Primeras palabras 18: Slasher punto com

En la foto vemos un plano desde la cama, como si estuviéramos en ella, miramos hacia la izquierda y vemos una mampara de cristal que no es del todo transparente, en ella, apoyada desde el otro lado, una silueta alta, delgada, con lo que parece la funda de la almohada en la cabeza, haciendo que su silueta tenga la cabeza rectangular.

Slasher punto com. Imagen libre de licencia: Pexels.

Slasher punto com es un relato de terror cómico perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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• LA FRASE A AÑADIR ES:


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NO TENGO EL CHIRRI PA’ FAROLILLOS es una de esas expresiones que no esperas decir cuando estás “disfrutando” de una experiencia que tú misma has contratado, pero es la que Shanam Meknen dijo mientras se escondía en el suelo del armario de la ropa, entre taquicardias y sollozos que hacían más ruido del que habría querido.
      En su casa había un asesino que la buscaba. No podía llamar a la policía porque fue lo suficientemente estúpida para aceptar las condiciones y la política de privacidad de la web sin molestarse en leerlas.
      Mientras se sujetaba la nariz y la boca para amortiguar más el sonido de su respiración, se dio cuenta de que ni siquiera podría poner una nota negativa. El servicio que slasher.com ofrecía era de primera: Una experiencia slasher realista. Nuestros asesinos en serie le harán temblar, llorar y, con un poco de suerte, mearse encima. Elija entre un catálogo de más de 150 psicópatas, seleccione el nivel de realismo de la experiencia entre moderada, alta y pesadilla, realice el pago y en un periodo máximo de cinco días recibirá la visita de uno de nuestros agentes. ¡No sabrá cuando ni donde! La experiencia slasher definitiva está a un golpe de clic. Por supuesto, Shanam, que era de las que jugaba todos los videojuegos en el modo ultramega difícil, escogió el nivel pesadilla.
      La asesina llegó solo tres días después de que realizara la compra. Ella estaba tirada en el sofá de casa, aprovechando que Legna, su prometida, se había ido a pasar unos días con la familia, haciendo maratones de series, cuando escuchó un ruido en el piso de arriba.
      —¿Hay alguien? —preguntó Shanam, como si, en el caso de que hubiera alguien en casa, le fuera a responder: «Sí, venimos a robarle hasta los empastes. Por favor, manténgase relajada».
      Puso la pausa al capítulo cinco de Heartstopper, se levantó del sofá y, cuando iba a subir las escaleras, notó que algo se colaba por la rendija del correo situada en la parte baja de la puerta principal. Era una tarjeta de cartón, de diez centímetros de ancho por cinco de alto.
      Se agachó, la recogió y leyó la frase:

