Story Cubes 12: Con cabeza

Fotografía de un grupo de libros de segunda mano con las páginas envejecidas. No se ven los títulos, están todos colocados de pie y la foto está tomada desde la parte de arriba. La importancia de esta fotografía es la textura de las páginas envejecidas. El título del relato es: Con cabeza.
Con cabeza. Fotografía: M. Flóser.
Con cabeza es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Story Cubes», una sección dentro de «Ejercicios de escritura». En esta sección haré uso de los dados Story Cubes para componer una historia improvisada.


cenefa2

Resultado de la tirada de los Story Cubes:

Resultado al lanzar los dados Story Cubes. Están colocados en dos filas de tres. El primero tiene dibujado la puerta de una mazmorra, el segundo una trampa para osos, el tercero un muñeco de ventrílocuo, el cuarto un libro, el quinto una casa y el sexto una fuente.
Resultado al tirar los dados Story Cubes.

Numeración de los dados en el texto:

La misma foto de los dados, pero esta vez tienen un número del uno al seis.
Posición de los dados en el texto.


cenefa2

EL OLOR a libro4 viejo mezclado con el de la inminente lluvia. ¿Hay algo mejor? Mientras una pareja de bibliófilos pasea sus dedillos ociosos por los libros envejecidos de una librería de segunda mano del centro de Barcelona, muchos metros bajo el nivel del suelo, incluso varios metros por debajo de los túneles del metro y un par de pisos bajo el mundo subterráneo habitado por los moru, una raza mitad humana y mitad topo, Laira aullaba de dolor por el pisotón que su compañera Montsien le había dado en los dedos del pie derecho.
      —¡Auch! ¡Ten cuidado por dónde andas, collons! —exclamó Laira, que ahora saltaba a la pata coja, masajeándose los dedos a través de las deportivas marca Ribus.
      Laira era una mujer de veinte años con acondroplasia, medía cerca del metro treinta y cinco y vestía sudadera negra con capucha bajada, un tejano con bolsillos en las piernas y las deportivas blancas, ahora con la huella de Montsien. Llevaba una espada envainada en la espalda.
      —¡Lo siento, Laira, es esta condenada armadura que no deja que me mueva bien por esta maldita mazmorra!
      Montsien medía un metro sesenta y llevaba una armadura dorada muy pesada. No iba armada y cargaba a su espalda con un gran saco lleno de algo que sonaba en cada paso como huesos chocando entre ellos.
      —¿Por qué te la has traído? —dijo Laira con ambos pies en tierra firme, intentando disimular sin éxito la cojera que le había provocado su compañera—. Te dije que para esta misión vistieras informal. Deberías haberla dejado en casa5.
      —¿Sabías que el graznido de los patos no tiene eco?
      Cabe destacar de Montsien que cuando se sentía incómoda necesitaba dar datos como el de los patos. Que su compañera le riñera le incomodaba mucho.
      —No te preocupes, Montsien —dijo Laira suavizando la voz—, solo han crujido un poco. ¿Ves? Ya casi camino normal.
      Montsien arqueó una ceja, su compañera se esforzaba tanto en no cojear que había adoptado un andar a medio camino entre un soldado muy bien adiestrado y alguien que se está quemando las plantas de los pies con la arena de la playa un seis de julio a las tres de la tarde.
      —¿Sabías que los elefantes no pueden saltar?
      —De verdad que estoy bien, Montsien. A ver si encontramos esa maldita cabeza de una vez.
      Montsien se detuvo en seco y un tic nervioso se colocó en su ojo derecho.
      —¿Sabías que nuestra lengua está moviéndose constantemente? —dijo al borde de la hiperventilación.
