Primeras palabras 14: Ni un alma

Vemos una panorámica de Barcelona desde un mirador, en el centro se encuentra la sagrada familia despuntando sobre los edificios bajos de la ciudad. Al fondo el mar y en primer plano un conjunto de árboles que sirven como marco de la imagen. El relato se titula: Ni un alma.
Ni un alma. Foto: M. Flóser.

Ni un alma es un relato de ciencia ficción cómica perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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• LA FRASE A AÑADIR ES:


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NO QUEDABA nadie. Sólo había un resquicio de un perfume que, si hubiera tenido nombre, seguramente habría sido: Esencia de ausencia, de Cagoguina Eguega, como soléis decir los humanos. Ni siquiera estaba aquel viejo raro que siempre se sentaba en un banco junto a Les tres creus del Park Güell, mirando a la gente a través de dos agujeros practicados en un ejemplar anticuado del periódico Sport, con fecha del 29 de mayo de 1998, en cuya portada aparecía el nuevo fichaje del Barça de la época: Boudewijin Zenden. Los dos agujeros por los que solía mirar el viejo a todo el mundo coincidían con los ojos del jugador holandés retratado. Tampoco habían turistas encaramados a las mencionadas Tres creus, haciendo fotos del skyline de Barcelona, ni músicos bohemios tocando versiones lentas de canciones de Leticia Sabater. En definitiva, no había ni un alma, como soléis decir los humanos. Aunque eso no es del todo correcto, había un alma o, mejor dicho, un alma y media. Mericel contemplaba la soledad, apoyada en un báculo de cobre alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante. Era una mujer alta y delgada, con los ojos muy rasgados de color avellana tostada, tenía la nariz menuda, los labios finos y el pelo liso, muy largo y negro.
      Mericel miraba la ciudad, colocada como una alfombra a varios metros bajo sus pies. No se escuchaba el habitual y enloquecedor motor de cientos de coches, tampoco gritos, nadie decía: «¡A mí me hablas en castellano que no te entiendo!», ni ninguna estupidez por el estilo. Había silencio, espeso e incómodo. Un silencio que solo se rompía por la respiración de la mujer y por un silbido procedente de la esfera ambarina y que pretendía entonar el himno Els segadors, pero cambiaba tanto las notas que más bien sonaba como una melodía totalmente nueva, creada para torturar los oídos de cualquier persona que estuviera cerca. En este caso solo los de Mericel.
      —Hemos llegado tarde —dijo ella con una voz grave, macerada en aguardiente, hidromiel, Vodka y otros zumos naturales por el estilo.
      —Habla por ti —dijo una voz que sonaba desde el interior de la esfera. Era una voz chillona que parecía pertenecer a cinco uñas rasgando una pizarra—, yo solo soy un alma encerrada en un báculo de cobre alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emite un brillo fluctuante, voy donde tú me llevas.
      —Como tú digas, pero parece que los humanos han sido erradicados.
      —Bueno… no hay mal que por bien no venga.
      Un matorral cercano sonó como un sonajero y tanto Mericel como la esfera ambarina se giraron. Bueno, la esfera ambarina hizo el esfuerzo mental de girarse, que ya es más de lo que pueden decir otras esferas ambarinas, o de cualquier otro color, en el mundo. Del matorral salió una ardilla. No parecía tener miedo, no se le veía desconfiada: caminaba erguida, con las patitas delanteras metidas en los bolsillos y silbando una versión muy bien entonada de Boig per tu. Se había acostumbrado tanto a que ningún humano la persiguiera para hacerle fotos, que había adoptado una actitud relajada y despreocupada. No fumaba, pero solo porque había dejado el tabaco hacía ya un año. Ya no lo necesitaba, no había humanos que la estresasen. La ardilla saludó a Mericel con un movimiento de cabeza y la mujer hizo lo mismo, luego miró al báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante y arqueó una ceja, luego se encogió de hombros, cogió unas cuantas ramas del suelo, se las colocó bajo la axila y volvió por donde había venido, no sin antes despedirse de Mericel con otro movimiento de cabeza y mirar extrañada el báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante.
