Titulados 2: Gracias por venir

Vemos a una mujer en primer plano, es joven. No vemos bien su cara, porque la foto se enfoca en sus manos, envueltas en vendas negras de boxeo. Se está preparando para un combate. El relato se titula: «Gracias por venir».

Gracias por venir. Imagen libre de licencia: Pexels.

Gracias por venir es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Titulados», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos partiendo de títulos que me propongan las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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TÍTULO PROPUESTO:


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LA GENTE, BORRACHA, SE CONCENTRABA alrededor del cuadrilátero. Las manos se alzaban, sacudiendo fajos de billetes y una mujer bajita, con sombrero, se paseaba entre la muchedumbre con un cuaderno, apuntando las apuestas y recogiendo el dinero. «¡Dos cientos pavos por el nuevo!», dijo alguien provocando las carcajadas de la gente. «¡Menuda manera de tirar el dinero!», le respondió alguien en algún punto impreciso del sótano, que apestaba a cerveza estancada, orina y sangre seca.
      Una camarera enorme, musculosa, con camisa de cuadros con mangas remangadas hasta los codos, servía jarras de cerveza, whisky y, sobre todo, leche con cacao.
      En el ring, en una esquina, un tipo alto, musculoso y de piel tan clara que podría protagonizar la enésima adaptación de Blancanieves —o hacer de muerto en un capítulo de CSI Teruel—, golpeaba el aire con sus enormes manos envueltas en vendas blancas. No llevaba camiseta y en la parte de abajo llevaba un calzón negro, brillante, con franja lateral plateada. Estaba descalzo.
      —¡Ge voy a machacad! —dijo intentando vocalizar lo máximo posible a pesar del protector bucal.
      La persona a la que amenazaba estaba en el rincón opuesto, colocándose las vendas negras. Era delgada y bajita. Llevaba una camiseta de tirantes y un pantalón corto de El asombroso mundo de Gumball. No respondió a las provocaciones, ni parecía estar preocupada, aunque su oponente pensó que aquel silencio significaba que la joven estaba aterrorizada, impresionada por sus músculos de crossfit, que le veía como una suerte de Arnold Schwarzenegger, aunque la verdad es que, para su contrincante, él era como Charles Chaplin en City Lights.
      Hubo un pitido que provocó la queja de la gente. Algunas personas miraron enfadadas, con manchas de cacao sobre los labios superiores, hacia una palco en el que un tipo gordo, vestido con una camiseta de tirantes blanca tan desgastada que se transparentaba y dejaba ver sus pezones y los pelos rizados de su pecho y barriga. El tipo sujetaba un micrófono, carraspeó, tomó aire y dijo de golpe:
      —¡Señoras y señores! ¡Parásitos sociales varios! ¡El combate está a punto de empezar! ¡¿Han hecho ya sus apuestas?! ¡Hoy luchará contra nuestra campeona, el aspirante, el codicioso, el único (por suerte), el apestoso y algo pedante, el rey del micropene! —la gente estalló en risas. La contrincante del del calzón negro sonrió por primera vez—. ¡Un fuerte aplauso para El pajillero de Levante!
      Solo aplaudió una persona, la que había apostado por él. Más tarde se descubriría que era su madre, muy orgullosa de él.
      —¡Y nuestra campeona! —continuó el de la camiseta de tirantes—. ¡La única, la que si no existiera habría que inventar, la poderosa e imbatida Calenia!
      Todo el sótano estalló en aplauso y vítores. Calenia, en el ring, alzó los brazos, haciendo que la gente se volviera loca.
      —¡Queeeeeeeeee empiece el combaaaaaaaaaaateeeeeeee!
      El pajillero de Levante se acercó al centro del cuadrilátero. Calenia se crujió el cuello y se acercó a su oponente. Movía los hombros en círculos, uno de ellos le crujió.
      —Tranquila, guapa, intentaré no hacerte daño —dijo el tipo del calzón negro, sacándose el protector bucal.
