Microficciones 238: Te he mentido

Retrato de una joven en la ventana, está de perfil, nos situamos a su izquierda y ella mira hacia atrás por encima del hombro. Lleva una camiseta blanca de algodón, el pelo corto (media melena) rizado y castaño. Tiene nariz respingona ojos verdes y labios carnosos. El relato se titula: Te he mentido.

Te he mentido. Imagen libre de licencia: Pexels.

Te he mentido es un relato de fantasía erótica cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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EL PAISAJE ERA IDÍLICO, DE ESO NO CABÍA DUDA. La brisa transportaba olores primaverales y los árboles habían empezado a pasar del ocre al verde. Se les veía contentos, habrían arrancado a bailar de no ser porque estaban anclados a la tierra. La casa de madera estaba en lo alto de una colina con flores lilas surcada por un riachuelo que podía cruzarse a través de un puente de piedra tan pequeño que bajo éste no habría cabido ni un trol bajito —igualmente podías encontrar anuncios clasificados conforme el puente se alquilaba por mil euros al mes, suministros y gastos de comunidad aparte—. El cielo estaba despejado y no hacía excesivo calor.
      La puerta de la casa estaba abierta. No era una casa grande, en el piso principal estaba la cocina, con encimeras de piedra, horno de piedra y piedras de piedra, la nevera, que no era de piedra, era una Smeg roja. Había un sofá gris de tres plazas que parecía cómodo, una mesa baja de madera maciza y otra alta, amplia y redonda, del mismo material, flanqueada por cuatro sillas de hierro que parecían pesadas. En una esquina había una puerta que llevaba al baño y una escalera de caracol que subía a una planta en la que únicamente había una cama y un armario. Sobre la cama habían dos maletas y dos mujeres que se besaban apasionadamente.
      —Eres increíble, Mercè —dijo la mujer que estaba encima. Tenía el pelo castaño, ondulado, los ojos verdes y labios carnosos. Llevaba un septum negro, menudo, a corde con su naricilla respingona.
      —Tú tampoco estás nada mal, Almudena —respondió la que estaba abajo, apartándole el flequillo a la otra con sus dedos delgados repletos de anillos plateados. Tenía la piel marrón, la nariz aguileña y unos ojos profundamente negros. No tenía pelo, llevaba la cabeza completamente afeitada.
      Rieron y volvieron a besarse.
      En el piso de abajo, una urraca entró en la casa, aprovechando que la puerta estaba abierta, se dio un paseo por el salón y luego decidió que había visto casas mucho más bonitas que esa y se fue. Sin duda era un pájaro muy viajado.
      Almudena bajó las escaleras y salió al pequeño porche de la casa. Había una mecedora de madera y una mesa redonda de mármol. Inspiró profundamente y lanzó un suspiro. Mercè se reunió con ella, le abrazó por la espalda y, tras apartarle el pelo le besó el cuello. Almudena gimió y cerró los ojos.
      —Si sigues por ahí vamos a tener un problema —dijo Almudena.
      —¿Si sigo por aquí? —preguntó Mercè cambiando al otro lado del cuello de Almudena—, ¿o por aquí? —dijo después, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
      —¡Uf…!
      La del pelo ondulado se giró y le besó los labios apasionadamente. Mercè le apretó las nalgas y la atrajo hacia ella. Entraron en la casa sin dejar de besarse. Almudena cerró la puerta con un taconazo, dándole un portazo en el pico a la urraca, que iba a echarle un segundo vistazo a la casa, y sentó a Mercè en el sofá, para luego ponerse encima de ella y seguir besándola.
      En el exterior, cerca de la ventana, había un árbol y, sobre una de las ramas, una ardilla le tapó los ojos a su hija, que se había quedado mirando la escena que ocurría en el interior con el hocico abierto de par en par. Incluso se le había caído una bellota de las patas. La madre ardilla tiró de su pequeña y ambas se alejaron de allí, mientras la madre, con los carrillos llenos de frutos secos, refunfuñaba: «Pelis españolas… se pasan la trama follando».
      En la casa, Almudena y Mercè estaban tumbadas en el sofá, desnudas, abrazadas. Almudena estaba encima de Mercè, que era más grande que ella. Los dedos finos de ésta, ahora libres de anillos, se paseaban por la espalda de Almudena, que ronroneaba como un gato al que alguien le acaricia el lomo mientras piensa que eso debe ser parecido a lo que siente un pingüino cuando le acarician el lomo.
      —Tengo mucha sed —dijo Almudena—, pero no quiero levantarme. Quiero quedarme a vivir aquí.
