Titulados 3: La noche más oscura

La foto muestra una mujer joven, negra, con el pelo recogido en una coleta. Viste una blusa negra con cuello de barca y de su cuello cuelga una cruz gruesa. Tiene ambos brazos alzados a los lados y las manos abiertas. En primer plano vemos las nucas de tres personas, están sentadas en un semicírculo, con las cabezas agachadas. Es una sesión de espiritismo. El relato se titula "La noche más oscura".

La noche más oscura. Imagen libre de licencia: Pexels.

La noche más oscura es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Titulados», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos partiendo de títulos que me propongan las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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TÍTULO PROPUESTO:


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CINCO PERSONAS ESTABAN SENTADAS EN CÍRCULO, cogidas por las manos que se apoyaban en una mesa redonda cubierta por un mantel verde aterciopelado parecido al que se usa en las partidas de póquer. Las velas blancas, finas y largas, se habían consumido hasta la mitad y el incienso era ya una montaña de cenizas de la que solo quedaba el olor residual que acabaría desapareciendo como un pedo en medio de un vendaval.
      Aunque se suponía que todas debían mantener los ojos cerrados, cuatro de las cinco personas, dos hombres y dos mujeres, miraban con una mezcla de asombro y terror a la quinta, una joven negra vestida de negro con un pentáculo de plata colgando a la altura del pecho. A decir verdad nadie podría juzgar a aquellas cuatro personas por haber roto la norma de no abrir los ojos, especialmente después de que la mujer del colgante, más conocida como Yoana, la Mensajera, empezara a hablar con voz de cantante de trash metal con un problema serio de laringitis.
      —¿Quién osa molestarme? —dijo la voz grave, escapándose de entre los labios de la medium—, estaba viendo la nueva temporada de The Circle.
      El silencio reinó en la estancia. Una mujer de la tercera edad o la trigésimo novena —equivalente a los muchocientos años— le dio un codazo a otra, mucho más joven en apariencia, pero igualmente anciana. Ésta carraspeó, para aclararse la garganta, se armó de valor a falta de un buen amuleto, y dijo con una voz vieja como un pergamino de la biblioteca de Alejandría:
      —Yo.
      No podía decirse que fuese la mejor respuesta. No era una contestación que se recibirse bien, ni siquiera cuando se da tras llamar a un portero automático. Sin duda la mujer se reprendería por aquella estupidez incluso pasado unos días, como cuando te sirven la comida en un restaurante y a un que aproveche respondes con igualmente.
      Yoana abrió los ojos, completamente en blanco, y miró a la que acababa de hablar.
      —¿Quién eres tú, muchacha? —dijo la voz grave, como si comparada con ella, aquella anciana fuera una niña.
      —Soy yo, padre, Atenea.
      Yoana miró a Atenea de arriba a abajo con el ceño fruncido.
      Tenía el pelo liso, muy largo, las facciones marcadas, una nariz aguileña y ojos amarillos enmarcados en arrugas. Era alta, incluso sentada, vestía una blusa con cuello de barca y un falda larga, blanca.
      —¿Atenea? —dijo la voz—. Estás… ¿mayor?
      No había reproche en aquella voz, solo sorpresa. Los dioses no envejecen, es algo imposible, como quitarse de la cabeza la canción del verano o pasar un día en Twitter sin que te insulten.
      —Así es, padre. Soy yo. He venido con Artemisa, Apolo y Ares.
      Yoana miró a cada persona: Artemisa era más menuda, rubia, con la nariz respingona y unos labios finos. Vestía ropa de lino blanca. Su gemelo, Apolo, era idéntico a ella, aunque vestía camisa hawaiana y bermudas color caqui. Ares era el más grande de los cuatro, la camisa tejana se le ajustaba tanto a la barriga que los botones parecían estar a punto de salir disparados. Estaba calvo, excepto en las sienes y la nuca. Se rapaba el poco pelo que tenía y solía decir que se daba un aire a Bruce Willis. No era cierto. Más bien parecía un cruce entre Bud Spencer, Paul Giamatti y Sean Connery.
      —¿Qué cojones os ha pasado? —preguntó la voz.
      —Nos han robado la ambrosía, padre —dijo Atenea.
      Los ojos en blanco de Yoana se abrieron de par en par.
      —¡Vamos, no me jodas! —exclamó la voz—. ¿Quién podría hacer algo así?
      Los cuatro hermanos se miraron y dijeron al unísono:
      —El tito Hades en el último plenilunio. Nuestra peor noche, sin duda. La noche más oscura.