      —Curioso —dijo Mericel.
      —Desde luego, se ha dejado esa rama de ahí, mucho más gruesa que las que se ha llevado.
      La mujer olió el aire y percibió algo.
      —¿Hueles eso? —preguntó interrumpiendo el discurso que el báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante mantenía sobre la calidad de las ramas.
      —No tengo la capacidad de oler, ya lo sabes. Tu comentario ha sido tan cruel como decirle a un tetrapléjico: «Vayamos paso a paso», o decirle a un fascista: «Piensa en ello».
      —Hay un olor extraño en el ambiente, es como si la desaparición de los humanos hubiera generado un perfume. Si tuviera que ponerle nombre, sería…
      El suelo bajo los pies de Mericel y del báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante, tembló, interrumpiendo a la mujer.
      —¡Un terremoto! —gritó la esfera ambarina.
      —¡Gracias, capitana obviedad!
      En la ciudad hubo un derrumbe y una columna de polvo marronáceo ascendía hacia el cielo.
      Mericel sujetó con las dos manos el báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante delante de su cuerpo, cerró los ojos y el brillo que fluctuaba se convirtió en un fulgor que cegó a la ardilla, que volvía a salir del matorral para recoger una rama que se había dejado, mucho más gruesa que las otras que se había llevado. El roedor sacó de un bolsillo interior unas gafas de sol, se las acomodó en el hociquillo y pudo ver como Mericel desaparecía del Park Güell, engullida por la luz. Se encogió de hombros y pensó en lo importante que era llevar tanto tiempo sin nicotina en su organismo. Tenía que seguir así.
      En la ciudad la situación no era distinta a la del parque: las calles estaban desiertas y se sabía que no había nadie cerca porque en el suelo habían algunas monedas y ningún catalán se había lanzado a por ellas todavía1. Los coches estaban abiertos de par en par y las fachadas de los edificios de la amplia Travessera de Dalt estaban cubiertos por enredaderas. Parecía que la naturaleza hubiera asomado la cabecilla, hubiera preguntado: «¿Se han ido ya los humanos malos?» y, al ver que nadie le respondía ni que sí ni que no, hubiera tomado la decisión de recuperar lo que era suyo y que la especie invasora le arrebató.
      En medio de la carretera de seis carriles se formó una burbuja de luz, cuando ésta estalló aparecieron Mericel y el báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante. Alrededor de la mujer, en el asfalto, se formó una mancha de quemadura circular.
      —No hay nadie —dijo Mericel empezando a andar, apoyando primero el báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante y luego dando un paso.
      —Ni un alma —corroboró la voz de la esfera ambarina.
      —¿Detectas alguna amenaza?
      —¿A parte de la ciudad abandonada y el viento que aulla entre las calles desiertas? No, ninguna amenaza.
      —Es desolador, noto un nudo en el pecho.
      —Eso pueden ser los callos que te has comido antes de materializarte en esta dismensión.
      —No… es la soledad. Ver esta ciudad así me encoge el alma.
      —Yo es que soy todo alma y ya estoy bastante encogida para caber en esta esfera, si me encogiera más creo que acabaría rompiéndome algún hueso de la espalda.
      —No tienes ni espalda ni huesos.
      —Pues imagínate la proeza. —Hubo un silencio que permitió a Mericel imaginarse a aquel alma encerrada en la esfera caminando encogida por un pinzamiento en las lumbares—. ¿Qué vamos a hacer con esta ciudad?
