Al tema 13: Casposidad

Vemos a una mujer con vestido y guantes largos. Parece la protagonista de una vieja película detectivesca. Al fondo vemos una lámpara, una botella de whisky y un teléfono antiguo, de los de rueda. El relato se titula: Casposidad.

Casposidad. Imagen libre de licencia: Pexels.

Casposidad es un relato de fantasía urbana cómica perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema propuesto por mis seguidores de Twitter.

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Tema propuesto:
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ERA UNA TARDE TONTA Y CALIENTE, de esas que te pega el son en la frente, solo que no hacía sol y era de noche. El frío de enero se cebaba con la gente, que caminaba encogida de hombros, como si eso fuera a servir de algo. Las luces rojiazules de la sirena de un coche de policía iluminó una fachada y proyectó sombras que se estiraban en el interior de las viviendas y de un despacho desordenado, con papeles por todas partes, cajas de pizza y latas de bebida. Un ojo extranjero podría haber asegurado que alguien había entrado a robar, pero esa afirmación habría sido completamente errónea, aquel lugar estaba impoluto, o lo que su propietaria entendía como impoluto. En la puerta, con cristal esmerilado, se podía leer:

Imagen con un texto del revés, tal como está ahora se lee: Aderodor alusrú, y en la segunda línea: adabirp ebitceted.
Pero eso solo si se leía desde el interior, porque desde fuera la cosa cambiaba bastante. Los visitantes que se plantaban al otro lado de la puerta podían leer:
El mismo texto, pero esta vez del derecho. Se puede leer claramente: Úrsula Rodoreda y, en la línea de abajo: Detectibe Pribada (ambas con be en vez de uve).
La errata siempre daba mucho de qué hablar, pero el idiota que puso las letras pretendía cobrar un extra por corregirlo, así que Úrsula Rodoreda simplemente se negó y se resignó a explicar la situación a la gente que preguntaba —y a la que no también, por si acaso—.
      Úrsula era vampira de nacimiento y en la primavera de 1983 le mordió un detective privado. Tenía ciento catorce años, aunque aparentaba muchos menos, porque cuando le mordieron acababa de cumplir los setenta y cinco, y estaba en la flor de la vida. La mordedura había hecho que mutara, desde que se convirtiera en detective, tenía una sed de bourbon difícil de saciar, fumaba como un carretero, cosa que antes de la mutación no había hecho nunca, no conseguía dejar de decir cosas como joder o maldita sea, y ya no podía salir a la calle durante el día, porque el sol le molestaba mucho en los ojos. Era como si viviera en una eterna resaca. Tenía debilidades, por supuesto: si le clavaban una estaca de madera en el corazón moriría, aunque personalmente no conozco a nadie capaz de sobrevivir a una puñalada en el corazón. El ajo no le sentaba especialmente bien, pero nada que un antiácido no solucionase. No le gustaban los crucifijos, pero solo porque siempre había visto absurdo venerar el símbolo de la tortura de Cristo, le parecía que tenía tan poco sentido como si una persona alérgica a los frutos secos le rezara a un anacardo. Sus poderes eran los de cualquier persona mordida por un detective: una capacidad deductiva de la leche y una habilidad asombrosa para decir palabras malsonantes incluso cuando no tenía sentido que las dijera.
     Sonó una cisterna y una puerta se abrió, liberando una luz fría que iluminó parte de la estancia justo en el momento en el que una rata decidía que, si nadie se iba a comer el último trozo enmohecido de pizza, se lo llevaría ella. Corrío antes de que alguien reclamara el festín y se perdió por un agujero en la pared. Del lavabo salió una mujer alta, gorda, de piel marrón muy pálido, los labios violáceos y unos ojos grises. Vestía una camisa blanca metida por un pantalón de tergal sujeto con un cinturón con hebilla dorada. Una pistola descansaba en una funda sobaquera de cuero. En sus dedos había un cigarro que se iba consumiendo, muchas veces los encendía y ni siquiera fumaba, pero necesitaba hacerlo, era una de las muchas maldiciones de su condición detectivesca.
     Llamaron a la puerta. Úrsula pudo ver una silueta alta y estilizada.
     —¡Adelante, la jodida puerta está abierta! —dijo mientras se dirigía a una botella de bourbon que había en una mesa bajo la ventana.
