Microficción 234: La tienda de la señora Faye

Vemos a una mujer joven mirando el escaparate de una tienda de antigüedades, con básculas, candelabros, máquinas de coser y muchas otras cosas. Ella tiene gafas redondas, de pasta, el pelo corto, media melena, castaño y viste bufanda de rayas y abrigo marrón. El relato se titula: La tienda de la señora Faye.

La tienda de la señora Faye. Imagen libre de licencia: Pexels.

La tienda de la señora Faye es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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EN LA TIENDA DE LA SEÑORA FAYE una podía encontrar cualquier cosa que se imaginase y, si no estaba allí, la dueña del establecimiento, la mismísima señora Faye, se encargaría de dar con lo que fuera.
      Pula lo sabía bien. Aquella tienda era su sitio favorito en el mundo. Se enamoró de ella con seis años, cuando su padre se la mostró y le dijo: «Pula, cariño, ahora papá va a ir con estos señores que le apuntan con esas pistolas tan simpáticas. Quiero que tú te quedes mirando este escaparate hasta que vuelva, ¿vale, mi vida?». Estuvo tanto tiempo contemplando aquel escaparate, esperando a que su padre volviera, que por fuerza desarrolló algún tipo de vínculo. Su padre apareció días después, en una cuneta, muerto de una enfermedad rarísima llamada Ajuste de cuentas.
      Siempre sonreía cuando recordaba a su padre y esas carreras que formaban parte de los juegos que él mismo se inventó, juegos como: Huyendo de los mafiosos o su variante, mucho más divertida: Que no te pille la pasma. Incluso ahora, a sus veintisiete años de edad, Pula echaba de menos aquellas partidas que se extendían por toda la ciudad, como si Barcelona entera fuera un recreo.
      Pula abrió la puerta y la campana que colgaba del linde resonó en todo el establecimiento. Caminó entre las antigüedades, contemplando las cosas que tantas veces había visto, como esa silla en la que descansaba una muñeca que te saludaba con un movimiento de cabeza y volvía a centrarse en un número atrasado de la Vanguardia. También se sorprendía con artículos recién llegados, como esa tabla de madera con letras pintadas y manchas de lo que parecía tomate o sangre, o una mezcla de ambas. Había una gran estatua de bronce, de una criatura enorme con cuerpo humanoide, pero con cabeza de pulpo y alas de murciélago. Alguien le había pintado pezones con un rotulador indeleble, lo que había abierto la veda para que otros muchos vándalos usaran la estatua como tablón de anuncios, con textos como: «Si quieres secso güeno, este es mi Wasa» o «Vendo Fiat Córdoba. Estado: pa’ entrar a vivir». También tenía varios penes dibujados de forma rudimentaria.
      De la trastienda salió una mujer alta, delgada, con la piel marrón oscuro y el pelo muy largo, cardado y completamente blanco. Llevaba un vestido pin up carmesí con zapatos rojos. El brazo derecho estaba cubierto de tatuajes azules. Cargaba una caja llena de figuritas de porcelana.
      —¡Buenos días, señora Faye! —dijo Pula a escasos centímetros tras la mujer.
      La señora Faye dio un respingo y estuvo a punto de lanzar la caja. En vez de eso soltó una serie de maldiciones que podrían haber ofendido al mismísimo demonio, si es que Lucifer se hubiera dejado caer o, mejor dicho, ascender por ahí.
      —¡Qué graciosa es usted, señora Faye! —dijo Pula—. ¡Conoce un mogollón de palabrotas!
      La dueña de la tienda dejó la caja en el suelo, pensando «Del suelo no pasan», suspiró y miró a Pula con una sonrisa forzada.
      —Buenos días, querida. ¿Qué puedo hacer por ti?
      Pula se echó a reír, se colocó las gafas, que empezaban a resbalarle por el tabique y dijo:
      —Qué graciosa, señora Faye. Siempre hace como que no me conoce.
      —¿Qué puedo decir, querida? Siempre tengo la esperanza de que si lo sigo intentando, me despertaré y conocerte habrá sido solo una pesadilla. Estaré tumbada en una hamaca, en Ibiza, bebiéndome un Sexo en la playa o practicándolo directamente.
      La señora Faye cogió un plumero y empezó a limpiar el polvo. Se movía con una gracilidad digna de una bailarina de ballet aunque Pula, siempre que la veía moverse, se acordaba de su padre, de cuando jugaba a esquivar los disparos de sus amigos. La mujer miró a Pula, vio que se había quedado ensimismada y puso los ojos en blanco.
