Al tema 15: Amor en remojo

En la imagen estamos en el fondo marino, mirando hacia arriba, hacia la superficie y vemos, recortada por la luz del sol, la silueta de una criatura con cuerpo humano y cola de pez, una sirena. La luz ilumina las aletas membranosas. El título del relato es: Amor en remojo.

Amor en remojo. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Amor en remojo es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema propuesto por mis seguidores de Twitter.

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Tema propuesto:
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CONOCES LA HISTORIA DE ROMEO Y JULIETA, ¿NO? Pues deberías saber que Shakespeare se inspiró en un hecho real. Ocurrió hace muchos siglos, tantos que todavía no se habían inventado los desatascadores de goma. Cuando en la tierra habitaban criaturas como los huargos, los elfos, las sirenas y los dragones. Fue en estos dos últimos seres en los que se inspiró el escritor inglés. Concretamente en Marc, el último dragón y Meritxell la sirena —en realidad sus nombres eran muy distintos, pero difíciles de pronunciar o escribir. Para escribirlos necesitaría todas las consonantes que existen y algunas que nadie se ha dignado a inventar y, para pronunciarlos, necesitaría que alguien me sujetara la lengua con unas tenazas y me introdujera una escobilla de váter (a poder ser limpia) en el gaznate mientras hago mi mejor intento por decir sus nombres—.
      Meritxell era una sirena joven, de unos novecientos años de edad. Le gustaba lo que le gusta a cualquier sirena de esa edad: tontear, cantar, ir al centro comercial —lastima que todavía faltaran tantísimos años para que se inventaran—, atraer a marineros con sus voces para destriparlos y sorberles las tripas como si fueran espaguetis a la boloñesa… vamos, lo normal.
      Marc, por su parte, era más joven que la sirena, unos trescientos años, día arriba día abajo. Lo que al dragón le gustaba era pasear por la playa, contemplar el atardecer y arrasar pueblos enteros. De vez en cuando secuestraba a alguien de la realeza, esperaba a que vinieran en su búsqueda y se zampaba a todo Cristo —aunque Cristo todavía no había nacido ni se le esperaba, todo hay que decirlo—. Lo de los secuestros no era lo que más le apasionaba, pero era el negocio familiar y, bueno, de algo había que vivir.
      Un día, cuando Marc dormía la siesta posado en una enorme roca que hacía isla en medio de un lago, después de comerse a un pescador —con la lubina que había pescado incluida—, escuchó una risa que llamó su atención. Abrió sus ojos ambarinos y buscó a su alrededor a la dueña de aquella carcajada. Sonaba como si un burro, que todavía no se había curado completamente de un gripazo, se acabara de acordar de un chiste tronchante. Era un sonido encantador. Justo en la orilla del lago vio a Meritxell, pinchando con una rama el ojo hinchado en una cabeza cercenada. Marc reconoció aquella cabeza, era la del pescador. «¡Ya decía yo que me había quedado con hambge!», pensó Marc, «¡me he dejado la mejog pagte: su cabeza!».
      Marc bostezó con un quejido y Meritxell dio un respingo.
      —¡Trasa! —exclamó la sirena—. Digo… ¡Atrás!
      Apuntaba al dragón con la rama, como si fuera una espada. Marc la miró hociquiabierto. La sirena tenía la cabeza completamente pelada, como todas las sirenas, su piel era azul, sus ojos negros y sus labios gruesos, tenía la boca llena de colmillos tan afilados como la espada que le habría gustado empuñar en ese momento. Meritxell tenía rostro de piraña, cuerpo de mujer y cola de… bueno, de sirena, qué demonios.
      —Egues pgesiosa… —dijo Marc con un marcado acento francés. En realidad simplemente tenía frenillo. Era imposible que tuviera acento francés, ya que Francia todavía no había emergido de las profundidades del mar.
      Meritxell se relajó, ladeó la cabeza y le preguntó al dragón:
