Las tres palabras 23: De caza

Vemos el primer plano de una mujer rubia, no está derecha sino en horizontal, como si estuviera tumbada y nosotros la mirásemos desde arriba, pero también desde su izquierda. Mira a la cámara y en el ojo se le refleja una luz que parece un arco iris. El título del relato es "De caza".

De caza. Imagen libre de licencia: Pexels.

De caza es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Las tres palabras», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos incluyendo tres palabras que pediré a las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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Palabras a añadir:


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TUMBADA SOBRE UNA ROCA REFRESCADA POR LA BRISA NOCTURNA, Thania escuchaba una lista de reproducción de música rock para meterse en el estado de ánimo necesario para lo que iba a tener que hacer esa noche. Mientras sonaba La peluca, de Loly Álvarez y Tony Genil, notaba como el corazón se le ralentizaba. Abrió los ojos, que contenían todos los colores del arcoiris, y sonrió. Estaba preparada, el ritmo frenético y motivacional de la música le recorría el cuerpo. Se incorporó y se quedó mirando la entrada a la cueva.
      De pie delante de la gruta, Thania suspiró, empezó a golpear el suelo al ritmo de la música, mientras en su cabeza sonaban las voces agudas de esos dos grandes de la música. Recogió una espada apoyada en la roca, se la colocó en la espalda, entre las dos alas plegadas, transparentes, repletas de venas. Se crujió el cuello, dio una palmada y se dirigió hacia el interior de la cueva. Pensaba convertirse en leyenda, los bardos cantarían canciones sobre el hada que derrotó a Capuz, el gran dragón.
      Se adentró en la caverna. Estaba oscuro, pero ella no tenía problemas para ver en la oscuridad. Gracias a sus ojos pudo ver todo lo que ocurría allí dentro: una pareja de ranbios albinos, que son como pequeñas ratas del tamaño de cerdos vietnamitas, echaba una partida de strip mahjong y, a juzgar por la escena, uno de ellos iba ganando claramente, porque mientras el otro solo vestía unos boxers anchos, blancos y con corazones de vaca estampados, a él solo le faltaba el calcetín derecho. Los ranbios albinos se lo quedaron mirando, ella hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo y las criaturas simplemente le ignoraron. «La educación de los ranbios albinos sigue siendo igual que siempre», pensó Thania. Más allá pudo ver un lemuac de cola azul —muy parecido a un oso, solo que con plumas, dos cabezas y un pico. El lemuac de cola azul no tiene cola, así que nadie sabe explicar su nombre—, practicando el amor propio*. Thania siguió caminando hasta que lo que parecía un rugido, pero que luego resultó ser un eructo, hizo que se detuviera. Se puso en guardia, con la mano posada en la empuñadura de su espada, que sobresalía sobre el hombro derecho. Subió el volumen de la música justo cuando cambiaba de canción y empezaba a sonar We’re not Gonna Take it de Twisted Sister.
      Frente a ella apareció Capuz, el gran dragón, envuelto en un albornoz de color fucsia. Era un hombrecillo bajo y gordo, calvo, con la piel repleta de escamas, una cola larga que arrastraba por el suelo y unas zarpas que, por un lado estaban enfundadas en sendas zapatillas con forma de marsopa, y por el otro sujetaban una taza de porcelana y unas galletitas rellenas de chocolate. Capuz se quedó mirando a Thania, con sus dos ojos ambarinos, sin iris ni pupila. Se le escapó un bostezo y luego arqueó una ceja.
      —¿Tú quién eres? —preguntó Capuz con una voz que podría haber parecido amenazadora si no fuera porque le salió un gallo traicionero.
