Microficciones 217: La cita

Vemos un precipicio, nos encontramos lejos y en él hay dos personas. Se ven diminutas, solo dos siluetas. La luz de la foto es la del atardecer, el cielo está semi nublado y bajo el precipicio hay un río y un bosque. El relato se titula: "La cita".
La cita. Imagen libre de licencia: Pixabay.
La cita es un relato de terror cómico perteneciente a la sección Microficciones, en ella publico historias de temática libre. Microficciones es la categoría principal de este blog.

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VIRYIN SE asomó al precipicio y notó como sus tripas se contraían. Su cerebro empezó a plantearle escenarios en los que se caía desde aquel acantilado y se convertía en una hamburguesa humana. El río parecía una línea fina dibujada con tiza azul y el bosque tenía el aspecto de un conjunto de arbustos. Los animales eran tan diminutos desde allí arriba que parecían simples insectos. Tras Viryn, su amada Mardaras le pedía que tuviera cuidado. Ambas vestían túnicas blancas, ligeras y caminaban descalzas. Tenían las cabezas completamente rapadas y unas runas tatuadas por toda la cara. Viryin tenía los ojos más azules que hubieran visto los ojos marrones de Mardaras, unos labios carnosos, siempre rosados, y una sonrisa irregular pero tremendamente sincera. Mardaras era una mujer de labios finos y dientes amarillentos. Ambas tenían narices menudas y orejas puntiagudas.
      —Ve con cuidado, mi amor, o te caerás —dijo Mardaras.
      —¡Este sitio es increíble, cielo! ¿Por qué nunca habíamos subido?
      —Es un lugar sagrado, solo puedes pisarlo cuando cumples la mayoría de edad.
      Viryin corrió hacia Mardaras, la abrazó y luego le besó los labios apasionadamente. Se quedaron muy quietas, mirándose a los ojos, Mardaras sonreía y Viryin se mordía el labio inferior, ligeramente más grueso que el superior.
      —¿Tú viniste cuando cumpliste los 300 años?
      —No, mi amor. Este precipicio solo puedes pisarlo con tu amor verdadero.
      —¡Pues tienes suerte de haberme conocido! —bromeó Viryin.
      Tocó la punta de la nariz de su amada y dijo: ¡bup!, luego se echó a reír y se tiró en la hierba, afilada y fresca.
      —¡Túmbate conmigo, cielo!
      Mardaras obedeció. Viryin esperó a que estuviera tumbada bocarriba y se sentó encima suyo.
      —¿Qué haces, mi amor?
      —Esto.
      Viryin se inclinó hacia delante y besó los labios de Mardaras. Sus lenguas se encontraron y se saludaron, una le preguntó a la otra cómo le iba todo y la otra le comentó que muy bien, que ese año no había tenido que ir al dentista ni una sola vez. Le besó el cuello y puso la misma cara que se pone cuando chupas un limón, el cuello de Mardaras sabía a Canal número 5¾, su perfume favorito. Olía bien, pero no era como lamer un helado de ron con pasas precisamente. Le mordió el labio inferior y Mardaras sintió que una hoguera se encendía dentro suyo.
      —Para, mi amor —dijo Mardaras, sorprendida de haber sido capad de pronunciar esa frase.
      —Párame tú —le sururró Viryin al oído.
      Mardaras no quería pararla.
      Viryin se detuvo de pronto, justo cuando había tomado la determinación de explorar el cuerpo de Mardaras con sus labios. Se levantó y se alejó de su amada.
      Mardarás miró al cielo y dijo, sin hablar: «Gracias a Diosa…».
      —¡Mira que roca tan curiosa! Mardaras se levantó y se dirigió a donde estaba Viryin.
      La roca en cuestión tenía un metro de altura y una superficie plana.
      —¿Qué tiene de curiosa? —preguntó Mardaras—. Me parece de lo más normal. Vulgar si me apuras.
      —Parece tallada, mira qué superficie tan lisa.
      —¿Y eso te parece curioso? No es curioso, curioso es pensar en si un borracho hace ruido cuando se cae y no hay nadie cerca.
      —Es que parece un altar…
      —¡Hala, un altar, dice! No le veo el parecido. Un altar… qué cosas tienes, mi amor.
      —¿Y qué son esas manchas?
      —¿Manchas? Debe ser veteado natural de la roca.
      —No. Mira, si rasco con la uña se quita.
      —Pues no rasques. Serán hongos, no toques, ¿para qué tocas?
      —Parece sangre.
      —¿Sangre? No, mujer, sangre no… ¿cómo va a ser sangre? A lo mejor este es el escenario de alguna película y echaron tomate ahí para que parezca sangre.
      —¿Qué hay tras la roca?
      Viryin cogió un paquete hecho con trapo atado con cuerdas. El trapo tenía manchas secas.
      —Qué debe ser…
