, mirar el vómito y pensar: «¿Cuándo he comido maíz?».
      Quizá sería bueno, para quienes leen estas líneas, retroceder en el espacio —no es necesario retroceder en el tiempo ya que todo el mundo sabe cuáles son las motivaciones para que alguien decida adentrarse en una casa de la fama de esta—, y veamos el edificio a pie de calle. En su día fue la típica casa de estilo victoriano, con sus techos inclinados de teja azul, su torre circular, sus amplios ventanales y sus escaleras en la puerta principal. En el tiempo en el que ocurrió la historia que estoy contando, era la típica casa de estilo victoriano, con sus techos inclinados de teja azul repletos de agujeros, su torre circular, sus amplios ventanales destrozados y el fantasma de una niña observando a los transeúntes desde la ventana de la buhardilla en la que murió de alguna forma tan enrevesada y vomitiva como preparar una hamburguesa completa, pasarla con pan incluido por harina, huevo, pan rallado y freírla.
      —¡¿Qué ha ocurrido?! —preguntó Jorge casi sin darme tiempo de volver a entrar en casa, subir las escaleras podridas y reunirme con ellos en la sala del piano.
      —¡¿Está muerto?! —preguntó Catalina, que a diferencia de los demás, ya tenía edad para hacer la declaración de la renta.
      —¡He entrado aquí porque he escuchado el piano y cuando he llegado Francisco estaba así! —respondió Laura.
      Los demás se miraron.
      —¿Y quién es ese? —preguntó Idoia.
      Idoia se refería a un tipo grande como un armario ropero, vestido con un mono de mecánico, la cara cubierta con una máscara de hockey y un machete ensangrentado en la mano.
      —No lo sé, ya estaba aquí cuando he entrado —respondió Laura—. Tiene pinta de ser el conserje.
      Los chavales asintieron. Tenía sentido.
      El de la máscara de hockey se apresuró a limpiar el machete en el trasero del mono y asintió como el resto.
      —Espera, espera. ¿No véis lo que está pasando? —dijo Jorge.
      El del machete se puso tenso, abrió mucho los ojos y empezó a sudar y a temblar. Sujetó el machete con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
      —¿Has dicho que cuando has llegado Francisco ya estaba así?
      —Sí.
      —Y este tío ya estaba aquí.
      El de la máscara se sobresaltó cuando Jorge le señaló.
      —Así es.
      —En serio… ¿no os dais cuenta? —El tipo del machete empezaba a cabrearse. «¡Dilo ya y así te puedo rebanar el cuello, mocoso!», pensó con cierta tirantez—. ¡Ha sido el piano!
      La mano del mango del machete se relajó, el ceño se frunció bajo la máscara y, a la vez, una ceja se levantó. El de la máscara miró al cadáver, luego a Jorge y luego pasó la mirada por los rostros de aquellas futuras víctimas bellísimas personas.
      —¿Cómo dices, Jorge? —preguntó Carolina mientras se sentaba en el banco del piano con un quejido típico de la edad.
      —No os dais cuenta. ¿No dices que has venido aquí porque has escuchado el piano, Laura?
      La muchacha asintió casi llorando.
      —Sí, he escuchado algo parecido a kwong-kwong-kwong.
      El de la máscara hizo memoria. La mocosa debía estar refiriéndose a cuando cogió al tal Francisco por los pelos del cogote y empezó a estamparle la cabeza contra las teclas del piano una y otra vez.
      —¡Todo encaja! —Exclamó Jorge muy excitado—. El piano está poseído por el espíritu de un asesino en serie y ahora quiere matar a cualquiera que se adentre en esta casa.
      Sus amigos se miraron, incluso miraron al de la máscara, aunque solo fuera para que se sintiera parte del grupo.
      —No sé, Jorge —dijo Laura—. ¿Un piano asesino?
      Jorge lanzó una pedorreta.
      —¿Qué otra explicación tienes, Laura? ¿Ha sido el conserje con ese machete?
      El de la máscara soltó una carcajada nerviosa que, en presencia de alguien un poco más avispado, habría sido de lo más delatadora, pero que aquellos adolescentes tomaron como una invitación a que se rieran con él. En aquella risa, los mocosos y Carolina, interpretaron: «¡Qué cosas tienes, Laura!».
      —Tenemos que largarnos de aquí cuanto antes —sentenció Jorge—. Si el piano tiene hambre volverá a matar, es lo que pasa en las historias de Stephen King.
      Echaron a correr, pero al ver que el del machete no les seguía, se giraron y Laura le preguntó:
      —¿No vienes?
      El de la máscara seguía con la ceja levantada, mirando el cadáver, el piano y a aquella panda de descerebrados. ¿Los mataba o no los mataba? Esa era la cuestión. Decidió encogerse de hombros y acompañar a aquellos niñatos. No solía pasarle eso de ser el más inteligente de un grupo y le gustaba. ¿Piano asesino? A él le pareció perfecto. Además, siempre estaba a tiempo de cambiar de opinión y hacerles pedazos —literalmente—.

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