      Thania no escuchó lo que Capuz dijo, Dee Snider le estaba gritando al oído algo sobre unos huevos con aceite y jamón. El hada sonrió de forma amenazadora, que es como una sonrisa normal, solo que acompañada con un «ñe, ñe, ñe». Desenvainó la espada y salió corriendo hacia Capuz, que hizo lo mismo, solo que en vez de ir hacia el hada, lanzó la taza, lanzó la galleta y lanzó un grito muy agudo, y huyó hacia el lado contrario.
      —¡Ven aquí, maldito dragón! ¡Voy a hacerme una funda para el móvil con tu culo! —gritaba Thania, desconcentrando a los ranbios albinos y al lemuac de cola azul.
      —¡¿Quién escamas eres?! —dijo Capuz sollozando—. ¡¿Por qué me persigues?!
      Pero Thania estaba fuera de sí. Empezó a cantar la canción, para venirse más arriba —si es que eso era posible—, luego comenzó a gritar, mientras corría con la espada en la mano, cosa que, desde este relato, se recomienda no hacer en casa si no es en presencia de un adulto o de un instructor de Carrera con Espada en Mano.
      Capuz se detuvo, pero solo porque la cueva se terminaba donde él estaba. Se había metido en el cuarto de baño y lo único que tenía a mano para defenderse era un número atrasado de la revista Decoración de cuevas, que resaltaba en portada un reportaje sobre cómo sacarle partido a la penumbra de tu gruta. Capuz enrolló la revista y la sujetó como si fuera una espada o… bueno, una revista enrollada.
      Thania dejó de correr y se quedó mirando a Capuz con una sonrisa triunfante, que es como la risa amenazadora, solo que en vez de «ñe, ñe, ñe», se acompaña con «muajajá».
      —¡ES TU FIN, CAPUZ! —gritó el hada—. ¡HOY SE ACABA TU REINADO DEL TERROR!
      —¡¿Por qué me gritas?! —le preguntó el dragón.
      —¡TANTOS AÑOS BUSCÁNDOTE Y RESULTA QUE ESTABAS ESCONDIDO EN ESTA CUEVA!
      Capuz, con un gesto que consistía en llevarse los dedos pulgar e índice de ambas manos a las orejas y luego apartarlos, le pidió a Thania que se quitara los auriculares. El hada lo hizo y la voz de Dee Snider se interrumpió cuando decía: eite y jamón.
      —¡Estás gritando mucho! —dijo Capuz.
      Thania miró los auriculares y le pidió disculpas.
      —Lo siento —dijo ella—, es que me pongo música para meterme más en el mood.
      —No, si metida estabas, la verdad. Solo tengo una pregunta que hacerte.
      —Adelante, maldito Dragón. Me parece justo concederte una última pregunta.
      —Vale, sí… gracias. Creo. —Capuz suspiró—. ¿Quién alientos de fuego eres tú?
      —¡Ajá! ¿Así que quieres saber el nombre del hada que te va a dar muerte?
      —Qué menos, ¿no?
      —¡Mi nombre es Thania Ricasens i Codony! ¡Soy un hada guerrera de la tribu de los Codony de toda la vida de Dios y soy la que va a llevarle tu cabeza a la reina hada! ¡Me convertiré en una leyenda y los bardos compondrán canciones sobre mí!
      —Fíjate tú, cuántas cosas. Esto… no quisiera abusar de tu generosidad, pero ¿puedo hacerte otra pregunta?
      —¡Pregunta, criatura infame!
      —No creo que haga falta insultar, pero bueno. ¿Por qué cuernos quieres matarme?
      Thania lanzó un bufido, luego una risotada y, al ver que Capuz le miraba muy serio, con la revista enrollada todavía en la mano, arqueó una ceja.
      —Estás de coña.
      No era una pregunta, pero Capuz se sintió en la obligación de responder, aunque solo fuera por alusiones.
      —No suelo hacerle bromas a alguien que entra en mi casa con una espada y me persigue mientras grita no-sé-qué-cosas sobre unos huevos con aceite y melón.
      —Jamón —corrigió Thania.
      —Lo que sea.
