Microficciones 223: Batalla bajo la lluvia

En la foto vemos en primer plano un pie desde atrás, calzado con unas deportivas negras. La pierna viste algo parecido a un pantalón de campana o una falda. El suelo está encharcado y de fondo vemos una calle bajo la lluvia. El relato se titula: "Batalla bajo la lluvia".
Batalla bajo la lluvia. Fotografía: M. Flóser.
Batalla bajo la lluvia es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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LA CORTINA de agua regaba las calles del Eixample y los cadáveres que empezaban a amontonarse en el suelo adoquinado. El ruido de la lluvia compartía protagonismo con Psycho Circus, de Kiss, que sonaba en un altavoz bluetooth protegido en la entrada de un negocio cerrado. Junto al altavoz cayó una cabeza sin dueño y manchó la persiana pintarrajeada con obras artísticas que iban desde símbolos políticos muy mal dibujados, penes sin demasiadas pretensiones, y firmas difíciles de leer a no ser que alguien te diga lo que pone, a lo que tú responderás: «¡Ah, sí! Ahora lo veo».
      La calle de la Freneria estaba abarrotada de turistas tapados con paraguas, que ignoraban el campo de batalla que había a su alrededor, en el que dos figuras parecían, al menos de momento, las justas vencedoras. Los turistas caminaban despreocupadamente, atravesando a los luchadores y los cadáveres como si fueran humo de cigarros. Los unos y los otros estaban en distintos planos dimensionales, en el mismo lugar y, a la vez, en sitios totalmente distintos, como cuando te quedas en blanco y alguien te cuenta su vida pero, tras unos cinco minutos, se da cuenta de que ha estado hablando para nada.
      —¡¿Cuántos llevas ya, Yudiz?! —dijo un joven alto y delgado, peinado con una cresta rubia, con tatuajes que bajaban por el cuello y se perdían en el de la camisa blanca, perfectamente almidonado y ajustado a la nuez con una corbata negra. No llevaba americana, solo un chaleco gris. Las mangas de la camisa, remangadas por los codos, mostraban unos antebrazos también cubiertos de tatuajes. Uno de los tatuajes era una frase en chino que venía a significar: «Mientras el enemigo siga en pie yo seguiré luchando» y «Oferta en pañales para adultos, dos por uno», dependiendo a quién le preguntaras. El joven tenía las manos cubiertas por guantes de cuero y ambas ocupadas, una por un cuchillo militar y la otra por una Glock.
      Una figura vestida como un ninja, con movimientos de ninja, armas de ninja y toda la parafernalia de los ninjas, se le echó encima, pero el joven se hizo a un lado para esquivarlo mientras cantaba You’re in the psyyyyyyyyyy… you’re in the psycho circuuuuuus sin acertar ni una sola nota, le cogió el brazo sin soltar la pistola, se lo retorció, haciendo que el ninja se inclinara hacia atrás, dejando al descubierto un cuello en el que pronto entraría y saldría el cuchillo varias veces, cubierto de sangre. Dejó caer el cadáver del ninja, se sacudió la cabeza para librarse del exceso de agua, levantó un brazo haciendo la señal de los cuernos con la mano derecha, todavía con el cuchillo sujeto y, sin molestarse en mirar, bajar el brazo o meter la lengua en la boca, le pegó un tiro entre las cejas a otro ninja que se le acercaba corriendo y gritando.
      —¡Unos cincuenta y nueve y medio! ¿Y tú, Karlas? —respondió Yudiz, una mujer baja y gorda, negra, con el pelo largo, muy rizado en una media melena que caía hacia el lado derecho, mientras el izquierdo estaba perfectamente afeitado. Yudiz vestía exactamente igual que el otro y estaba armada con unos puños americanos terminados en cuatro puntas afiladas cada uno.
      Un ninja enorme alzó su katana y la descargó contra ella. Yudiz levantó uno de los puños americanos y detuvo la hoja con un sonido mecánico ensordecedor que coincidió con un agudo del estribillo de la canción. La joven aprovechó el retroceso que había provocado el impacto y le dio cuatro puñetazos a su ninja, uno en cada pectoral, uno en la cara, que le arrancó un trozo de máscara, y el último en la yugular.
