Titulados 1: La niña que buscaba un bocadillo y encontró un muñeco

Vemos una caja de cartón tirada, de dentro sobresale una cabeza de muñeco con pelo sintético y unos ojos que parecen vivos. El resto de su cuerpo está en la misma caja, pero desmontado. El título del relato es: La niña que buscaba un bocadillo y encontró un muñeco.

La niña que buscaba un bocadillo y encontró un muñeco. Imagen libre de licencia: Pexels.

La niña que buscaba un bocadillo y encontró un muñeco es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Titulados», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos partiendo de títulos que me propongan las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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TÍTULO PROPUESTO:


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LAS CALLES OLÍAN A CAFÉ RECIÉN HECHO y a orina, también recién salida del horno. Ágada corría entre los turistas que hacían fotos a cada piedra del casco antiguo de Barcelona, entre los extranjeros que se dejaban timar por trileros un poco más listos que ellos —pero no mucho más, tenían unas décimas más de inteligencia, las suficientes como para terminar el día con los bolsillos un poco más llenos de billetes y monedas que cuando lo habían empezado—. Ágada conocía a todos los timadores de la zona, y algunos que venían de barrios vecinos. Llevaba recorriendo aquellas calles desde que era pequeña. A sus dieciséis años era una de las personas más conocidas del lugar, y una de las más respetadas. Conocía detalles secretos de los trapicheos que se hacían en todo el distrito y eso la convertía en una persona muy peligrosa. Había que tratarla bien, mimarla, lamerle el culo se lo hubiera lavado previamente o no. Nadie quería que, a aquella mocosa huérfana y chantajista, se le hinchara el coño y fuera a la policía con las localizaciones de los cargamentos de droga, de armas, de gamusinos o, peor todavía, que dijera quién era el misterioso falsificador de Funkos.
      Pasó por detrás de un tipo alto y trajeado y, sin rozarle, le sustrajo el teléfono móvil que tenía en el bolsillo trasero del pantalón. Pensó lo estúpida que era la gente que llevaba los teléfonos móviles ahí, era más fácil que quitarle un caramelo a un niño orco*. Trató de desbloquear el teléfono mientras corría por una calle adoquinada, esquivó a un turista con una cámara demasiado cara para el uso que se le daba**. El teléfono tenía un código de desbloqueo. Probó con 1111, no funcionó, probó con 1234, no funcionó, probó con 0000 y tampoco. «¡Menudo cabrón más inteligente!», pensó Ágada. Se guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta, y siguió corriendo hasta que se encontró de bruces en las Ramblas. Se detuvo y lanzó un silbido impresionado al ver el gentío que había aquella tarde. Miró por encima de las cabezas y detectó a una pareja de Mossos d’Esquadra, así que decidió dejar de correr. Un tipo se le acercó y le dijo entre dientes:
      —¿María?
      No se equivocó de nombre, le estaba ofreciendo drogas.
      —Piérdete, Jani —dijo Ágada sin ocultar su desprecio hacia aquel capullo.
      Jani bajó la mirada y vio a la muchacha. Era un tipo alto, de un metro noventa. Sus ojos se abrieron como platos.
      —Lo siento, Aga, no me había dado cuenta de que eras tú. ¿Cómo estás?
      —¡Pfff! Como siempre —dijo Ágada encogiéndose de hombros—. ¿Has visto a Garlas?
      —Está tomándose un café en el Starbucks de ahí delante —respondió Jani señalando hacia su derecha con la barbilla. Esencialmente porque no tenía otra cosa para señalar. Había nacido sin brazos.
      Ágada se alejó de él, no sin antes mirar de reojo a la pareja de policías que ya se acercaba a ellos. Sonrió y gritó:
      —¡No, señor, no quiero drogas!
