Microficción 225: Sangre nueva

En la foto vemos dos hombres jóvenes con gafas de sol, están en el Park Güell, de Barcelona, haciéndose un selfie con la ciudad de fondo, que se extiende como una alfombra que termina en el mar. El relato se titula: Sangre nueva.

Sangre nueva. Fotografía: M. Flóser.

Sangre nueva es un relato de terror cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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LOS PREJUICIOS son maravillosos, no sé por qué la gente los detesta. A mí me vienen bien, por ejemplo. Si la gente no creyera esa tontería de que las vampiras no podemos caminar bajo el sol, yo no podría estar aquí, en medio del Park Güell, buscando vícti… comida.
      Los vampiros no nos desintegramos si nos da el sol, simplemente tenemos que usar un protector solar más potente, algo así como embadurnarnos de yeso. Crema factor Hale, ya puedo meterme de cabeza en un incendio, ¡soy ignífuga!, eso o ir por la vida con gabardina, gafas de sol y sombrero, cosa que no siempre es recomendable, por ejemplo cuando tienes que esperar un autobús por la noche, o cuando tienes que esperar un autobús durante el día y la parada está delante de la entrada de un colegio. Otros mitos sobre las vampiras es esta tontería de que no podemos ni oler el ajo, porque nos mata. A mí, personalmente, me afecta mucho más oler la coliflor recién hervida, qué quieres que te diga. ¿Pero el ajo? Una buena rebanada de pan de payés tostada, con un diente de ajo frotado, tomate, aceite de oliva y sal, ¡es un manjar! Lo que nos pasa con el ajo es que es muy difícil atacar a la gente, pillarla desprevenida, si vas por la vida cantando a ajazo.
      Creo que me desvío un poco… quizá porque tengo hambre y esos dos de ahí están demasiado buenos, en el sentido literal de la expresión, no te equivoques. No me van los tíos.
      Soy vampira desde hace unos cincuenta años y tengo el aspecto de una veinteañera. Las vampiras envejecemos mucho más despacio, eso sí es verdad. Por eso Jordi Hurtado, El padre de Todos, tiene todavía ese aspecto.
      Cuando Jordi me convirtió acababan de estrenar Viernes 13, una comedia romántica donde las haya. Yo era una cría de veintitrés y estaba harta del mundo. ¿Quién no lo está? La única diferencia es que yo lo decía abiertamente y la gente se libró de mi ira contenida porque no tenía Twitter… Era un dieciocho de junio de 1980 y a Jordi le faltaban todavía diecisiete años para estrenar su programa Saber y ganar, imagínate.
      ¿Por qué te estoy hablando de esto? No se trata de uno de esos relatos en los que se explican los orígenes de un personaje para que comprendas los motivos de que esté tan jodido. Nah… a pesar de estar hasta el higo del mundo, tenía una buena vida —vista ahora con perspectiva y un plano contrapicado—. Mis padres me querían, aunque no me entendían, como me pasa a mí ahora con los jóvenes a mis sesenta y cuatro tacos. Tenía una novia preciosa que me quería y varias amantes que se creían que yo las quería. En el colegio sacaba buenas notas, aunque no es que el nivel fuera muy alto. Comía lo que quería sin engordar, la menstruación no me dolía especialmente y creo que, si hiciera mucho esfuerzo, podría contar con los dedos de las manos las veces que me he resfriado. No era la más popular de clase, pero me iba bien. No, no pasó nada en mi vida premordida que me hiciera ser una hija de puta sádica. Simple y llanamente, nací así. Le cortaba las alas a las moscas, le cambiaba a mi abuela el pegamento de la dentadura postiza por pomada antihemorroidal y, en una ocasión, fantaseé con ahogar a mi primo de cinco años en el río Besòs. A mi favor diré que 1) mi primo era un gilipollas ya a esa edad y 2) al final no lo hice.
      Se me escapa el entrante y el principal, tengo que seguirlos.
      Es curioso que para el sexo prefiera a las mujeres pero me guste mucho más la sangre de hombre. No entiendo muy bien el motivo, pero he aprendido con los años a no darle mucho bombo a las cosas y dejarlas ser. Solo tengo una condición para comerme a alguien: mirar en su interior y no que haya mierdas raras, que no sea machista, que no sea un violador, que no sea de ultraderecha, si estuviera en contra del aborto… Es que si quisiera comer basura solo tendría que ir al contenedor de debajo de casa, no me esforzaría tanto. El más alto, por ejemplo, seguramente forcejeará y se resistirá a mi mordida, eso quieras que no cansa y no merecería la pena si fuera un pedazo de mierda con piernas, ¿no crees? Sé que puedes tener la tentación de decirme que es horrible que sea tan discriminatoria, a lo que te diré: me vas a comer el coño a dos tiempos. También puedes pensar que si me cargase a toda esa chusma, el mundo sería más sencillo. Lo dices desde la comodidad de tu sofá y tu mayor aporte a la causa es escribir tuits quejándote de lo mala que es esa gente. Yo no soy una puta brigada de limpieza, soy una depredadora.