     La puerta se abrió, Úrsula se giró para contemplar la figura embutida en un vestido rojo despampanante. La miró de abajo arriba: zapatos de tacón rojos, pies fuertes, acostumbrados a esa tortura que la vampira detective nunca conseguiría entender, las piernas eran fuertes con gemelos musculosos, pero se terminaban en la espinilla y se perdían por el interior de un vestido que se ceñía desde ese punto y ascendía hasta unas caderas de vértigo, una cintura recta y unos pechos generosos. La desconocida tenía un cuello grueso y una mandíbula marcada. Los labios los llevaba pintados de rojo, a juego con el resto del outfit, como solían decir los jóvenes. Tenía los ojos enmarcados en eyeliner negro, que hacía resaltar el azul aguamarina de aquellos íris preciosos. Tenía el pelo rubio, ondulado y con mechas castañas. Colgado de la articulación del codo llevaba un bolso pequeño negro.
     —Lo de la puerta es puta una errata —dijo Úrsula antes de que la desconocida abriera la boca. Del agujero de la pared asomó la cabecilla del roedor comepizza e interrogó a Úrsula con la mirada, como queriendo decir: «¿Alguien ha dicho rata?—. El jodido inútil que me puso las letras pretendía cobrarme un extra por corregirlo, así que simplemente me negué y me resigné a explicarle lo ocurrido a quien coño preguntase (y a quien no también, por si acaso).
     —Entiendo. ¿Es usted la detective Rodoreda? —dijo la del vestido con una voz entre aguda y grave. Una voz que se notaba ejercitada, como si hiciera poco que la desconocida hubiera empezado a ir al logopeda para afeminar su voz. Todo esto lo dedujo Úrsula invocando los poderes sobrenaturales de su condición detectivesca.
     —Depende de quién cojones la busque —respondió la vampira detective. No pretendía ser brusca, simplemente no podía evitar usar ese tono.
     —¿Es consciente que al decir eso deja en evidencia que es usted?
     —Veo que además de preciosa es usted jodidamente inteligente.
     —¡¿Es su forma de entrarle a las mujeres?!
     —Solo los jodidos miércoles y dependiendo de cuántos vasos de bourbon me haya bebido, joder.
     —¿Ha bebido muchos hoy?
     —No, pero la puta noche es joven.
     —Igualmente hoy no es miércoles, es martes, detective.
     —Es miércoles en algún lugar de este jodido planeta.
     —Menudo pico tiene usted…
     —Mi puto segundo nombre es Paloma.
     —¿Es eso verdad?
     —Si no lo es, llevo más de un siglo rellenando mal los jodidos formularios. Pero dejemos de hablar de mí, coño. ¿Qué cojones trae a una mujer tan despampanante como usted a un jodido agujero como éste?
     —El metro —dijo la del vestido entrando y cerrando la puerta tras ella—. Lo cogí en Sagrada Familia, hice transbordo en Universitat y me he bajado en Espanya.
     —Un recorrido jodidamente largo para simplemente lucir ese bonito vestido. Dígame, señorita…
     —Ágata. Ágata Grandes.
     —Bonito nombre. Dígame, señorita Ágata Ágata Grandes, ¿en qué cojones puedo ayudarle?
     —No, solo es Ágata Grandes.
     —Menos confuso, desde luego. ¿En qué coño puedo ayudarla?
     Ágata se llevó la mano al bolso. Úrsula se puso tensa y llevó su mano a la culata de la pistola bajo su axila. La del vestido alzó las manos.
     —Solo quiero mostrarle algo —dijo intentando calmar los ánimos y evitar que la vampira detective le practicase un nuevo orificio en el cuerpo..
     —Hágalo despacio, Ágata, yo tengo unas bonitas balas de nueve milímetros, pero, joder, preferiría no enseñárselas.
     Ágata volvió a meter la mano en el bolsillo y sacó una bolsa pequeña de plástico sujetándola con los dedos pulgar e índice. La bolsita tenía una especie de polvo blanco.
     Úrsula apartó la mano de su arma y suspiró. Le dio un trago al bourbon, todo esto con la ceja levantada.
     —Lo siento, preciosa, no me gustan esas putas drogas. Pero no te cortes, no soy nadie para juzgar, joder.
     —Esto no es coca, detective. Es caspa.
     —Como le digo, no soy nadie para juzgar, cada quién esnifa lo que cojones quiera esnifar. Personalmente soy adicta a otras cosas, como por ejemplo las putas croquetas de pollo, los jodidos Funkos y la maldita vida, aunque de esto último, después de tantos putos años, estoy intentando quitarme, pero joder, no es fácil, ¿sabe usted? Mi condición de detective hace que sea muy jodidamente difícil ponerle fin a la vida, porque no consigo engañarme nunca, siempre me descubro con una puta cuchilla en la mano. Alguna vez he intentado envenenarme, pero mi supercapacidad deductiva sabe que en el jodido bourbon hay veneno y, simplemente, decide cambiar los vasos.
