Las tres palabras 22: Turistas

Vemos una imagen vertical de la catedral gótica de Barcelona bajo un cielo nublado. A los pies de la catedral hay una escalinata y muchos turistas. El relato se titula: Turistas.

Turistas. Fotografía de: M. Flóser.

Vacaciones es un relato de terror cómico perteneciente a «Las tres palabras», una sección dentro de «Juegocuentos». En ella haré relatos incluyendo tres palabras que pediré a las seguidoras/es de mi cuenta de Twitter.


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Palabras a añadir:


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CUANDO EL reptiliano giró por carrer de santa Llúcia pensaba que lo perdería. Sus piernas eran mucho más potentes que las mías, y en cada zancada me sacaba varios metros de distancia. Para colmo de males estaban los turistas, haciendo fotos a la catedral gótica, algunos con mascarillas, otros sin ellas, y otros tantos con un combo de mascarilla y guantes1 de látex. Me detuve en medio de la amplia calle y giré sobre mí misma, mirando a todas partes. La corbata me aprisionaba el cuello, hacía rato que me había desabrochado la americana y las plantas de los pies me palpitaban por culpa de los zapatos. ¿Quién coño diseña los uniformes de los espías? Sujeté mi Walther PPK dentro de la americana, ocultándola de los ojos de los turistas y caminé entre el gentío examinando a todo el mundo.
      Sabía que el reptiliano no había huido, «Sé que permanece3 en esta calle», pensé, «y que ha adoptado la forma de alguien, solo tengo que fijarme bien en todo el mundo y estar atenta de cualquier cara repetida». No era tarea fácil, debían haber cerca de cien personas entre las que estaban contemplando el monumento, las que cantaban para ganarse algunos eurillos y las que afanaban carteras ajenas, también para ganarse algunos eurillos.
      Un guitarrista cantaba una canción del maestro Leonardo Dantés, pero no llegaba a la magnificencia del original, acertaba demasiadas notas, lo que le quitaba cierto encanto. Una mujer bajita y rolliza, con la cara pintada de blanco y un vestido que parecía la sábana que un pintor pondría en el suelo para no mancharlo, intentó robarme la cartera, me abrí un poco la americana, lo suficiente para que viera el brillo de mi arma y tomara la decisión de que era mejor no tocarme demasiado el coño. La mujer abrió mucho los ojos, lo que podía significar que había captado el mensaje o que el brillo le había llamado la atención como a una hurraca.
      Vi a un hombre calvo, con gafas de pasta y, a unos veinte metros, a uno exactamente igual. Empujé a la carterista, saqué el arma y me preparé para disparar a la copia que actuara de forma rara. Uno de ellos corrió hacia el otro, «Es él», pensé. Respiré hondo y le seguí con la mirada, preparada para alzar el arma y volarle la cabeza de lagarto mutante. El calvo que corría alzó el brazo, miré al otro y vi que hacía lo mismo. Cuando estuvieron el uno junto al otro se dieron dos besos. Falsa alarma, eran gemelos.
      Alguien tocó mi hombro y estuve a punto de hacerle una llave que los espías llamamos: «Saltarle los dientes de una buena hostia», pero era una joven muy rubia, de ojos azules, preciosa, que me preguntaba, en un idioma que no conocía, si le podía hacer una foto junto al monumento. Acompañó la petición con el lenguaje universal de señalar la cámara, señalarse ella y luego señalar la catedral. Dije que sí en francés, no sé muy bien el motivo, porque ni siquiera sé hablar el idioma y si hubiera empezado ella una conversación en francés habría quedado como una auténtica idiota. Guardé la pistola sin que ella se diera cuenta, cogí la cámara y le hice indicaciones para que se colocara frente al edificio. Miré por el visor, como quien apunta con la mira telescópica de