      —Perdona, ¿tienes fuego? —me pregunta de repente uno de mis dos platos.
      —No, no fumo y te agradecería que tú tampoco —digo sin más.
      —¿Perdona?
      —Es que no me gusta mucho la comida ahumada en tabaco.
      —¿De qué me estás hablando?
      —Que te voy a comer y preferiría que no supieras a nicotina.
      El entrante y el principal se miran, todavía no he decidido quién es quién.
      —¿Estás de coña o algo así? —pregunta el otro.
      —Con la comida no se juega —respondo con una sonrisa que pretende mostrar mis colmillos.
      —Mira, pava, pasa de nosotros.
      «Pava», no me acostumbro a que me llamen así. Lo de que no se asusten no me sorprende, la gente de hoy en día ha crecido rodeada de violencia, debe ser culpa del Fornite ese, últimamente todo es culpa del Fornite ese.
      —Soy una vampira.
      —Y yo la reina de Inglaterra, arrodíllate ante mí.
      Sin dejar que responda, mis dos platos se alejan de mí comentando la jugada.
      Les sigo.
      Al cabo de un rato uno de ellos le dice al otro: «Nos está siguiendo, cari» y el otro le responde: «Ya se cansará».
      Ingenuo.
      Salimos del Park Güell y enfilamos la bajada por calle de Larrard, flanqueada por chalés adosados a la izquierda y bloques de pisos a la derecha. Repleta de taxis estacionados, esperando a que los turistas salgan del parque.
      —No se cansa —dice el que he decidido que será mi plato entrante, más débil, menos predispuesto a luchar, dejaré al otro, al bravucón, como plato fuerte.
      —Ignórala, ya se cansará —repite el principal.
      De mí debes saber que hace décadas que no me canso.
      Seguimos caminando, ellos aprietan el paso, yo no lo necesito. Hace rato que sus vidas han terminado.
      Escucho sus corazones, el que más rápido late es el del principal, tiene mucho más miedo que el entrante, pero por alguna razón intenta disimularlo, se imbuye de una valentía que no existe. Nunca entenderé esa necesidad de aparentar algo que no eres.
      Cuando estamos a punto de llegar a Tavesera de Dalt, siento que mi plato principal ha reunido el valor para plantarme cara, así que decido desvanecerme. Él se gira y empieza su amenaza con un patético: «¡Mira, pava…!», se queda con el índice en alto, como si estuviera a punto de decirle a alguien: «Tírame del dedo», mira a su alrededor y luego mira al entrante.
      —¿Ves? —dice temblando. Se gira y sigue caminando, llegando a Travesera de Dalt—, te he dicho que se cansarí…
      Convertida en bruma desciendo sobre él y le hago pasar a un plano distinto de la realidad, a mis sombras, donde las moléculas se dividen y te permiten ser y no ser. Nos elevamos en el aire, le clavo los colmillos en el cuello y bebo su sangre. Iba a ser mi entrante, lo sé, pero a veces es interesante empezar con el plato fuerte y terminar con algo más ligero.
      Su jugo es sabroso, cosecha del 87. Su cuello sabe un poco a tabaco, pero no importa, luego me refrescaré el paladar con el otro.
      El otro…
      El otro sigue en tierra, gritando, con personas caminando a su alrededor mirándole con una mezcla de curiosidad y asco, haciéndole fotos para las redes sociales. Desde las alturas es como Moisés, dividiendo las aguas del mar de gente.
      Suelto mi plato y sale de la dimensión sombra, haciéndose visible y cayendo a plomo contra el asfalto, justo delante de un autobús de la línea D40 que esta quieto, recogiendo y soltando pasajeros en la parada.
      Hay varios gritos, algunas personas se arañan la cara mientras berrean, es algo que suelen hacer, pero no entiendo muy bien las motivaciones que les lleva a hacer eso.
      Aprovecho la distracción para descender a toda velocidad y llevarme mi segundo plato. Tiene el cuello salado por las lágrimas, me gusta mucho ese condimento, la sal del sufrimiento. Clavo los colmillos en su cuello y bebo. Él se abandona, es inevitable, es el efecto que provoca que una vampira te succione la sangre.
      Cuando termino le dejo ir y hace lo mismo que el anterior: aparece en la realidad de toda esa gente histérica y cae como un peso muerto, que es precisamente lo que es, y se estrella contra el techo de un coche de la Guardia Urbana.
      Debo reconocer que no ha sido mi mejor movimiento hasta la fecha, las cosas como son. Debo evitar llamar la atención de esa forma o empezarán a investigarme, incluso pedirán a la gente que se quede en sus casas y me quedaré sin comer. Ya tuve suficiente con el confinamiento de la pandemia, adelgacé muchísimo por culpa del puto virus. ¿Lo bueno? Que los humanos somos gilipollas por naturaleza y siempre habrá alguien que ignore las restricciones. Las irresponsabilidades de muchos, son los piscolabis de unas pocas.

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