      Los policías se miraron y salieron corriendo hacia ellos. Jani abrió la boca y miró a Ágada con los ojos desorbitados. La cría se fue de allí, riéndose a carcajadas.
      —¡Me cago en tus muertos, mocosa! —gritó Jani justo cuando los dos policías le pidieron que les acompañara.
      Jani se negó, uno de los policías le dijo que no hiciera tonterías, el camello le invitó amablemente a que se fuera a la mierda, el poli sacó las esposas y Jani se empezó a reír. ¿Dónde le iba a poner las esposas? Le sugirió una zona, pero por lo visto al policía no le pareció muy bien.
      Ágada entró en el Starbucks que le había señalado aquel idiota. No se sentía mal, no podían hacer nada contra él, seguramente los dos policías recibirían una llamada y tras colgar le dirían a Jani algo como: «Es tu día de suerte, cabrón».
      La cría registró el local con la mirada y sus ojos se posaron en los de Garlas, que le saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Era una mujer enorme, musculosa, con unos pectorales poderosos que se ajustaban a la camisa de franela amarilla con cuadros negros que vestía. También llevaba un gorro de lana negro que ocultaba una cabeza sin pelo.
      —¡Ágada! ¿Cómo estás hoy, querida? —preguntó Garlas cuando la cría se acercó a ella y tomó asiento en la silla que había libre. La mujer se estaba tomando un café enorme.
      —Bien, ¿y tú?
      Justo en ese momento se escuchó mucho ruido en el exterior. Por un lado alguien gritó: «¡No dé un paso más!» y por otro alguien le respondía: «¡Que te folle un ñú con disfunción erectil!».
      —¿Qué está pasando ahí? —preguntó Garlas estirando mucho el cuello para ver.
      —Jani —dijo Ágada como única respuesta.
      Garlas se encogió de hombros. Parecía que aquello lo explicaba todo.
      —Oye, Garlas, ¿me invitas a un bocadillo?
      —Déjate de bocadillos, tengo algo mucho mejor.
      —¿Mejor que un bocadillo?
      —Mucho mejor.
      —¿Una pizza?
      —Es mejor que una pizza.
      —¿Una tarta de tres chocolates?
      —Mucho mejor.
      —¿Un sándwich de mejillones con nocilla?—para entonces la boca de Ágada parecía una piscina.
      —No es comida, niña, ¡es mejor que la comida!
      —¡Pfff! No hay nada mejor que la comida, tía.
      Garlas le dio una colleja.
      —No me llames tía, mocosa. Un respeto a las canas.
      —¿Qué canas, calva? Como no sean las del co…
      Ágada recibió otra colleja.
      —¡Auch! Vale, vale. ¿Qué es eso mejor que la comida?
      Garlas sonrió y, de debajo de su silla, sacó una caja de cartón y la puso sobre la mesa. Ágada rescató la taza de café, que estuvo apunto de caer al suelo y, como recompensa por haberle salvado la vida, la taza se fue directa a su boca y la inundó de café con sirope de caramelo. El cartón tenía una textura desagradable. En algún momento se mojó vete-tú-a-saber-de-qué y se volvió a secar. Del interior asomaba una cabeza de muñeca, separada del cuerpo, que también estaba en la caja. La cabeza tenía pelo sintético y unos ojos que daban muy malrollo.
      Ágada miró a Garlas con la ceja arqueada, luego miró la muñeca y, por último, volvió a mirar a Garlas.
      —Prefiero el bocadillo —dijo por fin mientras se llevaba la taza a la boca.
      Garlas le quitó el café y le dio una colleja.
      —¡Mocosa, bocachanclasA No sabes ni lo que estás viendo.
      —Una muñeca, Garlas. No hace falta ser muy observadora.
      Garlas suspiró.
      —Veo que te gustan las collejas. Mira bien, ¿no notas nada raro?
      —¿A parte de la mugre?
      Garlas levantó la mano y Ágada se apartó por si acaso.
      —¡Vale de collejas, que estoy estudiando!
      —Estás estudiando la manera de tocarme los ovarios. ¡Que mires, coño!
      Ágada miró con más atención. El pelo rubio, sintético, estaba lleno de porquería, pegajoso. Era una muñeca horrenda, con muchísima frente. Miró sus cejas o la ausencia de cejas y sus ojos. Eran marrones y parecían… reales. Entrecerró sus ojos para enfocarse en los de la muñeca y esta hizo lo mismo con los de ella.
