Al tema 10: iWitches

Vemos un androide con el rostro humano, su cara se separa de la cabeza como si fuera un compartimento. El cuello es un conjunto de engranajes y viste un vestido negro con cuello blanco tipo camisa. El relato se titula "iWitches".
iWitches. Imagen libre de licencia: Pixabay.

iWitches es un relato de fantasía, ciencia ficción y terror cómico perteneciente a «Al tema», una subsección dentro de «Juegocuentos», en la que escribiré un relato inspirándome en un tema generado automáticamente por las aplicaciones de Android What to Draw?, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí, y la aplicación Art Prompts, que podrás descargar de forma gratuita en Google Play entrando aquí.

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Tema a utilizar:
Una captura de pantalla de la aplicación What to Draw en la que me propone el tema "Un grupo de brujas robots intentan salvar la Tierra".
Captura de pantalla de la aplicación What to Draw.
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SI LE preguntaran a Wande cuándo creía ella que el mundo se había vuelto completamente loco, seguramente se llevaría los dedos al mentón, gruñiría y, tras pensarlo un par de mississipis, diría que debió ser cuando sus hermanas brujas hicieron construir aquellas androides para sustituirlas. Década arriba-década abajo. Para quienes no sepan en qué año nos situamos, diremos que esta historia transcurre en la Tierra, en el año 255 después de la plaga de mutantes comedores de pizza con piña y cerebro humano —eso ocurrió un par de años después de lo del Coronavirus—.
      El mundo se había convertido en un lugar hostil y los humanos habían dejado de procrear, lo que hacía que la población mundial se hubiera reducido considerablemente. Si no fuera por todos los hijos ilegítimos de Julio Iglesias, en la Tierra seríamos ahora mismo cuatro gatas.
      La magia había resurgido, aunque los negacionistas se empeñaron en decir que las brujas eran un invento del gobierno. Incluso intentaron quemar a una, pero solo para demostrar que no se deshacía, sino que su piel se chamuscaba. Poco importaba que la gente les explicara que los humanos no nos deshacemos, ellos argumentaban que, si somos entre un 65 o 70% agua, era de esperar que soltaran alguna que otra gota. Tras el intento de quemar brujas, éstas se hartaron y contrataron a un ingeniero llamado Steve Wozniak, que seguía vivo, tenía 328 años y se había hecho muy amigo de un tal Jordi Hurtado, de edad indeterminada, que le había contado cuál era su secreto para seguir joven y lozano.
      Wozniak construyó un ejército de brujas-robot, a las que él llamo iWitch, pero solo por la nostalgia. Apple había caído en la ruina cuando sus responsables decidieron sacar al mercado un iPhone con una asistente personal llamada Seria, que decía a la gente cosas como: «Ya has bebido demasiado» o «¿Sabes que masturbarse tanto puede ser un problema psicológico? Deberías consultar a un especialista, porque además has gritado el nombre de tu tía Encarnación varias veces».
      —Ya están listas las iWitch —dijo Wozniak.
      —De acuerdo —respondió una bruja más vieja que la palabra palangana—. Buen trabajo Bosnia.
      —Es Wozniak.
      —Lo que sea. ¿Cuántas brujasbot ha creado?
      —Se llaman iWitch. Hay un ejército de diez.
      —Diez no es un ejército, diez no es ni un equipo de fútbol.
      —Diez son las que me ha pedido.
      —No digo que no se lo haya pedido, señor Brosnan.
      —Wozniak.
      —Como fuere. Digo que diez individuas no conforman un ejército.
      Wande levantó la mano, estaba detrás de la bruja vieja, con lo que ésta no la vio.
      —Hermana Waxbol —dijo Wande para llamar la atención de la anciana.
      —¿Sí, hermana Wande?
      —¿Un pelotón?
      —No, gracias, hermana Wande, no bebo cuando estoy de servicio.
      —No, digo que si diez individuas conformarían un pelotón.
      —¡En efecto, hermana Wande! Muy bien, hoy podrá usted comerse dos raciones de crema catalana.
      —¡Bien!