      —Ya sé que te pone nerviosa toda esta misión, pero nos comprometimos.
      —¿Sabías que es imposible lamerse el…?
      —¡Deja ya de darme datos y avancemos!
      —¿… codo?
      Laira suspiró. Miró el camino recorrido e intentó calcular cuánto habían andado desde que atravesaron la entrada de la mazmorra1, atravesando la puerta secreta del Arco de triunfo, que se activaba solo si acertabas el acertijo: «¿Qué se pone antes en el pa amb tomaquet? A) el aceite de oliva o B) el tomate», era una pregunta trampa2, ya que la respuesta correcta era la opción oculta: C) primero se frota un diente de ajo en el pan tostado, ignorante de la vida.
      —Para ser la última pieza va a ser la más difícil de encontrar —dijo Laira.
      —¿Sabías que los carritos del supermercado estan más sucios que un baño público?
      —¡He dicho que par…! ¿En serio? ¿De dónde sacas todos esos datos? ¿Quién es tu fuente6?
      Cuando Montsien iba a responder se escuchó una voz lejana.
      —¡¿ESO QUE SIENTO ES MI CUERPO?!
      Montsien y Laira se miraron. Montsien abrió la boca para soltar uno de sus datos y su compañera le tapó la boca, se puso el dedo índice, grueso y calloso, en los labios y negó con la cabeza.
      —¡¡EN SERIO, ESTOY NOTANDO MI CUERPO!! ¡ESO ES MI PIE DERECHO!
      Algo dentro del saco que llevaba Montsien se movió.
      —¡¡ESO ES MI MANO IZQUIERDA!!
      El saco dio una sacudida y algo del interior golpeó la armadura de Montsien, emitiendo un sonoro clooooonc….
      —¡Y ESO DEBE SER…! ESPERA… ¡¿DÓNDE ESTÁ MI POLLA?!
      El saco empezó a moverse de forma tan violenta que Montsien se vio obligada a soltarlo. Cuando la bolsa cayó al suelo se abrió y el contenido quedó tirado por el suelo: dos piernas con sus pies, dos brazos con manos enguantadas y un tronco que iba del cuello a la entrepierna, completamente lisa, todo de madera.
      Los miembros se movieron como por arte de magia, y se juntaron, formando un cuerpo decapitado, tumbado panzarriba. Alzó las piernas y se impulsó con ellas para ponerse en pie de un salto ágil. Sin la cabeza no medía más de un metro.
      Laira y Montsien se miraron, miraron el cuerpo y luego volvieron a mirarse.
      —¿Sabías…?
      —No me des otro dato, Montsien.
      —No… te iba a preguntar si sabías que pasaría eso.
      Laira no respondió, o lo hizo con su silencio. Spoiler alert: no tenía ni idea de que iba a pasar algo así.
      —¡EH, CHICO, VEN AQUÍ! —gritó la voz lejana y luego emitió un sonido raro que pretendió ser un silbido, pero que se quedó en pedorreta.
      El cuerpecillo se giró hacia donde venía la voz y echó a correr.
      —¡Mierda, que se va! —gritó Laira echando a correr, ignorando el dolor de pie que todavía tenía.
      —¡¿Sabías que cada año Hawái se acerca cinco centímetros más a Japón?! —gritó Montsien siguiendo a Laira de forma torpe, haciendo que su armadura sonara en cada zancada como un juego de cacerolas cayendo al suelo de una habitación vacía.
      El cuerpecillo corría y saltaba socabones con los que Montsien tropezaba varios metros detrás.
      De repente se detuvo, haciendo que Laira hiciera lo propio y provocando que Montsien se golpeara contra su compañera y ambas cayeran al suelo.
      —¡Auch! —gritó Laira.
      —¡Perdona, no me ha dado tiempo a parar!
      —Si es que tendrías que haber dejado la armadura en ca…