      —No tengo ni idea, la verdad. Se suponía que teníamos que evitar esta situación, pero mira todo esto. —Mericel señaló un autobús rojo, con las ruedas delanteras pinchadas, lo que hacía que se apoyara sobre el parachoques. Tenía las puertas abiertas y dentro había comida podrida tirada de cualquier forma, vegetación que en algún momento se había sacudido la timidez y había empezado a invadir la ciudad, y abonos de transporte medio usados—. Esto no parece ser cosa de unos días o unas semanas, esta ciudad lleva mucho tiempo desierta.
      —¿Y qué?
      —¿No lo entiendes?
      —Obviamente no, o no te habría respondido: «¿Y qué?».
      —Si teníamos que evitar este desastre, ¿por qué no nos enviaron antes de que ocurriera? No se puede evitar un desastre que ya ha pasado, es de primero de Evitación de Desastres.
      —¿Qué insinúas?
      —Llevan meses evitando el tema de nuestras vacaciones y cada vez que pedimos un aumento nos dan largas. «Ya lo hablaremos, vosotras seguid así», nos dijeron la última vez. ¿Cuántos contratos temporales hemos firmado?
      —¡Pfff! —respondió la voz de la esfera ambarina, que significaba: «¡Demasiaos!».
      —¡Exacto!
      —Sigo sin saber qué insinúas…
      Mericel se quedó un momento callada, acariciándose la barbilla con el dedo índice y el pulgar. De repente abrió mucho los ojos y dijo:
      —Yo creo que nos han enviado a este punto de la historia porque Barcelona ha sido invadida por un centboques, que ha aniquilado a toda la humanidad y que todavía tiene hambre, creo que en la empresa saben que el centboques se ha quedado con hambre y nos han ascendido a menú de mediodía con dos platos, postre y café (bebida no incluida).
      —Eso es demasiado preciso, Mericel. ¿En qué te basas?
      Mericel no respondió, en vez de eso señaló hacia el cielo, la esfera ambarina se giró. Bueno, hizo el esfuerzo mental de girarse, que ya es más de lo que pueden decir otras esferas ambarinas, o de cualquier otro color, en el mundo, y vió una criatura enorme que se aproximaba batiendo las alas.
      —E-e-eso es u-u-u-u-un c-c-c-ent-centboques…
      La criatura tenía muchas bocas, por lo menos unas diez, o cincuenta. Digamos que, para redondear, tenía cien y que por eso se llamaba centboques y no cinquantaboques o vuitantatresboques, pero solo por el redondeo. Cada boca estaba en una cabeza que no tenía más rasgos, cada cabeza conectaba con el cuerpo como de babosa a través de un cuello largo, en total veinte cuellos, o cuarenta y cinco, pongamos, para redondear, que tenía cien cuellos, pero como lo importante, lo impactante y lo acojonante, eran las bocas repletas de colmillos, incontables incluso redondeando, se llamaba centboques y no centcolls, porque una boca llena de colmillos afilados como espadas impone, pero cien cuellos largos como mucho hacen que te preguntes si habrán empresas que tejan jerseys de cuello largo de esa envergadura.
      —¿Últimas palabras? —dijo Mericel apretando los ojos, como quien sabe que está a punto de recibir una colleja de su madre.
      —Visca el Barça! —exclamó la voz de la esfera ambarina.
      —¡¿Qué narices dices?!
      —¡Yo qué sé! Leí en una guía que es un grito típico de esta zona. Creo que significa: «Adiós muy buenas».
      Mericel miró la esfera ambarina, luego miró la inmensa criatura que estaba a punto de tener que tomar la difícil decisión de con cuál de las cien bocas se comía a aquellos dos, y suspiró.
      —Pues si eso es lo que significa… VISCA EL BARÇA!
      Y, como en una película que ya no puede alargar más la trama pricipal, el mundo de Mericel y del báculo alto terminado en una esfera ambarina cuyo interior emitía un brillo fluctuante se fundió en negro.


Nota del autor.
1. Cabe destacar que un servidor es catalán y que cuando me meto con los catalanes también me estoy metiendo conmigo mismo. Lo digo porque ya estoy viendo de lejos a algún paisano viniendo a por mí dando saltitos, ¿o están bailando una sardana? Sea como sea, lo hacen en actitud amenazante y no me gusta un pelo.

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