      —¡Coooooooño!
      Un puñado de cabezas se alzaron para mirar hacia ellas. Garlas le dio una colleja.
      —¡Esa boca y no grites! —Dejó que Ágada se frotara la nuca, que empezaba a ponérsele roja de tantos golpes—. ¿Qué te parece?
      Ágada seguía mirándole los ojos a la muñeca, que los movía de Garlas a ella y de ella a Garlas.
      —¿Es lo que creo que es?
      —Si crees que es un gólem, sí.
      —¡Un gólem! —lo dijo sin palabras, solo moviendo los labios, y añadió de la misma forma—: ¡Un puto gólem!
      Colleja.
      —¡Esa boca!
      —¡Pero si no he hablado! —protestó la cría, luego se quedó ensimismada con los ojos vivos de la muñeca—. Un gólem… creía que ya no existían. ¿No había desaparecido la magia que los creaba?
      —Sí, cuando los gólems se convirtieron en muñecos asesinos, como el de la película esa…
      —¿Pocahontas? —preguntó Ágada sin mucha convicción.
      —Hmmm… creo que esa no va de un muñeco asesino.
      —Pues debe ser la de los tiburones esos atrapados en tornados.
      —Imposible —dijo Garlas.
      —¿Por qué es imposible?
      —Porque si va de unos tiburones atrapados en un tornado, no va de un muñeco asesino.
      —¡Coño, es verdad!
      Colleja.
      —¡Deja de endiñarme!
      —Deja de decir palabrotas.
      Ágada resopló. Lo hizo en dirección al gólem, que cerró los ojos molesto.
      —Podrías soplarte en el coño —dijo la muñeca con una voz de camionero aficionado a imitar a Joaquín Sabina.
      Garlas le dio una colleja a Ágada.
      —¡Auch! —Se quejó Ágada—. ¿Por qué me has dado ahora?
      —Me estás hartando con las palabrotas.
      —¡Que ha sido el gólem!
      Garlas miró a la muñeca, esta hizo una mueca y le devolvió la mirada.
      —¿Tú qué miras, caranchoa? —preguntó el gólem desafiante.
      —¿Puedes hablar?
      —¿Cuando ves a alguien caminando le preguntas si puede caminar? ¡Claro que puedo hablar, estoy hablando! ¿Eso es café? ¿Puedo tomar?
      Ágada miró a Garlas y al gólem. Era un poco ridículo, porque solo era una cabeza.
      —No, no puedes tomar café —dijo Garlas por fin.
      —¡Puta mierda! —exclamó el gólem.
      Ágada le dio un manotazo.
      —¡Esa boca! —dijo.
      Sonrió, miró a Garlas, que también sonreía y pensó que le iba a gustar tener un gólem. Lo armaría y se aseguraría de que no tuviera acceso a ningún cuchillo, sobre todo si este estaba afilado. No le apetecía que se repitiera lo de esa película… ¿La máscara? ¿Trataba sobre un muñeco asesino? Creo que sí.

Nota del autor.
(Pincha sobre las notas para volver al relato)

*. De todos es sabido que los niños orcos son un poco más… simples, que los niños humanos. A los niños humanos, para quitarles un caramelo, les tienes que convencer, hacer un pequeño trueque —por ejemplo, «Te cambio tu caramelo por esta piedra que acabo de encontrar en el suelo y que, casualmente, te puede conceder tres deseos»—, mientras que a un niño orco basta con gritarles cosas como: «¡Mira, es Gandalf en tanga!» y aprovechar que se despista para quitarle el caramelo.
**. El turista usaba la cámara cara para fotografiar puertas, la comida del restaurante, su minúsculo pene con un gran angular que no engañaba a nadie, y más puertas. Le gustaban mucho las puertas, lo cual no tendría nada de malo, si no fuera porque las puertas que fotografiaba eran las de los cuartos de baño de los pisos a los que entraba por la fuerza. Tenía varias denuncias, pero claro, eso no lo puedes saber a simple vista, no es como si tuviera un cartel de neón apuntándole, en el que pusiera: «Pervertido con complejo de micropene y un fetiche superraro con las puertas».

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