Primeras palabras 17: Cosas que pasan

En la foto vemos los faros traseros de un coche en primer plano, no se distingue mucho más, está muy oscuro. Las luces son rojas. El título del relato es: "Cosas que pasan".

Cosas que pasan. Imagen libre de licencia: Pexels.

Cosas que pasan es un relato de fantasía oscura cómica perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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• LA FRASE A AÑADIR ES:


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LLEVO DÍAS CON PICOR EN LA ENTREPIERNA y eso no suele ser una buena señal. Generalmente, cuando eso ocurre, alguien muere. Es como cuando te pica la nariz y tu madre te dice: «¡Eso es que te vas a pelear!», pues cuando a mí me pica la entrepierna… ¡huye! Las veces que siento este picor, me acuerdo de la noche que estaba sentada al volante de mi Fiat 500, esperando bajo la lluvia a que llegase mi informante. Sentía tanto picor en la entrepierna que me daba miedo que hubiera una masacre.
      La puerta del Fiat se abrió y la luz amarillenta del techo iluminó un instante el interior. En el asiento del copiloto, seco hasta aquel momento, se sentó un tipo bajo, de piel olivácea, perilla puntiaguda, pelo rizado y pequeños cuernos de cabra. Vestía una camisea empapada, abrochada hasta el cuello, azul con estampado de distintos helados. La tela se adaptaba a su cuerpo, delgado —por no decir escuálido—. Vi como sus pezuñas de cabra encharcaban la alfombrilla del Fiat y suspiré.
      —Ho-o-o-la, Llí-í-í-ídia —dijo el sátiro tiritando de frío. Su temblor acentuaba el balido con el que pronunciaba algunas vocales.
      —Hola, Rata. —Sí, sé que es raro que a un tipo medio hombre medio cabra le llamasen Rata, pero cuando le conocías, todo cobraba sentido—. ¿Qué sabes?
      Rata me miró de arriba a abajo con una ceja, excesivamente poblada, arqueada.
      Puse los ojos en blanco. Sabía lo que el sátiro quería.
      —En la guantera —le dije.
      Rata abrió la pequeña puerta y sacó una bolsa de papel marrón. Me sonrió con su boca desdentada, metió la mano en la bolsa y sacó un bocadillo que apestaba y que todavía puedo oler. Mejillones en escabeche con nocilla. Rata lo miró con devoción y se relamió antes de desenvolverlo y darle un mordisco.
      —No sé cómo te gusta esa mierda —le dije con cara de asco. Una cara tan exagerada que hasta yo fui capaz de verla.
      —¿Ejtá-á-áj de-e-e-e bgo-o-o-oma? —dijo el sátiro masticando con la boca abierta, lo que provocó una lluvia de asteroides formados por trocitos de pan impregnados en mejunje entre rojo y marrón y pedazos de mejillón—. ¡E-e-e-ejto ejtá-á-á-á de mue-e-e-egte! —Tragó la masa que sus dientes podridos habían formado en la boca, me miró, miró el bocadillo y me dijo—: ¡Pe-e-e-erdona, Llí-í-í-ídia! ¿Quie-e-e-eres un po-o-o-oco?
      —No, gracias, ya he cenado —dije mientras resistía las ganas de rascarme la entrepierna—. Háblame, Rata, ¿qué has descubierto?
      El sátiro tragó otro pedazo de bocadillo, menos masticado, y tuvo que golpearse en el pecho para hacerlo bajar. Le lloraron los ojos y se le marcaron las venas de la sien. «Solo faltaría que se me muriera ahora, por un puto bocadillo», pensé mientras notaba la entrepierna que rezaba por una pasadita de mis uñas.
      —Pe-e-e-erdona, ca-a-a-asi m-e-e-e-e aho-o-o-o-ogo.
      —Ten cuidado —le dije y me odié por ello. Me recordé a mi propia madre, cuando, tras caerme al suelo de morros, me decía: «¡Llídia, cariño, cuidado, te vas a caer!».
      —¡Ja! Me-e-e-e ha-a-a-as record-a-a-a-ado a-a-a…
      —Rata, la puta información.
      A esas alturas parecía que había metido mi entrepierna en una avispero y que cientos de avispas habían decidido picarme en el coño a la vez.