     —Pero solo es un vaso, el suyo propio, ¿no? ¿Cómo puede cambiar los vasos?
     —Imagínese el puto prodigio.
     Esta vez fue Ágata la que arqueó la ceja, pero aceptó que no podía entender la naturaleza de los detectives, siempre le habían parecido criaturas extrañas.
     —Lo que tengo en esta bolsa —empezó a decir Ágata para cambiar de tema. Esencialmente porque no sabía cómo seguir con aquello—, no es ninguna droga. Son restos de caspa del asesino que ha matado a mi familia.
     La voz se le quebró. Úrsula pensó en darle unas palmaditas en el hombro y decirle: «Hale, hale, ya pasó», pero prefirió simplemente no hacerlo.
     —¿Han matado a su jodida familia?
     —A toda. No se ha librado ni el canario.
     —Homicidio y canaricidio…
     —Yo estaba de viaje en Teruel.
     —Bonita ciudad, muy existente.
     —Cuando regresé a casa me encontré con mi familia muerta.
     —¿Comprobó que tuvieran pulso? Quizá solo se echaban una puta siesta.
     —Una siesta eterna. En efecto. Tenían todos un agujero de bala entre las cejas.
     —¿Incluso el canario?
     —Los canarios no tienen cejas, detective. Pero sí, tenía un orificio justo aquí —dijo Ágata poniendo su dedo índice, con una uña roja muy brillante, en su propia frente—, mucho más pequeño.
     —Estamos hablando de un jodido profesional, tiene balas incluso para canarios… ¡puto enfermo!
     La vampira detective golpeó la mesa con rabia.
     —Encontré restos de esto por todo el salón —continuó Ágata—. Al principio pensé en mil cosas: harina, azúcar, sal, maicena…
     —Yeso…
     —Yeso, tiza…
     Úrsula se pellizcó la barbilla y miró hacia el techo, clara señal de que se estaba estrujando los sesos de lo lindo.
     —Hum… no se me ocurre nada más, joder —dijo por fin.
     —A mí tampoco —reconoció la del vestido—, por eso me di cuenta de que era caspa. Solo podía ser caspa, no hay otra explicación plausible.
     —Doy fe. ¡Coño! Mi supercapacidad deductiva ha llegado a la misma jodida conclusión que usted. ¿Cómo sabe que esa caspa no es de un integrante de su puta familia, señorita Grandes?
     —Fácil, todos usan champú anticaspa.
     —Es una prueba jodidamente irrefutable, desde luego.
     Úrsula cogió la bolsita, la abrió, metió el dedo meñique y lo sacó con un copo de caspa. Se llevó el dedo a la boca y lo chupó, luego se frotó los dientes.
     —Esta caspa es de buena calidad, joder. Buena mierda, como dicen los putos jóvenes de hoy. Parece que pertenece a un jodido varón de unos cuarenta años, caucásico, con toques afrutados, puede que plátano y matices de… ¿eneldo? No, lichis, siempre los confundo, joder.
     —¿Puede saber todo eso probando su caspa?
     —Querida, mi puta supercapacidad deductiva me permite incluso saber qué jodido coche conduce usted solo con mirarle la suela de los zapatos. Cosa que he hecho cuando no se ha dado cuenta. No la imaginaba como una mujer con un puto Seat Ibiza.
     —Impresionante.
     —Gracias. Volvamos a nuestro puto asesino.
     —Querrá usted decir el asesino de mi familia, detective.
     —Y el de su jodido canario, sin duda. Creo que puedo incluso deducir el puto motivo por el que mató a su familia, señorita Grandes.
     —¿Cuál fue?
     —Que es un jodido asesino.
     —¡Virgen santa!
     Úrsula sirvió dos vasos de bourbon, uno para ella y otro para Ágata. Lo que acababa de decirle, sin duda, había hecho tambalear los cimientos de su cordura. La del vestido se lo bebió de un trago, casi antes de que se lo entregase, cosa remarcable por su imposibilidad.
     —¿Aceptará usted el caso, detective? Quiero que ese monstruo casposo pague por sus crímenes.
     —Lo acepto, señorita. Ha conseguido despertar mi puta curiosidad.
     La vampira detective sonrió, bebió su bourbon y contempló a su cliente de arriba a abajo. Era una mujer impresionante. Sacudió la cabeza, no podía pensar en ella de esa forma, ahora trabajaba para aquella diosa y tenía que cazar a un asesino. No sabía por dónde empezar. Podría ir al piso de la familia asesinada y seguir el rastro de la caspa, pero habían anunciado nieve y no sería posible distinguir la caspa en esas condiciones, no sin un detector de metales y un tostador. No tenía ninguna de las dos cosas. Solo le quedaba una cosa que hacer: improvisar. No en vano, su tercer nombre era Lucía, que no tenía nada que ver con la improvisación, excepto porque fue un nombre que sus padres le añadieron en el último momento.

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