      —¡¿Cómo puedes llevar cincuenta y nueve y medio?! ¿De dónde sale ese medio, Yudiz?
      Justo en ese momento una turista británica se detuvo en el mismo punto en el que se encontraba Karlas, que esperaba el ataque de un ninja bajito. La turista estaba haciendo una foto de la calle brillante por la lluvia, ajena a lo que estaba ocurriendo en otro plano dimensional y, por suerte para ella, sin poder escuchar el concierto que Karlas estaba perpetrando.
      La joven se inclinó hacia atrás para esquivar un shuriken, al hacerlo vio que un ninja se acercaba a ella por detrás, posó la mano en el suelo, dio un golpe con el talón en los adoquines y de la punta de sus botas salió una cuchilla. Se impulsó con las piernas y, haciendo un pino, le asestó una patada en la frente al ninja. La inercia del movimiento hizo que Yudiz diera una voltereta y cayera sobre su contrincante, con la hoja de la bota todavía clavada en su cabeza. Se había atascado en su cráneo, así que dio un golpe seco y la cabeza el ninja sonó como dos nueces rompiéndose entre sí.
      —¡Justo cuando iba a darle el golpe de gracia al cabrón, un amigo suyo, que me intentaba cortar por la mitad como si fuera un puto wrap, le ha decapitado!
      Karlas giró sobre su propio eje, haciendo que un ninja que le atacaba de frente siguiera su camino y le clavara la katana en el vientre a uno de sus compañeros. Miró a Yudiz, para asegurarse de que no se había dado cuenta, y decidió que no pensaba decirle que a ese no se lo había cargado él. Llevaba solo veintisiete y no pensaba sumar solo medio cabrón a la lista. Se acercó al ninja, que abría mucho los ojos y le pedía perdón a su amigo, sin sacarle la katana del estómago, pegó su pistola a la nuca de su enemigo, apretó el gatillo y la bala le salió por la frente y atravesó el cuello del otro ninja.
      —¡Yo acabo de hacer un combo, Yudiz! Fuck yeah!
      Ambos jóvenes se acercaron el uno al otro de espaldas, jadeando y chorreando por la lluvia y el sudor.
      —¿En serio has hecho un combo?
      —Sí, esos dos.
      Yudiz miró por encima de su hombro y chasqueó la lengua.
      —Estos cabrones no dejan de aparecer, tenemos que cerrar los portales. ¿Cuánto le queda al conjuro?
      —Unos veinte minutos.
      —No podemos dejar que salgan de esta dimensión, Karlas, mira todos esos turistas.
      —Ya lo sé, Yudiz.
      Frente a Karlas un ninja empezó a hacer florituras con unos nunchakus, pasándoselos de una mano a otra, haciéndolos girar por el sobaco, recogiéndolos por encima de los hombros y acercándoselos peligrosamente a la entrepierna. Cuando decidió que ya había mareado lo suficiente su arma, lanzó un grito que hizo que su máscara se tensara en la zona de la boca. Karlas alzó su pistola y le pegó un tiro que atravesó la tela, se adentró en la boca y le salió por la nuca. No murió, pero su grito cambió de una increíble fanfarronería a un terrible dolor. El ninja dejó caer los nunchakus al suelo y provocó que otro los pisara, se resbalara cayendo hacia atrás y se abriera la cabeza contra los adoquines justo en el momento en que una turista asiática se hacía un selfie en su plano dimensional. El siguiente disparo alcanzó en la frente al ninja del tiro en la boca. Se puso bizco justo antes de caer al suelo.
      —Oye, Yudiz, ¿si me cargo a uno y su muerte provoca que otro estire la pata, cuenta como asesinato mío?
      —¡No!
      —¡Mierda!
      —Tenemos que encontrar al que tiene la llave del portal, o lo cerramos o nos vamos a quedar aquí hasta el día del juicio final por la tarde. Tenemos que impedir que sigan brotando estos hijos de su madre de las sombras.