      —¿Qué quieres hoy, Pula? —preguntó.
      Pula no reaccionó, así que la señora Faye le pasó el plumero por la naricilla. Pula hizo una mueca por las cosquillas y luego estornudó.
      —¡Bienvenida al mundo real, querida! Te preguntaba que qué quieres hoy.
      —¡Oh! Perdone, señora Faye, se me ha ido el santo al cielo, pero gracias a Dios usted ha usado su plumero como si fuera una escopeta y lo ha derribado, devolviéndome a la realidad.
      —¿Eso he hecho? Me alegro mucho… supongo. ¿Qué quieres hoy, Pula? (No me puedo creer que sea la tercera vez que lo pregunto).
      —Quería preguntarle si le quedan papeles de esos que me llevé la última vez.
      —¿Papeles? —La señora Faye intentó hacer memoria. Por norma general, cuando Pula salía de la tienda, ella hacía un esfuerzo titánico por olvidarse de ella. Esa mocosa le daba muy mal rollo y le agotaba—. ¿Quieres decir los sellos?
      —¡Eso!
      —Sí, sí que tengo. ¿Pero para qué los quieres? Te llevaste más de cincuenta. Son sellos muy poderosos. ¿Los has usado?
      —¡Pues claro, tontita! ¿Para qué iba a comprarlos si no los pensara utilizar? Una no se compra un Satisfyer para dejarlo en la estantería. Hay algunos muy monos, como ese que parece un pingüinito, ¿lo ha visto usted, señora Faye? Es muy gracioso, pero hay que usarlo, no tenerlo como decoración.
      La señora Faye miraba a Pula con una ceja arqueada, siempre le pasaba y, en muchas ocasiones, se daba cuenta de que la miraba boquiabierta. No había conocido a nadie con aquella capacidad para la divagación.
      —Querida —dijo cuando se hubo recuperado del shock y no antes de visualizar el Satisfyer pingüino—. ¿Has usado cincuenta sellos mágicos en una semana?
      —Efectiviwonder.
      —¿Para qué los has usado exactamente?
      —¡Para jugar! Usé uno para que la escoba barriera el piso sola y otro para que la fregona fregara sola. Como en esa película…
      —¿Fantasía? —preguntó la señora Faye, que volvía a limpiar el polvo.
      —What?! ¡No! La de Nicolas Cage, El aprendiz de brujo. ¡Está guapísima!
      —En realidad la escena de El aprendiz de brujo, rinde homenaje a la escena de la película Fantasía.
      Esta vez fue Pula la que se quedó boquiabierta.
      —¿Para qué más has usado los sellos? —preguntó la señora Faye, que volvía a limpiar el polvo.
      Ahora estaba encargándose de una lámpara de araña que estaba llena de telarañas. Pula pensó que aquello era una crueldad, porque a aquella pobre lámpara de araña le debió costar muchísimo tejer todas esas telarañas, estando ahí, colgada del techo.
      —Ya sabe.
      —No, no sé. Dímelo.
      —Pues… ¿sabe el gato de Botero?
      —¿La estatua de la rambla del Raval?
      —Esa misma. Pues le puse un sello y lo liberé, que llevaba tanto tiempo anclado al suelo, que el pobre tenía el hocico dorado, por culpa de los turistas que lo manoseaban.
      —Has liberado al gato de Botero.
      —Y al mamut.
      —¿El mamut?
      A la señora Faye le costó un poco caer en la cuenta. ¿Un mamut? ¿En Barcelo…? Sus ojos se abrieron de par en par.
      —¿Pula, has liberado la estatua del mamut del parque de la Ciutadella?
      —¡Sííííííííííí! ¿Verdad que es divertido? Para ese tuve que usar diez sellos.
      —Pula, querida, ¿qué más has hecho?
      Pula notó en la voz de la señora Faye que estaba enfadada con ella. No le gustaba que se enfadasen con ella, solía ponerse agresiva. Pero eso era antes de conocer la magia y los sellos. Ahora ya no se enfadaba, cuando alguien le hacía rabiar o le hacía sentir incómoda, usaba un sello, escribía cosas como «¡Boom!», se los pegaba en la espalda a esa gente y dejaba que la magia hiciera el resto. Ella llamaba a aquello «Los fuegos artificiales de Pula», eran distintos a los convencionales, porque en vez de crear una fuente de luces en el cielo, los suyos provocaban una lluvia de órganos vitales y sangre. ¡Era divertidísimo!
      —¿Está usted enfadada conmigo, señora Faye?
      —¡Pues claro que estoy enfadada contigo, maldita psicópata!
      —Entiendo… —dijo Pula. Suspiró para controlar su temperamento y luego, muy tranquila, dijo—: ¿tiene usted un sello y un rotulador, por favor, señora Faye?

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