un Barrett M82, aguanté la respiración para que no me temblara el pulso y disparé. Se me hizo raro que, por una vez, mi disparo fuera para inmortalizar y no para matar, pero ignoré rápido la sensación. La turista me pidió una más. Resoplé, apunté y… ¡lo ví! La carterista que me había intentado robar se chocó contra un tipo alto, japonés, y su aspecto cambió en una milésima de segundo, adoptando la apariencia del hombre. Hice la foto, le devolví la cámara a la mujer y salí corriendo mientras gritaba jerga de espías: «¡Tú, reptiliano hijo de perra, detente!». Varias personas se giraron y nunca sabré si fue porque les llamó la atención el grito, o porque se sintieron aludidas. La copia del japonés me miró, su cabeza brotaba del mar de gente, maldijo entre dientes y echó a correr.
      Subió la escalinata que daba a la catedral y enfiló la calle de la izquierda. Me hice un hueco entre la gente, que parecía interponerse en mi camino a propósito. O soy muy mal pensada o tengo que mantener una conversación con mis superiores sobre la invasión reptiliana de Barcelona. Corrí por la misma calle, rezando por que el fugitivo no hubiera cambiado de aspecto. Lo ví de lejos, alto y rápido. Me choqué con una mujer y sus compras cayeron al suelo. Llevaba varias bolsas de ropa y lo que parecía un arenero2 de gato. Le pedí disculpas pero seguí corriendo. En un momento nos plantamos en la calle Jaume I, giró a la derecha y no aminoró ni un poco, mientras mis piernas me ardían y me pedían una pausa para asimilar lo ocurrido o para tomarse un mojito de mango.
      Me obligué a seguir corriendo.
      En la plaza de sant Jaume se detuvo. Había una manifestación. A su izquierda, mi derecha, estaba la Generalitat, al otro lado el Ayuntamiento.
      Le apuntaba directamente a la cabeza con mi Walther PPK, lo que llamó la atención de los Mossos d’Squadra.
      —¡Señora, baje el arma! —me dijo uno fuerte como un buey.
      —¡Soy la agente Ç, de la IC*! —grité sin apartar la vista de mi objetivo.
      —¡He dicho que baje el arma!
      A esas alturas tenía cinco Mossos, equipados con chalecos antibalas, apuntándome a la cabeza, y un reptiliano de aspecto japonés, con una cámara reflex colgando del cuello y los brazos en alto, sonriéndome con malicia.
      —¡Agente, retírese! —grité sin mirarle— ¡Está interfiriendo en una investigación!
      —¡Baje el arma, es el último aviso!
      Maldije, pero me relajé y alcé la mano, con la pistola colgando de mi dedo índice por el guardamontes, meciéndose como un péndulo. El agente se acercó a mí para quitarme la pistola y, cuando estaba a punto de hacerlo, le golpeé en la nuez con un nudillo, me situé detrás de él y disparé al arma de uno de sus compañeros. Luego desarmé al resto y, por último, apunté al reptiliano. Su rostro cambió de expresión, de la chulería a algo que quería decir: «Ups…». Iba a echar a correr, pero le disparé en la pierna derecha. Solté al agente, que cayó al suelo de rodillas, intentando recuperar el aliento y me dirigí al reptiliano.
      Los otros cuatro Mossos se acercaron a mí, con las porras en la mano. Guardé la pistola, no iba a matar a ninguno. Uno, a mi derecha, intentó golpearme, pero le esquivé fácilmente echando mi cuerpo hacia atrás, la porra pasó en vertical, planchándome la corbata. Le cogí el brazo, se lo retorcí hasta que el dolor le obligó a soltar la porra, me situé a su espalda e hice que se arrodillara golpeando la parte trasera de la articulación de su pierna derecha, le coloqué el brazo en la espalda, cogí sus esposas y le puse una, esperé al segundo Mosso, que venía con la porra en alto, le golpeé la rodilla con la suela de mi zapato y cayó de morros al suelo, le esposé una mano y dejé a ambos policías encadenados. El tercero fue más prudente, se