TU EXPERIENCIA SLASHER HA COMENZADO


Le dio la vuelta a la tarjeta, solo para descubrir que en el reverso no ponía nada.
      En cuanto la hubo leído alguien lanzó una carcajada aguda en el piso superior.
      «Buen timing», pensó Shanam, a lo que su corazón, latiéndole ya en las sienes, le respondió: «Ni timing ni timong. Huye, gilipichis».
      Cogió un bate de béisbol que ya estaba en casa cuando Legna y ella se mudaron, como el desatascador de goma que nadie compra pero que siempre está ahí. Se acercó a las escaleras y entonces la vio: una mujer alta, delgada, con una funda de almohada en la cabeza y una cara sonriente pintada con lo que parecía ketchup emulando sangre, pero que en realidad era pintura roja. Vestía una camiseta negra con una nube dibujada sobre la que había un arcoíris y la frase: «Todo va a salir de pena».
      —¡¿Quién eres?!
      La de la funda de almohada bajó las escaleras muy despacio. En la mano derecha tenía un bolígrafo, que sujetaba como si fuera un cuchillo de los de cortar el queso —o los dedos pulgares—. Shanam miró el bolígrafo y entonces, en un alarde de iniciativa, echó a correr.
      La de la funda de almohada corrió detrás de ella gritando: «¡Quieta ahí!», pero Shanam no parecía estar por la labor de quedarse quieta, ni ahí ni en ningún sitio.
      Pasó a la cocina y se colocó en un extremo de la isla encimera. La de la funda de la almohada se detuvo en el extremo contrario, alzando el bolígrafo.
      —¡No huyas! —gritó la de la funda.
      —¡No huyas tú! —respondió Shanam, sin importarle que tuviera más o menos sentido.
      La de la funda bordeó la isla por la izquierda y Shanam hizo lo propio por la derecha. Salió de la cocina, volvió al salón y subió los escalones de dos en dos.
      —¡Estate quieta, joder!
      —¡No, tú te estás quieta, joder!
      Se metió en el dormitorio principal, abrió la puerta del armario, se introdujo y se sentó en el suelo.
      —Mierda, mierda, mierda. ¿Quién me mandaba a mí…? —dijo lloriqueando—. Voy a morir. Espera, ¿me puede matar? ¿Es legal? ¿Lo especificaban en la web? —Se echó la mano al bolsillo para coger el teléfono, pero no lo tenía, se lo había dejado en el sofá, junto al mando de la tele—. No puedo arriesgarme, ¿y si me mata? ¿Le puedo denunciar? ¡Mierda! Hoy solo quería relajarme. ¡No tengo el chirri pa’ farolillos!
      Escuchó pasos.
      Escuchó la puerta del dormitorio abriéndose.
      Escuchó el suelo de madera crujiendo bajo unos pies.
      Escuchó el jadeo.
      Escuchó el clic-clic-clic-clic inconfundible del botón del bolígrafo sacando y metiendo la punta de manera compulsiva.
      Se puso las manos en la boca y la nariz y miró la puerta del armario, temiendo que en cualquier momento se abriera.
      —¿Dónde está esa condenada mujer? —dijo la voz de la de la funda de almohada.
      Sonaba en el dormitorio, pero no estaba cerca de dónde ella se escondía. Abrió un poco el armario y miró por la rendija que quedó entre las dos puertas. Ahí estaba, arrodillada en el suelo junto a la cama, mirando debajo.
      «Si le ataco ahora, puedo desarmarla», pensó.
      Se armó de valor, abrió la puerta del todo y, con un grito de guerra, se levantó y se lanzó contra la de la funda. Esta se asustó, se levantó de golpe y le golpeó los morros a Shanam con la coronilla. Shanam notó como todo el mundo se sacudía, se mareó y dio unos pasos torpes. La de la funda de la almohada se llevó ambas manos al cogote y se lo frotó, giró sobre sí misma con tal mala suerte que le dio un codazo a Shanam que, con peor suerte todavía, dio un traspié y se precipitó por la ventana, llevándose consigo una buena cantidad de cristales.
      El golpe fue tremendo, pero solo sonó plof, gracias al césped del jardín. La de la funda de la almohada se asomó, se quitó la funda de la cabeza y dejó al aire libre y fresco un rostro dulce, de nariz respingona, labios carnosos y decenas de pecas. Estaba sudada por la funda y asustada por la defenestración.
      —¡Vaya hostia! —dijo la de la funda de almohada, no sin cierta razón.
      Shanam se movía y respiraba, pero solo de momento. La de la funda bajó las escaleras y corrió hacia ella.
      —¿Está usted bien? —preguntó cuando llegó y se puso en cuclillas al lado de Shanam.
      Spoiler alert: no, no estaba nada bien.
      La de la funda de almohada alzó el boli sobre Shanam, que cerró los ojos y se preparó para morir.
      —¿Puede mover los brazos? —preguntó la de la funda de almohada, haciendo que Shanam abriera los ojos y frunciera el ceño.
      —¿Có… mo… di… ce…? —preguntó agonizante la defenestrada.
      —Le pregunto si puede mover los brazos.
      —Cre… o… que… sí…
      —Bien, entonces, por favor, —la de la funda de almohada se llevó la mano libre al bolsillo trasero del pantalón, sacó un papel doblado, lo desplegó con un par de sacudidas y se lo mostró a Shanam—, firme sobre la línea de puntos. Es el formulario de exención de responsabilidad. Llevo un rato detrás de usted para que me lo firme, pero se ha puesto a correr como una loca.

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