      Un ninja golpeó a Yudiz en la boca del estómago, haciendo que se doblase hacia delante. Intentó asestarle un codazo en la nuca, pero el cuchillo de Karlas se le clavó en la sien.
      —¡Gracias! —dijo Yudiz cuando recuperó el aliento.
      —¿Si mato a uno que estaba a punto de acabar contigo cuenta doble?
      —¡No!
      —¡Mierda!
      Un coche de policía enfiló la calle en su plano dimensional, iluminándolo todo con las luces rojiazules de la sirena. Pasó por encima o, mejor dicho, a través de los cadáveres, traspasó a varios ninjas vivos y, por último, a Yudiz y Karlas. Las luces hicieron que algo brillara, era una esfera de cristal acomodada en una fina bolsa de tela en el cinturón de uno de los ninjas. Era una bola gruesa que no cabía del todo en la funda.
      —¡Ahí está, Karlas! ¡Ese cabrón mastodóntico tiene la llave!
      El joven miró hacia donde señalaba su amiga. Efectivamente era un cabrón mastodóntico, parecía un armario Rakkestad negro de puertas correderas.
      —¿Por qué siempre le dan esas cosas a los más grandes?
      Karlas disparó a un ninja que se había despistado, espiando por encima del hombro el móvil de un turista que escribía un mensaje de WhatsApp refugiado en la entrada del comercio donde estaba el altavoz. El turista siguió escribiendo como si nada y, de vez en cuando, soltó una de esas risitas que solo salen en las fases iniciales del flirteo.
      —Supongo que piensan que son más difíciles de matar.
      —Desde luego dan más trabajo —Karlas miró su cuchillo y luego al ninja Rakkestad negro de puertas correderas. Suspiró, guardó el cuchillo en una funda dentro del chaleco, hizo que el cargador de su pistola cayera al suelo, metió otro en la culata, martilleó el arma, la sujetó firmemente con las dos manos y se encogió de hombros—. Quince minutos para que se termine el conjuro. Hay que mover el culo.
      —Y patear los suyos.
      Karlas echó a correr hacia un ninja justo en el momento en el que empezó a sonar Hearts on Fire de HammerFall en el altavoz, dándole un ritmo enloquecedor a la escena y haciendo que, incluso el calvo que estaba en el teclado en su propio plano dimensional, flipara en colores.
      —¡Menudo temazo! —gritó Karlas—. We saw the writings on the wall… —un ninja levantó la espada por encima de su cabeza, pero Karlas le disparó en el pie—, when heathens ruled above us all… —El joven le sujetó un codo, impidiéndole que bajara su katana, le arrimó el cañón a la papada y le voló los sesos. Antes de que el ninja cayera al suelo, el pistolero lo utilizó como escudo, tres shurikens se clavaron en la espalda del cadáver. Karlas corrió hacia el tirador, sin soltar el escudo humano y, cuando estuvo a escasos cinco metros, giró sobre sí mismo cogiendo el brazo de su rival, como un lanzador olímpico de bala, y tiró al ninja muerto contra el otro, haciéndolo caer de culo. Éste se deshizo de su compañero, pero antes de que pudiera siquiera pensar en hacer una pirueta fantoche para levantarse del suelo empapado, ya tenía un agujero en la frente—. Hearts on fire, hearts on fire, burning burning with desire… ¡Ya me he cargado a dos! —gritó Karlas entusiasmado.
      —¡Es un buen comienzo!
      Yudiz no estaba donde su compañero la había dejado, Karlas la encontró pateándole la boca a un ninja a cuatro patas, a su alrededor había un rastro de cadáveres. ¿Cómo narices se movía tan rápido?
      El ninja de la esfera estaba bien protegido por cinco ninjas… cuatro después de que Yudiz le diera un puñetazo a uno de ellos en la sien… tres una vez que Yudiz, valiéndose de un brazo cercenado que encontró por el suelo, hizo que uno de los ninjas huyera… dos cuando uno de los escoltas tuvo la terrible idea de golpearla por la espalda, provocando una lluvia de porrazos con brazo cercenado y puños americanos… cero, cuando el que quedaba miró a Yudiz, miró al ninja de la esfera, miró el brazo cercenado y decidió que no le pagaban lo suficiente.