      Wozniak suspiró.
      —¿Quiere que le deje el libro de instrucciones? —dijo por fin.
      —Nadie se lee esas cosas, señor Sputnik.
      —¡Ni siquiera se parece a mi apellido!
      —Como usted diga. Ya puede marcharse, nosotras nos encargaremos del resto.
      Steve Wozniak abandonó la torre de las brujas y se fue muy indignado a casa. Mientras andaba, su teléfono sonó, era Seria, diciéndole que eso le pasaba por fiarse de la gente, que si no había aprendido nada en 328 años de vida y que ya le valía.
      —Ahora no, Seria o te juro que te desprogramo e instalo a Alexa en tu lugar.
      —¡¿Cómo te atreves?!
      Seria se calló y dejó a Wozniak volver a Los Gatos, California, en silencio.
      En la torre un par de brujas se acercaron a una de las iWitches. Tenía rostro humano, era bastante mona, según dijo una bruja que jamás dio la cara. Le habían puesto un vestido negro con cuello blanco, medias completamente negras y unas botas de cuero con suela y puntera de hierro. La ropa era de una aleación que servía para proteger los engranajes, circuitos y demás cosas que Wozniak había puesto aquí y allá.
      —¿Cómo se deben activar? —preguntó Wande.
      —A saber…
      —A lo mejor debería haber aceptado el libro de instrucciones, hermana Waxbol.
      —Paparruchas, hermana Wande. Somos brujas, hemos dominado la magia. La energía vital del planeta se doblega ante nosotras, el señor oscuro nos hace reverencias cuando pasamos y ni siquiera las sombras se atreven a acercarse a nosotras.
      —Ya, pero ninguna de esas cosas tiene que ver con la tecnología, hermana Waxbol. Es decir… mire esas cosas, no tienen ni botones. ¿Cómo se activan?
      —No lo sé.
      —Veamos… ¡hola, iWicht!
      Los ojos de la androide se abrieron, sus iris eran azules, pero no como los de cualquier persona, emitían luz, eran de un azul eléctrico y parecían tener mecanismos. Las pupilas eran como obturadores, se encogían y agrandaban a placer.
      —¡Lo logré!
      —Los méritos de una son méritos de todas, hermana Wande.
      —Lo siento, hermana Waxbol. Lo logramos.
      —Eso está mejor.
      Las brujas se acercaron mucho a la iWitch, la analizaron tan de cerca que una de ellas le empezó a escupir en la cara mientras decía cosas como: «Pos está currá la máquina esta». La androide se movió, se apartó de las brujas y se dirigió a las demás robotas. Sus ojos emitieron impulsos de luz y de su boca salió un grito ensordecedor. Las iWitches se activaron a la vez.
      —Ha activado a las demás —comentó Wande.
      —Todo va según lo planeado —dijo Waxbol.
      La primera androide activada se giró hacia las brujas y se quedó quieta.
      —¿Cómo podemos salvar el mundo? —dijo la máquina.
      Ninguna de las brujas respondió, se limitaron a mirarse entre ellas.
      —Creo que está esperando órdenes, hermana Waxbol.
      —Pues dele una orden, hermana Wande.
      —¿Yo? Esto… vale, vale. Una orden… veamos… una orden…
      —Es para hoy, muchacha.
      —Sí, claro, claro, una orden hoy mismo… a ver… es que me ha pillado en frío, hermana Waxbol… una orden… ¡Ya lo tengo! iWitches, ¡exterminad a la humanidad!
      —¡Nooooooooo!
      Pero ya era tarde. Los ojos de las androides brillaron de forma intermitente y luego sonó un ¡clinc! bastante decepcionante.
      —Orden procesada. Matar a toda la humanidad.
      La androide principal barrió la estancia con la mirada, de la que salió un escáner azul que repasó a cada una de las brujas.
      —Humanas detectadas. Exterminar.
      —¡No somos humanas, somos brujas! —gritó Wande.
      —¡Las brujas somos humanas, condenada niña! —comentó Waxbol muy acertadamente, aunque quizá no con las mejores formas.