      Calenia no respondió, solo sonrió. Se puso en guardia, con los puños en alto, cubriéndose la cara. Miró al tipo de arriba abajo. Estaba muy encogido, intentando protegerse la cara con sus enormes puños y los costados con los codos. Se movía mucho, daba saltitos, cambiando su peso de un pie a otro. Calenia no se movía, tenía las plantas de los pies adheridas a la lona del ring.
      —No tengas miedo, acabará rápido —dijo El pajillero de Levante.
      Se volvió a colocar el protector en la boca, se crujió el cuello.
      Sonó una campana y el tipo se lanzó al ataque. Calenia sonrió. Su contrincante asestó un potente puñetazo en su viente, que hizo que se doblara hacia delante. Cuando Calenia se levantó, recibió un colpe en la mejilla izquierda, luego otro en la mejilla derecha. Los puñetazos se sucedían como si alguien la estuviera acribillando con una ametralladora. A las manos se unieron varias patadas fortísimas en el costado. Calenia dio unos pasos hacia atrás, desequilibrada, el tipo aprovechó para dar un paso, posó con fuerza el pie izquierdo en el ring, y lanzó el derecho hacia delante, golpeando el pecho de Calenia con la planta. Calenia se precipitó hacia las cuerdas y luego cayó al suelo.
      El pajillero de Levante alzó los brazos y gritó como una bestia salvaje.
      Nadie aplaudió. Miró al del micrófono, que sonreía de oreja a oreja y señaló a la espalda del luchador. La cara de El pajillero de Levante se ensombreció. Giró sobre sí mismo a tiempo para ver como Calenia se levantaba del suelo, se sacudía la camiseta y escupía un diente. El tipo levantó una ceja. Calenia no tenía ni un rasguño, ni un cardenal.
      —No está mal —dijo Calenia sonriendo—, pero creo que vas a tener que esforzarte un poco más.
      El pajillero de Levante corrió hacia ella, le atacó con una serie de puétazos que Calenia esquivó como si nada. El hombre intentó patearle la cabeza con una patada giratoria, pero Calenia inclinó el cuerpo hacia atrás y dejó que la pierna pasara rozando por su torso.
      Un gancho de izquierda, uno de derecha, un directo a la mandíbula, una patada milenaria. Nada, ninguno de los golpes encontraba destinatario.
      El pajillero de Levante dio unos pasos hacia atrás, se apoyó en las cuerdas, jadeando y estudió a Calenia de arriba a abajo.
      Ella invitó a su oponente a que atacara, haciendo un movimiento con la mano y diciendo, sin hablar, «Ven, ven».
      El pajillero de Levante, rojo de rabia, lanzó un grito y echó a correr hacia su oponente, con la intención de hacerle un placaje. Calenia sonrió, asentó el pie izquierdo en la lona, esperó tranquila y, en el momento justo, lanzó una patada que impactó en la mejilla de su oponente, que salió disparado por encima de las cuerdas del ring situadas a la izquierda de Calenia, voló sobre las cabezas del público y se estrelló contra una pared al fondo.
      Hubo unos segundos de silencio. Luego el del micrófono carraspeó y gritó:
      —¡Calenia, la ganadora y campeona indiscutible!
      La gente gritó, silbó, coreó el nombre de la campeona.
      Calenia bajó del cuadrilátero y aceptó las palmadas en los hombros de la gente. Se acercó a la barra y le hizo una seña a la camarera. Ésta ya le tenía preparado un chupito de Whisky peach.
      Mientras se lo tomaba de un trago, el tipo que había recogido el dinero de las apuestas se acercó a ella con un fajo de dinero.
      —Aquí tienes tu parte, Calenia —dijo el tipo.
      Le colocó el fajo de billetes y, antes de que ella cerrara la mano entorno al dinero, él cogió un par de billetes de quinientos euros y uno de doscientos.