      Mercè le besó la cabeza y se movió para que Almudena le dejara levantarse. Se puso en pie y se dirigió a la cocina. Almudena la observó, caminaba de puntillas, como si llevara tacones a pesar de estar completamente desnuda. Era espectacular. La piel marrón le brillaba por el sudor. Abrió la nevera y sacó una botella de limonada, llenó dos vasos y volvió con Almudena, que seguía mirándola de arriba abajo. Mercè tenía los pechos redondos, firmes y, gracias al frío de la nevera, con los pezones duros. Su vientre tenía una línea vertical, como el de las bailarinas de la danza del vientre, sus caderas eran rectas y su pene colgaba relajado y parecía brotar del vello púbico. Almudena se mordió los labios y deseó volver a hacerle el amor, pero de momento se conformó con aceptar el vaso de limonada fría. Bebió y, mientras lo hacía, volvió a recorrer el cuerpo de Mercè de abajo arriba y de arriba abajo.
      —¿Te gusta lo que ves? —preguntó con tono pícaro Mercè y aquella picardía hizo se excitara.
      Almudena mantuvo la limonada en la boca, sonrió y asintió, intentando que no se notara que su corazón latía a mil por hora. Estaba muy excitada y terminó de humedecerse cuando vio que su respuesta había provocado que la respiración de Mercè se acelerara. Almudena tragó la limonada y suspiró de forma entrecortada. Estaba roja. Se levantó y se acercó mucho a ella.
      —Eres una diosa, Mercè —dijo mientras le acariciaba la mejilla y le besaba dulcemente. Acercó sus labios carnosos al oído de Mercè y repitió con un susurro—: eres una diosa.
      Mercé la besó entre gemidos y la lanzó al sofá. Se puso de rodillas en el suelo, soltó su vaso y acercó su boca a la entrepierna de Almudena. Ésta gimió y pensó en lo increíble que estaba siendo aquello.
      La ardilla regresó a la rama, se remangó la pata delantera y le propinó un capón a su marido, que miraba al interior de la casa con la cabecita ligeramente ladeada, como quien va a un museo y pretende hacer creer a todo el mundo que está analizando un cuadro —aunque en realidad solo sea el cartel que indica que, en caso de incendio, romper el cristal para extraer el extintor—.
      En la casa hacía calor, los cristales se habían empañado un poco y Almudena y Mercè estaban agotadas.
      —Como sigamos así nos vamos a deshidratar —dijo Mercè—, todavía nos quedan dos días.
      Almudena sonrió.
      —Tenemos limonada de sobras.
      Mercè abrió la boca para responder pero, en vez de eso, decidió hacerle cosquillas a Almudena. Ésta se rió y arrugó la naricilla. Era preciosa.
      Almudena se levantó del sofá para huir de los dedos de Mercè. Se vistió y se apartó el pelo de la cara, acalorada.
      —¿Te apetece dar un paseo? —preguntó.
      Mercè asintió. Se levantó, cogió el vaso que había dejado en el suelo y se acercó a la cocina para rellenarlo. Tenía la boca seca.
      Almudena se arrodilló en el sofá y miró al exterior por la ventana. No había ningún animal espiándolas. Su rostro se ensombreció, pero no por la falta de fauna voyeur.
      —Mercè, hay algo que necesito contarte —dijo con un tono de voz que pilló por sorpresa a la de la cabeza afeitada.
      —¿Qué ocurre?
      —Te he mentido —confesó sin atreverse a girarse—. No tengo veinticinco años… tengo treinta.
      Almudena apretó los ojos, preparándose para el enfado de Mercè. En vez de eso escuchó una carcajada. Abrió los ojos y miró a Mercè por encima del hombro, asombrada.
      —¡¿De qué te ríes?!
      —Perdona, perdona —dijo Mercè sin dejar de reírse—. No te enfades, no me río de ti.
      Almudena infló los carrillos y frunció el ceño, lo que hizo que pareciera un personaje de anime.
      —¿No te molesta que te haya mentido?
      Mercè se acercó a ella y le besó dulcemente.
      —No, no me molesta —respondió—. Además, yo también te he mentido.
      Almudena se giró del todo y se quedó sentada, mirándola de hito en hito.
      —¿Tampoco tienes la edad que dijiste?
      —Ni mucho menos. No tengo veinte años, tengo veinte siglos —al decir aquello el negro de sus iris le invadió los ojos completamente haciendo que no hubiera ni pizca de blanco—. Soy una criatura del bosque, Almudena.
      Almudena abrió mucho la boca. «¿Una criatura del bosque?», pensó, «¡Pero si te conocí en el Fnac de plaza Cataluña!».
      —Es que estoy enganchada a los Funkos de El señor de los anillos —dijo Mercè como si le hubiera leído la mente, que era exactamente lo que había hecho.
      Almudena no tenía claro si ofenderse o no. Era cierto que ella también le había mentido, pero no sabía hasta qué punto sus mentiras eran comparables. Mercè la miró con preocupación, con miedo de haber estropeado su relación. Almudena la miró de arriba a abajo, recordó lo que le había hecho sentir desde que la conocía, se levantó del sofá y, tras encogerse de hombros, le besó los labios. Veinte años o veinte siglos, humana o criatura del bosque. Mercè era perfecta para ella, aunque no entendía cómo podía preferir los Funkos de El señor de los anillos teniendo los de Dragon Ball.

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2 comentarios en “Microficciones 238: Te he mentido

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