      —He venido a terminar con tu reinado del terror.
      —¿Mi qué de qué?
      —Tu reinado del terror —repitió Thania con impaciencia.
      —Lo siento, yo no gasto de eso.
      —Llevas diez siglos cazando a las hadas de mi tribu. Hemos acabado viviendo bajo tierra para estar a salvo de tus ataques. Eres famoso en el mundo hado y tu cabeza tiene una recompensa de muchocientos millones de curolias.
      —¿Curolias?
      —La moneda del país de las hadas.
      —Ok… pero en serio, creo que hay algo que no cuadra. ¿Yo llevo diez siglos matando a tu gente?
      —¡Como si no lo supieras, maldito enfermo! ¡Prepárate a morir!
      Thania sujetó la espada con ambas manos, pero Capuz le gritó:
      —¡Ya vale con la muerte! Qué obsesión… mira, cómo-te-llames… yo no he matado a ningún hada, ¿vale?
      —Dirías cualquier cosa para salvar el culo, ¿no?
      —Supongo, pero en este caso es verdad. No sé de qué hocicos me estás hablando.
      —¡Eres Capuz Graguar, el gran dragón! ¡Azote de la noche entre las nueve y las doce!
      —¿Que soy quién?
      —Capuz Graguar, ¡el gran dragón! ¡Azote de la noche entre las nueve y las doce!
      —¡Qué va! Yo soy Capuz Matadepera, natural de Riogordo, provincia de Fairflai.
      —¡Mientes! ¡Prepárate a morir!
      —¡Y dale Perico al torno! ¡Qué perrera te ha dado con matarme! ¡Que no soy el Capuz Blablacar ése!
      —Graguar.
      —¡De nada!
      —¡Que no, que es Capuz Graguar!
      —¡Como si es Capuz Jaguar! ¡No soy yo, leñe!
      Thania empezó a dudar. La verdad es que la reacción de ese dragón no parecía fingida.
      —¿Tienes alguna forma de demostrarme que no eres Capuz Graguar?
      —Tengo mi identificación, pero la tengo en el bolsillo de mi pantalón, en el dormitorio. ¿Puedo ir a por ella?
      Thania desconfió, pero necesitaba aclarar aquella situación. Hizo un gesto con la cabeza y dijo:
      —Delante de mí, que yo te vea y con las garras arriba.
      Capuz empezó a caminar, alzando los brazos y sin soltar su arma improvisada.
      —Manda gónadas lo que tengo que aguantar —dijo el dragón no sin cierta razón.
      —Camina y calla, maldito engendro.
      —¡Que dejes de insultarme, que yo no he hecho nada!
      —Eso lo decidirá tu identificación, y más te vale que no sea falso. Tengo una capacidad de observación fuera de lo normal.
      —Sí, sobre todo eso… —dijo el dragón por lo bajinis.
      —¡¿Qué has dicho?!
      —¡Nada, que a ti no te la dan con queso!
      —¡Por supuesto que no!
      El dragón suspiró.
      Giraron un par de veces a la derecha por un pasadizo, una a la izquierda y luego siguieron recto. Saludaron a varios habitantes de las cuevas, como a un mozancarro, que se parecía mucho a un señor con boina, pero que en realidad era una especie rarísima de murciélago que se dedicaba a leer periódicos deportivos dos décadas atrasados, lamiéndose el pulgar para pasar de página, mientras exclamaba cosas como: «¡¿Que se ha lesionado Amunike, mara da deu sañó?!». Llegaron a una estancia abovedada, con una cama con bisel y un tocador francés del siglo XVIII, día arríba día abajo. En la esquina había un galán caoba sobre el que colgaban unos pantalones de tergal.
      —Ahí tengo la cartera con la identificación.
      Capuz fue a cogerla, pero Thania se puso delante de él, con la espada apuntando a su nuez. El dragón alzó los brazos en señal de rendición.
      —¡Pensabas engañarme, maldito engendro comemosquitos!
      —¿Comemosquitos? ¡Ya no sabes ni qué llamarme!
      —¡Calla, estrella de mar con tutú y tacones de aguja! Tienes un arma en los pantalones y pretendes matarme.
      —¡TENGO MI IDENTIFICACIÓN, TÍA LOCA!
