Al tema 14: Gerarda de Ribagorza

La foto es una vista aérea de un bosque de habetros, solo vemos sus copas, y hacen un efecto muy curioso, como si fuera una superficie sólida, como la de una piña, por ejemplo. El relato se titula: Gerarda de Ribagorza.

Gerarda de Ribagorza. Imagen libre de licencia: Pexels.

Gerarda de Ribagorza es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema propuesto por mis seguidores de Twitter.

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Tema propuesto:
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LA MUJER SE LLAMABA GERARDA Y ERA DE RIBAGORZA. Aunque la gente la conocía más por la Brujera. Estaba en medio del bosque, luchando contra un buco, un demonio con aspecto de cabra y cuerpo humanoide, fruto de una noche loca de borrachera en la que a nadie le pareció mal la zoofilia. La Brujera tenía dos espadas: una de acero, para luchar contra los humanos —sobre todo contra aquellos que le quitaban el sándwich de la nevera en la oficina, incluso cuando le había colocado un post-it en el que ponía: «Popiedad de Gerarda de Ribagorza. Cómprate tu comida y deja de quitarme la mía o te las verás conmigo, malandrín»—, y otra espada de plata, para luchar contra las criaturas del abismo como aquel buco. Había tenido una de cobre, pero se la robaron para venderla por piezas, y una espada láser, pero hubo una serie de problemas de copyright y Gerarda de Ribagorza, para evitarse problemas y que no le tocaran lo que no suena, prefirió deshacerse de ella. Se la vendió a unos tipos con albornoz que vivían en un sitio muy muy lejano.
      El buco bajó la cabeza y apuntó a la Brujera con su cornamenta, dio unas patadas al suelo, arrastrando tierra y hierba hacia atrás, y luego echó a correr hacia la mujer. Gerarda, con un movimiento ágil, se apartó y dejó que el buco, con los ojos muy abiertos al darse cuenta de que había metido la pata —o la pezuña—, siguiera corriendo y se estampara de cabeza contra un grueso roble. El buco cayó al suelo de culo y empezó a acariciarse la frente.
      —¡Qué daño! —dijo el demonio.
      De un agujero en el árbol salió una ardilla muy enfadada porque estaba viendo la final de Tu cara me resulta familiar y con esos golpes no había manera de concentrarse. Cogió una bellota y la lanzó sobre la cabeza del buco.
      —¡Ay! ¡Ya vale!
      La ardilla se metió en casa, dio un portazo, se sentó en su butaquita con orejeras, accionó la palanca que desplegaba el reposa pies y subió el volumen de la tele.
      En el exterior, Gerarda de Ribagorza se había acercado al buco por la espalda. El demonio, todavía sentado en el suelo, miró hacia arriba y vio el pelo blanco de la Brujera, con sus ojos del color de la magia, que estaba a medio camino entre el rosa palo y el verde esperanza, lo que significa que eran color marrón.
      La Brujera alzó su espada de plata y le lanzó una sonrisa salvaje al buco.
      —¡Espera, no me mates! —exclamó el demonio—, ¡podemos negoc…!
      La cabeza del buco cayó al suelo con un golpe amortiguado por la hojarasca. La ardilla volvió a salir, armada con varias bellotas que había colocado en sus mofletes, dispuesta a escupirlos como si fuera una ametralladora, pero cuando vio la escena: el cuerpo sin cabeza y la cabeza sin cuerpo respectivamente, decidió que tampoco necesitaba silencio absoluto para ver un programa que, por otro lado, veía más para poder participar en el debate del día siguiente que por interés genuino.
      Gerarda limpió la hoja de la espada y la envainó. Suspiró y, cuando estaba a punto de guardar la cabeza en una bolsa para llevársela al alcalde y recoger la recompensa, un alarido llamó su atención. Se quedó muy quieta, escuchando, y el siguiente grito hizo que saliera corriendo. Alguien estaba en apuros y, si podía salvar su vida, quizá le cobraría unas cuantas piezas de oro.
      Corría esquivando ramas y saltando obstáculos como raíces de árbol, panfletos de los Testigos de Jeová, trampas para osos y excrementos varios. Los alaridos estaban cada vez más cerca.