      —Sea lo que sea estaba muy bien escondido, seguro que quien lo dejó ahí no quería que nadie cotilleara.
      Lo posó sobre la roca, desató la cuerda y descubrió un cuchillo con hoja ondulante y empuñadura de oro.
      —Es un puñal.
      —¿Ahora eres experta en armas?
      —Y también tiene sangre seca, como la roca y el pañuelo.
      —La gente es un poco guarra, esas cosas deberían limpiarse.
      Viryin miró a su alrededor.
      Viryin miró a Mardaras.
      Viryin vio que Mardaras sudaba mucho.
      Viryin se fijó en que Mardaras miraba mucho el puñal y la roca.
      Viryin ató cabos.
      Viryin abrió mucho los ojos después de atar cabos.
      —¡Me has traído aquí para matarme!
      —¡¿QUÉ DICES, LOCA?!
      —¡Mírame a los ojos y dime que es mentira!
      —Es mentira.
      —Has pestañeado.
      —Es que me ha entrado algo en los ojos. Puto polen. Vámonos, anda, que me voy a quedar ciega.
      —¡Quieres matarme! ¡Asesinarme!
      —¡Hala, hala! Sacrificarte en todo caso.
      —¡¿Cómo dices?!
      —¡Mierda! Siempre juegas con mi mente. Bueno, vale, te he traído hasta aquí para sacrificarte. Es lo que hacemos, ¿no te daba un poco de mala espina que te llevara al monte del Sacrificio?
      —¡No! Pensaba que era solo un nombre, como los matasuegras. No matas a ninguna suegra cuando soplas esas cosas.
      —No te falta razón.
      —¿Por qué quieres sacrificarme?
      —Todas tenemos que hacerlo en algún momento de nuestra vida. Tenemos que sacrificar a una virgen.
      —¿Virgen?, ¿yo? ¿De dónde te has sacado que yo soy virgen?
      —¿No lo eres?
      —No…
      —¿Desde cuando?
      —¡Pfff! ¿Quién se acuerda de esas cosas?
      —¿Todo el mundo?
      —¿Sí? ¿Tú cuándo perdiste la virginidad?
      —Yo no perdí la virginidad.
      —¿Eres virgen? No lo sabía. No pasa nada, ¿eh? En fin… ¿y ahora qué hacemos?
      —Pues no te puedo sacrificar si no eres virgen.
      —Eso parece. ¿Para qué era el sacrificio? Ya por curiosidad.
      —Para mantenerme joven. Ofrecemos vidas de vírgenes a Diosa y nos concede la juventud.
      —Entiendo… pues ya lo siento chica. Podrías haber preguntado.
      —Di por hecho que eras virgen.
      —Mal hecho…
      —Ya veo, ya. ¿Hay alguna posibilidad de que olvides lo que ha pasado aquí?
      —¿Olvidarme?
      —Sí.
      —¿De que ibas a apuñalarme en este altar mugriento?
      —Sí…
      —¿Olvidarme de que ibas a asesinarme?
      —Si lo pintas todo de forma tan negativa no vas a encontrar el perdón.
      —No estás midiendo muy bien tus palabras, sobre todo teniendo en cuenta que la que tiene el puñal en la mano soy yo.
      —Vale, mi amor, ahora empiezas a darme miedo.
      —Debes tenerlo. Múevete.
      Viryin apuntó a Mardaras con el puñal y ésta alzó las manos como si la estuvieran atracando. Viryin giró alrededor de Mardaras hasta que se colocó entre ella y el altar.
      —¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó la de los brazos alzados.
      —Dices que este es el monte del Sacrificio, ¿no?
      —Sí…
      —Que hay que sacrificar vírgenes.
      —Correcto.
      —Yo no soy virgen.
      —Eso lo has dejado claro.
      —Pero tú sí que lo eres.
      A Mardaras le costó un poco atar cabos. Abrió mucho los ojos y la boca, ofendida.
      —¡Oh! Ya entiendo. Muy graciosa.
      —¿Ves que me esté riendo?
      —Vale, ya es suficiente, mi amor.
      —No soy tu amor, ¡ibas a asesinarme!
      —¡Que no era un asesinato, era un sacrifi…!
      Viryin no dejó que terminara la frase, la empujó, haciendo que cayera en el altar, alzó el puñal y lo descargó sobre el pecho Mardaras, lo sacó y lo volvió a clavar hasta seis veces. Mardaras quedó con la boca abierta como si todavía quisiera decir «cio». El rostro de Viryin estaba salpicado de sangre. Estaba agotada, jadeaba y miraba al cielo, sorprendida de la adrenalina que invadía todo su cuerpo. Era la primera vez que mataba, y no le había desagradado la experiencia. Se sentía fuerte, se sentía viva y, sobre todo, se sentía joven. Al darse cuenta de aquello miró el altar, del que ya caía una cascada de sangre, miró a Mardaras y luego al cielo. ¿Y si todo ese cuento de la juventud y el sacrificio de vírgenes era cierto? ¿Había rejuvenecido o solo se sentía eufórica por lo que acababa de ocurrir? Debería esperar para averiguarlo pero, si funcionaba, si realmente aquella leyenda era cierta, Mardaras no sería la última a la que matase.

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