Microficciones 237: Ojos negros

La imagen está totalmente oscura y en el centro vemos la cara de una niña. Solo vemos sus ojos, nariz y boca. El relato se titula: Ojos negros.

Ojos negros. Imagen libre de licencia: Pexels.

Ojos negros es un relato de terror cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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SI LE PREGUNTARAN A ÚRSULA GRANDES por su recuerdo más nítido, seguramente respondería que solo una imagen ocupa su mente y acude irremediablemente a su cabeza, proyectada en el interior de sus párpados cerrados, los ojos negros. Claro que para preguntarle tal cosa, habría que contratar los servicios de una medium o arriesgarse a hacer una sesión de ouija por cuenta propia. Úrsula Grandes murió un 29 de abril de 2022. «Esto no hay quien lo entienda» fue el informe oficial del forense. Úrsula murió de miedo, tal como lo indicaba su rostro que, incluso cuando la enterraron, parecía el de un italiano cuando le dices que le echas nata a la carbonara o pizza a la piña.
      Sus amigos más cercanos, cuando fueron interrogados, declararon que Úrsula no estaba bien, que los últimos días de su vida se los había pasado diciendo cosas raras. Cosas como que el fin de los días estaba cerca, que Dragon Ball Evolution merecía una secuela o que los ojos negros seguían mirándola. Esto último, según comentaron sus amigos, era lo que más repetía. Siempre hablaba de los ojos negros.
      La familia de Úrsula era muy normal, o todo lo normal que puede ser una persona sin presencia en las redes sociales. Ni siquiera su hermano, un crío impertinente de dieciséis años, tenía cuenta en Twitter, Instagram o TikTok. No usaban WhatsApp, se comunicaban entre ellos y con el resto de la gente con llamadas telefónicas. «Yo ni siquiera sé dónde tengo la app del teléfono en el teléfono», declaró una de las mejores amigas de Úrsula cuando la policía le preguntó sobre la familia de ésta. «Es gente rara, señora agente, muy rara», añadió.
      Rara o no, no había pruebas de que su familia la matara. La madre era hippie, de las que caminan descalzas y visten lino incluso en invierno.
      —Mi hija era un tesoro, señora agente —le dijo Pétalo de Hortensia a la policía—. No entiendo quién querría darle un susto de muerte. Es verdad que a veces me sacaba de quicio cuando me cambiaba de lugar las flores o me escondía el mando de la tele, y es cierto que fantaseaba con descuartizarla y meterla en un bidón de ácido. ¿Pero a qué madre no se le acaba de vez en cuando la paciencia?
      —¿Sabe algo de los ojos negros, señora Woodstock? —preguntó la agente Dueñas. En realidad la madre de Úrsula se llamaba Ricarda Gutiérrez López, pero se cambió legalmente el nombre y los apellidos hacía más de dos décadas.
      —¿Los ojos negros, dice? —preguntó Pétalo de Hortensia. Se quedó un momento pensativa y luego afirmó—: supongo que son bonitos.
      De la madre de Úrsula no sacaron nada. Su padre, un tipo alto y con panza cervecera, se derrumbó sobre la mesa y empezó a llorar y moquear.
      —¡Mi niña! ¡Mi pobrecita niña! —exclamó, aunque su niña tenía cuarenta años en el momento de su muerte—. ¡Deben encontrar al responsable de esta desgracia!
      —Hacemos todo lo posible, señor Grandes. ¿Sabe usted si su hija tenía enemigos?
      El hombre, Francisco Grandes, miró a la policía, con los ojos rojos como un tomate al que ha piropeado su crush y una indignación que casi podía olerse, si es que la indignación tiene algún aroma y dijo:
      —¡¿Pero quién se piensan que era mi hija?! ¡¿SPIDER-MAN?! ¡No, joder, no tenía ningún enemigo!
      —¿Qué nos puede decir de los ojos negros, señor Grandes? —preguntó la agente Dueñas.
      —¿Los Ojos Negros? —preguntó el hombre con una ceja levantada—. ¿Es un grupo de rock?
      Francisco Grandes se derrumbó sobre sus brazos, apoyados en la mesa y siguió llorando mientras decía que a él el rock no le gustaba especialmente, que no entendía mucho esos ritmos y que a él le iba más C. Tangana.
      El hermano de Úrsula, Darío Grandes, era un pijo redomado que pretendía hacer creer al mundo que era un malote. No se convencía ni a sí mismo.
      —¿De qué va esta movida, hermana? —le dijo a la agente—. ¿Quieres que luego vayamos a tomar algo, en plan unas birras o algo?
      —Creo que te pega más el Colacao… —respondió la agente Dueñas— y no me llames hermana, tu hermana está muerta y es de la que tenemos que hablar.
      Aunque nunca lo reconocería, la agente tenía cierto problema con los mocosos como ese, era el tipo de personas a los que los jóvenes de entonces llamaban cayetanos.