      —¡A-a-a-ah, sí-í-í-í! La-a-a-a informació-ó-ó-ó-ón.
      Le dio otro mordisco al bocadillo y empezó a hablarme con la boca llena.
      —Gej-u-u-u-ulta gu-e-e-e lo-o-o-oj ma-a-a-agoj…
      —Rata, no entiendo ni una maldita palabra, ¿te puedes tragar el bocadillo o prefieres tragarte los pocos dientes que te quedan?
      Ya había empezado. Me picaba tanto el chocho que comenzaba a sentir que no había vuelta atrás. La vida del sátiro empezaba a correr peligro.
      Eligió tragarse el trozo de bocadillo y conservar los dientes. En ese punto de la conversación a mí me daba igual, pero objetivamente, ahora, reconozco que fue la decisión más sabia.
      —Pe-e-e-erdona, Llí-í-í-ídia —dijo con una sonrisa que pretendía mostrar arrepentimiento, pero que solo consiguió que el picor se convirtiera en comezón—, te-e-e-enía mu-u-u-u-ucha ha-a-a-ambre. Lle-e-e-evo va-a-a-a-arios dí-í-í-ías si-i-i-in come-e-e-e-er. E-e-e-el asu-u-u-u-unto de-e-e-e lo-o-o-o-os ma-a-a-a-agos ha-a-a-a-a si-i-i-i-ido u-u-u-u-un dol-o-o-o-or de-e-e-e-e-e cabe-e-e-e-eza.
      Respiré hondo, para calmarme y, con la mejor voz de comprensión y control de la ira, dije:
      —¿Pero has descubierto algo nuevo sobre los magos, Rata?
      Puede que su nombre sí que lo dijera entre dientes y con una vena muy marcada en mi cuello.
      Rata se llevaba el bocadillo a la boca, pero una mirada mía que dejaba claro que no era buena idea, hizo que se lo pensara mejor. Me sonrió con nerviosismo y bajó el bocadillo hasta sus rodillas, enfundadas en unos pantalones chinos de color mostaza, aunque tan mojados por la lluvia que ahora parecían marrones.
      —¡Cla-a-a-aro que-e-e-e-e he-e-e-e descubie-e-e-e-erto a-a-a-a-algo! —dijo entusiasmado—. Lo-o-o-o-o-os ma-a-a-a-a-agos so-o-o-o-on mu-u-u-u-u-uy predec-i-i-i-ibles… podrí-í-í-í-íamos deci-i-i-i-i-ir que-e-e-e-e la-a-a-a ca-a-a-a-abra sie-e-e-e-e-empre ti-i-i-i-ira a-a-a-a-al mo-o-o-o-o-onte…
      No sé si fue el olor de los mejillones en escabeche mezclados con la nocilla mezclada con el aliento de Rata, el charco de la alfombrilla de mi Fiat, el balido insoportable del sátiro, su tendencia a andarse por las ramas o aquel chiste malo sobre cabras, pero el caso es que el picor de mi entrepierna se convirtió en algo tan insoportable, tan desquiciante, que mi caracter se agrió como unos huevos sumergidos en salmuera. De repente lo vi todo oscuro y, en un momento en el que Rata se llevó el bocadillo a la boca de nuevo, le cogí por el pelo del cogote y empecé a estamparle la cabeza contra el salpicadero del coche. El bocadillo se le alojó en la tráquea y, a parte de los gritos de dolor y miedo por mi ataque repentino de violencia, empezó a boquear para que entrara algo de aire en sus pulmones. Fue inutil, el bocadillo le estaba asfixiando y los golpes en la cabeza empezaban a salpicar el coche de sangre.
      Todo acabó más o menos rápido. Al menos desde mi punto de vista. El picor de mi entrepierna había desaparecido por completo y junto a mí, en el asiendo del copiloto, el cadáver del sátiro me miraba con los ojos muy abiertos, una cascada de sangre descendiendo desde su frente y el bocadillo, aplastado por los golpes, metido hasta el fondo de su boca. El salpicadero tenía sangre, nocilla y mejillones, y el charco de la alfombrilla se había teñido de varios colores y había creado uno nuevo difícil de describir.
      —Mierda —dije en voz alta—. Me he quedado sin informante. —Miré a aquel pobre desgraciado que había hecho que el picor de mi entrepierna me llevara a un punto sin retorno, me encogí de hombros y dije—: bueno… cosas que pasan.


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