      —Te has quedado solo, gorila.
      El ninja Rakkestad negro de puertas correderas desenvainó dos katanas y, tras un grito que sonó ridículamente agudo para una persona tan grande, empezó a atacar con ambas armas. Las chispas saltaban cada vez que las hojas golpeaban en los puños americanos y Yudiz sabía que no iba a aguantar mucho rato aquel ritmo, los brazos se le empezaban a entumecer.
      Karlas corrió para ayudar a su amiga, pero se vio rodeado por un grupo de ninjas que brotaron del suelo. Desenfundó el cuchillo y se puso en guardia.
      El primer ninja le atacó intentando clavarle la katana en el pecho, Karlas se movió, le sujetó el brazo armado con la axila y le clavó el cuchillo en el bíceps, luego, sin sacarlo, realizó un movimiento que hizo que la hoja bien afilada le recorriera todo el brazo y saliera por entre los dedos anular y corazón, dividiéndole la extremidad en dos. Cuando el cuchillo quedó libre lo deslizó en horizontal por el aire hasta que la punta se encontró con la nuez del ninja y siguió hasta que asomó por la nuca. Karlas no se detuvo, apuntó con el arma a un ninja y disparó, impactándole en el hombro, que se vio sacudido hacia atrás, movimiento que el joven aprovechó para clavarle el cuchillo en el corazón. Un shuriken le pasó rozando y le hizo un corte en la mejilla, el ninja que lo había lanzado se preparó para lanzarle una nueva oleada, pero Karlas se movió ágilmente —que es lo mismo que decir que se movió en zig zag gritando: «¡Si no me estoy quieto no puedes darme!»— y se plantó delante del ninja. Le sonrió, le cogió por la nuca, le acomodó el filo del cuchillo en el cuello y lo deslizó suavemente de izquierda a derecha. Cogió uno de los shurikens antes de que el ninja cayera al suelo y lo lanzó con todas sus fuerzas. No acercó en ninguno de sus atacantes, pero es que no era su intención. El proyectil voló hasta el brazo del ninja Rakkestad negro de puertas correderas, se le clavó en el antebrazo y éste tuvo que soltar la katana mientras gritaba: «¡Auchi! ¡Eso pica, jo!».
      Yudiz no se dejó distraer por la sorpresa y le empezó a golpear con los puños americanos puntiagudos, desgarrando ropa y carne, salpicando el suelo empapado y su cara de sangre, en un éxtasis de adrenalina y estar hasta el coño. El ninja Rakkestad negro de puertas correderas cayó al suelo de rodillas, mareado y al borde del desmayo, Yudiz frotó un puño americano contra el otro y le machacó ambas sienes con todas sus fuerzas, haciendo que la cabeza del ninja Rakkestad negro de puertas correderas reventara como una espinilla presionada por dos dedos. La joven se apartó y dejó que el cadáver cayera de morros a un charco del suelo. La esfera se deslizó de la bolsa y rodó por los adoquines hasta que la bota de Yudiz se estrelló sobre ella.
      —¡La llave está rota! —gritó.
      —¡Pues ahora solo tenemos que acabar con los cabrones estos!
      Pero antes de que Karlas acabara la frase, Yudiz ya había acabado con al menos veinte, y nadie sabría explicar cómo lo hizo. Quedaban bastantes ninjas y solo tenían cinco minutos antes de que el conjuro se rompiera y aparecieran en el plano en el que los turistas seguían haciendo fotos a cada metro cuadrado de aquella calle estrecha. No podían permitirse eso, así que no iban a tener más remedio que matar al ritmo de I Want Out, de Helloween, que ya sonaba en el altavoz protegido de la lluvia de agua y sangre.

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2 comentarios en “Microficciones 223: Batalla bajo la lluvia

    • ¡Jajaja! Sí, quizá me pasé de gore. Puede que la semana pasada tuviera un poco de ira acumulada y la sacara en el relato. Me alegra mucho que te haya gustado. Gracias por tomarte el tiempo de leerme y comentar.

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