      —¡Pfff! Mi hermana estaba ida de la olla, hermana. En plan literalmente loca, ¿sabes? —La agente iba a decirle que cómo volviera a llamarla hermana le iba a meter la porra por la boca y se la iba a sacar por el culo, pero su compañero le tranquilizó con unas palmadas en el hombro que, en realidad, querían decir: «Deja que hable el puto cayetano, que parece que es el único que va a darnos algo»—. Se pasaba el día hablando por WhatsApp con su novio.
      —Pensaba que tu familia no usaba ese tipo de tecnología.
      —¡Pfff! Eso mis padres, hermana. Mi hermana y yo sí. En plan a escondidas, ¿no? Tengo una cuenta de Twitter y todo. Y en Insta subo fotos de mis músculos, ¿tienes Insta, hermana? —La agente negó pacientemente—. Literalmente me muero si me quitan Insta.
      —¿Te suena algo de unos ojos negros, Darío? —preguntó la agente Dueñas.
      —¡Otra con los ojos negros! —Los agentes se irguieron en sus sillas—. Mi hermana no paraba de rallarme con los ojos negros. En plan, una locura, hermana.
      —¿Qué decía?
      —¡Pfff! Literalmente de todo. Que le perseguían, que le seguían mirando. En plan… ¿hola? ¡Estás ida de la olla, Úrsula!
      —¿Cuándo empezó a hablar de los ojos negros?
      —La primera vez que los mencionó. —Darío empezó a reírse de forma exagerada y palmeó la mesa—. ¡Perdona, hermana, te estaba troleando! ¡LOOOL! ¡Si te vieras la cara…
      La agente pensó en sacar el arma reglamentaria y pegarle un tiro a ese pequeño capullo, pero le dio pereza el papeleo que tendría que rellenar después. Se limitó a suspirar y a pensar que no le pagaban lo suficiente.
      —Responde a la pregunta, por favor —dijo la agente Dueñas intentando sonar serena.
      —¡Vale, vale! Pues yo qué sé, hermana, creo que fue un día que volvió a casa putotarde. En plan las dos o las tres, hermana.
      —¿Las tres de la madrugada?
      —¡Claro, hermana! Ella siempre llegaba a casa a las diez o así, para estudiar y hacer cosas de friki. En plan, ¿no tienes amigos, tía? Es literalmente patético.
      —¿Y dijo por qué llegaba tarde ese día? —hacia ese punto del interrogatorio, la agente Dueñas tenía un tic en el ojo.
      —Por los ojos negros. Yo pensaba que hablaba de su novia, la Pino.
      La agente revisó sus notas.
      —Virginia Matute —corrigió. No se molestó en preguntar por qué la había llamado así. Habían hablado con Virginia, medía cerca de dos metros y era muy delgada. Dueñas odiaba los motes, siempre los había odiado y siempre los odiaría—. La señotira Matute tiene los ojos verdes, no negros.
      —¡Pfff! Como si yo me hubiera fijado. Necesitaría una cosa de esas para mirar lejos, hermana. ¿Cómo se llama?
      El otro agente dijo prismáticos y la agente Dueñas le miró con cierto odio. Era lo primero que decía durante aquel interrogatorio y tenía que ser eso.
      —¡Eso, hermano! ¡Tú sí que sabes! —Darío Grandes extendió el brazo a unos treinta centímetros de la mesa y señaló al agente con el puño, esperando que éste se lo golpeara con el suyo. El agente negó con la cabeza y Darío se venció sobre el respaldo de su silla, decepcionado—. ¡Pfff! Sois literalmente los más aburridos del mundo.
      Dueñas tenía ganas de coger un diccionario y arrearle en los morros a aquel niñato cada vez que usara literalmente de forma incorrecta, pero entendió que eso implicaría acabar matándolo a golpes. No le pareció una idea tan descabellada, pero el papeleo seguía siendo un incordio.
      —¿Dijo algo más sobre los ojos negros? —preguntó la agente al cabo.
      —¡Yo qué sé, hermana! Yo pasaba de esa friki.
      El interrogatorio terminó con Darío haciéndose un selfie delante de la comisaría, para Insta y con la agente Dueñas tomándose una tila y masajeándose el ojo tembloroso. «Putos cayetanos», pensó y le dio un sorbo a la tila. Estaba sola, sentada en la sala de interrogatorios, con un dosier encima de la mesa y el vaso de papel en la mano. Suspiró y se levantó. Se acercó a la puerta, miró el interior de la sala para asegurarse de que lo había cogido todo y apagó la luz. En la oscuridad vio una niña iluminada solo por la luz del pasillo. Una niña de unos diez años, con el pelo muy largo, camisón y unos ojos negros. Los ojos más negros que la agente Dueñas hubiera visto nunca. Negros como un abismo. Encendió la luz, con el corazón latiéndole a todo trapo en el pecho. Cuando el fluorescente dejó de parpadear e iluminó la sala, no había nadie. «Se me está pirando la olla, hermana», pensó y se odió por ello. Suspiró, volvió a apagar la luz y allí estaba de nuevo, la niña de los ojos negros. Unos ojos que se tatuaron en la mente de la agente Dueñas y ya nunca dejarían de mirarla, al menos no mientras siguiera viva.

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