      —¡A mí no me engañas, limón mohoso al fondo del frigorífico!
      —¡¿Qué dices?!
      —¡Prepárate a morir!
      —¡Otra vez!
      Capuz dio un paso.
      —Si me dejas coger mi pantalón…
      —¡Ap, ap, ap! Quieto ahí. Yo lo cojo.
      Thania tanteó a su espalda en busca del pantalón, sin dejar de mirar o apuntar Capuz con la hoja de su espada. Dio con la prenda y empezó a buscar el bolsillo.
      —Está en el bolsillo trasero derecho.
      —¡Silencio! —exclamó Thania, pero no porque creyera que pretendía engañarla, sino porque, como una conductora que baja el volumen de la radio cuando tiene que aparcar, ella necesitaba silencio para maniobrar por aquella prenda de ropa.
      Notó algo duro, cuadrado, buscó la apertura del bolsillo y metió la mano. Sacó una cartera de piel de bebé recién nacido, suave y blandito al tacto, pero a la vez duro por las múltiples tarjetas y billetes que guardaba dentro. La abrió, se la apoyó en el pecho para poder manejarla mejor, sacó la identificación de Capuz con los dientes, tiró la cartera al suelo, que se echó a llorar con el golpe, miró la identificación de plástico y leyó en voz alta:
      —«Capuz Matadepera Manzano y Cerezo»…
      —Te lo he dicho.
      Thania bajó la espada, miró confundida al dragón, también la identificación. Sin duda era él. Envainó el arma y llenó los carrillos de aire. La soltó en una pedorreta y suspiró.
      —Menuda confusión más tonta, ¿eh? —dijo por fin.
      Capuz abrió la boca para hablar, pero la cerró. Volvió a abrirla y a cerrarla un par de veces. No le salían las palabras, aunque al final hizo un esfuerzo titánico y las dejó salir:
      —¡¿CONFUSIÓN?! ¡¿CONFUSIÓN?! ¡YO TE MATO, HADA DE LOS COJONES!
      —¡Oye, no hace falta insultar!
      —¡Hija de mil mariposas con candidiasis vaginal!
      —¡Eso no tiene sentido!
      Capuz le lanzó un libro que cogió de una estantería que estaba ahí desde el principio, pero que, convenientemente, he olvidado mencionar. Thania lo esquivó, pero el dragón siguió lanzándole cosas. El hada echó a correr por donde habían venido.
      —¡Ven aquí! —gritaba Capuz—, ¡ven y deja que te ponga las garras encima!
      —¡Capuz, no hagas ninguna locura! ¡Sé razonable!
      —¡VOY A RAZONAR CON TU PESCUEZO!
      El dragón siguió persiguiendo al hada ante la mirada estupefacta del resto de los habitantes de la cueva. Los ranbios albinos se cabrearon y lanzaron por los aires el tablero de mahjong, el lemuac gritó que así no había quien se diera amor a sí mismo**, el mozancarro tiró el periódico deportivo y gritó: «¡Collons así no hay quién se entere de si van a fichar a Rivaldo!». Hubieron chillidos, insultos, cosas rompiéndose y una persecución absurda mientras el verdadero Capuz Graguar estaba tumbado en una hamaca tomando el sol en la playa, con una copa de piña colada en una mano, las gafas de sol más horteras que nadie ha visto, y disfrutando de un masaje en los pies, ignorando ese puntito rojo que se acababa de proyectar en su frente y que conectaba directamente con una mira láser acoplada al rifle de francotirador que estaba a punto de matarle. Al final alguien sí que se iba a cobrar la recompensa de muchocientos millones de curolias.

Nota del autor.
*. Quizá al leer esto alguien pueda pensar que el lemuac se estaba masturbando, pero en realidad estaba mirándose al espejo y diciéndose lo mucho que valía.
**. Quizá al leer esto alguien pueda pensar que el lemuac estaba mirándose al espejo y diciéndose lo mucho que valía, pero en realidad se estaba masturbando.

Banda sonora del relato:

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