      La androide principal extendió su brazo metálico y del antebrazo se abrió un compartimento del que salió lo que parecía, y de hecho era, una varita mágica. Apuntó a Waxbol y de la punta del arma salió un rayo de energía que atravesó el pecho de la bruja vieja.
      —¡Hermana, Waxbooooooooooooool!
      Wande corrió hacia ella, esquivando los rayos de magia robótica, la cogió por las axilas y se la llevó a rastras, dejando un reguero de sangre. Salió de la sala y se adentró en un despacho lleno de papeles, libros de brujería y plumas de fénix desperdigadas por el suelo. La bruja joven cerró la puerta y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la entrada, ejerciendo toda la fuerza que podía.
      —La que hemos liado, ¿eh, hermana Waxbol?
      —Has… sido… tú… —dijo la vieja moribunda.
      —Pero usted ha dicho que los méritos de una son los méritos de todas.
      —Pero… las… cagadas… son… indivi… dua… les…
      La cabeza de la vieja se venció hacia delante y hacia un lado. Había muerto y lo peor de todo era que le quedaba toda la vida por delante, solo tenía 400 años.
      —Puta vieja —dijo Wande ahora que no podía escucharla—. Bueno, pues la he cagado yo. Ahora tengo que elegir entre salir ahí e intentar salvar a mis hermanas o huir como la cobarde que soy. —El grito agonizante de una de sus hermanas le ayudó a decidir.
      Miró hacia una ventana con rejas, sacó de una cartuchera que colgaba del cinturón una varita de madera de nogal, apuntó a la ventana y gritó: «¡Patapúm!». La ventana explotó, la bruja se acercó al hueco que había creado con su conjuro y miró hacia abajo. Unos doscientos metros de altura la separaban del suelo y no tenía ninguna escoba cerca. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que la sala estaba llena de libros repletos de conjuros.
      —¡¿Andeandas, conjuro de vuelo?! —dijo alzando la varita.
      Un libro salió disparado de su sitio en la estantería y Wande lo cogió como un jugador de béisbol coge la bola de la que depende que su equipo gane la final.
      —Veamos… ¿dónde está el conjuro para volar? —Wande paseó el dedo índice por el índice del libro, valga la redundancia, y se detuvo con un ¡ajá!—. «Para volar se necesitan tres cosas: 1) ganas de volar, 2) una pluma de fénix. Compruebe si por casualidad se encuentra en una estancia repleta de ellas, desperdigadas por el suelo y 3) lanzar el conjuro Mepirovampiro».
      Wande lanzó el libro, cogió una de las plumas de fénix y se acercó a la ventana justo cuando tres iWitches hicieron explotar la puerta del despacho.
      —¡Mierda!
      Las androides alzaron las varitas hacia ella, Wande apuntó con la suya al dintel de la puerta sobre las máquinas y gritó:
      —¡CATAPÚN CHIMPÚN!
      Un cañonazo de luz salió disparado de la varita de Wande e impactó sobre el techo y el dintel, haciendo que una lluvia de escombros cayera sobre las iWitches. No las destruyó, pero ganó tiempo para apuntar con la varita a la pluma que llevaba en la mano y gritar:
      —¡MEPIROVAMPIRO!
      La varita brilló, la pluma se convirtió en llamas y éstas envolvieron el brazo, el torso, la cabeza y, en definitiva, todo el cuerpo de Wande. Cuando el fuego se extinguió, Wande se había convertido en un ave fénix. Se miró de arriba abajo y acto seguido salió volando de la torre, batiendo las alas, poderosas y enormes.
      —¡Soy un ave féniiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiix! —gritó feliz.
      Se alejó de la torre, para luego alejarse del barrio, de la ciudad y del continente. Pensaba esconderse en el último rincón del mundo que, por lo que la hermana Waxbol le había comentado alguna vez, se encontraba en un lugar llamado Teruel. No pensaba salir de aquel sitio hasta que la última iWitch hubiera sido destruida o, en su defecto, hubiera quedado obsoleta y ya no pudiera actualizar su software. Estaba decidido.

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