      —¿Senerio? Digo… ¿en serio?
      —En seguio. Egues el seg más pgesioso que he visto jamás. ¿Cómo te llamas?
      Ella dijo su nombre real, lo que le llevó varios mississippis.
      —¿Tuy? Digo… ¿y tú?
      El dragón se presentó y cuando terminó de decir su nombre el sol empezaba a esconderse tras las montañas.
      —¿Qué hace una siguena cómo tú en un lago como este? —preguntó Marc, siendo así el inventor de esa frase para ligar que ahora se usa tanto en discotecas.
      —Zarac, digo… cazar. Pidrame, digo… mi padre me vioné, digo envió.
      La sirena se acercó al dragón que, a su lado, era descomunal a pesar de ser el más bajito de sus ciento setenta y siete coma tres hermanos. Marc bajó la cabeza, acercando su hocico a la superficie del lago y dejó que Meritxell le acariciara con sus manos de dedos separados por membranas. Cuando la mano de la sirena entró en contacto con las escamas del dragón, ambos sintieron una descarga que les recorrió el cuerpo. En el caso del dragón tardó un poco más en llegarle al extremo de la cola, terminada en punta de flecha.
      —¿Qué es este calog que siento y este cosquilleo que me guecogue el estómago?
      —¿Diecaz? Digo… ¿acidez? —preguntó la sirena, mirando con sus ojos negros el ambar de los de Marc.
      —No, es amog…
      Los tres corazones de la sirena le dieron un vuelco a la ves y Meritxell se sintió mareada. Notó el calor y el cosquilleo también en su estómago.
      —¿Moco es solipeb? Digo… ¿cómo es posible? On nos mecosonoc, digo… no nos conocemos.
      —Paga mi tambien es la pgimega vez que me ocugue esto. Podgía llamag a esto, amog a pgimega vista. Algún día alguien lo llamagá teneg un cgush.
      Meritxell pegó su frente al hocico del dragón y le sorprendió lo frío que estaba. Había oído hablar de los dragones, sabía que solían escupir fuego y que les gustaba mucho el vodka, pero aquella piel, aquel hocico, parecía que Marc se alimentara a base de cubitos de hielo y caramelos de eucalipto que, por si alguien se lo pregunta, ya hacía un par de siglos que se habían inventado.
      —¡Rope tose es bihelror mi adoma rogdan! Digo… ¡Pero esto es horrible, mi amado dragón! —dijo la sirena.
      —No sé si hoguible es la palabga… —protestó Marc de forma lastimera—. Tengo mi público…
      —¡On! Digo… ¡No! ¡Me fierreo a tose! —dijo señalándose a sí misma y a Marc—, digo… ¡me refiero a esto! ¡Mi limafia no lo patecara! Digo… ¡mi familia no lo aceptará!
      —Tendgán que aceptaglo, mi amog…
      —¡¿Soyin?! Digo… ¿y si no?
      —Soy un dgagón… me los comegué cgudos como si fuegan sushi. —Marc vio la expresión confusa de Meritxell, puso los ojos en blanco (toda una proeza para un ser cuyos globos oculares con completamente ámbar) y aclaró—: es una gueceta de mi madge.
      La sirena abrió la boca y asintió, dando a entender que lo había entendido.
      —¿Isares zacap de tamar orp mí? Digo… ¿serías capaz de matar por mí?
      —Seguía capaz de haceg mucho mas pog ti. —El dragón se quedó pensando un momento—. Seguía capz de comeg bgocoli pog ti. Meritxell se llevó las manos a la boca y ahogó un grito. Sus ojos se humedecieron y le habría dicho a Marc que aquello era lo más bonito que nadie le había dicho, pero no le salían las palabras. Besó el hocico del dragón y, en aquel lago, contemplados únicamente por la cabeza cercenada del pescador, los dos tortolitos iniciaron una historia de amor prohibido que incluiría secretos, traiciones, venenos, puñales y las llaves de un Ferrari —lástima que a nadie se hubiera ocurrido todavía inventar, a parte de las llaves del vehículo, el propio vehículo—. Esta es la verdadera historia que inspiró a Shakespeare. Puedes creértela o no, pero no volverás a leer Romeo y Julieta sin imaginarte a Meritxell y Marc, una sirena y un dragón que se amaron hasta el fin de sus días.

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