      Laira se calló porque Montsien le había cogido la cabeza con una mano por la coronilla y se la había dirigido hacia el punto en el que el cuerpo se encontraba, mirando —ya me entiendes— hacia una cabeza posada en un cojín lleno de polvo. Estaba colocada como una perla en una ostra. La cabeza tenía una expresión simplona, con los ojos muy grandes, azules pero con la pintura envejecida, como la del pelo marrón de madera que emulaba un peinado muy engominado. Tenía solo un párpado, en el ojo izquierdo, el otro se le había caído vete tú a saber cuándo. Su mandíbula inferior estaba encajada en el resto de la cara, con dos líneas que descendían desde las comisuras de la boca hasta la barbilla.
      —¡Mi cuerpo! —gritó la cabeza. La barbilla subía y bajaba en cada sílaba.
      El cuerpo se acercó a la cabeza, alzó los bracillos, la cogió por las sienes y se la encajó en el cuello, girando a izquierda y derecha hasta que sonó un plop. Se giró hacia las dos guerreras, todavía tiradas en el suelo, una encima de la otra, hizo una reverencia e imitó el gesto de quitarse el sombrero.
      —¡Encantado, señoritas! Soy el senyor Tita Fluixa. Aunque llevo tanto tiempo encerrado en estas mazmorras que no sabría decir si sois dos señoritas o una nueva criatura, una especie de mutación.
      —¡Somos dos mujeres! —dijo Laira obligando a Montsien a levantarse y dejar que ella hiciera lo mismo—. ¿Tú quién narices eres?
      —Entiendo, no hablas mi idioma. Hi ladies my name is mister Tita Fluixa.
      —Sí que hablo tu idioma, lo que pasa es que no entiendo nada.
      —Eso es aún peor que no entender un idioma, porque te limita mucho. Empecemos de cero: YO LLAMARME SENYOR TITA FLUIXA. ¿TÚ CÓMO LLAMARTE?
      —Me llamo: «Como me sigas tocando mucho el coño, te voy a usar como leña para asar un cochinillo».
      —Pues para no entender nada no veas cómo dominas la amenaza. Captado, captado, no te enfades. Pues ese es mi nombre, ¿quiénes sois vosotras?
      —Mi nombre es Laira y ella es Montsien.
      —¿Sabías que harían falta 788.832.000 pósits de 5 cm para dar la vuelta al mundo? —dijo Montsien levantando la mano y sudando mucho.
      —¡Pues no lo sabía! Claro que no sé que es un pósits, ¿se come?
      —Perdona a Montsien. Cuando está nerviosa o incómoda dice datos de cultura general al azar.
      —Fascinante. Bueno… ¿y qué os trae por aquí?
      —¿Eres un muñeco de ventrílocuo3? —preguntó Montsien haciendo un esfuerzo terrible para no explicar que los cerdos no son capaces de mirar hacia arriba.
      —En realidad soy un príncipe al que una bruja le lanzó un hechizo por no dejarle entrar en su castillo. Me encerró en este cuerpo de madera, en el que seguiré hasta que una mujer me dé un beso de amor verdadero.
      —¡¿En serioooo?! —preguntó emocionada la de la armadura.
      —Qué va, soy un muñeco fabricado con madera de Yggdrasil.
      —¡¿Con madera del fresno del universo?!
      —¡Qué va! Soy de pino, normal y corriente.
      Un tic nervioso se acomodó en el ojo de Montisien, que no llevaba bien que se rieran de ella.
      —¿Sabías que no puedes hacerte cosquillas a ti misma?
      El senyor Tita Fluixa empezó a reírse y su carcajada sonaba como una carraca vieja.
      —¡Perdona! Tenía que probar eso de tus datos. ¡Eres muy graciosa! Soy de madera de pino normal y corriente, eso es cierto, pero hace siglos (creo que son siglos, no sé en qué día vivo) fui poseído por un demonio.
      —No sé si creerte.
      —Te lo juro por la cola blanca que corre por mis venas —dijo el muñeco alzando la mano izquierda y posando la derecha sobre su pecho—. Por cierto… ¿sabéis dónde está mi pene?