      —¿Y eso? —preguntó Calenia.
      —Eso es para pagar el destrozo que has hecho en la pared —dijo él señalando el lugar en el que se había estampado El pajillero de Levante. La pared estaba ligeramente hundida.
      —Te he dicho muchas veces que instales una jaula.
      —Y yo te he dicho muchas veces que midas tus fuerzas.
      —Mide tú tus palabras, retaco.
      Calenia se encaró a él. Le sacaba tres cabezas de altura.
      —Lo-lo… lo siento, Calenia. Perdóname.
      —Toma —dijo Calenia colocando la mayoría del dinero que había ganado en la mano del hombrecillo—. Coloca esa puta jaula, estoy harta de que me quites dinero.
      Calenia le dio la espalda, miró a la camarera y le hizo un gesto con el vaso de chupito. La de la camisa de cuadros asintió, cogió la botella de Whisky peach, le rellenó el vaso y se alejó. El hombrecillo también se fue, murmurando algo lo suficientemente bajo como para que Calenia no le escuchara.
      —Menudo espectáculo —dijo una mujer sentada en un taburete junto a Calenia.
      La luchadora miró de abajo arriba a la que acababa de hablar: mocasines marrones, pantalones de tergal, gabardina marrón. Tenía alrededor de cuarenta años, la nariz menuda y los ojos muy rasgados. El pelo, liso, estaba recogido en una cola de caballo.
      —Detective. —Calenia se bebió el chupito y pidió otro—. ¿Qué se le ha perdido por los bajos fondos de Barcelona? ¿Quiere hacer alguna apuesta? Puedo hacer que ese retaco vuelva con su libretita. Puede apostar usted a todo lo que se imagine: peleas ilegales, carreras de caracoles hasta el culo de speed
      —Vengo por usted —dijo la mujer de la gabardina—. Detective Puig, Úrsula Puig.
      —No tiene pinta de llamarse Úrsula —dijo Calenia.
      —¿Porque soy asiática?
      —Porque está muy buena. Tiene pinta de llamarse… no sé… Elisabeth, Kristen, Scarlett, Michelle, Blanca…
      —¿Ha dicho el nombre de todas las actrices que le parecen guapas?
      —Solo cinco de ellas. Si le tuviera que decir todas las actrices a las que me follaría, no acabaríamos en toda su vida. Yo podría seguir después de su muerte, sentada junto a su tumba. Pero no le encuentro mucho sentido. ¿A qué ha venido, detective Puig?
      —Necesito su ayuda.
      —Mi ayuda —repitió Calenia bebiéndose otro trago.
      La camarera, cansada de ir y venir, colocó la botella de whisky peach en la barra y la lanzó, dejando que el culo de la botella resbalara por la barra mojada. Calenia la pescó, le guiñó un ojo a la camarera y se sirvió otro chupito.
      —Su ayuda. ¿Sabe que han empezado a matar demonios por toda Barcelona?
      —Algo he escuchado. El asesino del Pentáculo, lo llaman en la prensa, ¿verdad? Poco original y algo ofensivo. No todos los demonios acuden a la invocación mediante pentáculo.
      —Si quiere podemos discutir nombres para el asesino cuando lo capturemos.
      Calenia iba a beberse otro chupito, pero detuvo su brazo a medio camino y miró a la detective con una ceja arqueada.
      —Perdone, detective Puig, pero ese cabronazo de antes me ha golpeado varias veces en los oídos y ahora no escucho bien. Me ha parecido entender que ha dicho «cuando le capturemos.
      —Eso he dicho. ¿No quiere detener al asesino de demonios?
      —¿Sinceramente? Me suda el coño. Puede matar a toda la puta ciudad si quiere. —La detective suspiró—. Disculpe, ¿en qué momento pensó que iba a conseguir tocarme la fibra sensible?
      Calenia dejó un billete en la barra y se alejó mientras daba un trago directamente de la botella.