      La mano derecha de Yoana salió volando hacia su frente, se golpeó y negó con la cabeza.
      —Siempre Hades —dijo por fin—. Ais, hermanito… ¿por qué siempre tienes que estar jodiendo? —Alzó la cabeza, miró a sus hijas e hijos y dijo—: En realidad es culpa de nuestro padre, vuestro yayo. Fue un padre ausente.
      —Lo encarcelaste en el Tártaro, padre.
      —¡Le echaba piña a la pizza! —gritó la voz—. ¡No podía seguir tolerando aquello!
      Apolo se relamió, asegurándose de que Yoana, conducida por su padre, no le viera. No le apetecía acabar encerrado en el Tártaro, aunque en parte le hacía ilusión conocer al abuelo Cronos. Nunca había ido a verle. Siempre lo había pospuesto, por unas cosas u otras. Siempre se decía a sí mismo de esta semana no pasa sin que vaya a ver al yayo, pero acaba aplazándolo.
      Atenea carraspeó.
      —Padre, si no hacemos algo con el tito Hades, moriremos.
      Yoana arqueó una ceja.
      —¿Y qué se supone que queréis que haga yo? —preguntó la voz—. Por si no os habéis dado cuenta estoy un pelín muerto. Ya no soy el que era, ya no infundo respeto. Me conformo con atormentar a alguna familia griega, moviendo los muebles de sitio, abriendo todos los cajones de la casa, etcétera. Se acabó lo de Zeus, dios del rayo. Solo soy un espíritu errante, peques.
      —¡Pero Hades es tu hermano!
      —Seguro que es adoptado. Igualmente, estas mierdas de las venganzas y los rollos familiares, me dejaron de importar hace eones. ¿Habéis probado Netflix? Eso es una pasada.
      —No tenemos tiempo para Netflix, padre. Estamos en guerra con Hades.
      Zeus gruñó a través de la boca de Yoana.
      —Los Olímpicos siempre estamos en guerra entre nosotros. Yo ya paso, prefiero ver Heartstopper.
      Los hijos de Zeus se miraron. Había frustración en sus caras.
      —¿Entonces te da igual que muramos? —preguntó Artemisa, que se había mantenido callada durante todo el rato.
      —¡Hala, hala! Yo no he dicho tal cosa, ¿qué clase de padre crees que soy? —respondió la voz grave de Zeus bastante ofendida. Sus hijas e hijos suspiraron aliviados. Parecía que Zeus iba a intervenir después de todo. El dios añadió—: Lo que digo es que ya va siendo hora de que os saquéis las castañas del fuego. No puedo solucionaros yo todos vuestros problemas.
      —¡TE RINDES! —exclamó Ares, que tenía un temperamento muy guerrero.
      En la estancia empezó a hacer mucho frío, se levantó un viento que apagó las velas y la habitación se empezó a iluminar con relámpagos que recorrían el techo.
      —¡Cuida tu tono, mocoso! —dijo Yoana con una voz más grave. Parecía que un trueno hubiera tomado la palabra—. ¡Míraos! Usando a una mortal para comunicaros con vuestro padre muerto para que os salve el culo. ¡Vuelve a levantarme la voz y te meto el rayo maestro por donde no alcanza el sol!
      Todo el mundo miró a Apolo, por alusiones, él se encogió de hombros y no dijo nada.
      Atenea suspiró, lanzó una mirada furiosa a Ares, que cada día le parecía más bocachanclas y se dirigió a su padre.
      —¿Qué vamos a hacer sin ambrosía, padre?
      Yoana se llevó la mano a la barbilla y empezó a pellizcársela, seña universal de que alguien está poniendo todas sus neuronas al servicio de un único pensamiento. Entonces su cara se iluminó, abrió mucho la boca y, con la voz de Zeus, dijo:
      —¿Habéis probado el sushi? ¡Es un manjar digno de los dioses!
      Yoana se venció sobre la silla, como un títere abandonado, luego abrió los ojos de golpe, con los iris marrones y las pupilas contraídas y exhaló, como si acabara de emerger de las profundidades del océano. Miró a los dioses, que para ella eran dos hermanas y dos hermanos venidos de Cadaqués para comunicarse con su difunto padre para resolver un problemilla con su herencia, y preguntó:
      —¿Qué ha ocurrido?
      Su voz era suave, aunque estaba afónica por el desgaste de su garganta.
      —Nada que no esperásemos —dijo Atenea, a la que Yoana conocía como Aitana—. Nuestro padre nos ha dicho que nos vayamos a comer sushi. Textualmente.
      Yoana no entendía muy bien qué tenía que ver el sushi con una herencia, tampoco sabía si en Cadaqués, en vez de mandarte a freír espárragos, te mandaban a comer sushi, así que se encogió de hombros y decidió que, mientras le pagasen sus honorarios, a ella le daba igual si se iban a comer a un japonés o a un griego. Al pensar en esto último se le hizo la boca agua y se le antojó comer musaka. ¿Por qué? Si ella nunca la había probado.

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