      Las dos guerreras se miraron. Montsien se sonrojó y estaba a punto de explicar un dato curiosísimo que tenía que ver con las costumbres sexuales de las cobayas, pero Laira se le adelantó.
      —Ni idea. Nosotras te hemos ido encontrando así. Es nuestra misión. Nos contrataron para encontrar todas tus piezas, pero no sabíamos que eras un muñeco viviente.
      —Entiendo… No sois las primeras que son contratadas para encontrarme.
      —¿Por qué alguien querría encontrarte?
      —Eso es un poco ofensivo. ¿No crees que merezca ser querido? ¡¿No crees que merezco estar acompañado?!
      —No quería decir…
      —¡Es broma! —dijo entre carcajada y carcajada—. Lo que suelen buscar esas personas que contratan a gente como vosotras, sin ánimo de ofender con eso de gente como vosotas, es liberar al demonio que llevo dentro, para dominarlo y conquistar el mundo. Nada nuevo… siempre es lo mismo: hombre con crisis de los cuarenta y complejo de micropene quiere que le hagan casito. Se entera de que existo. Contrata a personas con poco cerebro para investigar. Me encuentran. Hombre con complejo de micropene contrata a personas con algo más de cerebro para que haga el trabajo sucio sin preguntar demasiado. Hombre con complejo de micropene lanza risa maléfica ensayada en el espejo durante días. Y ya está. La última vez que se inició una guerra por mí, el mago responsable de evitar el apocalipsis me desmontó y envió una parte de mi cuerpo a distintos puntos del mundo.
      Laira y Montsien se miraron incómodas. Ahora era Laira la que habría deseado saber algún dato curioso para vomitarlo y sentirse mejor.
      —¿Eso es en serio o es otra de tus bromas?
      —Si miento que me conviertan en taburete.
      —Entonces no ha sido buena idea buscarte.
      —No, no ha sido muy buena idea. Pero bueno, ya es un poco tarde y yo llevo una eternidad en esta mazmorra. Va siendo hora de hacer un pensamiento, ¿no?
      Antes de que Laira y Montsien pudieran decir «¿Sabías que las jirafas no pueden toser?», los ojos del muñeco se iluminaron con un halo rojizo, el cuerpo de Montsien emitió el mismo brillo, se alzó en el aire y su armadura empezó a abollarse.
      —¡¿Qué está ocurriendo?! —gritó Laira.
      La armadura empezaba a aprisionar el cuerpo de la mujer, sus huesos crujieron y ella lanzó un alarido de dolor que recorrió toda la mazmorra. Un hilo de sangre cayó por su barbilla y tras un chasquido horrible, su cuerpo quedó inerte, flotando como el de un títere sin que un titiritero sostuviera sus hilos.
      —¡Montsien! —Laira se giró hacia el muñeco—. ¿Has sido tú?
      —No, ha sido el fantasma de la ópera, no te jode. Espera, ¿todavía se lee El fantasma de la ópera? Bueno, da igual, di adiós.
      Los brazos de Laira se envolvieron con la luz roja, se alzaron solos, una mano se colocó en su coronilla y otra en su barbilla y, con un movimiento rápido, el cuello de Laira crujió y ella se desplomó en el suelo.
      El senyor Tita Fluixa silbó, o lo intentó, pero todo quedó en un intento y una pedorreta.
      —Pues a lo tonto hacía tiempo que no mataba a nadie. Es como montar en bici, nunca se olvida. Bueno, a ver como salgo de aquí… ¿dónde narices estará mi polla?
      El muñeco empezó a andar, pasó por encima de las dos guerreras sin preocuparse de pisarlas, y encaminó el pasadizo que su cuerpo decapitado había recorrido a toda prisa. Después de muchos siglos abandonado en ese lugar frío y húmedo, iba a poder hacer lo que siempre había soñado: hacer sufrir a los humanos y aprender a bailar claqué. No necesariamente en ese orden.





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