      La detective miró a la camarera, suspiró y fue tras Calenia.
      —¡¿Piensa desperdiciar su tiempo en este antro?! —dijo la detective. Perseguía a Calenia entre la muchedumbre.
      Calenia se detuvo, tiró del brazo de la detective para evitar que dos tipas borrachas, que se estaban peleando, la golpearan por accidente.
      —Este antro me divierte —dijo Calenia—. Vengo, peleo, gano dinero y me voy a mi casa.
      —No me parece que sus peleas estén muy equilibradas. Ese pobre imbécil al que ha mandado a volar, ¿sabe que usted es una demonia?
      —Ni lo sé ni me importa. ¿Si en vez de una demonia fuera una luchadora de sumo y le hubiera dado un guantazo con la mano abierta que le hubiera hecho dormir la mona, me estaría usted acusando de injusta?
      La detective no respondió.
      —Exacto.
      Calenia sigió andando. Se dirigió a una salida de emergencia, la empujó y salió a un callejón. Llovía y olía a frío. Respiró hondo y lanzó un suspiro de placer.
      Tras ella apareció la detective. Se levantó las solapas de la gabardina y se encogió para protegerse el cuello de la lluvia.
      —Entiendo que no quiera ayudar a la policía —dijo Úrsula—. Entiendo que no se fíe de nosotros. Pero está muriendo gente inocente.
      —Demonios.
      —¿Cómo dice?
      —Están muriendo demonios inocentes.
      —¿Qué más da eso?
      —Da. Porque cuando a los humanos os interesa, somos gente, pero cuando no podéis sacar ningún beneficio, somos demonios —dijo la palabra «demonios» como si le diera asco, pero lo hizo para imitar a los humanos.
      La detective suspiró.
      —Mire. De verdad que entiendo lo que me dice, pero ese cabrón está matando gen… demonios inocentes. Da igual el resto. Ha matado a mucha gen… demonios. Algunos peces gordos: Astaroth, Asmodeo y Mammón son sus últimas víctimas.
      Calenia reaccionó a lo que acababa de escuchar.
      —¿Ha podido matar a Astaroth y a Mammón?
      —Encontramos el cuerpo de ambos. Astaroth estaba colgado de la pared por las manos, con clavos. Mammón estaba sentado en el suelo de su apartamento, con la espalda apoyada en la espalda, decapitado y con la cabeza en sus manos, apoyadas en las piernas.
      —¡Satanás! —exclamó Calenia.
      —No, a él no le han matado.
      —Es una expresión, detective Puig, como cuando los humanos gritan: «¡Dios!».
      Hubo un silencio que solo se rompía por el ruido de la lluvia.
      —¿Va a ayudarme a capturar a ese asesino? —preguntó la detective.
      Calenia la miró. La detective estaba empapada. La gabardina debía pesar bastante por el agua.
      —Lo siento, detective Puig. No me interesa meterme en esto. Siento que haya perdido su tiempo, pero gracias por venir.
      Calenia volvió a entrar en el antro, dejando a la detective en el callejón, sola, bajo la lluvia, sumida en su propia frustración.
      La demonia suspiró, miró a la muchedumbre de aquel tugurio, al hombrecillo que le había molestado y que había empezado a tomar medidas del cuadrilátero para instalar la maldita jaula, luego miró a la puerta a su espalda y negó. «Astaroth y Mammón asesinados», pensó. Miró al techo, aunque en realidad miraba más allá, incluso más allá del local de bubble tea que encubría aquellas peleas ilegales, más allá de las viviendas, más allá de las nubes. Visualizó el rostro de Dios y dijo:
      —¿Por qué estás permitiendo que tu hijo mate a mis hermanos?
      Esperó a que la voz atronadora de Dios sonara en su cabeza, pero no ocurrió nada. Calenia frunció el ceño y supo que aquel silencio solo significaba una cosa: Cristo había matado también a su padre.

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