Primeras palabras 12: Las tres guerreras

Vemos el guantelete de una armadura medieval, los dedos están protegidos por placas metálicas que parecen escamas de dragón. La mano está sujetando la empuñadura de una espada que descansa sobre el regazo cubierto por cota de malla. El relato se titula: Tres guerreras.
Las tres guerreras. Imagen libre de licencia: Pixabay.

Las tres guerreras es un relato de fantasía cómica perteneciente a «Primeras palabras», una subsección dentro de «Juegocuentos», en ella escribiré un relato que tendrá que empezar por la frase que una seguidora o seguidor de mi cuenta de Twitter me propondrá.

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• LA FRASE A AÑADIR ES:


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TENGO LOS pezones pa’ rallar cristales, “vieho”», es una de esas frases que nadie quiere escuchar en el campo de batalla, mientras tus amigas mueren a tu alrededor y tú esquivas la enésima lanza disparada por un arquero orco. Es una de esas frases que hace que te gires hacia quien la ha soltado, a pesar de que te puede costar la vida. La persona que la había dicho estaba cubierta con una piel de lobo sintética de la que todavía colgaba la etiqueta con el precio, por si se podía devolver.
      —¡Céntrate, Xoni! —recuerdo haberle dicho mientras desviaba una saeta con la hoja de mi espada.
      —¡Céntrate tú, Esnop, yo m’estoy jodiendo de frío! ¿Por qué naide me dició que los orcos viven en’este desierto nieve?
      Una anciana cercana a ella le arrancó la yugular a uno de los orcos valiéndose de su dentadura postiza. No la llevaba en la boca, la usaba con las manos, como si fuera una manopla.
      —¡Yo t’habia decío que te ponieras algo más y no m’haciste caso!
      —¡Ahora no’s’el momento, agüela!
      —¡Pos no te quejes!
      Un orco se quedó muy quieto, siguiendo con la mirada la cabeza de un compañero, que voló por el campo de batalla y cayó sobre la nuca de una de las nuestras, haciendo que se derrumbara en el suelo. La vieja aprovechó para agarrarle la nariz al despistado con la dentadura postiza y tiró de ella con tanta fuerza que se la arrancó de cuajo.
      —¡Bukluj kajan jyse! —gritó el orco.
      —¡¿Q’ha decío?! —preguntó Xoni.
      —¡Ay, mi nariz! —traduje mientras le clavaba la espada en el pecho al orco desnarizado.
      —¡Kolk mietne susmuertos laha du vulerka ñu!
      —¡¿Q’ha decío de mis muertos?!
      —¡Que se caga en nuestros muertos porque él solo venía a recoger las flechas que ha lanzado el otro!
      La de la piel sintética recibió un golpe potente en la espalda y cayó al suelo. La vieja y yo nos giramos y nos encontramos cara a cara con el orco más grande que hayamos visto en nuestra vida. Debía medir dos metros y parecía uno de esos armarios roperos con nombres como Aquicabedetodö, en la mano derecha llevaba una porra enorme y en la izquierda la cabeza de una de nuestras soldadas.
      —¡Está to tocho! —dijo la vieja.
      —Juona suwak miparexa leto.
      La vieja me miró para que le tradujera.
      —¿Qué más da? ¡Nos quiere matar! El contexto lo dice todo. —Mi compañera me miró, mi respuesta no le convencía. Suspiré, miré al orco y le pregunté—: Cueta varalan keu?
      —¿Que l’has decío?
      —Que si me puede repetir lo que ha dicho.
      —Juona suwak miparexa leto.
      —Poka —dije en orqués torpe para darle las gracias—. Primero, resulta que es una orca, no un orco. Básicamente ha dicho que el orco al que le hemos arrancado la nariz era su hijo y que ahora se ve obligada a arrancarnos las entrañas a nosotras y hacer un estofado con ellas para honrar la muerte de Juona, su hijo.
      —¿To’ eso ha decío?
      —Más o menos. El orqués economiza mucho las palabras.
      La orca nos lanzó la cabeza de la soldada, la vieja y yo la esquivamos y golpeó a Xoni en la boca del estómago justo cuando se estaba levantando del suelo. Luego alzó la porra y la descargó sobre mí. Di una voltereta para esquivarla y le hice un corte en el brazo. Esperaba cercenárselo, pero pareció que en vez de con una espada le hubiera atacado con una hoja de papel. La orca aprovechó mi decepción para darme un puñetazo en la boca, aunque por el tamaño de su puño, me cubrió toda la cara. Vi como varios dientes salían disparados de mi boca. No eran los primeros y, por suerte, tampoco los últimos que perdía en aquella batalla. Caí de morros al suelo y me retorcí de dolor. Imaginate que un jugador profesional de béisbol te golpea la cara con un bate de aluminio con tanta fuerza que pareciera que pretende hacer un home run con tu cabeza. Ahora multiplícalo por un millón y te acercarás un poquito a soñar lo que dolió ese golpe. Mientras me retorcía de dolor en el suelo, la vieja se abalanzó sobre la espalda de la orca y empezó a darle mordiscos con la dentadura postiza. La orca gritaba de dolor, especialmente cuando la vieja la acertaba en los pezones y le hacía aullar. La orca intentó deshacerse de la vieja, pero era una batalla perdida, aquella mujer estaba acostumbrada a subirse corriendo a los autobuses para coger sitio, acostumbrada a que nadie pudiera arrancarle del asiento.
      —¡Muere cachocarne! —gritó ella.
      —¡Virne xakanta luwa! —respondió la otra.
      —¡Mátala, agüela! —gritó Xoni.
      —¡Mif dientef! ¡Me ha faltado lof dientef! —respondí yo.
      Xoni se levantó, cogió una flecha que había clavada en la nieve, corrió hacia la orca y empezó a apuñalarle la cabeza.
      Yo también me levanté, con la boca sangrando a chorro, cogí mi espada y le empecé a golpear la pierna como un leñador que se ha propuesto cortar el puto Yggdrasil.
      Al cabo de unos minutos la orca estaba en el suelo, con la cabeza como un colador, los pezones arrancados y una pierna amputada. Xoni, la vieja y yo jadeábamos agotadas. Aquella cabrona nos había dado más trabajo que todo el ejército junto hasta el momento.
      —¡’Ja’puta! Espero que no haigan más como esta…
      La vieja y yo nos giramos al escuchar un estruendo de pisadas. Nos pareció que el resto del ejército cargaba contra nosotras, pero en realidad solo eran cinco orcas, igual o más grandes que la que acabábamos de matar.
      —Tenías que decirlo, ¿no? —le recriminé a Xoni.
      Nos preparamos para el combate. Yo sujetaba la empuñadura de la espada con las dos manos, Xoni tenía una flecha en cada mano y la vieja seguía sujetando la dentadura ensangrentada. Estábamos preparadas para matar o para morir.



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2 comentarios en “Primeras palabras 12: Las tres guerreras

    • Jajajaja, me alegra que te haya gustado, de verdad. Fue muy divertido empezar con tu frase. Cuando me la pusiste pensé: «Madre mía, esto va a ser difícil», pero lo curioso es que salió solo.

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