Microficciones 218: Ven conmigo

Vemos la silueta de una persona delante de la ventana. En primer plano su mano nítida, extendida hacia la cámara, con la palma apuntando hacia arriba. Parece pedirnos que vayamos con ella. El relato se titula: Ven conmigo.
Ven conmigo. Imagen libre de licencia: Pexels.
Ven conmigo es un relato de fantasía cómica perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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NO PUEDO. Tengo el cerebro frito del calor y de haber dormido mal, y no consigo concentrarme en nada de lo que intento hacer. La hoja en blanco me mira desafiante y parece que vaya a decirme: «¿No decías que ibas a escribir? Mírame, estoy limpia como una patena. ¡Escribe si te atreves!». El ventilador solo mueve aire caliente y no puedo encender el aire acondicionado. Por culpa de la nueva factura de la luz tengo que decidir entre refrescarme o comer todo el mes. El tocadiscos inunda la habitación con una versión jazz de Cha-la Head-cha-la mientras mi bull dog francés ronca en el único rincón con sombra del salón.
      En la calle se escucha el canto de las cigarras, y los improperios y golpes de claxon de conductores que protestan por una manifestación de octogenarios, que luchan por una calle libre de ruidos como el de los niños jugando al TikTó ese y el de los conductores tocando el claxon.
      Estoy mareada y no consigo dejar de procrastinar. La idea de meterme en un chat en vez de escribir es tentadora, la de revisar Twitter lo es más, la de escupirle en la calva a uno de los manifestantes me llama, pero tengo la boca demasiado seca. Me meto el dedo en el ombligo, para comprobar hasta donde entra. No está mal, toda una falange.
      Quiero jugar a la Play, pero sé que si no escribo, no me voy a sentir bien conmigo misma.
      Pienso en mi historia, pienso en los pobres orcos que he dejado en medio del desierto de la Desesperanza, hablando con un comercial de telefonía, me los imagino mirando hacia arriba y preguntándose por qué les he abandonado en un momento tan duro. No es por placer, es que no sé cómo salir de ahí o, mejor dicho, no sé cómo ayudarles a salir de ahí. Me pregunto cuánto queda para que lleguen a Castillo Multicolor y se enfrenten a la temible Juasjuas, la demonia risueña, pero sobre todas esas cosas me pregunto si debería fichar a algún centrocampista para la nueva temporada de FIFA. Mierda, ya vuelvo a despistarme, pero es cierto que mi centro del campo flaquea.
      Me levanto y voy al baño aunque no tengo ganas. Me llevo el móvil, por supuesto.
      Abro Twitter, escribo que estoy bloqueada y que no consigo escribir nada. Un seguidor me da una solución, me dice que empiece la historia precisamente así: «Estoy bloqueada y no consigo escribir nada». Me levanto, tiro de la cisterna y corro al ordenador. En mi sitio hay alguien.
      —¿Quién eres? —le pregunto.
      Me ignora, está inclinado hacia delante, mirando con mucha atención la pantalla del ordenador.
      —¿Cómo has entrado en mi apartamento?
      Se gira y se me encoge el corazón. Es una sombra, solo que en tres dimensiones. Es una sombra mía.
      —Soy una sombra, solo que en tres dimensiones. Soy una sombra tuya.
      —¿Qué quieres de mí?
      —Que vengas conmigo.
      Miro a mi alrededor y pienso en varias posibilidades: a) salir corriendo por la puerta o, en su defecto, atravesarla, dejando un agujero con la forma de mi cuerpo.
      —Yo no haría eso —dice mi sombra.
      b) Saltar por la ventana y rezar para que, con un poco de suerte, caiga sobre algún manifestante.
      —Podrías matar a alguien o matarte tú.
      Miro a la sombra, miro a mi ordenador.
      —¿A dónde me quieres llevar?
      —A un mundo de oscuridad donde posiblemente mueras mientras te encuentras a ti misma. A un viaje de años para descubrir tu verdadera naturaleza y el sentido de tu vida.
      Asiento. Vuelvo a mirar mi ordenador, a esa página en blanco, a ese cursor maldito y parpadeante. Pienso en que solo tengo dos opciones: irme con mi sombra o seguir con mi vida, lo que implica sentarme en la silla, ignorar los gritos y los cláxones, los ronquidos de mi perro y ponerme a terminar la novela.
      —Vale, me voy contigo. Pero solo con una condición.
      —¿Cuál?
      —Que me prometas que las probabilidades de que sobreviva a lo que sea que me prometes son ínfimas.
      —Del 10%.
      —Tenemos trato.
      Nos damos la mano y al hacerlo me envuelve una niebla espesa que poco a poco se oscurece hasta convertirse en humo negro, asfixiante y pestilente. Cuando se disipa me encuentro en un desierto, a unos diez metros de distancia de unos orcos que no saben cómo deshacerse de un comercial de telefonía. Llevo espada, armadura y un escudo. Los orcos se giran hacia mí, me miran en dos tiempos, incrédulos, me señalan y tras el grito de: «¡Ahí está esa escritora! ¡A por ella!», echan a correr hacia mí. He entrado en mi novela, quizá para descubrir cómo termina o quizá para convencerme de una vez por todas de que me he vuelto loca.

DEDICADO A OSCAR IBORRA POR AYUDARME A ARRANCAR ESTE CUENTO


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