detuvo, me analizó y luego hizo una serie de piruetas. Creo que había ido a clases de defensa personal, desconozco el arte marcial que había aprendido, pero no le sirvió de demasiado. Me lanzó una patada voladora, le cogí la pierna y valiéndome de la fuerza de su propio movimiento, le lancé por los aires girando sobre mis talones. Me acerqué a él, cogí las esposas de su cinturón y se las puse, dejándolo con ambos brazos en la espalda. El cuarto me atacó por la espalda, cogiéndome por detrás e inutilizándome los brazos. Alcé la pierna hacia atrás y mi talón dio directamente a parar a los testículos del agente, que cayó al suelo con un gemido muy agudo. No me molesté en esposarle, iba a estar un rato anulado. El reptiliano se había intentado levantar varias veces, pero no era capaz.
      Me acerqué a él, caminando, sin prisas, colocándome bien la americana. Volví a desenfundar el arma e ignoré a los turistas y a los manifestantes sorprendidos. Me gritaban cosas, pero me dio igual, la muchedumbre siempre se posiciona a favor del que parece indefenso, sin conocer el resto de la historia, sin pararse a pensar en que, a lo mejor, ese ser indefenso ha matado a miles de personas en un atentado, ha robado millones de euros o ha hecho spoilers de la última parte de La casa de papel.
      —Si te levantas te dispararé en la otra pierna —dije con mucha tranquilidad.
      El reptiliano me ignoró y consiguió ponerse en pie.
      Le disparé en la rodilla izquierda.
      La gente gritó y me gritó.
      —Te lo he avisado.
      La sangre que se acumulaba debajo suyo era de un color azul oscuro.
      —¿Crees que matándome vas a conseguir algo, agente Ç? —dijo con una voz grave entre toses y gemidos.
      Me encogí de hombros.
      —¡No has conseguido nada! Solo soy un peón.
      —Pero si sigo matando peones acabaré llegando a la reina —respondí poniéndome en cuclillas—. Muéstrate con tu verdadero rostro.
      El reptiliano suspiró, cerró los ojos de aquella carcasa japonesa que había adoptado y, cuando los abrió, tenían las pupilas verticales, estiradas y verdes. Su rostro cambió y dejó al descubierto una especie de cabeza de iguana, con una lengua bífida que entraba y salía.
      —Jamásss podrásss encontrarla —dijo con una voz y una pronunciación totalmente distintas.
      —No quiero encontrarla.
      —¡¿Entonces por qué me persigues?!
      —No quiero encontrarla —repetí y le puse el cañón de la pistola en la sien—, quiero obligarla a que me busque.
      Los ojos de la criatura se abrieron al ver que mi dedo se afianzaba en el gatillo.
      —¡No, espera! ¡Piedad!
      —Eso díselo a toda la gente que te ha pedido piedad a ti.
      La bala atravesó la cabeza del reptiliano y éste quedó tumbado en el suelo, sobre un charco viscoso de su propia sangre.
      Me levanté y me alejé de allí. Miré a la gente, miré a los mossos tirados en el suelo y negué con la cabeza.
      Cogí el teléfono móvil del bolsillo interno de mi americana y marqué un número.
      —Està fet —dije cuando alguien descolgó al otro lado de la línea.
      —Molt be… cap tastimoni?
      —Uns quants. Has d’enviar l’equip de neteja a la plaça sant Jaume.
      —Rebut. Descansa, agent Ç.**
      La llamada se cortó y yo decidí hacer caso a las nuevas instrucciones. Me había ganado un buen descanso y seguramente iría a tomarme un bubble tea, mezclado, no agitado.

Nota del autor.
* IC (Intel·ligència Catalana).
** La conversación final en catalán, para quien no haya entendido nada, decía lo siguiente:
—Está hecho —dije cuando alguien descolgó al otro lado de la línea.
—Muy bien… ¿algún testigo?
—Unos cuantos. Tienes que enviar al equipo de limpieza a plaza san Jaume.
—Recibido. Descansa, agente Ç.



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