El hombre se llamaba Javier, aunque la gente le conocía más como Ya Está Aquí El Bardo Pesado Ese. Se había quedado afónico de tanto cantar y había perdido su laúd. Se sentó en un grueso tronco caído en el bosque y suspiró.
      —¿Qué voy a hacer ahora sin laúd? —preguntó en voz alta.
      Cerca de él un espectro estuvo a punto de responderle, pero su madre le explicó al oído que era una pregunta retórica, y que los vivos no llevaban bien eso de que los espíritus les hablasen. Le dijo que empezaban a hacer tonterías, como echar sal en los marcos de las ventanas y en el umbral de las puertas, cogían tableros de madera con letras pintadas y pagaban sumas indecentes a mediums cuyo único poder real era el de reconocer a los panolis a los que iban a poder timar.
      —Ahora mismo solo puedo llorar —continuó el hombre.
      Javier el bardo lanzó un gritito afónico y rompió a llorar. Su llanto sonaba muy parecido a cuando te topas con un hombre lobo y le das una patada en la entrepierna para dejarle claro que no tienes el chichi para farolillos.
      —Cantaré aunque no tenga mi instrumento —dijo el bardo entre sollozos—. Solo me viene a la mente esa balada clásica y triste. ¿Cómo era? Ah, sí… ♫ Con un porrito en la mano que yo me lííííííííííííío y una rayita de coca que m’he metíííííííííío. Al cabo de mil tirones no m’han cogííííííííííío, el 091 pa’ mí es pan comío… ♫.
      Javier se calló al escuchar un ruido procedente de las profundidades del bosque. Sonaba a ramas secas rompiéndose bajo el peso de una mujer de mediana edad, con pelo blanco, ojos del color de la magia y dos espadas.
      De la espesura salió Gerarda de Ribagorza, con la mano alzada, a punto de coger una de las dos espadas, dependiendo de lo que se hubiera encontrado. Miró al bardo y dudó un momento si era humano o no. Su aspecto parecía el de un hombre joven, de ojos azules y buena dentadura, pero cuando habló y la saludó, su voz sonó como de ultratumba. ¿Un cambiaformas? ¿Un demonio? ¿Un hater?
      —¿Qué eres? —preguntó la Brujera.
      Javier se quedó helado mirando a Gerarda.
      —¿Perdón? —dijo por fin.
      —He dicho que qué eres.
      —¿Yo? —preguntó Javier señalándose a sí mismo.
      —No, esos dos espectros de ahí.
      Las espíritus se miraron entre entre ellas y se preguntaron si aquello era sarcasmo.
      —Yo soy… —Empezó Javier—. Yo soy acuario con ascendencia escorpio.
      —¡¿Eres humano?!
      —¿Eh?
      Gerarda sacó la espada de plata, por si acaso y apuntó al bardo con ella.
      —¿Eres humano o eres un monstruo?
      Javier levantó la mano.
      —Ser humano no excluye ser un monstruo —dijo con voz temblorosa.
      Gerarda de Ribagorza gruñó. Era un sonido que hacía siempre que se quedaba sin argumentos. Guardó la espada y suspiró. Miró a los espectros y estos decidieron que era momento de volver a casa o de ir hacia la luz, una de dos.
      —¿Qué haces aquí? —preguntó la Brujera—. ¿Alguna criatura estaba a punto de degollarte?
      —¿Cómo dices?
      —He escuchado un grito agónico y era tu voz, ¿estabas en peligro? Puedo salvarte por un saco de oro.
      —No… era yo, cantando. Cuando estoy triste canto. También canto cuando estoy contento y cuando estoy cagando. En realidad canto siempre, quizá por eso soy un bardo.
      Gerarda de Ribagorza volvió a gruñir.
      —¿Entonces no estás en peligro?
      —No que yo sepa.
      —Fuck!
      —¿Qué cosa has dicho?
      —Nada, es lengua de brujeros.
      Gerarda miró el camino que acababa de recorrer, abrió mucho los ojos y echó a correr.
      —Fuck!, fuck!, fuck!, fuuuuuuck!
      Javier el bardo se levantó y corrió tras la brujera, por si acaso le estaba echando una maldición en ese idioma suyo que, ahora que lo escuchaba, no parecía muy rico en palabras.
      La carrera les llevó a un claro del bosque en el que había un charco de sangre.
      —¡Se lo han llevado! —dijo la Brujera.
      —¿Qué cosa? —preguntó Javier.
      —Mi buco.
      El bardo arqueó una ceja.
      —¿Sigue siendo lengua brujera?
      —¡Mi buco! Un demonio al que me he cargado y por el que iba a cobrar muchocientas piezas de oro. Lo he perdido.
      Javier abrió mucho los ojos. Entendía las palabras, pero algo se le escapaba. Carraspeó y dijo incómodo:
      —¿Has mirado entre los cojines del sofá? Cuando yo pierdo algo suele estar ahí.
      —Alguien me lo ha robado. ¡Por tu culpa! He escuchado tu ridícula voz y pensaba que te iba a poder desplum… salvar… y ahora he perdido al buco y mi recompensa.
      El bardo miró a su alrededor, hinchó los mofletes y soltó el aire en una pedorreta.
      —Pues ya lo siento, ¿eh? Yo me voy a ir yendo… creo que de repente lo de haber perdido el laúd no me parece tan importante. Quiero decir… puedo comprarme otro, ¿verdad? Suerte con tu boca esa.
      —¡Buco! ¡BUCOOOOO!
      Gerarda de Ribagorza desenvainó la espada de acero y echó a correr hacia Javier. El bardo lanzó un gritito muy agudo a pesar de su afonía y corrió para salvar la vida. La Brujera estaba fuera de sí y pensó que si mataba a ese cabrón y luego le lanzaba el hechizo correcto, podía hacerlo pasar por un buco. Otra posibilidad era matar al bardo y a una cabra, cortarles la cabeza y llevarle el cuerpo del humano y la cabeza de la cabra al alcalde. Ese idiota cateto no sabría diferenciar un buco aunque le diera fuego para encender un cigarrillo de esos que dan risa.
      Decidido, haría esto último.
      —¡Ven aquí, bardo cabrón! —dijo la Brujera corriendo tras Javier.
      —¡No, gracias, estoy bien aquí, corriendo a un par de metros de distancia! —exclamó el bardo.
      La ardilla se asomó para decirle a la brujera que le había guardado la cabeza del demonio en el refrigerador, para que no se le estropease pero, al ver que estaba ocupada jugando con un amiguito, decidió volver a entrar en casa a terminar la final de Tu cara me resulta familiar.

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